Si Muero Antes de Despertar

El niño y el monstruo

Por Emiliano Fernández

Dentro del grupo de los realizadores paradigmáticos del cine clásico argentino, Carlos Hugo Christensen, santiagueño de ascendencia danesa, es uno de los más extraños porque por un lado respetó aquel ideario conservador de su tiempo y se movió como un artesano polirubro, rodando obras en los más diversos géneros como el romance, la comedia, el drama, la picaresca, el misterio y el erotismo, y por el otro lado el señor también se destacó por intentar ampliar lo permitido, a escala cultural en general y cinematográfica en términos concretos, mediante su colección de trabajos que mejor han resistido el casi siempre cruel paso del tiempo, nos referimos a sus cuatro películas de cabecera englobadas en aquel film noir de mediados del Siglo XX, La Muerte Camina en la Lluvia (1948), enigma del formato whodunit basado en una novela del belga Stanislas-André Steeman, El Asesino Vive en el 21 (L’Assassin Habite au 21, 1939), que ya había sido filmada en 1942 por Henri-Georges Clouzot, La Trampa (1949), suerte de reformulación a lo lejos de la premisa del homicida de mujeres muy ricas de La Sombra de una Duda (Shadow of a Doubt, 1943), de Alfred Hitchcock, aunque a nivel oficial inspirándose en Algo Horrible en la Leñera (Something Nasty in the Woodshed, 1942), de Lucy Beatrice Malleson alias Anthony Gilbert, Si Muero Antes de Despertar (1952), basada en un cuento corto del célebre Cornell Woolrich alias William Irish y en esta oportunidad retomando al asesino de purretes de M (1931), de Fritz Lang, ese que en la época asimismo reaparecería en remakes hechas y derechas como M (1951), opus de Joseph Losey, y El Vampiro Negro (1953), de Román Viñoly Barreto, y finalmente No Abras Nunca esa Puerta (1952), también inspirada en dos cuentos de Woolrich, Alguien al Teléfono (Somedody on the Phone), una historia ultra clasicista de venganza, y El Pájaro Cantor Vuelve al Hogar (Humming Bird Comes Home), parábola sobre frustración y anhelos maternos deshechos. Si bien La Muerte Camina en la Lluvia y La Trampa son realizaciones más que dignas para los estándares de calidad de la Era de Oro del cine argentino, a decir verdad las joyas del lote son Si Muero Antes de Despertar y No Abras Nunca esa Puerta, un par de films escritos por el dramaturgo y guionista español Alejandro Casona, exiliado en Buenos Aires a raíz del ascenso del franquismo, que en un principio iban a ser uno solo y que se decidió dividir en dos porque el primero quedó más extenso de lo esperable, de allí se explica el quid bipartito de No Abras Nunca esa Puerta.

 

El sustrato bien disruptivo de Si Muero Antes de Despertar, literalmente metiéndose con el doble tabú social de la violencia contra los chicos y una pederastia tácita, acrecentaron los problemas que Christensen ya arrastraba con los entes de censura e instituciones públicas similares y por ello, después del estreno de María Magdalena (1954), decide partir hacia el extranjero en un recorrido itinerante que lo llevaría a ser alienígena en Chile, Venezuela, México y Brasil, este último el país donde se asentaría y desarrollaría el resto de su carrera empezando por Asesinos (Mãos Sangrentas, 1955) y finiquitando de la mano de La Casa de Azúcar (A Casa de Açúcar, 1996), obra surgida de un cuento de Silvina Ocampo que quedó inconclusa debido a que fue financiada dentro de los acuerdos culturales de coproducción del Mercosur al punto de que cuando falleció el realizador, en 1999 a los 84 años de edad, todavía estaba en postproducción, en suma un episodio más de las múltiples peripecias de una trayectoria que abarcó desde un documental sobre Edson Arantes do Nascimento alias Pelé, El Rey Pelé (O Rei Pelé, 1962), y una adaptación de un cuento de Jorge Luis Borges, La Intrusa (A Intrusa, 1979), hasta un par de clásicos del cine brasileño de horror, La Mujer del Deseo (A Mulher do Desejo, 1975) y Enigma para Demonios (1975), amén de la hilarante anécdota de que el cineasta argentino fue uno de los que padeció el accionar del siempre tremendo Jerry Warren, un norteamericano bastante desquiciado que solía comprar películas foráneas para reeditarlas a lo bestia, doblarlas con actores locales, insertarse a sí mismo como guionista en los créditos bajo el seudónimo de Jacques Lecoutier y agregarles diversas secuencias hiper delirantes de su propia cosecha, esquema que aplicó en ocasión de El Violento y el Condenado (The Violent and the Damned, 1962), construida a partir de La Balandra Isabel Llegó esta Tarde (1950), realizada en Venezuela, y La Maldición de la Mano de Piedra (Curse of the Stone Hand, 1965), armada teniendo como base a La Dama de la Muerte (1946), traslación de un relato de Robert Louis Stevenson que Christensen rodó en Chile. A pesar de que resulta innegable que tanto el amigo Carlos Hugo como su director de fotografía, el genial Pablo Tabernero, aquí adaptan al ecosistema criollo aquel expresionismo paranoico de Lang, tampoco se puede pasar por alto que su interés también está orientado a construir una fábula para adultos que retome motivos más que evidentes de varios cuentos de hadas europeos como Caperucita Roja, La Cenicienta y Hansel y Gretel.

