Billy Idol Should Be Dead

El punk de plástico

Por Emiliano Fernández

En el ambiente melómano rockero William Michael Albert Broad alias Billy Idol, hoy por hoy con la friolera de 70 añitos a cuestas, siempre fue el ejemplo por antonomasia de la caricaturización del punk o de cómo un movimiento de marco underground, contracultural y extremadamente aguerrido puede convertirse en un objeto de consumo inocuo destinado a las masas lobotomizadas del capitalismo, gente cuyo nivel cognitivo casi siempre promedia hacia abajo porque no tiene ningún interés artístico, intelectual o informativo verdadero, sonseras y marketing del mainstream mediante. El inglés empezó su carrera, precisamente, en plena efervescencia del punk, a mediados de la década del 70, como el líder y cantante de Generation X, una banda que ya ofrecía una versión inofensiva y destilada hacia el pop símil Disney del asunto y que entregaría dos álbumes olvidables, Generation X (1978) y Valley of the Dolls (1979), antes de separarse por el nulo éxito comercial y mutar en Gen X, espiritualmente un dúo formado por Idol más su socio de aquellos años, el bajista Tony James, ambos los compositores de todas las canciones de Generation X en sus dos fases. El único trabajo de estudio de Gen X, Kiss Me Deadly (1981), ya mostraba un acercamiento nada sutil hacia la new wave en plan de alcanzar la ansiada popularidad que sólo llegaría en solitario y también a través de dos nuevos estadios, primero el EP Don’t Stop (1981) y el long play Billy Idol (1982), puntapié para su colaboración con el productor Keith Forsey y el guitarrista Steve Stevens, y segundo su mejor y más famoso disco, Rebel Yell (1983), el cual terminó de solidificar su vuelco hacia el dance, el synth-pop y un glam que ya se podía anticipar desde Valley of the Dolls o su look de punk apócrifo de una clase media carilinda, banal, presuntuosa y definitivamente hedonista, muy fanática del rockabilly de los años 50.

 

Cuando llega el éxito internacional prefabricado de Rebel Yell el músico ya llevaba un par de años viviendo en Estados Unidos y preso de una adicción a la cocaína y la heroína que fue en aumento con la presión comercial alrededor de los dos clones posteriores de la placa citada, Whiplash Smile (1986) y Charmed Life (1990), opus igual de huecos pero con esa producción inflada ochentosa que maquillaba de elegancia la chatarra musical cien por ciento descartable de la época, tracción a toneladas de ecos, sintetizadores, guitarras ultra decorativas y baladas que solían darse la mano con temas complementarios bailables. El suicidio de impronta profesional autoindulgente, ya en la cima de su locura, fue Cyberpunk (1993), uno de los fracasos más grandes de la historia del mainstream musical y en sí un álbum conceptual volcado a un techno-rock esquemático que pretendió reflexionar acerca de la influencia de la tecnología y la incipiente Internet en la posmodernidad, los vínculos sociales y concretamente la creación artística. A posteriori del golpe al ego del británico, uno muy fuerte por cierto porque el disco fue su primer verdadero intento de “decir algo” con sus canciones y de paso recuperar el control creativo de su carrera, en manos de la compañía discográfica de turno, Chrysalis Records, Idol se entregaría a una década y pico de ostracismo hasta finalmente ensayar un regreso tardío al pop-punk de siempre con la seguidilla de Devil’s Playground (2005), Kings & Queens of the Underground (2014) y Dream Into It (2025), este último apenas una excusa para lanzar la biopic reglamentaria en formato de “documental oficial”, Billy Idol Should Be Dead (2025), película disfrutable de un veterano del negocio como él, Jonas Åkerlund, director sueco que aquí se mete con su derrotero incluyendo aquel accidente de moto de 1990 que casi le cuesta su pierna derecha.

