Sobre Josef Fritzl: Historia de un Monstruo (Josef Fritzl: Story of a Monster)

El horror ignorado

Por Augusto Coronel Odizzio
«Estaba por sacar las llaves de mi bolso y ponerlas en la cerradura. De repente me tomó de la muñeca. Me defendí. Estaba tan sorprendida que no podía gritar. Estaba listo para tener sexo. Estaba totalmente listo. Pero no pudo llevarme al piso. Me soltó y mientras se iba me dijo: “Un día te atraparé”. Eso es todo, no dijo nada más. Entonces se paró y se subió a su bicicleta. He tenido pesadillas desde entonces»
 

En su libro Éxtasis Letal: Criminales Psicopáticos en Uruguay (ed. Fin de Siglo, 2015), Agustín Romano (licenciado en psicología, especializado en la rama jurídica y formado en perfilación criminal y victimológica), plantea en el primer capítulo un concepto genérico de psicopatía en el que destaca: “Desde el punto de vista de un observador externo, el psicópata es un transgresor, pero desde su propia posición subjetiva no es ni se siente tal; se guía por sus propios códigos.”

 

Partiendo de las líneas de Romano nos acercamos al contenido de este documental, que a pesar de sus fallas no deja de ser atractivo por la historia que registra. Es de esos extraños casos donde el tema explotado es tan impactante y sórdido, que supera la desprolijidad de su tratamiento, manteniendo el interés del espectador de principio a fin. Es que hay cierto desorden cronológico de los hechos que puede desorientar, una omisión de la identidad de los entrevistados (una voz en off arroja nombres al pasar, pero no hay qué indique en pantalla quienes son ni su relación con la historia) y un amarillismo poco sutil. Pero también hay una tríada de recursos que ayudan, a pesar de los errores señalados, a mantener el interés en el relato. A la tradicional voz en off del género y a los testimonios crudos, se suma bastante bien el relato en primera persona (representado por la voz de un actor) del psicópata en cuestión. Pero por si eso fallara (por momentos la tríada pierde cohesión), no se afecta el visionado, ya que el producto funciona por sí mismo. Se trata de uno de los más horribles casos de abuso alguna vez registrado: un ingeniero austríaco que mantuvo cautiva en un sótano a una de sus hijas durante 24 años, con la que tuvo siete hijos/ nietos. Durante todo ese tiempo, su familia, amigos, vecinos e inquilinos, en la localidad de Amstetten (baja Austria), jamás supieron nada.

 

Lo perverso

 

La realidad no supera a la ficción. Es la segunda la que complejiza a la primera y ayuda a diseccionarla, aunque exista siempre consecuente. Y lo hace mediante un estilo agraciado por la imaginación del autor. Piénsese si no que este documental bien podría ser un argumento de una película de Takashi Miike o del Michael Haneke de Funny Games, así como de muchos otros creadores que usan a la violencia, la sordidez y el horror (tanto gráfico como psicológico) para fundamentar sus ficciones. Esto no quita que lo real es lo que verdaderamente trastorna y perjudica. El miedo, la paranoia y el asco que puede provocar una obra de ficción, son imitaciones leves y transitorias. Lo que se padece cuando el horror existe en carne y hueso puede modificar para siempre los cimientos de una personalidad.

 

El padre de familia

 

Josef Fritzl creció en el auge del nazismo. El miedo, la confusión y la crisis moldearon su infancia. El padre era un mujeriego, alcohólico y problemático que la madre terminó echando de la casa cuando él tenía cuatro años. La figura materna que lo crío, impartió en él disciplina, rigor y diligencia. Karl Dunkl, amigo y compañero de primaria de Fritzl, cuenta en su testimonio que él era un niño tranquilo y tímido, también un buen alumno. Es Dunkl el primero en retratarnos a este hombre, desde sus vivencias compartidas en la niñez. A continuación la intervención de la primera persona nos dice que Fritzl niño solía fantasear con su madre. La deseaba atraído por su carácter duro y dominante, pero suprimía sus impulsos. Luego, Friedrich Leimlehner, compañero y amigo de secundaria de Josef, nos cuenta que su madre se mostraba siempre antipática cada vez que junto a otros amigos iban a visitarlo a su casa. Cuestión que derivó en que el joven Josef evitara reuniones allí.

 

Luego de diversas aventuras amorosas, Josef conoció a Rosemarie, con la que se casaría antes de que se cumpliese un año de su primer encuentro en una cafetería. Ahora la primera persona nos dice que Rosemarie era mucho más tímida y débil que su madre, y la voz en off que el primero de sus siete hijos llegó poco tiempo después, en 1957. En su testimonio la hermana de Rosemarie explica que cuando él fue a comer por primera vez a la casa de sus padres -y por un buen tiempo- pareció un hombre amable y amistoso. Más adelante se mostraría déspota y vil con Rosemarie. También resalta que era el primer novio que tenía su hermana, que nunca antes había estado con otro hombre.

 

El 6 de octubre de 1967 Josef violó a una mujer de la zona. Fue procesado y cumplió un año de una sentencia de 18 meses. Al salir de prisión en 1968 Rosemarie perdonó a su esposo. Posteriormente él intentaría violar a Maria Neubauer mientras regresaba de su trabajo en una fábrica local. La voz en off aclara que por primera vez Maria hará público el suceso. Dice: «Estaba por sacar las llaves de mi bolso y ponerlas en la cerradura. De repente me tomó por aquí (señala su muñeca). Me defendí. Estaba tan sorprendida que no podía gritar. Estaba listo para tener sexo. Estaba totalmente listo. Pero no pudo llevarme al piso. Me soltó y mientras se iba me dijo: “Un día te atraparé”. Eso es todo, no dijo nada más. Entonces se paró y se subió a su bicicleta. He tenido pesadillas desde entonces».

