Frankenstein Perdido en el Tiempo (Frankenstein Unbound)

El monstruo en el espejo

Por Emiliano Fernández

En el momento de su estreno Frankenstein Perdido en el Tiempo (Frankenstein Unbound, 1990), la última película de Roger Corman como realizador, fue olímpicamente ninguneada por el público y la crítica en esencia porque esperaban una obra de terror de tono lúdico y pasatista y se toparon en cambio con un engendro polimorfo de ciencia ficción de impronta metadiscursiva, compleja y muy apesadumbrada, de esos que exigen mucho más al típico espectador vago y tontuelo que ya en la frontera entre las décadas del 80 y 90 asomaba claramente su cabeza en términos de pronto convertirse en el “público promedio” de allí en más. El opus del querido Roger rankea en punta como una de las odiseas más bizarras y originales que haya ofrecido el alicaído cine fantástico desde finales del siglo pasado hasta el presente, una propuesta que en cierto sentido va más allá de los planteos intra “cocina artística” de la relativamente similar Gothic (1986), esa aventura demente de Ken Russell orientada a retratar el famoso y prolongado encuentro de 1816 en el Lago de Ginebra entre los poetas Lord Byron y Percy Shelley y las mujeres Mary Godwin y Claire Clairmont, donde fue concebida la idea detrás de Frankenstein o el Moderno Prometeo (Frankenstein or the Modern Prometheus, 1818), de Mary, fundamentalmente porque lo que aquí se pretende es dar forma a una conjunción entre distopía especulativa, melodrama y un juego morboso de realidad y ficción, estratos que parecen fusionarse sin mayor lógica que el simple caos destructivo producto del infaltable accionar del hombre y su soberbia vanidosa.

 

La historia principal del film está basada en la novela homónima de 1973 de Brian Aldiss, responsable además del cuento corto Los Superjuguetes Duran Todo el Verano (Supertoys Last All Summer Long, 1969), el cual inspiró al tándem Stanley Kubrick/ Steven Spielberg para la maravillosa Inteligencia Artificial (Artificial Intelligence, 2001), y sigue el accidentado periplo del Doctor Joe Buchanan (John Hurt), un científico y jerarca máximo de un programa de las fuerzas armadas yanquis destinado a crear un arma tan poderosa que elimine inmediatamente al enemigo de la faz de la tierra, algo que logra al construir un rayo de partículas que cuenta con un poder semejante al de los agujeros negros y provoca la aparente implosión de cualquier objetivo al que se lo apunte. Los efectos secundarios del proyecto militar/ gubernamental demuestran ser de lo más funestos ya que abarcan cambios erráticos en el clima, la desaparición de personas al azar y -lo peor de todo- un corrimiento del tiempo y el espacio que se produce cuando una nube de aspecto vaginal “succiona” a los incautos y los lleva a otra época y lugar, justo como le ocurre al protagonista cuando es absorbido a escasos metros de su hogar y trasladado junto a su automóvil/ computadora laboral futurista desde la Nueva Los Ángeles del 2031 hacia 1817 y una paradisíaca región lindante a Ginebra, en Suiza, intercambiando en términos prácticos la deforestación extrema, la polución y los problemas de la capa de ozono de su tiempo por la belleza de la Europa Central y la rusticidad del Siglo XIX, intolerancia y supersticiones de por medio.

 

A Buchanan no le lleva mucho tiempo descubrir que los acontecimientos narrados en la novela de Mary -aclaremos que Godwin fue su apellido de soltera- están sucediendo en realidad y que la propia chica (Bridget Fonda) está conviviendo con Lord Byron (Jason Patric) y su futuro esposo Percy Shelley (Michael Hutchence) en la Villa Diodati, una mansión cercana al Lago de Ginebra. Como el Doctor Víctor Frankenstein (ese eterno Raúl Julia) parece no preocuparse demasiado por el hecho de que las autoridades suizas están por ahorcar a Justine Moritz (Catherine Corman), la niñera de William Frankenstein -hermano de seis años de Víctor- y la acusada de haberlo asesinado vía brujería cuando en realidad fue el “monstruo” creado por el científico (Nick Brimble) el homicida, Joe comienza una andanada de encuentros para tratar de que alguien de aquel tiempo lo ayude a probar la inocencia de Moritz, pero ni Frankenstein ni su prometida Elizabeth Lavenza (Catherine Rabett) ni la misma Mary -quien sigue de cerca el caso- están dispuestos a acompañarlo en tamaña faena, en especial porque la verdad de por sí es bastante increíble y no desean perder su posición social. Justine es ahorcada luego de un intento infructuoso de Buchanan por liberarla, el hombre protagoniza un affaire con Mary y posteriormente termina como rehén del pacto entre la criatura y Frankenstein, con el primero abriéndole el pecho a Elizabeth y el segundo por fin aceptando crearle una pareja femenina utilizando los restos mortales -y otros más- de su otrora prometida. El trío extrae electricidad del automóvil y recurriendo a la ayuda adicional de una tormenta eléctrica consigue revivir a una versión híbrida/ compuesta de Lavenza, no obstante un Joe obsesionado con detener a Víctor hace de las suyas y pone en funcionamiento su rayo de partículas y todos terminan trasladados a un futuro incierto y nevado donde la ausencia de toda vida es el mandato por antonomasia.

