La homosexualidad en el Reino Unido estuvo penada en todos los ámbitos desde siempre, específicamente la masculina porque la importancia de las mujeres era nimia y ni siquiera se las consideraba dignas de ser incluidas en la legislación de turno, y recién con la llegada del Siglo XX se fue imponiendo una percepción social bastante particular y contradictoria que continuaba considerando al asunto una enfermedad peligrosa, que podía esparcirse entre la población, aunque al mismo tiempo señalando que prohibirlo era una estupidez y una injusticia ya que no pasaba de ser una conducta del ámbito privado, así la censura era vista como un ataque a la sacrosanta libertad de los sujetos. Para la década del 60, entre los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos y el ascenso de la juventud en todo el globo a la esfera pública de la vida, los ingleses llegaron a una especie de acuerdo para despenalizar a la homosexualidad, práctica que de todos modos ya no era perseguida por una policía que estaba mucho más interesada en la industria del chantaje que su prohibición habilitaba entre los sectores más oportunistas del hampa local, y pronto fue promulgada la denominada Ley de Delitos Sexuales de 1967 que en esencia trataba a los gays como unos discapacitados que sufrían el escarnio comunal y por ello se apiadaba de ellos eliminando la represión estatal y el tiempo obligatorio de cárcel esperando que “se curen” con el tiempo sin inquisición institucional de por medio, una de las diversas medidas de apertura política progresiva hacia la izquierda del primer gobierno del Primer Ministro Harold Wilson, aquel desarrollado entre 1964 y 1970, como por ejemplo la legalización del aborto, la relajación de las asfixiantes leyes de divorcio y la abolición de la censura teatral y especialmente de la pena capital. Mientras que la norma en un primer momento sólo cubría Inglaterra y Gales, dos de los cuatro “países” constituyentes del Reino Unido, a posteriori se amplió a Escocia, en 1980, e Irlanda del Norte, ya en 1982, para abarcar todas las jurisdicciones territoriales.
En tiempos que recién comenzaban a ser agitados a nivel mundial e ideológico, allá en el nacimiento de la década del 60, se dio una situación curiosa porque aparecieron tres films en el represivo ecosistema simbólico anglosajón que utilizaban como recurso fundamental al chantaje o la calumnia con foco en una homosexualidad que de divulgarse arruinaría la carrera de la víctima y la sometería al ninguneo, la burla, el desprecio o hasta la violencia de los bobos más reaccionarios de la sociedad, hablamos de dos propuestas hollywoodenses interesantes aunque un tanto pomposas, La Mentira Infame (The Children’s Hour, 1961), de William Wyler, de temática lésbica y centrada en el ámbito educativo, y Tormenta sobre Washington (Advise & Consent, 1962), de Otto Preminger, ahora sobre las idas y vueltas de la política norteamericana, y una británica hasta la médula, Víctima (Victim, 1961), dirigida por Basil Dearden y escrita por el matrimonio de Janet Green y John McCormick, una obra mucho más prosaica y minimalista que las anteriores porque el realizador en cuestión ya había trabajado y pronto volvería a trabajar con los mismos guionistas en ocasión de otros dos dramas de la época de raigambre sumamente polémica, Crimen al Atardecer (Sapphire, 1959), acerca de la intolerancia y el racismo contra los inmigrantes africanos en Londres, y Vida para Ruth (Life for Ruth, 1962), sobre el fundamentalismo religioso y su vínculo con la ética, la familia y la medicina. Si bien La Mentira Infame, Tormenta sobre Washington y Víctima poseen una perspectiva común conservadora para nuestros días pero pirotécnica y muy valiente para entonces, las diferencias son claras porque las dos primeras optan para la opción moralizante explícita, el suicidio de los homosexuales del relato, y la inglesa, en cambio, se juega por una alternativa más leve volcada a la supervivencia del gay a cambio de que no se separe en última instancia de su típica “esposa de adorno” símil matrimonio por conveniencia, algo así como un símbolo/ garante de la represión del ardor homosexual.
Víctima funciona en simultáneo como un film noir maravilloso -cargado de claroscuros y mucha paranoia- acerca de la industria del chantaje durante los días de la homosexualidad demonizada, léase un thriller laberíntico de conspiraciones basadas en la contingencia de la reputación destruida, y como un retrato muy sincero de una comunidad en las sombras que se mueve como una resistencia ante una fuerza de ocupación, de allí que el secretismo y la necesidad eterna de camuflarse a ojos del vulgo logren transmitir -como ninguna película previa- el acecho invisible que padecían los gays en el período considerado. Aquí la trama comienza con la fuga desesperada de Jack “Boy” Barrett (Peter McEnery), un joven de clase obrera que liquidaba sueldos para una constructora y robó 2300 libras cobrando el salario de cinco trabajadores inexistentes hasta que fue denunciado a la policía, movida criminal de guante blanco que está vinculada a la homosexualidad del muchacho porque viene siendo chantajeado con una fotografía de él en un auto llorando junto a Melville Farr (ese melancólico y sublime Dirk Bogarde, un gay que jamás salió del clóset), prominente abogado cuarentón de la alta burguesía que está casado con Laura (Sylvia Syms) y próximo a escalar a la posición de juez, señor que a su vez no atiende las llamadas telefónicas de Barrett pensando que se trata de una extorsión y sin saber que son pedidos de ayuda para salir del país cuanto antes. El joven es apresado por el Detective Inspector Harris (John Barrie) y su asistente Bridie (John Cairney) pero frente a la perspectiva de eventualmente delatar a su amado Farr, se suicida ahorcándose en su celda. Melville, que rechazó a Boy sin tener sexo con él como había hecho años atrás con un tal Phil Stainer en la universidad, el cual asimismo terminó quitándose la vida, siente culpa por lo sucedido con Barrett y se asocia a un amigo del finado, Eddy Stone (Donald Churchill), para descubrir al chantajista, quien provoca el infarto de otra pobre víctima, el peluquero Henry (Charles Lloyd Pack).