 

Combinando, como decíamos, al homicida de mocosos, el trasfondo lúgubre y los juegos de luces y sombras de la estética de M, por un lado, con los niños humildes y las moralejas aleccionadoras fatalistas de esas narraciones orales de antaño que supieron ser registradas y condensadas por escritores en la tradición de Charles Perrault, Giambattista Basile y los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, por el otro lado, Si Muero Antes de Despertar en primera instancia reemplaza al fetiche retórico del clásico alemán de 1931, léase la histeria colectiva en torno al vagabundear del psicópata, con una perspectiva enteramente infantil símil presa inconsciente de su condición, detalle muy de vanguardia para su tiempo y más tratándose de una propuesta latinoamericana, y en segundo lugar suplanta aquellas miguitas de pan de Hansel y Gretel con marcas de tizas de colores, rastros en el suelo y hasta figuras de animales hechas con papel. El guión de Casona se centra en Lucio Santana (muy buen desempeño de Néstor Zavarce, dentro del promedio sobreactuado de entonces), un mocoso con padre policía, el Inspector Santana (Floren Delbene), y madre ama de casa (Blanca del Prado) que asiste a una escuela pública, donde el director (Enrique de Pedro) y hasta las distintas maestras (Virginia Romay y Marisa Núñez) se muestran inflexibles, soberbias o directamente autoritarias en el sentido de las sociedades tradicionales y su apego para con la rigidez moral y doctrinaria. El muchacho se hace amigo de una compañera estudiosa, Alicia Miranda (Marta Quintela), para que le convide unas golosinas que la chica recibe de un extraño sin nombre (Homero Cárpena), sustrato corruptor que cae en la ingenuidad pueril cotidiana y por ello la nena le hace prometer a Lucio que no dirá nada al respecto. No transcurre mucho tiempo hasta que Miranda desaparece y luego es encontrada asesinada, no obstante Lucio primero no dice nada y cuando finalmente desea avisar acerca del peligro, ahora con motivo de otra jovencita llamada Julia Losada (María A. Troncoso), no es tenido en cuenta por las autoridades educativas ni sus progenitores debido a su largo historial de fechorías que atentan contra su credibilidad a lo Pedro y el Lobo. Con fama de pelearse en el colegio, no saber nunca de qué va la lección de turno, fantasear mediante dibujos varios y pasarse por el traste esa colección de amenazas y castigos de los adultos, el protagonista decide buscar en la noche por cuenta propia a Losada, a la que el villano atrajo ofreciéndole tizas ya que la nena tiene por costumbre andar pintando todas las paredes mientras camina.

 

