El británico Jack Clayton, quien comenzó su carrera en el cine como asistente de dirección y productor asociado, estaba en la cúspide de su devenir profesional cuando filma su tercera película como realizador, Esclava y Seductora (The Pumpkin Eater, 1964), luego de las recordadas Un Lugar en la Cumbre (Room at the Top, 1959), historia de un joven arribista en pleno sueño de ascenso social basada en la novela homónima de 1957 de John Braine, y Los Inocentes (The Innocents, 1961), relato de fantasmas sobre la posesión de dos niños por parte de espíritus malignos del caserón familiar inspirado en Otra Vuelta de Tuerca (The Turn of the Screw, 1898), de Henry James, la primera un clásico absoluto de la Nueva Ola Británica de fines de los 50 y comienzos de los 60 que junto a Pasión Prohibida (Look Back in Anger, 1959), de Tony Richardson, anticipó muchos elementos del futuro “kitchen sink realism”, centrado en la clase obrera y en ese naturalismo sucio de suburbio tan poco habitual en el acervo cultural de aquella época, y la segunda una obra maestra legendaria del cine de horror de cadencia espectral que constituiría la primera parte de la Trilogía de los Niños de Clayton, siendo las otras dos Todas las Noches a las Nueve (Our Mother’s House, 1967) y La Feria de las Tinieblas (Something Wicked This Way Comes, 1983), las tres consagradas a analizar con sumo cuidado y delicadeza la influencia corruptora y en ocasiones positiva/ enriquecedora de los adultos sobre los purretes a lo largo del tiempo mediante la compleja crianza. El director, responsable además de El Gran Gatsby (The Great Gatsby, 1974) y La Solitaria Pasión de Judith Hearne (The Lonely Passion of Judith Hearne, 1987), en esta ocasión lleva a la pantalla grande un guión de Harold Pinter, uno de los “angry young men” de la década del 50 y ganador del Premio Nobel de Literatura en 2005, basado a su vez en una novela fuertemente autobiográfica de Penélope Mortimer, El Devorador de Calabaza (The Pumpkin Eater, 1962), título que hace referencia de manera irónica a una rima infantil del ámbito anglosajón, Peter Peter Pumpkin Eater, acerca de los vínculos tragicómicos entre hombres y mujeres y cómo el conocimiento a veces ayuda a solidificar el cariño al ayudarnos a comprender a la contraparte y dejar de mirarnos en el espejo de la autocomplacencia y/ o del individualismo liso y llano amigo de los caprichos.
Pinter, célebre en el ecosistema del séptimo arte por sus cuatro colaboraciones con Joseph Losey, léase El Sirviente (The Servant, 1963), Modesty Blaise (1966), Accidente (Accident, 1967) y El Mensajero del Amor (The Go-Between, 1971), y por un puñado de trabajos para terceros en sintonía con las interesantes ¿Quién es Quiller? (The Quiller Memorandum, 1966), de Michael Anderson, El Último Magnate (The Last Tycoon, 1976), de Elia Kazan, La Amante del Teniente Francés (The French Lieutenant’s Woman, 1981), de Karel Reisz, Traición (Betrayal, 1983), de David Hugh Jones, Reunión (1989), de Jerry Schatzberg, El Cuento de la Doncella (The Handmaid’s Tale, 1990), de Volker Schlöndorff, El Confort de los Extraños (The Comfort of Strangers, 1990), opus de Paul Schrader, y Juego Macabro (Sleuth, 2007), de Kenneth Branagh, hoy se sirve maravillosamente de su paradigmático estilo narrativo, siempre entre elíptico y misterioso bordeando lo críptico, con el objetivo de adaptar el trabajo literario de una Mortimer que supo oficiar de guionista junto a su esposo John en la genial Bunny Lake ha Desaparecido (Bunny Lake Is Missing, 1965), de Otto Preminger, inspirada en el libro homónimo de 1957 de Merriam Modell, una mujer que en su novela no utilizó precisamente muchas metáforas para indagar en lo que había sido su vida hasta ese momento y prefirió una suerte de sincericidio ya que la ficción se parece mucho a la realidad. En esencia hablamos de una periodista y biógrafa que tuvo la friolera de cuatro hijos con diversos hombres dentro y fuera de su primer matrimonio con Charles Dimont y que creyó alcanzar la estabilidad con su segundo cónyuge, el abogado y también escritor John Mortimer, asimismo padre con ella de dos vástagos más, relación que en un principio fue sumamente placentera aunque que con el tiempo devino en discusiones varias, infidelidades y una depresión aguda por la falta de una vida privada en serio debido al huracán permanente de niños en la casa y la esclavitud monetaria que ello implicaba para la pareja, la cual era fotografiada sonriendo en eventos de la alta sociedad londinense cuando en realidad en aquel 1962 del libro la fémina se sometió a un aborto y a una histerectomía a instancias de su marido, quien por cierto dejó embarazada a su amante, la actriz Wendy Craig, casi en simultáneo, todo a su vez derivando en un divorcio bastante tardío en 1971.
