Conocimiento Carnal (Carnal Knowledge)

El problema de la sincronía

Por Emiliano Fernández

Una vez que dejó atrás su insólita carrera como cómico, vinculada a un famoso dúo que supo conformar con Elaine May durante las postrimerías de la década del 50 e inicios de los 60, eje por cierto de tres álbumes de comedia que marcarían a diversas generaciones futuras de colegas y público, Mike Nichols se consagró a combinar la dirección de teatro y cine y especialmente en este último rubro brillaría a más no poder con sus dos primeras películas, ¿Quién le Teme a Virginia Woolf? (Who’s Afraid of Virginia Woolf?, 1966), con Elizabeth Taylor, Richard Burton, George Segal y Sandy Dennis, y El Graduado (The Graduate, 1967), protagonizada por Dustin Hoffman, Anne Bancroft y Katharine Ross, clásicos por los que le llovieron las nominaciones a premios en el ámbito hollywoodense mainstream, y con sus dos films siguientes aunque ya de manera más moderada a escala de la popularidad porque resultaron más agresivos en términos políticos, sociales y/ o culturales, hablamos de Trampa-22 (Catch-22, 1970), una sátira coral antibélica sobre la Segunda Guerra Mundial y clara alegoría de la por entonces candente Guerra de Vietnam que palideció en taquilla y en el favor de la crítica en comparación con la similar y mucho más exitosa M.A.S.H. (1970), recordada epopeya de Robert Altman, y Conocimiento Carnal (Carnal Knowledge, 1971), película basada en un guión de Jules Feiffer, aquel de Pequeños Asesinatos (Little Murders, 1971), de Alan Arkin, Popeye (1980), otra de Altman, y Quiero ir a Casa (I Want to Go Home, 1989), de Alain Resnais, que atravesó una generosa retahíla de problemas legales al momento de su distribución y exhibición en Estados Unidos debido a su análisis desinhibido y honesto del sexo y en consonancia por las múltiples puteadas, frustraciones y escenas de cama que ello traía consigo, un planteo retórico e ideológico muy poco habitual en tiempos en los que la gran industria todavía hacía lo posible para esquivar los tópicos más polémicos en pos de contentar al espectador mojigato y pusilánime o conservador promedio, ese que se ofendía por cualquier atisbo de verdad o prefería el escapismo hueco.

 

La película está dividida en tres partes que siguen la amistad y las aventuras sexuales de dos amigos de universidad que comienzan compartiendo un cuarto en el Amherst College a fines de los 40, Sandy (Art Garfunkel), un sujeto pasivo y de inclinaciones intelectuales que idealiza a las mujeres, y Jonathan Fuerst (Jack Nicholson), pícaro que las cosifica al punto de reducir su atractivo al cuerpo y sobre todo las tetas de las hembras. El primero conoce y comienza a salir con una tal Susan (Candice Bergen), quien rechaza su comportamiento algo burdo -inexperiencia de por medio- y luego se niega a tener sexo, lo que despierta el interés de Fuerst, con mucho más kilometraje encima, y así éste consigue acostarse con la mujer, aún virgen. El triángulo amoroso se corta cuando Jonathan se enamora en serio de Susan y le lanza sucesivos ultimátums por celos para que abandone a Sandy, con el que eventualmente intima, sin conseguir la ruptura de la pareja. Ya en los 30, Sandy recibido de médico y Jonathan de abogado y ambos trabajando a pleno, el personaje de Garfunkel se casa y tiene hijos con la fémina pero la rutina destroza el matrimonio y lo lleva a los brazos de Cindy (Cynthia O’Neal), un marimacho controlador al extremo, mientras que Fuerst tiene problemas de impotencia que desaparecen al conocer a la voluptuosa Bobbie (Ann-Margret), una mujer hermosa a la que hace renunciar a su trabajo como modelo sin saber que su estado mental rápidamente se deteriorará, pasando todo el día tirada en la cama y derrapando en un intento de suicidio cuando los machos ensayan un intercambio de parejas que es rechazado por ambas hembras. El último capítulo, ya en aquel presente de los años 70, los halla a ambos en la mediana edad, ahora con Sandy romantizando a una adolescente de 18 años con la que anda noviando, Jennifer (Carol Kane), y con Jonathan separado de Bobbie, pasándole una pensión de alimentos por una hija que tuvieron, Wendy, y viendo a una prostituta, Louise (Rita Moreno), a la que hace recitar un discurso de endiosamiento masculino escrito por él mismo, en apariencia la única forma en la que logra una erección.