 

Åkerlund, en el ecosistema ficcional responsable de las interesantes Spun (2002) y Lords of Chaos (2018) y los tristes bodrios por encargo Horsemen (2009), Small Apartments (2012) y Polar (2019), en Billy Idol Should Be Dead ofrece un retrato relativamente sincero del inglés porque no esquiva las acusaciones de ser un burgués payasesco que jamás perteneció a la escena punk, incluso copiándole todos los gestos o tics faciales a Johnny Rotten/ John Lydon de Sex Pistols, y en el eterno desfilar de putas, drogas y declaraciones insulsas a la prensa termina demostrando -de manera involuntaria o quizás no- que el susodicho siempre fue un envase vacío o más bien un producto diseñado para el consumo durante determinada etapa, esos años 80 en donde el neoconservadurismo fascistoide de Margaret Thatcher y Ronald Reagan reclamaba la castración ideológica/ política del punk para el “disfrute” de un público apático e individualista al que no le importaba el hecho de que Idol retuviese la imagen agresiva del punk, cruza del primer Elvis Presley, los mods y rockers de los años 60 y aquel Marlon Brando de The Wild One (1953), el clásico del bikesploitation de László Benedek, aunque sin ninguna de sus consignas nihilistas y obreras en pos de denunciar la hipocresía del flamante establishment neoliberal, cuna del hambre, la represión y la cultura de masas descerebrada que padecemos en nuestro Siglo XXI. Con testimonios cruciales de los progenitores de la criatura, léase James, Stevens y Forsey, la película también retrata con lujo de detalles la caótica existencia familiar mediante el testimonio de su madre, Joan O’Sullivan, y de su pareja durante el auge comercial ochentoso, Perri Lister, una bailarina que quiso saltar a la actuación -como Billy- y con la que tuvo uno de sus tres hijos, todos con mujeres distintas y aportando sus palabras al bosquejo sobre el señor del puño en alto.

 

Billy Idol Should Be Dead, título que hace referencia al accidente de 1990 y su catarata de sobredosis en diversas partes del planeta durante las giras o “vacaciones” de los años de vacas gordas, asimismo analiza la simbiosis entre el punk descafeinado que vendía Idol, por un lado, y los inicios de MTV, empezando a transmitir en 1981, y aquella desesperación por contenido “vistoso” para captar a todo el público adolescente, por el otro lado, de allí se entiende la enorme repercusión de videoclips en incesante rotación en la cadena como los de Dancing with Myself, White Wedding, Hot in the City, Eyes Without a Face, Flesh for Fantasy, Don’t Need a Gun, Sweet Sixteen y Cradle of Love, en contraposición con respecto a la precariedad en difusión durante los años previos vía la participación de Generation X en programas de TV como el mítico Top of the Pops (1964-2006). Se agradece la presencia de Pete Townshend, Nile Rodgers, Steve Jones, Duff McKagan e incluso David Mallet, uno de los mejores y más imaginativos directores de videoclips de aquella época, sin embargo el excesivo énfasis en el reviente rockero estandarizado a la larga aburre, al igual que el contrapunto con los padres británicos conservadores, y se podría aseverar que en general no se profundiza en las mejores anécdotas del lote, como los encuentros con David Bowie en un club nocturno de Nueva York o Marc Bolan, de T. Rex, en el contexto de un especial televisivo de seis capítulos que en parte se transmitiría de manera póstuma, Marc (1977). Åkerlund, colaborador en videoclips de Roxette, Madonna, U2, Metallica y The Rolling Stones, trabaja muy bien la fotografía e incorpora animaciones bastante atractivas a la hora de redondear el film y su objetivo de humanizar al papi del punk de plástico, cuyos hits más cutres o grasientos superan a lo mejorcito de la basura musical masiva del nuevo milenio…

 

Billy Idol Should Be Dead (Estados Unidos, 2025)

Dirección y Guión: Jonas Åkerlund. Elenco: Billy Idol, Pete Townshend, Nile Rodgers, Steve Jones, Duff McKagan, David Mallet, Keith Forsey, Steve Stevens, Tony James, Perri Lister. Producción: Jonas Åkerlund, Violaine Etienne, Laurence Freedman, China Chow, Jessica James Batista, Ryan Kroft, Mark Monroe y Orian Williams. Duración: 125 minutos.