El Pianista (The Pianist)

El imperativo histórico en acción

Por Emiliano Fernández

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) comienza de la mano de la Invasión Alemana sobre Polonia de septiembre de 1939 mediante la blitzkrieg o guerra relámpago del General Heinz Guderian, la pasividad inicial de Francia y el Reino Unido y la pronta ocupación de la zona oriental del país por parte del Ejército Rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, como había sido acordado previamente por ambos Estados a través del Pacto Ribbentrop-Mólotov de agosto de ese mismo año, un acuerdo de no agresión y reparto de diversas naciones europeas que quedó en la nada por la Operación Barbarroja o invasión alemana sobre la Unión Soviética de 1941, una avanzada semi suicida por la vastedad del territorio a cubrir y su impiadoso clima. Al tiempo que los invasores rusos comenzaron los arrestos, deportaciones y asesinatos de opositores políticos y militares, derivando en la tristemente célebre Masacre de Katyn de 1940, los nacionalsocialistas se consagraron a la Operación Reinhard o el exterminio sistemático de los judíos polacos según había sido planificado en la Conferencia de Wannsee de 1942, cuyo paso previo más importante pasó por la creación en 1940 del Gueto de Varsovia, en esencia una cárcel amurallada a cielo abierto -la más populosa y colosal del Tercer Reich en aquella Europa ocupada- en la que estaban hacinados unos 400 mil hebreos que representaban un tercio de la población total de la metrópoli, enorme masa humana que fue saqueada por los nazis, padeció hambre, represión y enfermedades y eventualmente comenzó a ser trasladada en 1942 primero a la umschlagplatz o zona lindante a las estaciones ferroviarias, donde las personas permanecían durante días esperando el transporte, y luego al entramado de campos de exterminio, siendo Treblinka el más importante por su cercanía y cámaras de gas. Cuando los líderes hebreos terminaron de confirmar que el horizonte de la etnia a corto y mediano plazo se reducía a la masacre y no a los trabajos forzados, los dos principales grupos de resistencia de izquierda y derecha, la Organización Judía de Combate y la Unión Militar Judía, planificaron el Alzamiento del Gueto de Varsovia de 1943, el cual duró menos de un mes y fue aplastado por el General Jürgen Stroop, preludio asimismo para el Alzamiento de Varsovia de 1944 a instancias del Ejército Nacional o Armia Krajowa, el férreo brazo armado del movimiento de resistencia más importante del país, el Estado Secreto Polaco que a su vez respondía al Gobierno de Polonia en el exilio, primero en París y después en Londres. La sublevación, denominada Operación Tempestad por el Ejército Nacional, duró dos meses y fracasó por el poderío de las fuerzas armadas alemanas y la decisión de Iósif Stalin, el líder soviético, de abandonar a su suerte a los rebeldes porque no eran comunistas y además consideraba que su derrota facilitaría el camino para la futura República Popular de Polonia, la cual de hecho nacería en 1945 luego de la expulsión de los nazis del territorio por el Ejército Rojo.

 

Más allá del innegable hecho de que toda esta dinámica se repitió en prácticamente todos los países ocupados durante la locura bélica interimperialista de mediados del Siglo XX, Polonia fue una de las naciones que más sufrió las consecuencias de la contienda y todo su accidentado desarrollo por la fecha temprana de la invasión y la dureza de los soviéticos y los nazis sobre el territorio, al cual no sólo anexaron sino también sometieron a estrategias de genocidio, limpieza étnica y matanzas focalizadas con el objetivo de diezmar al pueblo y destruir de cuajo su cultura y cualquier intento de oposición interna. Bajo el mando de Hans Frank, aquel Gobernador General de la Polonia ocupada, y Heinrich Himmler, responsable fundamental de las Schutzstaffel o SS y de la aplicación de la Solución Final a la Cuestión Judía o traslado en trenes y puesta en funcionamiento de los campos de exterminio, Polonia fue la gran protagonista de dos de las revueltas más importantes y temerarias contra los -en un principio todopoderosos- nazis, la del Gueto de Varsovia de 1943 y la de la ciudad en su conjunto del año siguiente, y cobijó un fenómeno muy particular que de todos modos se asemeja en cierta medida al de los fugitivos de cualquier otra dictadura salvaje, aquel de los llamados Robinson Crusoes de Varsovia, referencia a la novela de 1719 del inglés Daniel Defoe que se explica por la idea de muchos polacos -en su mayoría judíos y/ o miembros del Ejército Nacional, aunque también civiles comunes y corrientes- de mantenerse siempre escondidos en la urbe desde la capitulación en 1944 de los sublevados locales frente a las fuerzas armadas alemanas, esas que bajo la orden de un enfurecido Himmler comenzaron la destrucción de la metrópoli como táctica de represalia, hasta la entrada del Ejército Rojo a Varsovia en enero de 1945, cuando el delirio genocida y el plan de germanización habían quedado en el olvido por la derrota progresiva de las Potencias del Eje y cuando ya estaba próxima la Conferencia de Yalta de febrero de ese año, en la que Stalin, Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt pactaron la entrega de Polonia a la Unión Soviética, dando nacimiento a esa República Popular de Polonia de neto corte estalinista. Sin lugar a dudas el más conocido de los Robinson Crusoes fue Władysław Szpilman (1911-2000), pianista obsesionado con las obras de Frédéric Chopin que solía brindar recitales en la radio estatal, la Polskie Radio, y que eventualmente se quedó sin su familia, asesinada por completo en Treblinka luego de una larga estadía en el gueto, asimismo un testigo privilegiado de los dos alzamientos de Varsovia contra las tropas de los nacionalsocialistas y el artífice crucial de un libro de memorias que se suele considerar como el testimonio primordial acerca de la existencia clandestina de muchos varsovianos que escaparon del yugo y del horror bélico, Muerte de una Ciudad: Memorias de Władysław Szpilman 1939-1945 (Śmierć Miasta: Pamiętniki Władysława Szpilmana 1939-1945, 1946), volumen hoy en verdad legendario.

