El Segundo Acto (Le Deuxième Acte)

El naufragio es global

Por Emiliano Fernández

A pesar de que resulta indudable que en el cine de Quentin Dupieux alias Mr. Oizo, uno de los pocos genios del presente, siempre conviven los mismos componentes, sobre todo un surrealismo mordaz, un humor entre absurdo y furioso, una puesta en escena minimalista, un sustrato experimental autorreferencial y una imaginación en verdad inconformista como ya prácticamente no existe en el séptimo arte del nuevo milenio, asimismo no se puede negar que siempre sobresale alguno de los ingredientes del caso o el francés simplemente decide privilegiar una vertiente temática/ formal/ doctrinaria por sobre otra, algo que queda de manifiesto si comparamos las últimas cinco realizaciones del señor correspondientes al frenesí creativo de los últimos dos años y medio, etapa en la que la popularidad de su cine en el circuito de distribución indie internacional le ha permitido conseguir financiación mucho más rápido y desempolvar viejas ideas que no había logrado materializar por falta de fondos, hablamos del díptico de Incredible But True (Incroyable Mais Vrai, 2022) y Smoking Causes Coughing (Fumer Fait Tousser, 2022), dos obras típicamente satíricas que todavía pueden enrolarse en la fase previa de la carrera del director y guionista, y la trilogía implícita de Yannick (2023), ¡Daaaaaalí! (2023) y The Second Act o El Segundo Acto (Le Deuxième Acte, 2024), esta última seleccionada como película de apertura del Festival de Cannes -legitimación industrial europea tardía de por medio- y las tres en general siendo un sinónimo de madurez profesional y de una vuelta a las preocupaciones metadiscursivas de antaño, aunque en esta ocasión desde cierta amargura que se va colando a través de las risas que despierta ese grotesco y esa ridiculez dadaísta que tantas satisfacciones nos han dando.

 

Justo como decíamos con anterioridad, sus últimos tres films y especialmente el que nos ocupa, The Second Act, recuperan bastante de los rodajes y entretelones cinematográficos atribulados de Nonfilm (2002) y Reality (Réalité, 2014) y de la participación en mayor o menor medida del público en aquellas Rubber (2010) y Keep an Eye Out (Au Poste!, 2018), dos perspectivas que desde ya a su vez fueron retomadas respectivamente en ¡Daaaaaalí!, acerca de la delirante filmación de un documental sobre el célebre pintor español del primer surrealismo, y en Yannick, nuevamente una aventura en la que el choque entre los artistas y los espectadores/ consumidores culturales pasa a ser crucial ya que todos tienen su parecer sobre cómo debería ser representada o tergiversada la realidad en el campo de la ficción. The Second Act comienza con una situación sencilla centrada en dos amigos, David (Louis Garrel) y Christian alias Willy (el estupendo Raphaël Quenard), en camino hacia un lindo restaurant -llamado El Segundo Acto, precisamente- para tener un encuentro con la novia de David, Florence (Léa Seydoux), y el padre de esta última, Guillaume (Vincent Lindon), sin saber que la intención de la criatura de Garrel es abandonar a Florence por pesada y controladora y encauzar una relación con Willy, no obstante el asunto se va transformando a medida que avanza el metraje porque los actores se salen de sus personajes para pelearse entre sí, quejarse por esto o aquello, opinar sobre el prójimo, la posmodernidad o la película que están rodando, consagrarse al narcisismo y/ o burlarse de un extra que interpreta a un camarero y no puede servir una botella de vino por los nervios, Stéphane Jouvet (Manuel Guillot), quien por la frustración se termina pegando un tiro en el interior de su automóvil.

 

