Si Don Juan Fuese Mujer (Don Juan ou Si Don Juan était une Femme)

El mal a conciencia

Por Emiliano Fernández

Las películas que cierran una era o que marcan el comienzo práctico o quizás simbólico de un declive profesional arrastran un encanto morboso muy particular que el resto de la producción artística del creador o creadores en cuestión no suele detentar, ejemplo supremo de lo anterior es Si Don Juan Fuese Mujer (Don Juan ou Si Don Juan était une Femme, 1973), no sólo el comienzo de la evidente crisis productiva de Roger Vadim, otrora un señor locuaz y efervescente que funcionó como puente espiritual central en la transición histórica entre las nudie cuties de la década del 50 por un lado y el sexploitation de los 60 y la Edad de Oro del Porno de los 70 por el otro, sino además el último protagónico hecho y derecho de la inefable Brigitte Bardot, quien en ese mismo año aunque tiempo después tendría un papel secundario, en la jerarquía del elenco en cuestión detrás de Francis Huster y de Nathalie Delon, en La Divertida Historia de Colinot (L’Histoire très Bonne et très Joyeuse de Colinot Trousse-Chemise, 1973), opus hoy completamente olvidado de Nina Companeez, y luego abandonaría definitivamente la actuación por el acoso insoportable de la prensa de la época, una racha de fracasos estrepitosos en taquilla, aquellos arrebatos hedonistas a lo autosabotaje insistente, un rostro muy bello que comenzaba a flaquear y el anhelo general de volcar todos sus esfuerzos a la militancia en favor del veganismo y los derechos de los animales, causas nobles que paulatinamente combinaría, a medida que se acumulaban los años de reclusión y la inestable psiquis de la mujer se complicaba aún más, con una xenofobia pronunciada en contra de los musulmanes, intereses que curiosamente comparte con otro chiflado amante de la extrema derecha, Morrissey, el ex frontman de The Smiths y otra verdadera máquina de disparar comentarios desafortunados de tanto en tanto.

 

Bardot venía de una carrera muy despareja en la que se destacan realizaciones de la más variada envergadura como Las Maniobras del Amor (Les Grandes Manoeuvres, 1955), de René Clair, Helena de Troya (Helen of Troy, 1956), de Robert Wise, Y Dios Creó a la Mujer (Et Dieu Créa la Femme, 1956), de su por entonces marido Vadim, Una Parisina (Une Parisienne, 1957), de Michel Boisrond, En Caso de Desgracia (En Cas de Malheur, 1958), de Claude Autant-Lara, La Verdad (La Vérité, 1960), mega joya de Henri-Georges Clouzot y por lejos su mejor trabajo para la gran pantalla, Vida Privada (Vie Privée, 1962), película semi autobiográfica encargada a Louis Malle, El Desprecio (Le Mépris, 1963), de Jean-Luc Godard, Querida Brigitte (Dear Brigitte, 1965), de Henry Koster, ¡Viva María! (1965), otra faena de Malle, Shalako (1968), de Edward Dmytryk, y Las Petroleras (Les Pétroleuses, 1971), de Christian-Jaque; y ya había colaborado en cuatro ocasiones con Vadim, hablamos en primera instancia de la revolucionaria Y Dios Creó a la Mujer, ópera prima del director y guionista que cosechó un enorme éxito en todo el globo y exacerbó el sustrato sexual de las fábulas románticas cinematográficas en tiempos de una mojigatería muy extendida, y en segundo lugar de tres melodramas más de una calidad inferior aunque relativamente interesantes, Los Joyeros del Claro de Luna (Les Bijoutiers du Clair de Lune, 1958), La Correa en el Cuello (La Bride sur le Cou, 1961) y El Reposo del Guerrero (Le Repos du Guerrier, 1962), amén de una participación en la epopeya colectiva Historias Extraordinarias (Histoires Extraordinaires, 1968), basada en relatos de Edgar Allan Poe, aunque no en el segmento de Vadim, Metzengerstein, sino en el de Malle, William Wilson, ambos cayendo muy por debajo del recordado episodio de Federico Fellini, Toby Dammit.