 

La historia detrás del libro del músico, en realidad escrito por su amigo Jerzy Waldorff a partir del relato del protagonista, sigue la estela trágica de los hebreos de Varsovia y del propio Szpilman, quien vio con gran consternación cómo el naciente régimen comunista le prohibía sus memorias, en especial porque allí contaba que un oficial nazi, el Capitán Wilm Hosenfeld (1895-1952), lo había ayudado a sobrevivir dándole abrigo y comida en la etapa final de la ocupación alemana, un muy mal trago que encima se complementó primero con la extensa censura que padeció un guión de Jerzy Andrzejewski y Czesław Miłosz basado en el libro, Robinson de Varsovia (Robinson Warszawski), que después se transformaría en una película igualmente ultrajada del cineasta Jerzy Zarzycki, La Ciudad Indómita (Miasto Nieujarzmione, 1950), y segundo con el descubrimiento del pianista del espantoso destino de su salvador germano, el cual a pesar de haber ayudado a múltiples judíos de Varsovia fue sentenciado por los soviéticos a 25 años de trabajos forzados por presuntos crímenes de guerra en función de su filiación castrense, en última instancia falleciendo por torturas en un campo de concentración de Stalingrado siete inviernos luego de su captura en 1945, paradero que Szpilman pudo establecer por el dato de un violinista amigo suyo, Zygmunt Lednicki, que se cruzó con Hosenfeld cuando éste estaba detenido entre los prisioneros de guerra nazis, y por la confirmación que le acercó Jakub Berman, el infame mandamás de la policía secreta de la República Popular de Polonia, el Ministerio de Seguridad Pública, y “número dos” en la línea de mando después del presidente Bolesław Bierut. Justo antes del fallecimiento de Władysław a la edad de 88 años por causas naturales en esa Varsovia a la que nunca abandonó, su hijo Andrzej Szpilman desempolvó Muerte de una Ciudad medio siglo después de su primera aparición e hizo conocido en Occidente el testimonio de su padre en pos de recuperar la memoria histórica de su calvario, lo que llevó a una serie de ediciones como la traducción al alemán, La Supervivencia Milagrosa (Das Wunderbare Überleben, 1998), la anglosajona, El Pianista (The Pianist, 1999), y finalmente la acepción castellana, El Pianista del Gueto de Varsovia (2000), movida que efectivamente visibilizó a los Robinson Crusoes de Varsovia y rápidamente desencadenó una inmaculada adaptación cinematográfica a cargo de Roman Polanski, El Pianista (The Pianist, 2002), film escrito por Ronald Harwood, guionista célebre -entre tantas otras- por Siete Hombres al Amanecer (Operation Daybreak, 1975), de Lewis Gilbert, El Vestidor (The Dresser, 1983), de Peter Yates, Una Lección de Vida (The Browning Version, 1994), el opus de Mike Figgis, Llanto por la Tierra Amada (Cry, the Beloved Country, 1995), de Darrell Roodt, La Escafandra y la Mariposa (Le Scaphandre et le Papillon, 2007), de Julian Schnabel, y Tomando Parte (Taking Sides, 2001) y Conociendo a Julia (Being Julia, 2004), ambas de István Szabó.

