A pesar de que nunca fue tan conocido como otros genios de la ciencia ficción vinculados a esa usina de líneas argumentales de vanguardia bautizada La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), la mítica serie creada por Rod Serling para la CBS, en sintonía con Richard Matheson, Charles Beaumont, George Clayton Johnson y Ray Bradbury, entre muchos otros, Jerome Bixby de todos modos dejó una huella indeleble en el programa televisivo al escribir en 1953 el cuento homónimo que inspiraría Es una Buena Vida (It’s a Good Life, 1961), episodio número ocho de la tercera temporada, aquel dirigido por James Sheldon y escrito por el mismísimo Serling, que se transformaría con el transcurso de las décadas por venir en uno de los más populares al punto de ser objeto de una remake en La Dimensión Desconocida: La Película (Twilight Zone: The Movie, 1983), opus colectivo de John Landis, Steven Spielberg, Joe Dante y George Miller, y desencadenar una secuela en el correcto revival de 2002 y 2003 para UPN, Todavía es una Buena Vida (It’s Still a Good Life, 2002), todo alrededor de un tenebroso niño de seis años, Anthony Fremont, que puede leer la mente y posee poderes dignos de un Dios que utiliza para esclavizar a su familia de maneras un tanto sarcásticas. Sin embargo el trabajo de Bixby no se limita a la televisión, donde por cierto también escribió cuatro episodios clásicos de Viaje a las Estrellas (Star Trek, 1966-1969), serie de Gene Roddenberry para la NBC, dos de la segunda temporada, Espejo, Espejo (Mirror, Mirror, 1967) y Por Cualquier Otro Nombre (By Any Other Name, 1968), y dos de la tercera, El Día de la Paloma (Day of the Dove, 1968) y Réquiem para Matusalén (Requiem for Methuselah, 1969), pensemos que el señor también dejó su marca en el séptimo arte como guionista especialmente por tres películas, El Terror del Espacio Exterior (It! The Terror from Beyond Space, 1958), de Edward L. Cahn, esa pequeña joya Clase B de “monstruo en el cosmos” que inspiraría a Alien (1979), la odisea proletaria de Ridley Scott, Viaje Fantástico (Fantastic Voyage, 1966), de Richard Fleischer, maravilla de la miniaturización y las aventuras dentro del cuerpo que sería la base para la serie animada del mismo título de 1968 y 1969, y El Hombre de la Tierra (The Man from Earth, 2007), de Richard Schenkman, trabajo sublime de aristas religiosas y científicas sutilmente polémicas que resonaría en cierto cine fantástico cristiano posterior, en ocasiones heterodoxo new age.
Más allá del hecho de que Bixby además estuvo involucrado en otros opus audiovisuales de diversa envergadura, como por ejemplo dos convites fallidos de ciencia ficción de los 50, La Maldición del Hombre sin Cara (Curse of the Faceless Man, 1958), de Cahn, y El Misil Perdido (The Lost Missile, 1958), de William Berke y su vástago Lester William Berke, un piloto de media hora para una serie craneada por la Hammer Film Productions que nunca fue realizada, Cuentos de Frankenstein (Tales of Frankenstein, 1958), de Curt Siodmak, e incluso una inaudita faena de aventuras situada en Malasia y protagonizada por Robert Mitchum, Jack Hawkins y la bella Elsa Martinelli, la hoy completamente olvidada Alboroto (Rampage, 1963), de Phil Karlson, efectivamente al amigo Jerome se lo recuerda por su intervención en La Dimensión Desconocida y Viaje a las Estrellas y sus historias para los tres films señalados, por supuesto destacándose en la memoria cinéfila de corto plazo de los espectadores del nuevo milenio El Hombre de la Tierra, obra inconmensurable que Bixby había empezado a escribir en la década del 60 y terminó en 1998 justo antes de fallecer de un infarto a la edad de 75 años, en esencia una relectura de Réquiem para Matusalén, aquel episodio dirigido por Murray Golden que retomaba la archiconocida parábola bíblica del título, en concreto sobre un abuelo de Noé que vivió la friolera de 969 años según el texto sacro, e ingredientes de La Tempestad (The Tempest, 1611), de William Shakespeare, y El Planeta Desconocido (Forbidden Planet, 1956), clásico de la sci-fi misántropa de Fred M. Wilcox, y nos presentaba al Capitán Kirk (William Shatner), el extravagante Señor Spock (Leonard Nimoy) y el Doctor McCoy (DeForest Kelley) topándose en el planeta Holberg 917-G con un tal Flint (James Daly), sujeto de seis mil años de edad que asumió diversas personalidades históricas, como Leonardo da Vinci y Johannes Brahms, y eventualmente rivalizaba con Kirk por el amor de una bonita androide que había construido para que fuese su compañera inmortal, Rayna (Louise Sorel). La propuesta que nos ocupa constituye un caso muy extraño porque gran parte de su popularidad subterránea en el Siglo XXI se debe a su distribución mundial mediante torrents, algo que se condice con los pocos recursos con los que contó Schenkman, un realizador indie y Clase B que rodó el film en su propia casa a lo largo de apenas ocho jornadas y con un presupuesto de unos míseros 200 mil dólares.
