El género dramático de las “mujeres en prisión”, uno que involucra desde aislamiento y sadismo hasta represión sexual y furiosas críticas antiinstitucionales, nace con el séptimo arte porque así como los hombres en algún punto terminaban presos en pantalla las féminas asimismo conocían la vida tras las rejas en melodramas criminales como Hold Your Man (1933), de Sam Wood, Ladies They Talk About (1933), de Howard Bretherton y William Keighley, y Girls on Probation (1938), de William C. McGann, sin embargo el formato narrativo recién alcanzaría su madurez y se independizaría de aquella cruza de proto film noir y epopeyas del corazón con la llegada de la primera obra maestra -y quizás el mejor ejemplo- del esquema en cuestión, Amarga Condena (Caged, 1950), de John Cromwell, una de las primeras realizaciones centradas en un martirio femenino que transcurre por completo dentro de un presidio -o ambiente claustrofóbico semejante- junto a So Young, So Bad (1950), de Bernard Vorhaus, The Weak and the Wicked (1954), de J. Lee Thompson, y la también recordada Women’s Prison (1955), dirigida por Lewis Seiler y protagonizada por una explosiva Ida Lupino. Esta tanda de opus de los años 50, a mitad de camino entre la clásica hipérbole hollywoodense del período y la denuncia de la brutalidad carcelaria, sería la base indisimulable para la multitud de subgéneros que surgirían a partir de las décadas siguientes en sintonía con el exploitation lésbico de ese Jesús Franco de 99 Women (Der heiße Tod, 1969), Women Behind Bars (Des Diamants pour l’Enfer, 1975), Barbed Wire Dolls (Frauengefängnis, 1976), Women in Cellblock 9 (Frauen für Zellenblock 9, 1978) y Sadomanía (1981), el nazisploitation enjaulado de Love Camp 7 (1969), de R.L. Frost, Ilsa, She Wolf of the SS (1975), de Don Edmonds, y The Gestapo’s Last Orgy (L’Ultima Orgia del III Reich, 1977), de Cesare Canevari, y la variante cuasi política de la prisión en una jungla o espesura salvaje polirubro de aquel Roger Corman de Women in Cages (1971), The Big Doll House (1971) y The Big Bird Cage (1972), la primera a cargo de Gerardo de León y las otras dos del genial Jack Hill, amén de Sweet Sugar (1972), una mega trasheada de Michel Levesque, y la cada día más famosa -e híbrida en términos sexuales- Terminal Island (1973), un exploitation errático y temáticamente avant-garde de Stephanie Rothman.
A medida que la fórmula se iba alejando más y más de las bases, génesis que abarca no sólo los melodramas citados sino también films bélicos femeninos como Two Thousand Women (1944), de Frank Launder, y Three Came Home (1950), de Jean Negulesco, y hasta algunas lecturas europeas en línea con The Sinners (Au Royaume des Cieux, 1949), obra de Julien Duvivier, Hell in the City (Nella Città l’Inferno, 1959), de Renato Castellani, y Women of Devil’s Island (Le Prigioniere dell’Isola del Diavolo, 1962), de Domenico Paolella, el género llegaba a la autoparodia tácita mediante dos exponentes ochentosos protagonizados por una crecidita Linda Blair, Chained Heat (1983), de Paul Nicholas, y Red Heat (1985), de Robert Collector, y a través de esos guiones primigenios firmados por Jonathan Demme para la New World Pictures de Corman o la American International Pictures de Samuel Z. Arkoff y James H. Nicholson, léase The Hot Box (1972), de Joe Viola, Black Mama White Mama (1973), de Eddie Romero, y Caged Heat (1974), del propio Demme, sin contar otros “canales” de este profuso río que también fueron sinónimo de adultez idiosincrásica como la acepción del internado para señoritas que nace con Hasta el Viento Tiene Miedo (1968), de Carlos Enrique Taboada, La Residencia (1969), de Narciso Ibáñez Serrador, Lust for a Vampire (1971), de Jimmy Sangster, y Suspiria (1977), de Dario Argento, y el inefable y polémico nunsploitation que eclosiona a toda pompa gracias a Mother Joan of the Angels (Matka Joanna od Aniolów, 1961), de Jerzy Kawalerowicz, The Nun (La Religieuse, 1966), de Jacques Rivette, The Lady of Monza (La Monaca di Monza, 1969), opus de Eriprando Visconti, y The Devils (1971), del gran Ken Russell. En este sentido llama poderosamente la atención cómo Amarga Condena anticipa casi todas las vertientes futuras sirviéndose de un relato muy compacto, un tono trágico permanente, un delicioso surtido de personajes, la querida “pelea de gatas” símil canibalismo específico del gremio de las vaginas, excelentes actuaciones de todo el elenco, un ritmo siempre ágil, mucha crueldad paradigmática y ese realismo sucio en verdad inusitado en tiempos de la censura del Código Hays (1930-1968) y la absurda mojigatería de mediados del Siglo XX post Segunda Guerra Mundial, cuando la ilusión de una sociedad sin “imperfecciones” de ninguna clase o tesitura estaba a pleno.