 

Polanski, él mismo un sobreviviente del Holocausto, evidentemente incluyó muchas de sus experiencias personales y familiares en la película en tanto espejo de las de Szpilman, basta con recordar que el cineasta polaco nacido en París para 1939 era un niño de seis años que vivía en Cracovia, Polonia, con su pequeña parentela en tanto hijo único de la rusa Bula Katz-Przedborska y el polaco Ryszard Polanski alias Mojżesz Liebling, ambos agnósticos y de origen judío, la primera muriendo en 1943 en el campo de concentración de Auschwitz con un embarazo avanzado de cuatro meses y el segundo padeciendo dos años de cautiverio y martirios varios en el campo de concentración de Mauthausen-Gusen, a lo que se suma la estadía de Roman en el Gueto de Cracovia, creado por los nacionalsocialistas en 1941, y su deambular por las calles como mendigo bajo las leyes antisemitas de Polonia y luego como falso católico en la metrópoli y en el pueblito bucólico de Wysoka desde 1943 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial de la mano del ingreso del Ejército Rojo a la zona occidental del país, experiencias que serían plagiadas por Jerzy Kosinski, un amigo de Polanski, en el contexto de su libro de memorias apócrifas, El Pájaro Pintado (The Painted Bird, 1965), a su vez convertido en el film homónimo del 2019, obra lamentable y muy aburrida de índole arty shockeante/ exploitation del director checo Václav Marhoul. El guión de Harwood, con quien el realizador reincidiría en su siguiente proyecto, Oliver Twist (2005), traslación de la novela de Charles Dickens publicada originalmente de forma seriada entre 1837 y 1839 en la revista literaria La Miscelánea de Bentley (Bentley’s Miscellany), fundada por Richard Bentley en 1836 con el propio Dickens oficiando de editor, respeta a rasgos generales la estructura y los detalles de Muerte de una Ciudad sin jamás apartarse del núcleo dramático principal, el periplo del pianista y compositor clásico Szpilman (un sublime Adrien Brody) en un primer instante junto a su familia, aquella de sus padres, Samuel (Frank Finlay) y Edwarda (Maureen Lipman), y sus tres hermanos, la joven Halina (Jessica Kate Meyer), la abogada Regina (Julia Rayner) y el nihilista de izquierda Henryk (Ed Stoppard), y en una fase ulterior del conflicto armado ya en soledad, momento en el que efectivamente conoce al Capitán Hosenfeld (excelente desempeño de Thomas Kretschmann), con el que entabla una amistad tácita basada en el amor mutuo por la música, siendo el oficial nazi también un pianista que reconoce y celebra el talento de Władysław. Deseoso de comenzar una relación romántica con una goy o no judía, Dorota (Emilia Fox), Szpilman aplaza el asunto e ingresa al Gueto de Varsovia pero toda su familia es trasladada y fallece en Treblinka y el músico muta en trabajador esclavo de los nazis, desde donde ayuda al contrabando de armas en la previa a la sublevación judía de 1943, esa que ya lo encuentra escondido en el exterior del gueto en lo que será un largo fluir clandestino de desnutrición, ictericia y mucha angustia.

 