Si bien en términos de los recursos paradigmáticos del cine de género la realización es sin duda muy sencilla, basta con señalar que todo se resuelve mediante los latiguillos del drama testimonial del testigo cobarde, otro extorsionado, el famoso actor Calloway (Dennis Price), y el protagonista automartirizado, en este caso un Farr que pronto se vuelve objeto de un nuevo chantaje y así colabora con Harris y Bridie para tenderle una trampa a lo que resulta ser un dúo de delincuentes bien retrógrados, prejuiciosos y avaros, el matón Sandy Youth (Derren Nesbitt) y la arpía menopáusica Bee Benham (Margaret Diamond), empleada del librero homosexual Harold Doe (Norman Bird), un amante despechado de Boy que en su escape también le negó auxilio al muchacho para después sucumbir en la angustia culposa, lo cierto es que la película en primera instancia se luce al quebrar el triple tabú central, eso del amor franco entre personas del mismo sexo, de distinta clase social e incluso con una diferencia de edad bastante importante, y en segundo lugar poniendo de relieve por un lado el rol cómplice del miedo, el individualismo y la pusilanimidad para con la extorsión y por el otro lado el fariseísmo social extremo y la doble moral de la época acerca de la temática de fondo, como decíamos con anterioridad considerando a la homosexualidad una ofensa menor y bastante tonta pero aún proclive a ser ridiculizada en público si los responsables no saben guardar el secreto o no pueden confinarlo a la dimensión privada, red comunal cuasi mafiosa que involucra la represión, la vergüenza, el dolor, la indecisión, el contubernio, la muerte ocasional y una búsqueda de paz ficticia que muchas veces lleva a las víctimas a entregar el dinero pedido y así legitimar a sus verdugos. Denunciando la faceta homofóbica de muchas hembras semi retrasadas mentales, de los capitalistas mugrosos de turno, hoy representados en un barman muy hipócrita (Frank Pettitt), y de unas clases altas que se abogan el derecho de ser el “barómetro moral” de la sociedad, como el hermano de Laura, Scott Hankin (Alan MacNaughtan), el opus de Dearden, responsable de otros clásicos en línea con Al Morir la Noche (Dead of Night, 1945), Corazón Cautivo (The Captive Heart, 1946), La Lámpara Azul (The Blue Lamp, 1950), El Espectáculo más Pequeño de la Tierra (The Smallest Show on Earth, 1957), Honorables Delincuentes (The League of Gentlemen, 1960), Noche de Pesadilla (All Night Long, 1962), La Piscina del Terror (The Mind Benders, 1963), La Mujer de Paja (Woman of Straw, 1964), Khartoum (1966), El Club de los Asesinos (The Assassination Bureau, 1969) y El Hombre que se Perseguía a sí Mismo (The Man Who Haunted Himself, 1970), ofrece un retrato inusualmente humano y complejo de la fauna homosexual de entonces que va desde el oficial encubierto (John Bennett) y el gay buchón (Nigel Stock) hasta una graciosa pareja de estafadores postales compuesta por un ciego y su partenaire (Hilton Edwards y David Evans), amén del peso dramático inflado dado a la cornuda, Laura, detalle moralizante de vuelta al redil social -inevitable en la etapa histórica- que nunca llega a molestar porque el guión de McCormick y Green, esta última muy conocida también por La Silla Vacía (Cast a Dark Shadow, 1955), de Lewis Gilbert, Encaje de Medianoche (Midnight Lace, 1960), de David Miller, y 7 Mujeres (7 Women, 1966), de John Ford, lo disfraza de una “amistad” entre Melville y la fémina de cotillón…
Víctima (Victim, Reino Unido, 1961)
Dirección: Basil Dearden. Guión: Janet Green y John McCormick. Elenco: Dirk Bogarde, Peter McEnery, Donald Churchill, Sylvia Syms, Dennis Price, John Cairney, Norman Bird, Derren Nesbitt, John Barrie, Alan MacNaughtan. Producción: Michael Relph. Duración: 100 minutos.