La trama gira en torno a Jo Armitage (una sublime y etérea Anne Bancroft que atravesaba su período de gloria actoral), álter ego de Mortimer y una mujer que primero se transforma en viuda cuando matan a su esposo en la Segunda Guerra Mundial, luego se casa con el violinista Giles (Richard Johnson) y finalmente termina divorciándose del anterior para contraer matrimonio con su tercer marido, Jake (el gran Peter Finch), amigo de Giles y un aspirante a guionista que recibe una generosa ayuda financiera de parte de los padres de ella (Cedric Hardwicke y Rosalind Atkinson), pareja de ancianos que literalmente se quedan con poco y nada de dinero con vistas a que la familia de su hija tenga donde vivir, también llegando progresivamente a los seis purretes como en la praxis material. Todo marcha bien mientras que el macho demuestra interés y paciencia ante el pelotón de nenes y nenas corriendo por todos lados, no obstante el colapso siempre estuvo a la vuelta de la esquina y en este caso llega gracias a la posible infidelidad de Jake con una muchacha, amiga de una amiga del varón, llamada Philpot (Maggie Smith), quien vive un tiempo con ellos en el hogar de la parentela. El hombre niega de manera neurótica el affaire y la mujer comienza a experimentar episodios de depresión que la llevan a un ataque de llanto en Harrods y a ver a un psiquiatra (Eric Porter), el cual introduce la noción de un sentimiento de culpa para con el sexo que la conduce a quedar embarazada una y otra vez para justificar el placer de la cópula, amén de que sus nervios parecen estar desechos por el estrés de la maternidad, el triste aislamiento vía la falta de amigos y la evidente retahíla de infidelidades de su pareja, incluyendo una actriz de renombre, Beth (Janine Gray), casada con un corredor de bolsa apellidado Conway (ese querido James Mason). La mujer valora la seguridad financiera que aporta Jake, quien construye de a poco una casa en un molino enfrente a la granja en la que vivían ella y Giles y saca al clan del estilo de vida proletario y lo lleva a su homólogo de la alta burguesía a medida que sus guiones cotizan cada vez mejor en el mainstream cinematográfico, sin embargo Jo queda embarazada de nuevo y su esposo la convence de realizarse un aborto y una esterilización definitiva que coinciden con la revelación por parte de Conway de que Jake dejó encinta a Beth, haciendo que por fin reconozca sus affaires.
Más que una simple fábula acerca del aburrimiento de la clase media, la autovictimización oportunista de las mujeres, la idiotez hipócrita y cobarde de los hombres o siquiera una relación particular con destino de divorcio, Esclava y Seductora toma la forma de un retrato despojado y bien terrenal de las contradicciones de la convivencia, de la crisis escalonada de la pareja promedio y de un tema tabú desde siempre, nos referimos al problema con los vástagos en materia de la capacidad intrínseca de los chiquillos para suprimir la dinámica tradicional del vínculo romántico entre hombre y mujer y eventualmente exigir un volumen de atención gigantesco que tira por la borda el cariño preexistente, las charlas conciliadoras/ de negociación y en algunas oportunidades hasta el sexo, eje fundamental de la amalgama de entrecasa mediante la sensación de todavía sentirse deseado por el compañero/ a. El tono glacial prototípico de Clayton y la intelectualidad de denuncia de izquierda de Pinter calzan perfecto con la historia craneada por Mortimer porque en ningún momento se banaliza la idiosincrasia de Jo, algo vacía por fuera de la maternidad pero deseosa de encontrar algo más que la movilice, ni el parecer y todas las frustraciones de Jake, efectivamente bastante hastiado de los niños aunque no de ella, a la que continúa queriendo a pesar de la esclavitud de la paternidad y para colmo haciéndose cargo de varios críos que no son suyos. Entre la muerte del padre de Jo y el fallecimiento repentino del progenitor de él (Alan Webb), y entre encuentros variopintos de Armitage con loquitos peligrosos como una mujer muy histérica en una peluquería (Yootha Joyce) y otros inofensivos como un vagabundo moreno que dice ser el nuevo Rey de Israel (Frank Singuineau), la faena piensa a la feminidad con ojos masculinos como un enigma que parece atrapado en una cárcel de afecto irrestricto que también es dependencia para con los adultos, representado en los niños pequeños, en una mazmorra de cordialidad respetuosa social, simbolizada en los dos hijos mayores que son enviados a un internado y luego tratan a su madre con esa frialdad distante clásica de la burguesía, y en un pasado romantizado que se escapa continuamente de las manos, ahora tomando la forma de la fase inicial de la relación con Jake y hasta del vínculo que otrora la unió con Giles, con quien mantiene encuentros sexuales clandestinos después de que toma conocimiento del embarazo de Beth de boca del prepotente y agresivo de Conway. La película adopta un enfoque muy honesto para abordar todas estas temáticas ya que en vez de forzar las situaciones planteadas con estratagemas del drama matrimonial habitual símil hollywoodense baladí opta en cambio por explorar el asunto desde ese conservadurismo estándar de las relaciones reales con tantos purretes de por medio, yuntas en las que la pareja deja de serlo para transformarse en una sociedad que pretende sobrevivir cueste lo que cueste ya que los críos dependen completamente de ellos y mantenerlos en soledad sería casi imposible, por ello el film por un lado decide enfatizar sutilmente y sin bombos y platillos la mediocridad de ciertas mujeres, pensemos en la deriva existencial cabizbaja eterna de Jo, y de ciertos hombres, recordemos en este sentido las promesas de Conway de castigar a Jake para a posteriori no hacer nada cuando éste en un bar le derrama un vaso con líquido sobre su ropa, y por el otro lado finiquita el desarrollo con la reconciliación en sí de la pareja ya que ambos ponen al “proyecto en común” -la casa y los hijos, en síntesis- por sobre el puterío de cada uno, su masoquismo, angustia y delirios psicológicos irresueltos…
Esclava y Seductora (The Pumpkin Eater, Reino Unido, 1964)
Dirección: Jack Clayton. Guión: Harold Pinter. Elenco: Anne Bancroft, Peter Finch, James Mason, Janine Gray, Cedric Hardwicke, Rosalind Atkinson, Alan Webb, Richard Johnson, Maggie Smith, Eric Porter. Producción: James Woolf. Duración: 110 minutos.