Al Cinéma du Look de las décadas del 80 y 90, corriente que engloba en términos prácticos la producción artística inaugural de Jean-Jacques Beineix, Leos Carax y Luc Besson, se lo suele relacionar con un quiebre del realismo de gran parte del cine francés previo, tanto el comercial/ de género como el vanguardista sesentoso en la tradición de la Nouvelle Vague, no obstante por un lado la verdadera característica fundamental del mini movimiento -uno revolucionario para su momento- fue la sustitución del discurso por la estética exacerbada y autocontenida, planteo que incluyó el preciosismo y la banalización narrativa pero también el romanticismo y cierta idea de fondo de recuperar el realismo poético galo de los años 30, y por el otro lado el Cinéma du Look, como etiqueta histórica/ conceptual, no se limitó a dichos cineastas sino que formó parte de un recambio generacional global que a su vez vio el surgimiento de una flamante generación de realizadores que abrazaron todo el lenguaje disociativo del videoarte, la publicidad y los videoclips, cuyos exponentes más conocidos en el ámbito anglosajón son los igualmente esteticistas Ridley Scott, Adrian Lyne, Hugh Hudson, Tony Scott y Alan Parker. Ya sea que pensemos en el Beineix de Diva (1981), La Luna en el Arroyo (La Lune dans le Caniveau, 1983), Betty Blue (37°2 le Matin, 1986), Roselyne y los Leones (Roselyne et les Lions, 1989) e IP5: La Isla de los Paquidermos (IP5: L’île aux Pachydermes, 1992), o el Besson inicial de El Último Combate (Le Dernier Combat, 1983), Subway (1985), Azul Profundo (Le Grand Bleu, 1988), Nikita (1990) y El Perfecto Asesino (Léon, 1994), o el Carax de Chico Conoce Chica (Boy Meets Girl, 1984), Mala Sangre (Mauvais Sang, 1986) y esa Los Amantes de Pont-Neuf (Les Amants du Pont-Neuf, 1991), lo que tiende a predominar es una concepción fatalista del cariño y un apego para con personajes marginales que en sí se plantan en la orilla opuesta al aparato represivo burgués y que celebran la amalgama de la cultura del pasado, la “elevada” de marco elitista, y la del presente, ya vinculada a las tribus urbanas iconoclastas y el vulgo menos exigente.
Si bien el más famoso es Besson y el más bizarro es Carax, el que verdaderamente pegó el puntapié decisivo de este engolosinamiento con la dimensión visual del séptimo arte en detrimento de todo lo demás, gesto que como dijimos anteriormente sería muy influyente en las generaciones venideras de cineastas con serios problemas para articular narraciones coherentes, fue Beineix, señor que con su trilogía inicial pondría de manifiesto los puntos a favor y en contra de la propuesta artística en su conjunto, en este sentido la primigenia Diva jugó con la prototípica licuadora posmoderna de géneros y recursos rutilantes, allí el film noir, el cine musical, el melodrama y las faenas de espionaje, La Luna en el Arroyo aburrió con su indulgencia de pretensiones surrealistas, casi siempre bordeando la autoparodia y la superficialidad más torpe y exasperante, y Betty Blue, cuyo título original en francés remite a la temperatura matutina promedio de la mujer que ovula, funcionó como una especie de versión corregida de la anterior en donde la catarata de simbología y floreos aminoraba su caudal para enfocarse en un relato mucho más simple del corazón aunque nuevamente con un metraje inflado debido, de hecho, a las compulsiones estéticas por momentos demasiado gratuitas del director y guionista, en este caso inspirándose en la novela del año anterior de Philippe Djian, escritor que asimismo sería adaptado en ocasión de la sublime Elle: Abuso y Seducción (Elle, 2016), de Paul Verhoeven, y una retahíla de bodrios de Yves Boisset, Luc Bondy, André Téchiné y los hermanos Arnaud y Jean-Marie Larrieu. La Betty del título (Béatrice Dalle) es una chica de 19 años con problemas psiquiátricos, del tipo impulsivo y violento, que se enamora perdidamente de un treintañero y escritor frustrado llamado Zorg (Jean-Hugues Anglade), a quien acompaña en sus diferentes trabajos como personal de mantenimiento en Gruissan, en la costa mediterránea, como camarero en una pizzería de París, bautizada Stromboli como el gran film de 1950 sobre desfasaje cultural de Roberto Rossellini, y finalmente como un vendedor de pianos en la apacible comuna de Marvejols.