Gran parte del opus toma la forma de en primera instancia una parodia sobre la corrección política y la cultura inquisidora de la cancelación a través de la interpelación a cámara o el mismo hecho de abandonar el personaje y dejar salir a la persona real, el actor de carne y hueso, lo que implica una generosa dosis de sarcasmo alrededor de tópicos delicados en el Siglo XXI como la fauna judía, los discapacitados, los mongólicos, los maricones, los enfermos neurológicos y el acoso sexual contra las mujeres, y en segundo lugar una sátira del ecosistema artístico y el cine en concreto consagrada a las distintas personalidades/ reacciones de los cuatro protagonistas frente al sentir del colega o la coyuntura del rodaje, por ello nos topamos con la cuasi histeria de Florence, el carácter quisquilloso y cobardón de David, esa arrogancia desprejuiciada de Willy y la enorme hipocresía del igualmente altivo Guillaume, un veterano que pasa de no poder actuar en esta odisea independiente por una crisis existencial a raíz del “naufragio global” de la humanidad a regresar a lo suyo con toda la energía y el entusiasmo del mundo porque Paul Thomas Anderson lo eligió para su próximo blockbuster mainstream arty en yanquilandia. Además de retratar sensaciones y corolarios comunes a todo trabajo claustrofóbico de convivencia, como por ejemplo celos, soberbia, masoquismo, paranoia, envidia, violencia, delirio, ambición, payasadas, insultos, sadismo, superficialidad y gran autocomplacencia, Dupieux vuelve a trazar un contrapunto fascinante y muy bien estructurado entre la realidad tragicómica del conflicto permanente, por un lado, y la ficción idealizada y estereotipada del amor de base melodramática, por el otro lado, con la incomodidad y el extrañamiento mediando entre ambas esferas simbólicas.

 

Quizás lo más interesante y sorprendente o insólito de la propuesta esté condensado en su última metamorfosis, cuando después del suicidio de Stéphane descubrimos que todo está englobado en una película sobre unos actores que se salen de personaje para pelearse y desdibujar la anécdota ingenua inicial de David queriendo pasarle su novia a Willy, para colmo no cualquier película sino la primera escrita y realizada por una inteligencia artificial que se nos aparece a través de un avatar (Laurent Nicolas) en la pantalla de una laptop que lleva y trae un asistente esclavizado (Max Nicolas), pretexto para efectivamente burlarse de la mediocridad absoluta de las IAs de nuestros días y su dependencia con respecto al poder capitalista, en este caso esos financistas de cabecera del film reducidos al productor y el estudio, por ello cuando Guillaume pretende objetar el guión y Florence alabarlo ambos reciben un cortante “su opinión personal no se toma en cuenta”, sin duda lo más gracioso del convite junto con los problemas del camarero con el vino y la explicación alrededor del seudónimo de Christian, el cual viendo Diff’rent Strokes (1978-1986), la recordada serie de la cadena ABC, confundió a Arnold (Gary Coleman) con su hermano en la ficción Willis (Todd Bridges). Con mucho apego a los travellings y un silencio musical que sólo se corta al principio y al final, The Second Act sigue la estela de Yannick porque humaniza aquel humor seco metadiscursivo e incluso se podría decir que profundiza la vertiente ya que en el último capítulo los dos actores más homofóbicos, Guillaume y Willy, resultan ser una pareja gay y los intérpretes que parecían más sensatos, esos Florence y David, se abren camino como unos burgueses egoístas obsesionados con la infidelidad y sus desavenencias sobre qué sería realidad y qué sería ilusión en la sociedad esquizofrénica contemporánea. Entre una entrañable celebración de la cinefilia que aún subsiste, rodeada de un mainstream que fetichiza la basura y el público masivo más idiota, y los dardos contra el neoliberalismo hambreador que se infiltra en todo el tejido global, aquí denunciado a través de la analogía entre el suicidio ficticio de Stéphane por aquella nimiedad de no poder servir el vino y su óbito autoinfligido real del desenlace cuando descubre que rebajarán su sueldo para retocar digitalmente su figura por haber subido de peso desde el día del casting hasta la filmación, Dupieux retoma el berretín buñueliano del sueño dentro del sueño, aquí una farsa dentro de una farsa dentro de otra farsa en línea con las matrioshkas, y sitúa en primer plano el morbo social ante la vehemencia y especialmente su concepción del cine como capas de cebolla que nos llevan a un núcleo muy valioso, en síntesis la radiografía de las muchas dificultades del arte en nuestro presente y de unos vicios de larga data que se ven maximizados por el pánico ante una tecnología invasiva al servicio de la oligarquía cultural más concentrada…

 

El Segundo Acto (Le Deuxième Acte, Francia, 2024)

Dirección y Guión: Quentin Dupieux. Elenco: Raphaël Quenard, Léa Seydoux, Louis Garrel, Vincent Lindon, Manuel Guillot, Laurent Nicolas, Max Nicolas, Hélène Alexandridis, Thémis Terrier-Thiebaux, Valérie Vogt. Producción: Hugo Sélignac. Duración: 80 minutos.

Puntaje: 9