Gente lobotomizada que sólo consume basura mainstream siempre hubo y siempre habrá porque si existe algo que predomina en el capitalismo son los vagos, necios y conformistas que hacen exactamente lo que se les dice, en este caso desde la publicidad y/ o el marketing omnipresentes que suelen arrastrar los blockbusters hollywoodenses, los formatos de moda y productos semejantes del resto del ecosistema cinematográfico planetario. La “novedad” desde los años 90 -y sobre todo en el nuevo milenio- pasa por el infantilismo descerebrado que se suma a la pócima y del cual el cine de superhéroes es un típico ejemplo, en esencia una retahíla interminable de productos de dispendio por cajas y descarte automático que apelan al consumidor cultural más lego y castrado que nada sabe -ni quiere saber- de todo el resto del abanico mainstream e indie porque vive atrapado en una nostalgia patética que lo regresa permanentemente al adoctrinamiento capitalista, las fabulaciones de la niñez, la teta de mami y la ausencia de responsabilidades propias de la adultez, de allí que se sigan filmando mierdas sin pies ni cabeza como la presente Venom: El Último Baile (Venom: The Last Dance, 2024) a pesar de que el margen de ganancia ya no es lo que era, decadencia mediante, y la metáfora del “monstruo interior” ha sido regurgitada una infinidad de veces.
Precisamente, durante los últimos años se ha producido una especie de saturación en el mercado de los imbéciles con poderes sobrehumanos, capas y calzas ajustadas que provocó que hasta el público retrasado mental más fiel terminase reconociendo que los últimos diez o quince eslabones de la franquicia Marvel son excrementos y poco y nada se puede decir a favor de ellos, ya sinceramente agotado el discurso trasnochado noventoso de defensa cual ponderación de la “cultura pop” como gesto cool o canchero, en sí una payasada de esa crítica de cine extremadamente mediocre y populachera del Siglo XXI que a nivel general funciona como el opuesto exacto de la crítica de cine que se toma demasiado en serio a sí misma pero ya sin la riqueza intelectual, doctrinaria y cultural de las décadas del 60, 70 y 80, algo que aplica al acervo cinematográfico internacional de nuestros días y a casi todo el periodismo en términos macros, hoy muy devaluado. El dejo intercambiable y anodino de la factoría Marvel ha desembocado en productos sin historia ni garra ni atractivo alguno, en este sentido la ahora trilogía alrededor de nuestro simbionte, completada por Venom (2018) y Venom: Carnage Liberado (Venom: Let There Be Carnage, 2021), rankea en punta como una de las peores del lote ya que las tres películas son chatarra en eterno piloto automático.
Todos los latiguillos de la saga vuelven a decir presente aunque sin siquiera un ápice de vivacidad o reformulación tentativa, en especial diálogos lamentables, trama inexistente, secuencias de acción raquíticas, abuso de las sobreexplicaciones para lelos, un CGI ubicuo y malísimo, una edición entre histérica y confusa y un “no desarrollo” de lo más aburrido, vinculado a otra colección de escenas aleatorias. Aquí regresa Tom Hardy, nuevamente desaprovechado y preocupado más por el dinero que por el arte, como Eddie Brock, aquel periodista que oficia de anfitrión de Venom, y vuelve a poblar la pantalla un surtido de personajes secundarios que van desde lo reciclado hasta lo nuevo: los villanos son Knull (Andy Serkis) y unos bichos que envía para recuperar un Códice/ Codex que no le importa a nadie, los Xenófagos, triste excusa para que desfilen ante nuestros ojos Patrick Mulligan (Stephen Graham), un ex policía, la Señora Chen (Peggy Lu), amiga de Eddie/ Venom, Rex Strickland (Chiwetel Ejiofor), un militar, la Doctora Teddy Payne (esa gran Juno Temple), otra empleada del gobierno yanqui, y Martin Moon (Rhys Ifans), un hippie fanático de los OVNIs que encabeza una familia viajera junto con su esposa Nova (Alanna Ubach), entre otras criaturas genéricas que no despiertan entusiasmo, risas, ardor o una mínima empatía.
En el cine para subnormales babeantes y con incontinencia urinaria de Marvel siempre nos topamos con la mismas estupideces y clichés formales del montón destinados a la fauna más escapista y/ o limitada a escala cognitiva de la crítica y el público, sobre todo una amenaza fantástica o dictatorial, esa infaltable y ridícula “llave narrativa” cual MacGuffin que todo lo justifica a pura precariedad, un actor taquillero perdiendo la dignidad en el medio del convite y por supuesto este gigantismo que muta en sinónimo de mediocridad, torpeza retórica y chistecitos para sonsos que de hecho siguen mojando la cama o no saben cómo limpiarse/ sonarse los mocos solos. Si bien resulta de lo más doloroso que Hollywood continúe apelando a himnos rockeros para instantes ultra pueriles, como sucede aquí con las inmortales Don’t Stop Me Now (1978), de Queen, y Space Oddity (1969), de David Bowie, y desde ya genera vergüenza ajena que no hayan logrado una continuidad de realizadores entre los tres bodrios, el primero a cargo de Ruben Fleischer, el segundo responsabilidad de Serkis y este último encabezado por la guionista histórica Kelly Marcel, sin duda lo peor de la trilogía pasa por su núcleo conceptual, aquellos intercambios verbales insoportables entre Eddie y el simbionte, tan impersonales y tediosos como los mismos films y su banalidad…
Venom: El Último Baile (Venom: The Last Dance, Estados Unidos/ Reino Unido/ México, 2024)
Dirección y Guión: Kelly Marcel. Elenco: Tom Hardy, Chiwetel Ejiofor, Juno Temple, Rhys Ifans, Stephen Graham, Peggy Lu, Clark Backo, Alanna Ubach, Cristo Fernández, Andy Serkis. Producción: Kelly Marcel, Tom Hardy, Avi Arad, Hutch Parker, Amy Pascal y Matt Tolmach. Duración: 109 minutos.