 

Paul Höra fue el mejor amigo de Josef por 30 años. Cada año, las dos familias vacacionaban juntas en el Lago Mondsee, donde Josef, ya un hombre de negocios exitoso, compró la hostería Seestern en 1973. Describe a Rosemarie como una mujer en apariencia feliz, que se encargaba de limpiar y cocinar. Fritzl la hacía trabajar en su hostería y ante cualquier objeción la amenazaba con echarla de la casa. Sobre este punto habla la hermana de Rosemarie, quien resalta que su hermana ya por esa época era una desgraciada que vivía con miedo, pero presa de una sumisión que casi la volvía cómplice.

 

El cuarto de los siete hijos fue Elisabeth, nacida en 1966. La esposa de Höra la describe como tímida y callada. “No buscaba el contacto”, dice. Rosemarie le admitió que Elisabeth era golpeada con frecuencia por su padre.

 

Entre 1981 y 1982, dice Josef, empezó a concebir una habitación en su sótano, una celda. Más tarde Elisabeth diría que él la empezó a violar cuando tenía 11, años antes de encerrarla bajo la superficie. A los 16 años se mostraba rebelde y era vista como una adolescente problemática por su padre. En 1983 huyó de su casa con una amiga. A los pocos días la policía las encontró y las entregaron a Fritzl.

 

La voz de Fritzl nos dice que su hija se juntaba con gente “mala” y que se pasaba en bares y no estudiaba. Dice que él sólo quería lo mejor para ella. Así que le consiguió un trabajo de moza, pero no iba. Y cada vez que la llevaba a casa, ella se escapaba. Entonces decidió que tenía que hacer algo (justifica). “Tenía que crear un lugar en el que podía tener a Elisabeth, por fuerza, de ser necesario, lejos del mundo exterior”. En 1983 aprobaron el permiso solicitado por Josef de acondicionar el sótano en su propiedad en Amstetten. El 20 de agosto de 1984 Elisabeth desapareció. Fritzl la drogó con éter y la encerró en su sótano recién convertido. Josef encubrió esto afirmando que su hija había sido secuestrada por una secta. Para reforzarlo, falsificó una carta en la que Elisabeth notificaba a sus padres que se había ido a vivir con gente que la quería y afirmaba que no estaba en peligro. Que no se preocuparan por ella ni fueran a buscarla. Finalmente le enviaba cariños a la familia.

 

En 1993, Lisa, de 9 meses, fue descubierta fuera de la casa con otra supuesta carta de Elisabeth diciendo que no era capaz de cuidar a la niña. Lisa fue el primero de los tres bebés de Elisabeth criados por Rosemarie en la casa de la familia Fritzl, en su superficie. En 1994, otro bebé, Monika, fue dejada en la puerta de la casa. En 1996, un tercer bebé, Alexander, también fue dejado en el portal. Para respaldarse y no dar lugar a sospechas, Josef, fingiendo enojo, llamó a su mejor amigo, diciéndole que habían dejado otro bebé de Elisabeth más en su puerta, que no sabía qué hacer. Así Josef logró que todos culparan a su hija, que la despreciaran como madre. En abril de 1996 ella tuvo mellizos: Alexander y Michael. Michael murió a los tres días. Elisabeth declararía, años después, liberada, que Josef quemó al bebé en la caldera y desparramó las cenizas en el jardín. En 1998 Paul Höra y Josef se fueron de vacaciones por cuatro semanas a Tailandia. Para ese entonces Elisabeth llevaba 15 años bajo tierra y había dado a luz siete veces en el sótano, sola. Los restantes bebés crecerían y permanecerían con ella en el sótano durante años hasta la captura y posterior confesión de Fritzl.

 

Y así el espectador asiste a una serie de eventos que comprueban la perversidad cínica de Josef. Siempre bajo el influjo del impacto, de la sordidez inherente a la historia. Pero no todo es anécdota narrada a caballo. El documental sabe encontrar logradísimos encuadres panorámicos de un invierno austríaco, frío y blanco, que sirven de fondo para algunos entrevistados, perplejos ante la realidad antes oculta de quien siempre pensaron un hombre respetable y honesto.

 

Si buscamos antecedentes en el Río de la Plata sobre casos similares, el más temprano y notable es el de Cayetano Domingo Grossi. Aunque bastan 48 minutos en Netflix para encontrar en Josef Fritzl: Story of a Monster esa clase de persona que uno puede suponer sustituida por un demonio, entender así que el infierno ya está acá, y que no hay porque morir para conocerlo.

 

Josef Fritzl: Historia de un Monstruo (Josef Fritzl: Story of a Monster, Reino Unido, 2010)

Dirección y Guión: David Notman-Watt. Elenco: Josef Fritzl, Elisabeth Fritzl, Rosemarie Fritzl, Daisy Beaumont, Karl Dunkl, Friedrich Leimlehner, Christine Ranner, Maria Neubauer, Paul Hora, Jutta Haberci. Producción: David Notman-Watt. Duración: 48 minutos.