Drácula: Una Historia de Amor (Dracula: A Love Tale)

El largo camino de vuelta al rebaño

Por Emiliano Fernández

Luc Besson en Drácula: Una Historia de Amor (Dracula: A Love Tale, 2025) continúa profundizando su repliegue hacia la nostalgia porque aquí opta por dejar de lado el gore y el terror puro y duro, ingredientes a priori infaltables tratándose de una nueva adaptación de la novela gótica de 1897 de Bram Stoker, para consagrarse a aquellas disquisiciones sobre la fe, los dilemas morales y la poca “tolerancia” del mundo ante los diferentes de Juana de Arco (Joan of Arc, 1999) y Angel-A (2005), al igual que Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas (Valerian and the City of a Thousand Planets, 2017) recuperó la ciencia ficción kitsch de El Quinto Elemento (The Fifth Element, 1997) mientras que Lucy (2014) y Anna (2019) hicieron lo propio con el apego del parisino a los sicarios, gran leitmotiv de Nikita (1990) y El Perfecto Asesino (Léon, 1994), y Dogman (2023), por su parte, trajo a colación aquel Cinéma du Look de los 80 e inicios de los 90 vinculado en su caso a Subway (1985), Azul Profundo (Le Grand Bleu, 1988) y las mencionadas Nikita y El Perfecto Asesino. En esta oportunidad el Príncipe Vlad (Caleb Landry Jones) lucha contra el Imperio Otomano en la Rumania de 1480 y en medio de las duras batallas termina quedándose sin su amada, Elisabeta (Zoë Bleu), por lo que niega a Dios, asesina en venganza a un cardenal (Haymon Maria Buttinger) y el Todopoderoso lo maldice con la vida eterna del vampirismo, así las cosas el eventualmente Conde Drácula se pasa 400 años esperando el regreso de su pareja a través de una reencarnación que por supuesto termina siendo Mina (Bleu otra vez), amiga de una sirviente siempre devota del protagonista, María (Matilda De Angelis), y prometida de un pobre tarado que se aparece en su castillo en la Transilvania de los Montes Cárpatos para venderle una propiedad en París, Jonathan Harker (Ewens Abid), el cual rápidamente es hecho prisionero por unas gárgolas que cobran vida mientras el conde marcha hacia la capital de Francia para enamorar a una Mina que pronto sabrá de su pasado como Elisabeta.

 

Besson mete en la licuadora una retahíla de ingredientes de traslaciones previas y regiones cinematográficas más lejanas, pensemos por ejemplo en el prólogo prevampirismo y el look avejentado del aristócrata que remiten a Drácula (Bram Stoker’s Dracula, 1992), odisea de Francis Ford Coppola, unos detalles cómicos esporádicos en sintonía con La Danza de los Vampiros (Dance of the Vampires, 1967), de Roman Polanski, ese castillo del protagonista cual refugio animista que nos reenvía a La Bella y la Bestia (La Belle et la Bête, 1946), de Jean Cocteau, y todo el fetichismo para con los aromas/ olores que sirven de afrodisíacos a lo Perfume: La Historia de un Asesino (Perfume: The Story of a Murderer, 2006), de Tom Tykwer, sin olvidarnos de dos elementos adicionales, primero esa escena de hartazgo con la inmortalidad e intento de suicidio en la que el personaje de Jones se arroja varias veces por la ventana como aquel Trelkovsky del propio Polanski en otra de sus joyas, El Inquilino (Le Locataire, 1976), y segundo la idiosincrasia del personaje vanhelsingeano, una criatura sin nombre conocido a cargo del estupendo intérprete austríaco Christoph Waltz, señor que por cierto aquí no es un polímata o quizás un científico metafísico marginado por sus pares sino un sacerdote de impronta detectivesca cuya rigurosidad nos conduce al Peter Cushing de Drácula (1958), de Terence Fisher, y sus secuelas al calor de la Hammer Film Productions. Entre otras pinceladas de lo más peculiares, como una secuencia orgiástica en un convento que parece extraída de un nunsploitation de la década del 70 y esas gárgolas de CGI -en realidad niños esclavizados/ encantados- que retoman mucho del sustrato adorablemente rústico del stop motion de los 50 y 60 de Ray Harryhausen, la película cae un poco por debajo del renacimiento creativo del director, Dogman, y se nota mucho -como el mismo Besson se molestó en aclarar- que el film está motivado no por su cariño hacia el relato de Stoker sino por su enorme admiración hacia Jones, a quien le permite lucirse con soltura.

