Searching for Sugar Man

El hola sólo termina en el adiós

Por Emiliano Fernández

A diferencia del rockumentary clásico y su fastuosidad todo terreno centrada en el gran circo de la música o esa versión tan particular del narcisismo de backstage que esconde innumerables desproporciones bajo el ropaje de la intimidad de los artistas de turno, durante la última década han ido apareciendo en el ámbito cinematográfico internacional documentales que se proponen asignarle un lugar preponderante a los fans en lo que respecta al mantenimiento de mitos consuetudinarios y esa devoción hacia los músicos que genera que -muchos años luego del período de mayor bonanza artística, comercial o popular a nivel macro- se sienta todavía el cariño de antaño y por consiguiente se reclame la vuelta a los escenarios. En vez de pensar a los admiradores en términos de una legión amorfa de lambiscones o descerebrados que simplemente gritan el nombre de sus ídolos, algo que por supuesto tiene que ver con la realidad incluso de nuestros días, estos trabajos en cambio se pusieron como objetivo hilar más fino y encontrar a esos fans que resultaron fundamentales en operativos de retorno, intentonas de reconciliación y misiones similares, una faena que implica restituir el lugar simbólico del consumidor cultural especializado que ha hecho de sus gustos un verdadero estilo de vida y hasta una suerte de militancia que calza perfecto con el trasfondo vintage y retromaníaco que ha caracterizado a la industria musical global desde la década del 90 hasta nuestros días, especialmente gracias a la crisis que trajo aparejada la piratería y la misma movida del mainstream de hiper segmentar los públicos homogéneos de antaño en una infinidad de estratos que por cuenta propia no se ponen de acuerdo en nada porque los propios imbéciles del marketing y la publicidad que los crearon tampoco han sabido cómo paliar la relativa ausencia social de figuras en verdad masivas y/ o aglutinantes indie, de esas que no admiten duda alguna sobre su talento innato.

 

Searching for Sugar Man (2012) no es sólo uno de los mejores documentales del enclave rockero de lo que va del Siglo XXI sino también el mejor representante de esta corriente de films que hacen de la labor de los expertos dedicados su bandera y su razón de ser, dentro de una amplia gama que va desde Do It Again (2010), el documental de Robert Patton-Spruill en el que Geoff Edgers pretendía reunir a The Kinks, hasta Los Knacks: Déjame en el Pasado (2019), obra argentina de los hermanos Mariano y Gabriel Nesci en la que Carlos “Cali” Molina, otro fanático porfiado, se transformaba en una figura crucial en el regreso de la gran banda garage del título: aquí son dos admiradores de Ciudad del Cabo, el periodista Craig Bartholomew Strydom y el dueño de una disquería Stephen “Sugar” Segerman, los que se proponen una tarea que a priori parecía imposible o directamente destinada al fracaso, nada menos que determinar qué fue de la vida de Sixto Rodríguez, un muchacho que editó dos álbumes extraordinarios de folk con marcados detalles psicodélicos, Cold Fact (1970) y Coming from Reality (1971), y después desapareció casi por completo del panorama musical sin que se supiese nunca más de él. El encanto de la realización, único opus escrito y dirigido por el sueco Malik Bendjelloul, se condice en simultáneo con la búsqueda detectivesca en sí y con el punto de vista bien alternativo que propone, el cual por cierto se corresponde con el insólito hecho de que el tal Rodríguez vendió poco y nada en su Estados Unidos natal y cerca de medio millón de copias en Sudáfrica a lo largo de las décadas del 70, 80 y 90, un éxito que para colmo fue acompañado de leyendas urbanas pomposas relacionadas con el supuesto suicidio del hombre vía un disparo en la sien, una típica sobredosis de drogas varias o prendiéndose fuego arriba del escenario, amén de la estrafalaria hipótesis de que finiquitó sus días en prisión luego de un crimen sin especificar.