 

La realización exuda por cada uno de sus poros la concepción de Corman en lo que respecta al séptimo arte, léase la prodigiosa noción de que el film en su conjunto debe estar vinculado a lo insólito y que cualquier floreo visual tiene que estar subordinado al devenir retórico y al desarrollo de personajes, planteo que nos deja con una generosa capacidad de resumen, un espectáculo freak símil show de variedades y una constante falta de pompa en materia de los remates para las escenas cruciales y las mismas transiciones entre las secuencias (detalles fantásticos que en el cine actual constituirían un motivo baladí para 15 o 20 minutos de metraje innecesario apuntalado en una catarata de CGIs aquí el director los sintetiza en apenas segundos, y truculencias varias que ya casi nunca aparecen en nuestra contemporaneidad -por la dictadura de la corrección política mainstream y los bobos que la defienden- en Frankenstein Perdido en el Tiempo en cambio se dan cita en todo su esplendor, basta con recordar las ovejas destripadas, aquellas extremidades arrancadas, ese corazón extraído del pecho, la cabeza desprendida del tronco y ni hablar de la misma caja torácica “ventilada” de Elizabeth). Aquellos que vimos la película en el momento de su estreno también recordamos con mucho cariño el excelente y muy parejo desempeño de todo el elenco, el genial maquillaje sobre el rostro de Nick Brimble -a la vez terrorífico y profundamente humano, permitiéndole al actor exteriorizar el sufrimiento y la soledad de la criatura- y las inefables “aventuras oníricas” de Corman, en este caso de la mano de las pesadillas que tiene Buchanan por esa culpa en torno a los desajustes espacio temporales, imaginándose en un baldío post apocalíptico o siendo desmembrado con su propia arma de rayos de partículas o transformado en simultáneo en Frankenstein y en su criatura, todo frente a los ojos irónicos y condenatorios de Lord Byron, Percy Shelley y la hermosa Mary.

 

Corman, que no filmaba nada desde la fallida Gas-s-s-s (1970) y las disfrutables Bloody Mama (1970) y Von Richthofen and Brown (1971), regresa con una obra desconcertante y de una envidiable imaginación que hace honor a esa algarabía deforme que recorrió de principio a fin todo su viaje por el cine independiente norteamericano y una clase B casi siempre rebosante de anarquía, violencia y sensualidad, el tríptico sagrado de todo artista en verdad rebelde y contracultural. Si bien Roger nunca estuvo muy preocupado que digamos por el sustrato discursivo de sus epopeyas de bajo presupuesto, definitivamente siempre lo trató con sumo cuidado y astucia al punto de dotarlo de una coherencia intrínseca que permita apuntalar al relato de turno y permitirle todas las desviaciones -con respecto a los engranajes tradicionales del acervo de los géneros clásicos- que se juzguen necesarias para no sólo mantener el interés del público sino hacer estallar su zona de confort, a sabiendas de que únicamente lo extravagante y/ o inusitado se gana su merecido lugar en la memoria de los sujetos. Por supuesto que en la versión del cineasta, autor incluso del guión junto a F.X. Feeney, el monstruo real no es esa pobre criatura presa de una compulsión orientada a reclamar una pareja que en su mente la rescataría de inmediato del abandono y la incomunicación comunal a raíz de su fealdad, sino los dos doctores, el del futuro y el del pasado, dos individuos maquiavélicos que se reflejan mutuamente cual espejos en sus respectivas creaciones -la que lo fagocita todo desde el cielo y la que mata en la tierra- y en esa voracidad científica que desconoce toda ética y humanismo bajo la excusa de ir detrás de una verdad que no es tal debido a que siempre está controlada por designios propios de la estructuración del poder social, ya sea que hablemos del Estado, la milicia, la cofradía académica o el mismo ego inflado de los susodichos. Frankenstein Perdido en el Tiempo asimismo hace énfasis en las similitudes a nivel esencial/ semi pueril entre los dos extremos de la ecuación, el autor y su invención, a través del persistente cuestionamiento por parte de la criatura acerca de la génesis/ origen de aquellos con quienes se topa en su camino, como si se tratase de un infante o un adolescente que intenta comprender cuál sería exactamente la razón de la vida -la propia y la ajena- en un marco en donde el intelecto y la hipotética cultura elevada de las elites derivan en abominaciones que pueden ser leídas tanto desde lo religioso como desde lo mundano ateo. El desenlace, con el enfrentamiento entre Buchanan y el híbrido en el cerebro tecnológico derruido de una ciudad del futuro luego del suicidio de una Elizabeth que se negó a aceptar su “nuevo yo” desfigurado y luego del asesinato de Frankenstein a manos de su creación, a quien le destroza la columna, pone en primer plano la incapacidad del ser humano para revertir sus múltiples desastres mediante esas últimas palabras que le dedica el muchacho recauchutado a Joe antes de aparentemente perecer, aquellas destinadas a dejar en claro que el mundo estéril y egoísta de los hombres sólo es bueno para el ser humano ya que nada más puede crecer en dicho páramo, todo -desde ya- hasta que llegue de nuevo el punto en que ni siquiera los bípedos puedan mantenerse con vida porque alguna de sus gloriosas invenciones se salió del rumbo prefijado y terminó anulando de lleno el entorno primordial/ ecológico/ vital del que tanto disfrutamos alejarnos para autoafirmarnos como “entidades superiores” al promedio de la vida de la naturaleza…

 

Frankenstein Perdido en el Tiempo (Frankenstein Unbound, Estados Unidos, 1990)

Dirección: Roger Corman. Guión: Roger Corman y F.X. Feeney. Elenco: John Hurt, Raúl Julia, Nick Brimble, Bridget Fonda, Catherine Rabett, Jason Patric, Michael Hutchence, Catherine Corman, William Geiger, Mickey Knox. Producción: Roger Corman, Kobi Jaeger y Thom Mount. Duración: 85 minutos.

Puntaje: 8