Como toda faena carcelaria, el opus de Cromwell, un actor teatral que saltó a la dirección de largometrajes y en la década del 50 estaba atravesando sus últimos años en Hollywood por la triste caza de brujas del macartismo, elige a una protagonista oficial pero en realidad funciona como un relato coral porque todos los roles secundarios permanecen en un eterno primer plano: Marie Allen (Eleanor Parker) es una joven naif de 19 años a la que le cae una sentencia de uno a quince años de prisión por robo a mano armada en calidad de cómplice en el asalto a una estación de servicio cometido por su esposo, hombre que murió durante el episodio y cayó en el delito porque la pareja compartía casa con la madre de la chica y su padrastro y ambos varones peleaban constantemente, desesperación económica de por medio que dejó a una Allen embarazada en una penitenciaria controlada por una directora de izquierda que lucha por un mayor presupuesto y cree en la mentada reinserción social de los presos y en un trato humanitario, Ruth Benton (Agnes Moorehead), y una matrona ultra sádica que no admite la más mínima falta de respeto y para colmo tiene montado una suerte de mercado negro que gira alrededor de su persona, Evelyn Harper (Hope Emerson), quien asimismo tolera a la jefa de facto de las internas, la asesina y ladrona de tiendas Kitty Stark (Betty Garde), una fémina que se la pasa reclutando en prisión a talentos en potencia para un sindicato criminal que en el exterior se opone a la facción encabezada por Elvira Powell (Lee Patrick), lesbiana y jerarca del hampa especializada en el juego y la prostitución. Entre chifladas, furcias, psicópatas, pobres diablas, delincuentes de carrera y una vigilancia feroz que tiende intermitentemente a la cosificación y el desinterés absoluto por la vida y muerte de las cautivas, Marie pronto sufre la histeria de la ricachona Georgia Harrison (Gertrude Michael), presencia el suicidio de la reincidente y deprimida June Roberts (Olive Deering), descubre lo difícil que es salir en libertad condicional, se acostumbra al régimen dictatorial de Harper y se niega a aceptar el raudo ofrecimiento de Stark para convertirse en su nueva protegida, no obstante su angustia aumenta primero cuando el Estado entrega a su bebé en adopción porque su familia -madre miedosa incluida- no desea cuidarlo y segundo cuando adopta un gato de mascota y el animal fallece durante un motín contra la arpía de Evelyn.
La película por un lado explora el trasfondo ideológico y pragmático de la reclusión, no sólo oponiendo la “mano blanda” de la alcaide con respecto al fascismo desquiciado de la genial Emerson sino también mediante el apoyo gubernamental/ político/ familiar -un caso de nepotismo- de esta última y su oposición para con la tendencia legalista de la directora y el resto del staff del presidio, y por el otro lado se mete sin metáfora alguna en el fango de las ridículas pretensiones de reinserción social bajo estas condiciones de encierro de índole pesadillesca, las de aquella época y las del Siglo XXI, por ello mismo todo el relato está orientado a retratar la lenta criminalización -ya profesional y profundamente cínica- de una Allen que comienza su periplo con sueños farsescos burgueses de recuperar una estabilidad hogareña vía un trabajo mediocre y su lindo vástago para terminar sumándose a la pandilla prostibularia de Powell, de paso temporario por la penitenciaria, justo luego de ser rapada por Harper y de vitorear a una Stark enloquecida, después de una paliza y un mes en la celda de aislamiento por oponerse a Elvira, mientras la otrora jefa le clava un tenedor en la garganta a Evelyn hasta matarla. El inteligente guión de Bernard C. Schoenfeld y Virginia Kellogg, basado en una crónica agitada de esta última al igual que White Heat (1949), de Raoul Walsh, funciona como un vehículo perfecto para Parker, Garde, Moorehead, Patrick y Emerson a la vez que redirecciona aquellos ataques contra las instituciones mentales de The Snake Pit (1948), de Anatole Litvak, y se acopla a la perfección con el sustrato muy áspero y socialmente desidealizado del film noir del propio Cromwell, pensemos para el caso en realizaciones como The Racket (1951), Dead Reckoning (1947) e incluso Algiers (1938), la remake hollywoodense de la magistral Pépé le Moko (1937), de Duvivier, amén del que quizás sea su análisis más maduro del universo femenino, The Goddess (1958), con un guión de Paddy Chayefsky inspirado en Marilyn Monroe. El sublime desenlace, con una Marie saturada de odio contra el Estado saliendo del talego ya metamorfoseada en una puta viciosa y una criminal sin escrúpulos, continúa siendo una de las mejores denuncias de la historia del cine contra la corrupción, los castigos, el clientelismo y la deshumanización sistemática y omnipresente de este entorno carcelario de prácticamente todo el planeta…
Amarga Condena (Caged, Estados Unidos, 1950)
Dirección: John Cromwell. Guión: Virginia Kellogg y Bernard C. Schoenfeld. Elenco: Eleanor Parker, Hope Emerson, Betty Garde, Agnes Moorehead, Lee Patrick, Olive Deering, Gertrude Michael, Ellen Corby, Jan Sterling, Jane Darwell. Producción: Jerry Wald. Duración: 97 minutos.