 

Muchas veces se suele decir que Nichols fue uno de los mejores directores de actores de la gloriosa generación del Nuevo Hollywood y si bien es cierto porque el señor era capaz de extraer interpretaciones extraordinarias de cualquier profesional e incluso emparejar el desempeño de actores con backgrounds muy distintos, tampoco se puede dejar de lado el hecho de que asimismo se destacó en la puesta en escena y Conocimiento Carnal es un prodigioso ejemplo de ello ya que en pantalla no quedan rastros del origen teatral del guión de Feiffer y esto es responsabilidad absoluta del realizador y de su director de fotografía, Giuseppe Rotunno, un dúo que aquí anticipa muchos latiguillos del cine independiente en materia de travellings elegantes, instantes de quietud, monólogos a cámara dirigidos a otro personaje, tomas fijas que descontextualizan la acción, juegos subsiguientes con el fuera de campo, un genial trabajo con los planos en la oscuridad, una desnudez naturalista y en ocasiones apenas insinuada, estallidos de cólera en un contexto de entrecasa, el poderío innegable de la palabra soez de alcance cuasi lírico o filosófico y finalmente una estructura fragmentada con saltos varios en el tiempo que no se indican y deben ser deducidos por el espectador, lo que agrega un misterio y un distanciamiento afectivo muy importante a una historia de por sí centrada en el egoísmo, la ceguera, los anhelos irreales, la perfidia, la incompatibilidad de idiosincrasias, las idas y vueltas de la vida, el colapso del corazón y especialmente en lo que podríamos definir como el problema de la sincronía, léase una simultaneidad que no implica concordancia psicológica, identitaria o siquiera física y ello queda reflejado en la serie de parejas y separaciones que nos presenta el relato en tanto muestrario de los diferentes recorridos que arrastran los individuos y gran señal de que su choque con la contraparte sexual siempre trae consigo un volumen muy importante de expectativas que conspiran contra el éxito o supervivencia en el tiempo del vínculo de turno, por ello la angustia siempre termina regresando porque nadie obtiene lo deseado.

 

El film, evidente influencia futura en el cine del Woody Allen maduro y en una infinidad de propuestas de parejas en crisis u homoerotismo tácito, satiriza sutilmente a los dos modelos de varones más recurrentes en las sociedades contemporáneas, el apaciguado y tímido símil Sandy, propenso a caer en las garras de histéricas de buenas intenciones como Susan o arpías comehombres en sintonía con Cindy, y el machista autovictimizante de Jonathan, el cual de hecho considera que el principal hobby de las hembras es torturar a los machos negándoles el coito o, ya a posteriori, pretendiéndoles coartar su bella libertad mediante una pareja formal o el mismo casamiento, especie de grilletes que hacen todo lo posible para destruir el derecho de nacimiento del varón, eso de acostarse con todo lo que se le ponga adelante porque sólo los estúpidos son lo suficientemente aburridos y esclavos como para coger siempre con la misma vagina. Mientras que Sandy parece no aprender nunca de sus errores y continúa cayendo hasta el final en trampas románticas buscadas, nos referimos a una Jennifer que de seguro también se terminará yendo por la distancia de edad y por las pavadas de idealización que le regala el hombre, Fuerst, por su parte, va incrementando su odio misógino con el transcurso de los años y hasta se podría aseverar que es castigado no siendo feliz ni con Susan, con la que había química real más allá del sexo aunque en última instancia la mujer prefiere el conservadurismo y la seguridad de Sandy, ni con Bobbie, la perfección estética femenina hecha carne y aún así un revoltijo anímico que provoca más frustraciones, amén del gracioso tópico de la disfunción eréctil y la misma presencia de Wendy, su hija, mega ironía del destino porque el nacimiento de una hembra lo obliga a seguir repitiendo que todas son unas putas de mierda descerebradas, que se esconden bajo un manto de frigidez, quejas y verborragia baladí, salvo su vástago, tan inusitadamente endiosado como su amigo idolatra a la mujer que tenga en ese momento con él. La película no pide perdón en ningún momento por su estupendo punto de vista enteramente masculino y hasta parece parodiar los efectos que esta decisión narrativa/ ideológica tendrá en el público femenino, basta con pensar en la recordada escena en la que Fuerst organiza en su departamento burgués un espectáculo para Sandy y Jennifer mediante diapositivas de sus distintas compañeras sexuales y la púber tarada se marcha llorando por la colección de comentarios denigratorios de Jonathan para con cada una de ellas, típica sobreactuación de ambas orillas para reforzar su propia identidad y negar a la otra desde el estereotipo, lo que además incluye la explicitación de la traición de fondo porque por ahí se cuela una foto de Susan, núcleo primigenio -e indudable ejemplo práctico- de una rivalidad masculina apenas maquillada que tiene que ver con este calidoscopio contrastante entre ambos cofrades, uno fracasando por abulia y el otro haciendo lo propio a raíz de su ego inflado. Amparándose en los sublimes Nicholson, Bergen, la pechugona Ann-Margret y un Garfunkel célebre por el dúo Simon & Garfunkel, señor que ya había colaborado con Nichols en Trampa-22 y que en esta oportunidad se ubica en las antípodas con respecto a su legendario villano de Bad Timing (1980), joya eterna de Nicolas Roeg, Alex Linden, el director construye una fábula demoledora acerca de los límites de la voluntad individual y sobre el daño que le hace a la pareja y a la libido los caprichos patológicos comunales de cada miembro considerado, uno más necio que el otro y todos atrapados por decisión propia -o automatismo social- en una competencia muy ridícula de nunca acabar que incluye a las mujeres y los otros varones…

 

Conocimiento Carnal (Carnal Knowledge, Estados Unidos, 1971)

Dirección: Mike Nichols. Guión: Jules Feiffer. Elenco: Jack Nicholson, Art Garfunkel, Candice Bergen, Ann-Margret, Rita Moreno, Cynthia O’Neal, Carol Kane, Ray Cass. Producción: Mike Nichols. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 10