Nacido para Matar (Born to Kill)

El juego de los arribistas

Por Emiliano Fernández

Resulta increíble que una película como Nacido para Matar (Born to Kill, 1947), dirigida por Robert Wise, haya podido realizarse en medio del apogeo del Código Hays, aquel execrable sistema de censura cinematográfica establecido por el mismo sistema de estudios hollywoodenses que rigió entre la década del 30 hasta mediados de los años 60, ya que el film es un soberano canto a la atracción animal entre un par de arribistas que subliman su generosa psicopatía en un ascenso social cueste lo que cueste, en sí una propuesta muy franca, violenta y sutilmente sexual en la que el asesinato, las mentiras, la manipulación, la codicia, las prebendas y la querida depravación ocupan un lugar central al punto de que el opus atrajo muchísima publicidad negativa, ataques a la RKO Radio Pictures, la compañía productora, e intentos sucesivos de prohibición en su tiempo tanto por su contenido y su hilarante título, de evidente tono sensacionalista, como por la conducta fuera de pantalla de su estrella principal, el tremendo Lawrence Tierney, un actor y borrachín pendenciero ya por entonces legendario que quebró todos los récords habidos y por haber en materia de juergas, peleas de bares y arrestos furiosos, y por la supuesta vinculación del film con un caso criminal real de 1948, en el que un niño de doce años, Howard Lang, fue acusado de asesinar a otro purrete de siete con una navaja y un pedazo de concreto luego de haber visto la película semanas atrás, lo que derivó en una payasada discursiva paliativa que utilizó la defensa del niño para evitar en vano una condena de 22 años de prisión aunque a la larga el alegato resultó exitoso ya que en un segundo juicio Lang fue absuelto de culpa y cargo, panorama que ilustra a la perfección dos facetas hermanadas de la cultura norteamericana en lo que atañe a la fascinación que manifiestan en yanquilandia con la violencia, esa que se naturaliza y se condena de manera hipócrita luego de banalizarla, y en lo referido al halo morboso que acompaña al sexo cual comarca que no se lleva bien con la moderación y la sensiblería comunal, de allí que espante tanto a los puritanos y beatos huecos del montón.

 

El desparpajo, virulencia, dinamismo e inteligencia narrativa de Nacido para Matar son responsabilidad absoluta de Wise, un genio del marco artesanal de antaño que se paseó por el horror, las aventuras, la ciencia ficción, el romance, los dramas, las comedias, el western, el musical y el cine bélico aunque donde más recayó fue en el film noir, género que trabajó tanto antes como inmediatamente después del opus que nos ocupa, vía las muy inferiores Juzgado Criminal (Criminal Court, 1946) y Misterio en México (Mystery in Mexico, 1948), para eventualmente volver a brillar con todo gracias a una primera trilogía, aquella de El Luchador (The Set-Up, 1949), Trágica Sospecha (The House on Telegraph Hill, 1951) y La Ciudad Cautiva (The Captive City, 1952), y un díptico de policiales/ dramas criminales tardíos y también maravillosos, La que no Quería Morir (I Want to Live!, 1958) y Reto al Destino (Odds Against Tomorrow, 1959). El guión de Eve Greene y Richard Macaulay, basado en sí en la novela Más Mortífera que el Macho (Deadlier Than the Male, 1943), del gran especialista en el hardboiled James Gunn, comienza en Reno, en el Estado de Nevada, cuando Helen Brent (una magnífica y putona Claire Trevor), alta trepadora que envidia a su hermanastra ricachona y tontuela Georgia Staples (Audrey Long), termina los trámites de divorcio para en un futuro poder casarse con el magnate Fred Grover (Phillip Terry). En una visita a un casino ve por primera vez a Sam Wilde (Tierney), un gangster que estuvo en prisión durante cinco años con su amigo/ colega/ esclavo Marty Waterman (aquel querido Elisha Cook Jr.) y que se enfurece cuando se topa con su pareja, Laury Palmer (Isabel Jewell), toda embelesada con un tal Danny (Tony Barrett), por ello decide seguirlos hasta el hogar de ella y en una pelea improvisada mata primero al hombre y después se carga a la fémina. Brent, residente de San Francisco y alojándose por su divorcio en una casona de Reno propiedad de la Señora Kraft (Esther Howard), descubre ambos cadáveres porque Palmer era su vecina aunque opta por no dar a conocer el asuntillo y regresar a California.

