Adiós, Idiotas (Adieu les Cons)

El miedo se desvanece

Por Emiliano Fernández

Durante gran parte de su trayectoria profesional, esa que empezó a fines de la década del 80, Albert Dupontel trabajó como actor al servicio de realizadores variopintos en sintonía con Jacques Rivette, Laurent Boutonnat, Gaspar Noé, Nicolas Boukhrief, Jacques Audiard, James Huth, Michel Deville, Bertrand Blier, Jean-Pierre Jeunet, Danièle Thompson, Eric-Emmanuel Schmitt, Julien Leclercq, Cédric Klapisch, Jean Becker, Eric Valette, Florent-Emilio Siri, Denis Dercourt, Bouli Lanners y el dúo de Benoît Delépine y Gustave Kervern, sin embargo desde mediados de los 90 el señor comenzó a volcarse hacia la dirección y escritura de guiones -pero sin renunciar a su rama interpretativa- y así ha acumulado una interesante carrera como cineasta dentro del rubro que siempre fue dominante en su trabajo en general tanto delante como detrás de cámaras, la comedia, pensemos en las interesantes Bernie (1996), El Creador (Le Créateur, 1999), Bloqueado (Enfermés Dehors, 2006), El Villano (Le Vilain, 2009), 9 Meses de Condena (9 Mois Ferme, 2013) y Nos Vemos allá Arriba (Au Revoir là-haut, 2017), una andanada insólita y en verdad maravillosa que lo fue posicionando de a poco como un crítico muy astuto y porfiado de las muchas sonseras y barbaridades de las sociedades contemporáneas ya que Dupontel logra amalgamar con armonía los armazones retóricos paradigmáticos de las distintas subdivisiones del humor corrosivo e inteligente, por un lado, y un discurso de izquierda que coloca en primer plano el daño que la sociedad plutocrática, represiva, banal, egoísta y burocrática genera en los individuos de a pie de diferentes maneras, por el otro lado, un esquema que -sin jamás caer en la sátira facilista de antaño- ofrece una perspectiva muy humanista aunque asimismo profundamente rebelde y hasta lírica de los atolladeros actuales y sus inmanencias y que por cierto niega la mediocridad y esas redundancias permanentes del mainstream global en lo que respecta a la comarca de las sonrisas, hoy por demás bastardeada y empequeñecida.

 

La nueva película de Dupontel, Adiós, Idiotas (Adieu les Cons, 2020), recupera el formato de la comedia de marginados sociales que se solidarizan en función de sus respectivas penurias al extremo de hacer estallar sus burbujas y construir una especie de hermandad en una cruzada quijotesca pero también sencilla y categórica en la que los villanos vuelven a ser las personas que hacen lo que se les dice o lo que se espera de ellos, o los autómatas que se acoplan a la perfección en una comunidad enferma, o aquellos otros que sacan provecho de su posición gerencial para reforzar este sustrato maquiavélico de continuas inequidades, impunidad e indiferencia ante el que sufre. Tres son los protagonistas principales: Suze Trappet (Virginie Efira) es una peluquera cuarentona que se entera de que está próxima al óbito por una rara enfermedad autoinmune desencadenada por esos aerosoles de su trabajo que le dañaron sus células bronquiales al punto de que los anticuerpos ya no las reconocen, por ello se propone encontrar a su único hijo que concibió y dio en adopción bajo influencia paterna (Vincent Launay-Franceschini y Sidonie Laurens) cuando tenía apenas 15 años con un joven al que conoció en una fiesta naif que en pantalla es simbolizada vía una secuencia surrealista musicalizada con Mala Vida (1988), genialidad de Mano Negra, Jean-Baptiste Cuchas (el propio Dupontel) es un ingeniero informático workaholic que trabaja brindando soporte y seguridad virtual a una dependencia del Estado y es degradado por ser muy bueno en lo suyo a simplemente enseñar a nuevos empleados de mucha menor edad, y finalmente Serge Blin (Nicolas Marié) es un archivista bizarro de registros gubernamentales que perdió la vista cuando trabajaba para una compañía eléctrica y concurrió a supervisar un corte de luz provocado por unos activistas sobre la zona de una comisaría con una bobina de Tesla, situación que generó que la policía lo confundiese de repente con uno de los responsables y le disparase en el rostro sin compasión con armamento de balas de defensa símil flash-ball.