A pesar de que el corte del director del 2000 con la friolera de 185 minutos de duración total pasó a ser el estándar desde entonces, dejando en un relativo olvido la versión original de dos horas, el metraje agregado no aporta mayor desarrollo de personajes ni consigue maquillar el doble problema de que la crónica romántica es muy simple y retoma películas superiores como Delicias Turcas (Turks Fruit, 1973), del ya mencionado Verhoeven, sobre todo en materia del retrato visceral de un “amor destinado al fracaso por obra del destino” símil Love Story (1970), de Arthur Hiller, y por supuesto Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), joya de Milos Forman cuyo archiconocido desenlace es copiado de manera grosera por un Beineix al que no le tiembla el pulso mientras cae en la redundancia, un rasgo también paradigmático de las legiones de realizadores que desde la década del 90 en adelante vienen refritando arquetipos narrativos y vueltas de tuerca harto trabajadas. Sirviéndose de travellings siempre perfectos, una puesta en escena detallista, ese ambiente general etéreo, varios planos cenitales, un poco de cámara lenta y múltiples voces en off y diálogos tradicionales que se mueven entre lo lírico, la mundanidad y lo elegíaco, la propuesta recupera, expande y/ o anticipa los motivos temáticos favoritos del director como por ejemplo la dependencia recíproca estrafalaria, el devenir menesteroso, la femme fatale, el azar, las pinceladas absurdas, la agresión social reprimida, el costumbrismo, la puja entre la alta burguesía y el proletariado del arte, el clásico “amour fou”/ amor loco de los galos y esa fauna de criaturas grotescas o delirantes que aquí incluye al jefe de Zorg en Gruissan (Claude Confortès), la mejor amiga de ella en París y su novio, Lisa (Consuelo de Haviland) y Eddy (Gérard Darmon), aquel comisario novelista que la arresta (Jean-Pierre Bisson), la pareja de almaceneros que ambos conocen en Marvejols, Bob (Jacques Mathou) y Annie (Clémentine Célarié), un policía demencial, Richard (Vincent Lindon), y el dealer payasesco en la piel de Dominique Pinon, además de nuestra Betty Boop de carne y hueso.
Viéndola a la distancia Betty Blue fue la última obra verdaderamente potable de Beineix porque tanto Roselyne y los Leones e IP5: La Isla de los Paquidermos como Transferencia Mortal (Mortel Transfert, 2001), su canto del cisne antes de retirarse de repente y fallecer por leucemia en 2022, sucumbieron en una triste mediocridad que a su vez enfatizó que el manantial creativo del Cinéma du Look estaba casi completamente seco a comienzos de los años 90, de allí las reinvenciones exitosas -y muy tardías- de Holy Motors (2012), de Carax, y Dogman (2023), de Besson, entre diversos productos fallidos que es mejor olvidar, amén del hecho de que el opus que nos ocupa, desde su interesante combinación de melodrama erótico, comedia negra y retrato bizarro de la locura, tranquilamente puede leerse primero como una versión actualizada/ ochentosa del costado más existencialista o trágico pomposo del realismo poético y la Nouvelle Vague y segundo como una reacción inconformista ante el cine popular o comercial francés de las décadas inmediatamente previas, aquel que Jean-Jacques conocía de sobra porque había trabajado como asistente de dirección para colegas varios en línea con Claude Berri, René Clément, Jean Becker y Claude Zidi. El tratamiento naturalista de la desnudez y del sexo, equiparados en pantalla a la efervescencia emocional de una pareja joven que todavía conserva esperanzas de un progreso a futuro, envejeció mucho mejor que la pretensión de Beineix -hoy por hoy vetusta o francamente inofensiva- de shockear al espectador sonso mainstream con la escalada de vehemencia autodestructiva de Betty, muchacha que pasa de clavarle un tenedor a una clienta insoportable de la pizzería de Eddy (Catherine D’At) y lastimar con un peine a un editor que rechazó el libro de Zorg (Philippe Laudenbach) a romper una ventana con una mano, secuestrar a un nene en una feria y para colmo sacarse el ojo derecho, todo asimismo complementado con la pirotecnia esperable del realizador, nos referimos a un embarazado frustrado, a la ninfómana Annie, a algún que otro sueño de “paraíso bucólico” alejado de la sociedad, a la compra de un lindo Mercedes-Benz 230 de color amarillo y a la insólita ejecución de un asalto por parte de un Zorg travestido para intentar recuperar la felicidad de la señorita, cuya aura tormentosa se aclara desde el comienzo mediante los soliloquios del treintañero. Más allá de la rebeldía formal de fondo, la estupenda música melancólica de Gabriel Yared y el dejo hipnótico de algunas escenas, como la del bungalow incendiado, aquella del cumpleaños número 20 de ella o las secuencias finales en el hospital, lo mejor del film pasa por el desempeño de sus dos protagonistas, un Anglade que trabajaría para Besson y pronto caería en el olvido y esta debutante, esplendorosa y genial Dalle que aparecería una y otra vez en las realizaciones de Claire Denis y el dúo de Alexandre Bustillo y Julien Maury, más colaboraciones con Marco Bellocchio, Claude Lelouch, Jim Jarmusch, Michael Haneke, Abel Ferrara y Gaspar Noé…
Betty Blue (37°2 le Matin, Francia, 1986)
Dirección y Guión: Jean-Jacques Beineix. Elenco: Béatrice Dalle, Jean-Hugues Anglade, Gérard Darmon, Consuelo de Haviland, Clémentine Célarié, Jacques Mathou, Vincent Lindon, Claude Confortès, Catherine D’At, Philippe Laudenbach. Producción: Jean-Jacques Beineix. Duración: 185 minutos.