 

Es en la estación ferroviaria donde Sam, escapando de la metrópoli por recomendación de Waterman, y Helen, evitando el vendaval de la carnicería, la policía y la prensa para no contrariar a un Grover siempre recatadito y moderado, pueden hablar por primera vez y allí la química resulta evidente al extremo de que ella no rechaza sus embates románticos, le recomienda un hotel donde dormir y hasta deja abierta la puerta para encuentros posteriores con el hombre, además de ex reo un ex boxeador definitivamente muy impetuoso y con fama de pocas pulgas. A partir de este punto la historia se vuelca sin alicientes hacia el terreno del melodrama erótico morboso -para el nivel de mediados del Siglo XX, desde ya- porque no escatima en componentes candentes como la pasión masoquista, la paranoia, los celos, la curiosidad, la perfidia y sobre todo un chantaje entrecruzado y ciclotímico cargado de un fatalismo en verdad delicioso que parece reafirmar todo el tiempo que no hay peor excremento en este mundo que la humanidad en su conjunto: apenas se entera de la fortuna de Staples, heredada de su papi y su emporio periodístico de San Francisco, Wilde seduce a la mujer y consigue casarse con ella en una movida espejo con respecto a su homóloga de Brent para con Grover aunque mucho más sincera ya que el homicida, a diferencia de la mujer, no pretende convencerse a sí mismo de que está enamorado en serio de la presa a lo cazafortunas con problemas contraproducentes de conciencia, lo que a su vez se unifica con la investigación llevada a cabo por un detective privado, el gordinflón y despiadado Albert Arnett (Walter Slezak), a instancia de la Señora Kraft, una borracha y delirante que fue la mejor amiga de la finada y por ello desea descubrir sí o sí al responsable de su muerte, desencadenando de sopetón que Arnett comience a extorsionar a una Helen que pasa de ayudar al susodicho, por ejemplo estableciendo el vínculo entre Sam y Marty durante la boda del primero con la tarada de Staples, a proteger a su amante, el gangster, tratando de reunir unos quince mil dólares que reclama el detective para no denunciarlo ante la policía.

 

Como en gran parte del film noir hollywoodense de la época, la fotografía de Robert De Grasse cuenta con ecos expresionistas y en general se nota mucho en pantalla la influencia que tuvo en Wise el breve período de tiempo en el que supo colaborar con Orson Welles, desempeñándose como editor en El Ciudadano (Citizen Kane, 1941) y Soberbia (The Magnificent Ambersons, 1942), ya que la furia narrativa de Nacido para Matar no perdona a nadie y continúa avanzando para profundizar esta lógica retórica de antropofagia a toda pompa, pensemos para el caso que el convite jamás pide perdón -algo muy extraño para la época- con respecto a la relación de amor/ odio entre los dos arribistas, prácticamente los iguala en vileza a lo más cerca que tenemos de un representante institucional, ese genial Arnett que se vende al mejor postor y para colmo se pasa toda la película citando la Biblia, e incluso incorpora una escena verdaderamente cruel y patética dentro del devenir, la del intento de asesinato en unos médanos de Kraft a manos de un Waterman que a su vez terminada faenado por su cofrade de presidio, Sam, un loquito imparable que siente celos porque lo ve salir de la habitación correspondiente a Brent de la mansión de turno, visita en verdad inofensiva vinculada al pedido del hombre, quien siempre pensaba en el bienestar de Wilde y se comía callado sus maltratos, de que ambos dejen de besuquearse a escondidas porque la movida arruina los planes de ascenso social tanto del ex prisionero como de la femme fatale, la cual en una escena divide explícitamente a los machos entre los aburridos símil Fred, sinónimos de bondad y seguridad, y los aguerridos y peligrosos como el amante, empardados a la fuerza, la emoción y la mentada perversión que tanto atrae por su sustrato social vedado. La propuesta exacerba a pura anarquía -y con el pie en el acelerador- la doble concepción tácita del film noir en lo que respecta a los géneros sexuales, hablamos de hombres impulsivos pero también sagaces y de mujeres igualmente destructivas que se construyen una burbuja de protección ética a su alrededor hasta que los sueños se deshacen y aparece en primer plano la ley del fariseísmo y la ambición, en el relato simbolizada en el desaire de Fred hacia Helen cuando directamente la abandona debido a que se da cuenta de que la fémina está enamorada de ese imán para las hembras llamado Sam Wilde, motivando que retome su bipolaridad anímica y se niegue a pagar la suma pedida por Arnett para que éste entregue a los uniformados al que juzga responsable de todo, el personaje del perfecto Tierney. Si la burbuja proletaria de la pareja protagónica criminal estalla en los últimos segundos, cuando se asesinan mutuamente a nivel conceptual y práctico, la prisión de oro de la alta burguesía también se cae a pedazos porque Staples descubre que es una cornuda bien naif y lo mismo puede decirse de un Grover que maquilla el asunto con la distancia emocional de Brent y sus sospechas de infidelidad, en suma un juego caníbal en el que todos carcomen las esperanzas del prójimo subrayando un idilio destinado a implosionar…

 

Nacido para Matar (Born to Kill, Estados Unidos, 1947)

Dirección: Robert Wise. Guión: Eve Greene y Richard Macaulay. Elenco: Lawrence Tierney, Claire Trevor, Walter Slezak, Phillip Terry, Audrey Long, Elisha Cook Jr., Isabel Jewell, Esther Howard, Kathryn Card, Tony Barrett. Producción: Herman Schlom. Duración: 92 minutos.

Puntaje: 10