Toda la acción se desarrolla en la cabaña de un profesor universitario que está a punto de marcharse luego de trabajar en la misma institución educativa por diez años, John Oldman (un siempre sereno y con look de sabio David Lee Smith), por ello lo visita de improviso un grupito de colegas de distintas ramas científicas para brindarle una fiesta de despedida, nos referimos al antropólogo Dan (Tony Todd), el arqueólogo Art Jenkins (William Katt), el biólogo Harry (John Billingsley), la especialista en arte Edith (Ellen Crawford) y la historiadora Sandy (Annika Peterson), amén de una alumna llamada Linda Murphy (Alexis Thorpe) que llega acompañada por Art y parece ser su pareja. Interrogado acerca de los motivos detrás de su partida, John les transmite una verdad que jamás reveló a nadie, léase el hecho de que tiene 14 mil años de edad y nació en el Período Paleolítico, lo que despierta la incredulidad del resto porque todo se origina como un relato tentativo de ciencia ficción y pronto muta en una crónica que incluye haber conocido a Cristóbal Colón y Vincent van Gogh, haber pasado por “uno más” entre sumerios y babilónicos y haberse convertido en discípulo espiritual de Buda en un viaje al Este. Jenkins teme por su salud mental e invita a un psiquiatra avejentado, el Doctor Will Gruber (Richard Riehle), quien cuestiona desde la ética esta bendición/ condena de no envejecer y amenaza al protagonista con un revólver descargado a raíz de una crisis psicológica por el fallecimiento de su esposa el día anterior. Si bien el planteo asimismo despierta la fascinación de Dan, el rechazo tajante de Art, las ironías de Harry y la curiosidad respetuosa de Sandy y Linda, el asunto se desmadra cuando Oldman asevera defender un semi politeísmo sincrético más humano que teológico y ser el origen de la figura malinterpretada y mitificada de Jesucristo en función de sus intentos de desperdigar socialmente los postulados del budismo en los confines del Imperio Romano en Medio Oriente, ganándose sucesivas arremetidas de la fanática piadosa del cónclave, Edith. Eventualmente Gruber pierde la paciencia e insta a John a que reconozca que todo es una farsa so pena de recluirlo de inmediato en un manicomio, por ello nuestro representante de la perennidad antropomorfizada siempre equitativa se retracta pero minutos antes de partir el psiquiatra escucha en una charla casual el nombre de su padre entre los alias usados por Oldman en el pasado, provocándole una muerte repentina a través de un ataque cardíaco.
Schenkman, aquí entregando su única película memorable porque el resto de su producción artística se reduce a films mediocres en géneros como el musical, el erotismo, la comedia, la acción, el horror, el thriller y el melodrama, ofrece en pantalla una reconstrucción astuta, minimalista, cálida y muy seductora del guión original de Bixby sirviéndose del estupendo desempeño del elenco, la sensación de claustrofobia intelectual y todas estas idas y vueltas anímicas, discursivas e ideológicas que trae a colación una situación extraordinaria de esta índole, donde una afirmación a priori inverosímil o ridícula es formulada con una sensatez y rigurosidad sorprendentes que en esta oportunidad incluyen la apología de la perspectiva sesgada individual, del agnosticismo en materia religiosa/ enigmática, del sustrato aleatorio y paradójico de nuestra vida y sobre todo de la capacidad del lenguaje para estructurar el conocimiento porque John una y otra vez afirma haber tomado conciencia de determinados sucesos o procesos históricos de la humanidad una vez que fueron categorizados dentro de estructuras complejas de pensamiento. Condimentado con una típica subtrama romántica, hoy basada en esa Sandy que está enamorada del inmortal, y con arrebatos fundamentalistas tanto de parte de la ciencia como de la fe, la primera representada en los exabruptos hiper violentos de Gruber y la segunda en el infantilismo caprichoso de Edith, el film juega con un viejo latiguillo de la fantasía especulativa para adultos símil Serling y Roddenberry, la rutinización de lo insólito que no sólo saca al bípedo prosaico de su “zona de confort” sino que lo lleva a reconsiderar su ideario y existencia hasta entonces, de allí que el protagonista tenga que mudarse sistemáticamente cada diez años para que los otros humanos no entren en pánico ante lo desconocido o inexplicable que para colmo pone en primer plano la gran precariedad de la memoria y escapa al facilismo de seres omniscientes en las alturas. La potencia retórica del guión de Jerome, por cierto no duplicada en la innecesaria pero digna secuela del propio Schenkman, El Hombre de la Tierra: Holoceno (The Man from Earth: Holocene, 2017), tiene mucho de “teatro filmado” aunque sin las limitaciones del rubro gracias a diálogos y soliloquios apasionantes que denuncian las cruzadas inquisitoriales del cerco institucional y el detalle de que el mensaje -sea moral, esotérico, eclesiástico, erudito o político- siempre es tergiversado y casi nunca es practicado por sus propios pregoneros…
El Hombre de la Tierra (The Man from Earth, Estados Unidos, 2007)
Dirección: Richard Schenkman. Guión: Jerome Bixby. Elenco: David Lee Smith, Tony Todd, William Katt, John Billingsley, Ellen Crawford, Annika Peterson, Alexis Thorpe, Richard Riehle, Steven Littles, Chase Sprague. Producción: Richard Schenkman y Eric D. Wilkinson. Duración: 87 minutos.