 

Es de hecho el protagonista, socio crucial de Besson en Dogman y actor estadounidense apasionado al borde de la locura, el principal sostén de una epopeya demasiado extensa, un tanto esquizofrénica y caracterizada por un tono narrativo tragicómico más que lírico en sí, en este sentido la obra lamentablemente no brilla en diálogos, trama o verdaderas sorpresas pero sin duda aprovecha muy bien la belleza y la elegancia de las locaciones europeas, en suma reemplazando la decadencia anglosajona por la efervescencia gala más su surrealismo marca registrada y una psicología intimista y paciente. En esta ocasión regresan motivos retóricos de larga data del amigo Luc en sintonía con la familia compuesta, el sufrimiento, los excluidos, la devoción católica y ese amor loco/ “amour fou” que es también toda una institución cultural de Francia en su conjunto, un lote al que se agrega el engranaje formal señalado en consonancia con el barroquismo de la dimensión visual digno del Cinéma du Look, concepto paraguas que asimismo incorporó la producción artística de los comienzos de las carreras de Leos Carax y Jean-Jacques Beineix. La primera mitad de Drácula: Una Historia de Amor es heterodoxa y caótica, sin jamás lograr definirse sobre la seriedad o el atisbo autoparódico del asunto en una jugada que no calza del todo bien con un “género duro” como el terror, y la segunda parte resulta mucho más ortodoxa o previsible en cuanto a la lectura que el realizador lleva a cabo de las páginas de Stoker, ahora con María siendo decapitada por Harker -espada en mano- y con Mina abandonando París por motu proprio con el mandamás de los chupasangres en su periplo hacia los Montes Cárpatos. Conviene tener presente que en pantalla el personaje equivalente a Lucy Westenra, de hecho la María de la actriz italiana De Angelis, incluye elementos fundamentales de R.M. Renfield, aquel esclavo esperpéntico del conde que lo ayuda a tomar posesión de Mina y lo idolatra desde el manicomio dirigido por Jack Seward, hoy el Doctor Dumont (Guillaume de Tonquédec).

 

Aquí el director y guionista no sólo sustituye a Londres con París, su hogar, sino que se saltea los viajes de los personajes, casi siempre fetichizados como si fuesen metáforas de la adaptación cultural de país en país, y como decíamos con anterioridad esquiva el horror más pomposo en favor de un grotesco constante en el que el romanticismo y sus debacles surgen de manera relativamente natural, sin aquella afectación teatral paradigmática del ecosistema británico que se terminó filtrando en todas y cada una de las traslaciones de la novela, desde Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922), de F.W. Murnau, y Drácula (1931), de Tod Browning, hasta las recientes Drácula: Mar de Sangre (The Last Voyage of the Demeter, 2023), de André Øvredal, y Nosferatu (2024), de Robert Eggers. Hoy el conde no se transforma en murciélagos, lobos o ratas, otro latiguillo de las exégesis de la segunda mitad del Siglo XX en adelante que el francés evita, y su poder es más bien mágico estándar en función de la época de turno, 1880, en buena medida homologado a la telequinesis, el control mental y el desencadenamiento de “recuerdos” de vidas pasadas como lo provocado en Mina en relación a Elisabeta gracias a la cajita de música que Vlad le regala con dicho objetivo, para una epifanía basada en el vínculo romántico de antaño. El desenlace, ahora volcado a la inmolación voluntaria del conde dentro de un marco de cine bélico y de acción porque el clérigo de Waltz se aparece en Transilvania con un pequeño ejército para aniquilar a Drácula y volver a aguarle la relación con su amada, unifica pasado y presente gracias a un ateísmo acérrimo de desquite y la mentada incomprensión comunal frente al distinto y por supuesto el amor puro, el verdaderamente exacerbado/ fanatizado que no se anda con tibieza alguna, un planteo que a su vez deja todo servido para otra de las obsesiones temáticas de Besson, la redención o el largo camino de vuelta al rebaño, porque fallecer solo, como apóstata o con problemas de conciencia prácticamente nadie lo desea…

 

Drácula: Una Historia de Amor (Dracula: A Love Tale, Francia/ Reino Unido, 2025)

Dirección y Guión: Luc Besson. Elenco: Caleb Landry Jones, Christoph Waltz, Zoë Bleu, Matilda De Angelis, Ewens Abid, Haymon Maria Buttinger, Guillaume de Tonquédec, Salomon Passariello, Raphael Luce, Romain Levi. Producción: Luc Besson y Mark Canton. Duración: 129 minutos.

Puntaje: 6