 

La primera mitad de la película contextualiza los aportes artísticos de Rodríguez mediante los testimonios de los productores de los discos, Dennis Coffey y Steve Rowland, explora la coyuntura que hizo posible ese “boca a boca” contracultural sudafricano en tiempos del apartheid, sobre todo a través de las palabras de Segerman, Strydom y de Willem Möller, una figura central de la new wave ochentosa de aquella escena cultural afrikáans que también manifestó su amor por la obra de Sixto, y hasta se mete con la infaltable estafa de la que fue objeto el fantasmal personaje protagónico de la mano de Clarence Avant, el fundador y dueño de la compañía discográfica que descubrió al artista y editó sus álbumes en primera instancia, Sussex, empresa que en esencia recibía todas las regalías por la venta de discos en Sudáfrica de la mano de tres firmas discográficas locales. Ya construido el mito, la segunda parte del film explora la triste realidad detrás de todo el asunto una vez que Strydom y Segerman hallan al señor gracias a un mensaje que escribe Eva Rodríguez, la hija mayor del músico, a una página web que había sido creada para recabar información sobre su paradero: Sixto nació en Detroit, Michigan, en 1942 dentro de una familia de inmigrantes mexicanos de clase obrera, le dedicó alrededor de un lustro a la aventura musical en cuestión y luego la abandonó cuando lo echaron de Sussex por las pocas ventas norteamericanas de los dos discos, pronto se volcó para poder subsistir a la industria de la construcción -en especial la demolición y renovación de edificios- y eventualmente tuvo tres hijas, la nombrada Eva, la menor Regan y la del medio Sandra, sin jamás ver ni una bendita moneda por ese éxito sudafricano que se explica por la llegada underground y explosión popular escalonada de una obra de izquierda en medio de un país aislado por la condena mundial hacia el apartheid y el régimen de impronta absolutista que lo sostenía.

 

En el último acto el opus se embarca en un sentido homenaje a Rodríguez que adopta el formato del rockumentary sobre giras de regreso aunque centrándose en el primer recital desde el “redescubrimiento” por parte de los dos fans y la toma de conocimiento por parte de Sixto de que en el sur de África existía un público que deseaba verlo tocar en vivo, circunstancia que efectivamente ocurre en 1998 y se extiende a seis estadios con entradas agotadas. El menesteroso Rodríguez, un letrista muy talentoso en la tradición de Bob Dylan, Cat Stevens, Nick Drake y Van Morrison, aquí se convierte en eje de un proceso de revalidación que tiene muchísimo de rescate del olvido comunal al que fue sometido por los caprichos del mercado y la poca paciencia e interés de buena parte de los oyentes desde los 70 en adelante, algo así como una joya perdida que nos remite a otro tiempo ya extinto pero a la vez aún presente en nuestros días, una deliciosa operación de la memoria en la que “el hola sólo termina en el adiós” -como canta Sixto en Lifestyles, de 1971- debido a que la vocación artística sigue viva a pesar de décadas de un exilio y un silencio impuestos desde la mediocridad de siempre del mainstream cultural anglosajón. Bendjelloul, él mismo otro exponente -aunque mucho más extremo- de toda esta tragedia porque de hecho se suicidó en 2014 a los 36 años arrojándose hacia un tren en Estocolmo luego de batallar contra la depresión, aprovecha de manera brillante la poesía suburbial y combativa de Rodríguez a través de la excelente fotografía de Camilla Skagerström y una edición -cortesía del propio realizador- que mantiene al relato siempre pujante y a las emociones a flor de piel, a sabiendas de que la fuerza y la gran belleza de las canciones de Cold Fact y Coming from Reality hablan por sí solas y pueden ser tomadas como propias en cualquier parte del planeta sin que medien intermediarios industriales o maniobras hipócritas de publicidad…

 

Searching for Sugar Man (Suecia/ Reino Unido/ Finlandia, 2012)

Dirección y Guión: Malik Bendjelloul. Elenco: Sixto Rodríguez, Craig Bartholomew Strydom, Stephen Segerman, Dennis Coffey, Steve Rowland, Willem Möller, Clarence Avant, Eva Rodríguez, Regan Rodríguez, Sandra Rodríguez. Producción: Malik Bendjelloul y Simon Chinn. Duración: 86 minutos.