 

Como era habitual en el caso de la elegancia de Vadim, el guión del parisino y Jean Cau, éste un especialista del film noir que había trabajado con Alain Cavalier, Jean Herman, Jacques Deray y el mismo Roger en El Engaño (La Curée, 1966), es simple y se entronca, continuando con el análisis retrospectivo, con lo que luego sería la estructura paradigmática del cine porno, formato más descriptivo que narrativo que el francés ayudó a erigir y pulir en términos del séptimo arte y que se remonta al folletín literario más indecoroso: aquí Bardot compone a Jeanne, una auténtica comehombres que se considera una reencarnación del mítico Don Juan, arquetipo del seductor y/ o libertino crónico que pasa de conquista en conquista como cazador de presa en presa, por ello se presenta ante su primo sacerdote, Paul (Mathieu Carrière), afirmando que mató a un hombre cual cebo verbal que le garantice la atención de los oídos curiosos del cura, de por sí renuente a escucharla porque sabe de su carácter prostibulario y destructor aunque en realidad sin poder contenerse, así desfilan tres episodios de corazones destruidos, manipulados o llevados a una fatalidad cuasi lírica, el primero protagonizado por Pierre Gonzague (Maurice Ronet), un magistrado, consejero de Estado y profesor universitario que se enamora locamente de Jeanne al punto de abandonar a su esposa e hija y entregarse al acoso cuando es rechazado por la vampiresa, el segundo centrado en Louis Prévost (Robert Hossein), un magnate sádico que cosifica a su esposa Clara (Jane Birkin) y por ello la protagonista se acuesta con la susodicha y después le niega el ansiado ménage à trois al varón y a su narcisismo por demás herido, y el tercero girando alrededor de un guitarrista llamado Bobby (Robert Walker Jr.), muchacho que se suicida a posteriori del coito porque la fémina le exigió, en un exceso de desvarío libidinoso, su vida.

 

El tono tontuelo y algo automatizado de erotismo decadente, en simultáneo preciosista y extremadamente mortuorio ya que ensalza los efectos nocivos de la seducción sin marco moral más allá de cierta venganza de género hacia Prévost, se complementa perfectamente con el semblante maduro de Bardot, la estampa de galanes de los asimismo legendarios Ronet y Hossein y la fragilidad etérea y paradójicamente femenina de Walker y Carrière, lo que sitúa en primer plano los tres ejes conceptuales de Si Don Juan Fuese Mujer, primero, la idea de naturalizar a la lascivia en tiempos de una revolución sexual que recurría mucho a las poses políticas pirotécnicas para enardecer o confrontar con los puritanos, segundo, no regodearse en las escenas de sexo y sólo limitarlas a escala macro al instante lésbico y la reglamentaria cópula del último acto entre los primos, léase el clérigo y nuestra Don Juan con vagina, y finalmente la noción de una mujer varonil símil depredador voluptuoso sin culpa que de todos modos paga las consecuencias de su accionar en la coyuntura de una sociedad siempre hipócrita y condenatoria, por ello ella fallece en el desenlace en las llamas del pobre lunático, Pierre, quien no acepta un “no” por respuesta cual amante despechado. Lejos estaban ya los años de la primera Brigitte y aquellos otros con Jane Fonda, otra de las esposas de Vadim, y todavía más lejos quedarían sus mejores obras, nos referimos a Y Dios Creó a la Mujer, Las Relaciones Peligrosas (Les Liaisons Dangereuses, 1959) y Rosa de Sangre (Et Mourir de Plaisir, 1960), después de la serie de desastres futuros estelarizados por Sirpa Lane, Sylvia Kristel, Cindy Pickett y Rebecca De Mornay, sucesivos intentos de reemplazo de una Bardot irremplazable que hoy se sobrepone a la poesía visual devaluada y la torpeza retórica de Roger y redondea una veterana creíble que hace el mal a conciencia…

 

Si Don Juan Fuese Mujer (Don Juan ou Si Don Juan était une Femme, Francia/ Italia, 1973)

Dirección: Roger Vadim. Guión: Roger Vadim y Jean Cau. Elenco: Brigitte Bardot, Maurice Ronet, Robert Hossein, Jane Birkin, Mathieu Carrière, Robert Walker Jr., Michèle Sand, Léna Skerla, Lena Grinda, Sylvie Reichenbach. Producción: Roger Vadim, Giorgio Venturini y Solly V. Bianco. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 6