 

La presencia de Terry Gilliam, a través de un cameo como presentador en una publicidad de escopetas que termina convenciendo a Cuchas de adquirir un arma para suicidarse, no es para nada fortuita como tampoco lo es la dedicatoria inicial a un Terry Jones que falleció en enero de 2020, quien incluso trabajó a las órdenes de Dupontel en El Creador y Bloqueado en un par de sus escasas intervenciones como actor desde los 80 en adelante, debido a que ambos formaron parte del staff del legendario Monty Python’s Flying Circus (1969-1974), sin duda una influencia ideológica mordaz muy presente en Adiós, Idiotas, y Gilliam en términos concretos dirigió Brazil (1985), epopeya orwelliana de la que el amigo Albert tomó el trasfondo institucional sofocante, la persecución permanente de la que son objeto los protagonistas y sobre todo cierta idea de suicidio escalonado a medida que el relato avanza y el agua les llega al cuello a nuestros adalides de una subversión que empieza siendo involuntaria y paulatinamente se hace carne y odio verdadero hacia la colección de imbéciles, lobotomizados, energúmenos y siervos felices con los que deben lidiar los tres personajes principales. La búsqueda desesperada de su hijo conduce a Trappet a secuestrar primero y chantajear después a un Cuchas que por querer matarse de un tiro en su oficina termina baleando por accidente a un burócrata soberbio llamado Dupuis (Johann Dionnet), provocando que su jefe, el Señor Kurtzman (Philippe Uchan), y todos los esbirros de la ley confundan al asunto con un intento de homicidio que sólo puede ser aclarado por la testigo ocasional, Suze, la cual además robó la computadora con la filmación de la despedida fallida del ingeniero. Ambos a su vez necesitan del no vidente porque es el encargado de los archivos con los registros necesarios para hallar al vástago perdido, un cieguito algo mucho demente que pretende seducir a la hermosa mujer y arrastra una comprensible fobia contra los uniformados por ser unos fascistas inmundos siempre apegados a los atropellos.

 