Más film noir alegórico para con el costado ominoso del ser humano que thriller usual de suspenso y asesino en serie imparable, la película ofrece el típico prólogo moralizante de la época -condición sine qua non para que desde el vamos el opus sea viable en un contexto productivo y social hiper castrador- y piensa a la disciplina como homologada al respeto irrestricto a la autoridad autodesignada, supuesta garantía de orden y progreso colectivo aunque asimismo causa principal del ninguneo hacia los purretes, su cosificación implícita y la manía de no escucharlos ni jamás respetarlos en serio, vinculándolos intermitentemente con la pureza endiosada irreal o con unos animalitos que se portan mal y por ello hay que mortificar para que aprendan cuanto antes cómo son las cosas en la sociedad. En la trama aparecen valores reaccionarios o hasta costumbristas como el predominio de la palabra de honor por sobre el sentido común, ejemplificado en la resolución del niño de guardar el secreto de una Alicia encima ya fallecida, la asignación de responsabilidades férreas e invariantes según el género sexual, como el deber de protección material de los hombres y la superioridad femenina en lo abstracto/ cognitivo baladí simbolizado en el estudio y en la gramática del aula, y el ataque a los “blandos” que tratan al asesino como un enfermo que no es responsable de sus actos para dejarlo unos días encerrado en prisión y luego cubrirlo de cómodos algodones institucionales, en vez de reventarlo a patadas cual turba dispuesta al linchamiento, o que no saben inspirar el miedo pedagógico fundamental en el hogar, el barrio y el trabajo, algo representado en el episodio en que el Inspector Santana amaga con solicitar su jubilación por sentirse sobrepasado por sus colegas y su propio hijo, a quien el director a su vez amenaza con expulsar por una pelea con otros varones a raíz de su amistad con Julia, lo que además trae a colación primero el machismo y la complicidad femenina de fondo, vía sus amigos llamándolo “pollerudo” y “mariquita” por pasar tiempo con la nena, quien incluso lo alienta durante la escaramuza y lo pone de ejemplo ante los otros pichones de machos adultos, y segundo la misma idea reincidente de una violencia solucionadora de problemas que se desparrama por todos lados mediante el golpe que el padre le dedica al hijo para castigarlo, los equivalentes del personaje de Cárpena del desenlace hacia Lucio y Julia y finalmente aquella andanada virulenta que el policía le regala al lunático cuando salva a su vástago, llegando a último minuto por los gritos del muchacho en medio de ese frenesí religioso de socorro al que hace referencia el título, sentencia a mitad de camino entre la oración cristiana, una canción de cuna y el clásico adagio popular. Ahora bien, en el convite también dicen presente características atemporales como esta noción de niños que se pelean y segundos después se amigan, por ello Lucio pasa de utilizar las trenzas de Miranda como pinceles y tomarla de punto por ñoña a tratar de llevarse bien para sacar partido de sus golosinas, y la misma idea de la pedofilia latente en toda comunidad, sea ésta reconocida o no, tópico enmarcado en la vieja metáfora del cuchillo que hace de pene en ocasión de las muertes, hoy por hoy una navaja que le garantiza al chiflado disfrutar en cámara lenta del clímax sádico de su cacería metropolitana. El choque entre el niño, adalid del corazón anárquico, y el monstruo, suerte de cuco del vulgo y el poder, éste demonizado sin atisbo de humanización y el primero contradictorio porque puede estar preso de sus ojos infantiles pero demuestra ser más listo que todos los mayores juntos, se reproduce también a nivel conceptual en la paradoja del remate ya que el ascenso del padre, de inspector de segunda a primera, por arrestar -o por casi matar a porrazos- al homicida nos habla de una convalidación estatal/ colectiva/ institucional que no llega sólo por defender al prójimo indistinto social, meta por antonomasia de la policía, sino por consagrarse a rescatar a su propia carne, su hijo, algo que se mueve en consonancia con una frase de precaución de la madre cuando se asusta al escuchar que el pequeño rapaz anhela seguir los pasos de su progenitor, “sacrificarse toda la vida por los demás y cuando ya no puedes tenerte de pie, a morirte sin pena ni gloria en un rincón”, retrato del destino de un típico servidor público y planteo que vincula a Si Muero Antes de Despertar con el policial negro moderno ya que la ponderación de lo colectivo llega hermanada a lo individual personalista y no por simple eficacia u ortodoxia a escala de los procedimientos o las conductas santificadas desde las cúpulas, así en el final el Inspector Santana, gran amigo de la disciplina y representante de la ley, termina compartiendo con Lucio el mérito profesional de haber apresado al enemigo número uno vía un gesto que sirve para reconocer el valor de las travesuras subversivas…

 

Si Muero Antes de Despertar (Argentina, 1952)

Dirección: Carlos Hugo Christensen. Guión: Alejandro Casona. Elenco: Néstor Zavarce, Blanca del Prado, Floren Delbene, Homero Cárpena, Enrique de Pedro, Virginia Romay, Marisa Núñez, María A. Troncoso, Marta Quintela. Producción: Carlos Hugo Christensen. Duración: 67 minutos.

Puntaje: 10