El film de Polanski, claramente el mejor y más sincero y objetivo sobre el Holocausto de toda la historia del cine, por un lado hace gala de un gran trabajo en fotografía de parte de Pawel Edelman y en música original de Wojciech Kilar, amén del pianista polaco Janusz Olejniczak en tanto responsable de ejecutar las piezas de Chopin, Ludwig van Beethoven y Johann Sebastian Bach que se escuchan durante el metraje, y por el otro lado se aparta considerablemente de las representaciones anteriores del tópico en el séptimo arte porque se enfoca en una supervivencia auténtica y mediocre sin heroicidad ni resistencia partisana verdadera ni el aura de esa “víctima romantizada” símil el Hollywood bobo, reduccionista o sentimentaloide, apenas apoyándose primero en la música como un símbolo de dignidad y belleza sanadora en medio de la muerte y segundo en la doble metáfora pesadillesca -y por ello muy patética y real- de Szpilman debiendo permanecer en absoluto silencio, incluso a veces con un piano cerca, y transformado en términos sociales implícitos en un ejemplo de ese pueblo judío que en su enorme mayoría aceptó con la cabeza gacha el destino impuesto cual calvario de la docilidad. La película, además, recurre a ingredientes más o menos de vanguardia para el conservadurismo promedio del mainstream y el indie consagrados a la Segunda Guerra Mundial, en sintonía con el retrato de vidas completamente destrozadas, una estructura cuasi documental sin anestesia retórica alguna, la denuncia del canibalismo/ ventajismo y la complicidad/ represión intra comunidades hebrea y polaca, el análisis del atolladero diario para satisfacer las necesidades más básicas y finalmente la idea de situar en primer plano desde la brutalidad más honesta todo este “imperativo histórico en acción”, como Yehuda (Paul Bradley), un amigo de Władysław, le dice con sarcasmo en una escena antes de conseguirle un certificado de trabajo a Samuel en un taller textil vía un tercero, Majorek (Daniel Caltagirone), lo que se traduce en el hecho de que no todos los germanos son unos psicópatas, Hosenfeld de por medio, y en ese extremo opuesto sintetizado en la presencia permanente de matanzas, recordemos para el caso aquella secuencia en la que el clan Szpilman atestigua el cruel asesinato de una familia vecina, cuyo patriarca en silla de ruedas es arrojado desde un balcón por los nazis, el resto fusilado en la calle y una víctima aún con vida pronto es arrollada por un camión militar. Más cerca de la severidad expresiva de Ven y Mira (Idi i Smotri, 1985), de Elem Klimov, la rigurosidad desidealizada de El Ejército de las Sombras (L’Armée des Ombres, 1969), clásico de Jean-Pierre Melville, y el humanismo agrio de Kapò (1960), de Gillo Pontecorvo, La Hora 25 (La Vingt-cinquième Heure, 1967), de Henri Verneuil, y Adiós a los Niños (Au Revoir les Enfants, 1987), de Louis Malle, que de aquellos primeros abordajes europeos y norteamericanos símil Noche y Niebla (Nuit et Brouillard, 1956), de Alain Resnais, y El Prestamista (The Pawnbroker, 1964), el opus de Sidney Lumet, la manipulación emocional de trazo grueso a lo La Lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), de Steven Spielberg, y La Vida es Bella (La Vita è Bella, 1997), de Roberto Benigni, o siquiera el primer revisionismo setentoso italiano de El Jardín de los Finzi Contini (Il Giardino dei Finzi Contini, 1970), de Vittorio De Sica, El Portero de Noche (Il Portiere di Notte, 1974), de la tremenda Liliana Cavani, y Pascualino Siete Bellezas (Pasqualino Settebellezze, 1975), de Lina Wertmüller, o las últimas obras de Costa-Gavras sobre la temática, Mucho más que un Crimen (Music Box, 1989) y Amen (2002), la realización asimismo se vincula a escala espiritual con la Trilogía Neorrealista de Roberto Rossellini, esa de Roma, Ciudad Abierta (Roma, Città Aperta, 1945), Paisà (1946) y Alemania, Año Cero (Germania, Anno Zero, 1948), y vista de manera retrospectiva queda claro que ofició de génesis para la “nueva vieja escuela” heterodoxa y cruda del Siglo XXI en materia del tratamiento del suplicio bélico y de las barrabasadas de los nazis en general, cuyo influjo se siente fuerte en las variopintas La Caída (Der Untergang, 2004), de Oliver Hirschbiegel, Sophie Scholl: Los Últimos Días (Sophie Scholl: Die Letzten Tage, 2005), de Marc Rothemund, Los Falsificadores (Die Fälscher, 2007), de Stefan Ruzowitzky, Desafío (Defiance, 2008), film de Edward Zwick, El Niño con el Pijama a Rayas (The Boy in the Striped Pajamas, 2008), de Mark Herman, Anónima: Una Mujer en Berlín (Anonyma: Eine Frau in Berlin, 2008), de Max Färberböck, Lore (2012), de Cate Shortland, El Hijo de Saúl (Saul Fia, 2015), faena del húngaro László Nemes, Las Inocentes (Les Innocentes, 2016), de Anne Fontaine, y definitivamente el mejor exponente del grupo que nos ocupa, El Libro Negro (Zwartboek, 2006), la descarnada y adictiva joya de Paul Verhoeven sobre el aparato despótico nacionalsocialista de aquellos Países Bajos durante la Segunda Guerra Mundial…

 

El Pianista (The Pianist, Polonia/ Francia/ Alemania/ Reino Unido, 2002)

Dirección: Roman Polanski. Guión: Ronald Harwood. Elenco: Adrien Brody, Thomas Kretschmann, Ed Stoppard, Maureen Lipman, Frank Finlay, Emilia Fox, Jessica Kate Meyer, Julia Rayner, Paul Bradley, Daniel Caltagirone. Producción: Roman Polanski, Alain Sarde y Robert Benmussa. Duración: 149 minutos.

Puntaje: 10