Como suele ocurrir en el cine de Dupontel, en esta oportunidad los tres protagonistas son parias para los que la sociedad no tiene respuesta alguna aunque en distintas esferas, la peluquera en la salud, el especialista informático en el campo laboral y el archivista no vidente en lo existencial ya más macro, por ello mismo desarrollan sucesivos problemas psicológicos que se condicen con la esquizofrenia de Trappet, muchas veces hablando con su versión adolescente (Joséphine Hélin), los propósitos suicidas de Cuchas, cuya vida pasa sin medias tintas por encontrar fallas de seguridad en el control citadino automatizado por ordenadores, y la fobia de Blin hacia la policía, lo que genera situaciones de paranoia que para colmo tienen un correlato en la repugnante praxis cotidiana por el acoso estatal, a lo que se suma el nexo fundamental a la hora de identificar al hijo de Suze, nada menos que un médico partero que hoy padece la enfermedad de Alzheimer y está internado en un hospital geriátrico, y el propio muchacho rastreado, Adrien Weber (Bastien Ughetto), otro profesional retraído y frágil del gremio informático como Jean-Baptiste aunque obnubilado por una compañera de trabajo llamada Clara Sibiss (Marilou Aussilloux), cayendo en la obsesión de mudarse cerca de su hogar, escribirle una infinidad de poemas y enviarle flores sin cesar y de manera anónima. Así como la película abre con una confusión desafortunada como aquella del inicio de Brazil en la que terminaba metido Sam Lowry (Jonathan Pryce), ejemplo de la manía persecutoria institucional y de hasta qué punto puede destrozar vidas, a posteriori finaliza con una relectura -incluso más fatalista e insurrecta- del desenlace de la también extraordinaria Nos Vemos allá Arriba, cuando Edouard Péricourt (Nahuel Pérez Biscayart) salta por motu proprio hacia su muerte después de hacer las paces con su padre, Marcel (Niels Arestrup), y por ya no soportar más la deformidad facial que lleva consigo desde la Primera Guerra Mundial -pérdida de la mandíbula inferior- debido al fetiche homicida del Teniente Henri d’Aulnay-Pradelle (Laurent Lafitte), un carnicero desquiciado que mata a sus propios soldados para continuar con las batallas luego de finiquitado el conflicto en sí, planteo suicida que ahora muta en el fallecimiento en conjunto y fuera de campo de la peluquera y el ingeniero bajo balas policiales después de motivar el encuentro real y la conversación cara a cara entre Adrien y Clara, todo en una escena magnífica que retrata a los oficiales como unos oligofrénicos armados, gritones y muy peligrosos que hacen exactamente lo que se espera de ellos, matar, y que subraya la paradoja que bien supo resumir Dupontel en una entrevista cuando dijo que el opus trata del encuentro entre “una mujer que quiere vivir pero no puede y un hombre que puede vivir pero no quiere”. Adiós, Idiotas, título que hace referencia precisamente al cansancio que genera la sociedad en el día a día -y más en épocas o en estados de zozobra como los analizados por el film- y al enorme volumen de tarados irredimibles que la componen y la autojustifican a puro delirio absolutista, recupera dos máximas de siempre del humanismo, léase la necesidad de superar el miedo, sea éste dirigido a lo que sea, y de mantener una charla sincera con el otro, por ello es crucial en el relato tanto el “te quiero” tácito en el ascensor entre el vástago perdido y Clara como el explícito de la madre hacia su hijo y ese otro de Jean-Baptiste a Suze en los instantes previos a hacerse matar por los uniformados sedientos de sangre y sus cómplices del montón como Kurtzman, mamarrachos que no sólo prejuzgan sino que condenan con una impetuosidad que no deja lugar para defensa hipotética alguna. La fotografía de Alexis Kavyrchine es realmente muy buena y el desempeño actoral de Dupontel, Efira y Marié en verdad prodigioso al punto de redondear una fábula sardónica espléndida como pocas en el ámbito cinematográfico internacional alrededor de la abulia administrativa, el anonimato exasperante contemporáneo, la violencia policial, la falta de un futuro digno, la ubicuidad de las mentiras rubricadas por el poder, la saturación expresiva on line que lleva al mutismo en la realidad prosaica, el devenir de una infelicidad basada en la incomprensión recíproca, la tendencia a reducir el amor al pánico o a una responsabilidad que conviene evitar y en especial el absurdo de un laberinto de edificios gigantescos, múltiples pantallas, muchas técnicas represivas o de control, cubículos alienantes y productos químicos que nos pueden envenenar sin saberlo durante años y años, una coyuntura muy agresiva para existencias más o menos marginales que pasado determinado umbral psicológico deciden mandar todo bien a la mierda porque el temor se desvanece y sólo queda el desprecio hacia lo colectivo circundante y una honestidad catártica muy mal vista en el reino de la hipocresía, de la verborragia baladí y de los eufemismos y psicologismos marketineros más berretas, por ello la fémina abandona en el principio a su médico (Bouli Lanners) sin que termine de hablar y Cuchas hace lo propio con un Kurtzman que pretende enmascarar la humillación con las peroratas de los Estados y las corporaciones hambreadoras del capitalismo de hoy en día…

 

Adiós, Idiotas (Adieu les Cons, Francia, 2020)

Dirección y Guión: Albert Dupontel. Elenco: Virginie Efira, Albert Dupontel, Nicolas Marié, Jackie Berroyer, Philippe Uchan, Bastien Ughetto, Marilou Aussilloux, Bouli Lanners, Johann Dionnet, Joséphine Hélin. Producción: Catherine Bozorgan. Duración: 87 minutos.

Puntaje: 8