M.F.A.

El mundo está ciego

Por Emiliano Fernández

Debido a que la enorme mayoría de la industria cinematográfica contemporánea es cada vez más previsible y conservadora, hoy por hoy ya casi no podemos disfrutar de propuestas ingeniosas y con personalidad propia, alejadas de los inmundos criterios de marketing de las franquicias eternas, las remakes, las continuaciones, los spin-offs y demás artilugios que se desembarazan de la dimensión creativa en su conjunto ya que sólo obedecen a la superficialidad idiotizante del mercado capitalista y sus fórmulas para captar/ lobotomizar a los subnormales con billetitos para gastar. Lo más trágico del asunto pasa por la casi inexistencia de films aguerridos, salvajones y políticamente incorrectos a la vieja usanza, esos que no pretendían dejar contento a todo el mundo porque buscaban extasiados su propio nicho a partir de un inconformismo paradójicamente hiper comercial. El subgénero del thriller centrado en la violación y posterior venganza ha sido una de las tantas víctimas de la mojigatería de los pusilánimes a cargo de los estudios y las productoras de las últimas décadas, circunstancia que -salvo excepciones- nos vive privando de la agitación homicida.

 

Para comprender la esencia de la muy interesante M.F.A. (2017), uno de los pocos -y de los mejores- exponentes recientes del enclave en cuestión, en primer lugar hay que describir sucintamente los rasgos de las dos ramas principales de los “rape and revenge”: mientras que la vertiente exploitation juega sin sutilezas con la fantasía erótica/ morbosa de turno según el género sexual (los hombres imaginan violentar y las mujeres ser violentadas), los representantes sensibles por su parte apuestan a una identificación masoquista del público con el personaje femenino -o masculino, pensemos en el linaje alternativo que va desde Deliverance (1972) a The Rape of Richard Beck (1985)- para eventualmente estallar de satisfacción gracias a la catarsis sangrienta de siempre del último acto, ya con la víctima recuperada y mostrando los dientes. Así las cosas, este segundo opus de la realizadora Natalia Leite se ubica en un terreno intermedio entre ambas tradiciones, sacando lo mejor de cada una para aggiornar el engranaje narrativo a estos tiempos que corren aunque por suerte sin jamás caer en la banalidad aséptica actual ni en ese feminismo de cartón pintado.

 

La protagonista es la meditabunda y algo tímida Noelle (excelente desempeño de Francesca Eastwood, hija del gran Clint), una estudiante universitaria de arte que se siente atraída hacia Luke (Peter Vack), un compañero de clase. Incentivada por su vecina/ amiga Skye (Leah McKendrick, nada menos que también la autora del guión), decide avanzar y cuando finalmente se encuentra sola con el susodicho en una fiesta en su departamento, el muchacho pasa de la dulzura al sadismo y la viola de repente. Considerando que no recibe apoyo ni de la psicóloga del campus, una tal Melinda Sanders (Mary Price Moore) que la atormenta/ ningunea con preguntas inquisitorias, ni por parte de Skye, quien le recomienda que se calle porque a una “amiga” le pasó algo parecido y luego de hacer la denuncia todos la consideraron una “puta”, Noelle decide encontrarse nuevamente con Luke y en una discusión en su hogar lo termina empujando desde lo alto de una escalera, matándolo al instante. El hecho despierta la inspiración de la joven, ya que por un lado comienza a pintar como nunca, ganándose la admiración de su profesor y sus compañeros, y por el otro da rienda suelta a una cacería contra los violadores intra universidad, comenzado con tres jugadores de fútbol americano, miembros de la fraternidad Kappa Phi, que atacaron sin piedad a Lindsey (Jess Nurse), un crimen que quedó impune a pesar de existir un video.

 

Como decíamos anteriormente, el corazón de la película es doble porque está condensado tanto en la maravillosa actuación de Eastwood, una actriz que no había tenido un papel de esta envergadura hasta este momento, como en el guión de McKendrick, la otra revelación del convite: la hermosa veinteañera le pone el cuerpo y el alma al personaje y la historia en general sabe combinar la vulnerabilidad inicial de Noelle con la cruzada de revancha posterior, pegándole al mismo tiempo a la soberbia/ brutalidad machista, a la mediocridad conventillera del “feminismo de burguesas”, a la pasividad -o hasta canibalismo- de buena parte de las mujeres ante casos como estos, a la criminalización de la víctima por parte de los burócratas institucionales (aquí se llega al punto de acusar a Sanders de recibir sobornos para encubrir las violaciones con vistas a que no aparezcan en las estadísticas de la universidad) y a la típica inoperancia policial, ahora bajo la forma del Detective Kennedy (Clifton Collins Jr.), más un espectador de la retahíla de muertes que cualquier otra cosa. La propuesta juega con la autoconciencia y se justifica -justificando la odisea de Noelle, valga la redundancia- parafraseando aquello del “ojo por ojo, diente por diente” y subrayando que no hay lugar para santurrones o hipócritas porque el mundo se mueve bajo ese precepto y desde hace ya mucho tiempo quedó ciego de tanto rencor y tantas represalias entrecruzadas.

 

Por supuesto que M.F.A. -aclaremos que el título hace referencia a “Master of Fine Arts”, la Maestría en Bellas Artes que cursa la protagonista- no alcanza el nivel de brutalidad de clásicos indie del rubro como Thriller: A Cruel Picture (Thriller: En Grym Film, 1973), I Spit on Your Grave (1978) o Ms .45 (1981), no obstante tampoco obedece al esquema mainstream suavizado de obras en la línea de Lipstick (1976), Extremities (1986), ¡Dispara! (1993) y Ojo por Ojo (Eye for an Eye, 1996) porque su perspectiva es a la vez clasicista y combativa en cuanto al desarrollo ideológico, en sintonía con otros trabajos recientes como Irreversible (2002) o la extraordinaria I Saw the Devil (Ang-ma-reul bo-at-da, 2010). La obra de Leite se mete de lleno en la paradoja del mártir reconvertido en verdugo (la protagonista para colmo utiliza su potencialidad erótica como arma para atraer/ manipular a los hombres que deben ser ajusticiados) y su ambición conceptual asimismo la lleva a analizar las secuelas psicológicas en lo que atañe a futuras relaciones (el personaje de Eastwood , luego del ultraje, intenta acercarse románticamente a un compañero de universidad llamado Shane -en la piel de David Huynh- pero el asunto no resulta como lo esperaba y el rechazo al sexo se prolonga). Muy lejos estamos de la inspiración macro del subgénero, La Fuente de la Doncella (Jungfrukällan, 1960), y de aquellos primeros ejemplos concretos, léase Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), The Last House on the Left (1972) y El Vengador Anónimo (Death Wish, 1974), pero sin duda la mundanidad revestida de peligro, locura y crueldad sigue siendo el gigante que aplasta a la ejecutora o al ejecutor de turno, esos testaferros de la justicia anarquista que encaran un glorioso festival gore -a nombre propio o en representación de terceros- en pos de “curar” la rabia matando al perro.

 

M.F.A. (Estados Unidos, 2017)

Dirección: Natalia Leite. Guión: Leah McKendrick. Elenco: Francesca Eastwood, Leah McKendrick, Peter Vack, Clifton Collins Jr., David Huynh, Marlon Young, Mary Price Moore, Jess Nurse, David Sullivan, Kyle McKeever. Producción: Leah McKendrick, Mike C. Manning y Shintaro Shimosawa. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 8