Bad Day for the Cut

El odio y su ciclo infinito

Por Emiliano Fernández

Todos los cinéfilos que tenemos nuestro corazoncito volcado a la izquierda disfrutamos muchísimo las historias de venganza por la sencilla razón de que -de manera implícita o explícita- casi siempre se juegan por una postura anárquica que asimismo se saltea la intervención institucional/ jurídica/ policial y va directo a las represalias contra aquellos considerados responsables del dolor de turno, dentro de un esquema que por un lado evita toda corrección política demacrada y por el otro se le ríe en la cara a la fantochada hipócrita del Estado y su sistema legal, cuyo eficacia procesal se determina -como todo en el capitalismo- por la “capacidad de pago” de cada individuo. Dicho de otro modo, en la revancha subyace una noción fatalista, y por cierto vinculada al realismo visceral, que no cree en el perdón porque apunta a la esencia del victimario, a la que considera insalvable y necesitada de su propia destrucción, de allí que el empujoncito hacia el vacío adquiera la forma de un “servicio público” hermanado a la prevención de males mayores en el futuro.

 

Bad Day for the Cut (2017) es un ejemplo maravilloso en este sentido porque hablamos de una obra que sabe balancear los engranajes del thriller y el costado tragicómico inherente a todo desquite: esta ópera prima de Chris Baugh retoma a consciencia lo hecho por Jeremy Saulnier en Cenizas del Pasado (Blue Ruin, 2013), otra muy interesante semblanza sobre el ciclo infinito del odio inspirado por la muerte del ser querido. La trama gira en torno a Donal (Nigel O’Neill), un granjero/ mecánico cuarentón de Irlanda del Norte que vive con su madre Florence (Stella McCusker). La tranquilidad se viene abajo cuando, en una noche de borrachera del protagonista, un par de extraños entran a su hogar y matan a su mamá pegándole en la cabeza con un reloj de madera. Poco después del funeral de turno, otros dos individuos -ahora encapuchados- intentan asesinar a Donal colgándolo de una viga de su garaje, de lo que se salva por la estupidez de los susodichos. El hombre consigue ajusticiar a uno de ellos cerrándole encima el capot de un auto y luego rematándolo a mazazo limpio.

 

El antihéroe decide no dar aviso a las autoridades y encarar por cuenta propia una cruzada en pos de dar con los responsables de la muerte de Florence, para lo cual utiliza al sicario sobreviviente, un muchacho polaco llamado Bartosz (Józef Pawlowski), como fuente de información. De inmediato ambos pautan -gracias a un engaño- una reunión en Belfast con los “empleadores” del joven y así abandonan la granja en rumbo a la ciudad, un viaje que los llevará primero a un esbirro circunstancial, Gavigan (David Pearse), y a posteriori a la verdadera ideóloga de la operación, la inescrupulosa Frankie Pierce (Susan Lynch). Como señalábamos con anterioridad, la película replica la premisa del opus de Saulnier (el relato está orientado a apuntalar a un adalid de la venganza francamente impensado, uno que se aleja por completo de los clichés del cine de acción tradicional) y hasta reproduce la misma estructuración en cuanto al tono narrativo en general (la primera mitad coquetea con la comedia negra sin jamás volcar el asunto hacia la farsa y la segunda parte profundiza el sustrato dramático a medida que se van aclarando los motivos detrás del homicidio de la mujer, por cierto el primero de una generosa lista de cadáveres que condimentan el periplo).

 

Más allá del humor y la inteligencia retórica de por sí del guión de Brendan Mullin y el propio realizador, llama la atención lo bien delineados que están los dos personajes centrales, Donal y Bartosz, circunstancia que trae a colación el viejo arte de unificar el derrotero narrativo con el vigor de los objetivos concretos de sus protagonistas (algo que la enorme mayoría de los cineastas contemporáneos desconocen, por ello viven entregando propuestas fofas con personajes anodinos que pasan sin pena ni gloria por el circuito cinematográfico internacional). El pobre polaco es una especie de esclavo de la subpandilla de Gavigan porque éste tiene secuestrada a su hermana Kaja (Anna Próchniak), a la que obliga a prostituirse, y el granjero posee una imagen tan celestial de su madre que le impide ver que quizás la señora no era precisamente la santa que él pensaba. La asociación entre ambos, si bien sencilla a más no poder, es en realidad muy eficaz: mientras que Donal desea tanto “dar de baja” a los asesinos de Florence como descubrir el entramado oculto detrás del homicidio, Bartosz por su parte pretende rescatar a Kaja de la red de trata de blancas en la que está atrapada para que los dos puedan regresar a Polonia cuanto antes.

 

Aquí sin duda se aplica el axioma paradigmático del film noir, ese centrado en el hecho de que el patetismo del encadenamiento de los sucesos es proporcional a la verosimilitud del relato, razón por la cual el sustrato mundano -pero en extremo pasional- de los antihéroes choca constantemente contra la propensión sádica -y bastante cínica- de los “criminales profesionales”, por llamarlos de alguna forma (pueden ser maleantes organizados comunes, policías, oligarcas capitalistas, militares, burócratas estatales o lo que sea… la naturaleza de los victimarios no importa porque el eje de las fábulas de revancha pasa casi siempre por el conflicto entre el individuo solitario y los representantes del poder económico y/ o las instituciones de control, disciplinamiento y represión). Baugh se luce en el desarrollo de personajes y consigue un gran desempeño de todo el elenco, en especial de O’Neill y la tremenda Lynch, una actriz con un amplio bagaje a cuestas. Bad Day for the Cut incorpora además detalles extraordinarios como el ya nombrado intento de ahorcamiento, el argot de los irlandeses, las discusiones entre Donal y Bartosz, los sueños del primero protagonizados por una Florence pasando una aspiradora en el bosque, la faceta como madre de Frankie, el gustito del granjero por la tortura al rojo vivo con ollas o planchas, las escenas en las que aparece Trevor Ballantine (Stuart Graham), una suerte de “mano derecha” que se enamoró de Frankie, y finalmente la frialdad de todo el desenlace en su conjunto. El convite no se queda sólo en el terreno de lo que seríamos capaces de hacer por nuestra familia o seres queridos, un enclave retórico que ha sido analizado muchas veces en el pasado, sino que esquiva cualquier catarsis facilista y termina imponiéndose como una reflexión muy poderosa acerca del carácter fortuito de los vínculos sociales, la aparición repentina del peligro y sobre todo la irreversibilidad detrás de la decisión de encarar una odisea con las características aquí señaladas, claramente el primer eslabón en una espiral de sinceramiento moral cuyas consecuencias finales -sangre derramada incluida- nadie puede llegar a prever.

 

Bad Day for the Cut (Reino Unido, 2017)

Dirección: Chris Baugh. Guión: Chris Baugh y Brendan Mullin. Elenco: Nigel O’Neill, Susan Lynch, Józef Pawlowski, David Pearse, Anna Próchniak, Stuart Graham, Stella McCusker, Ian McElhinney, Brian Milligan, Lalor Roddy. Producción: Brendan Mullin y Katy Jackson. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 8