Syd Barrett: antes, durante y después de Pink Floyd

El retorno del hijo de la nada

Por Matías Bragagnolo
“Y nunca supe que la luna podía ser tan azul”
Jugband Blues (1967)
 

Índice:

 

01. Quisiera que estuvieras acá (parte 1)

 

En junio de 1975 los Pink Floyd ya habían editado The Dark Side of the Moon, y podía decirse que eran mundialmente famosos y millonarios. Roger Waters, Nick Mason, Rick Wright y David Gilmour se presentaban en los escenarios utilizado la tecnología más avanzada en lo que a luces, infraestructura, pirotecnia y demás efectos especiales para espectáculos en vivo se refiriera. Después de un intento fallido por componer un disco en base a ruidos generados con objetos hogareños y de coquetear con las canciones que terminarían en 1977 en el disco Animals, la banda se decantó por un puñado de canciones entre la que figuraba una larga composición de veintiséis minutos para la cual esa mañana, el 5 de junio de 1974, en el estudio 3 de Abbey Road, habían grabado las voces las coristas Carlena Williams y Venetta Fields. Llevaban ya casi seis meses trabajando en ese disco, al que llamarían Wish You Were Here, y todo indicaba que se encontraban en la recta final, en los últimos días de grabación.

 

Al mediodía, en la sala de control, sentando delante de la consola, Roger, el lungo bajista, preparaba una mezcla provisoria de la larga canción cuando el tecladista, Rick, se sentó a su lado. Después de varias entradas y salidas del estudio a la sala, había notado la presencia de un sujeto algo inquietante. Era obeso, con una panza de embarazado que asomaba de la abertura de una campera bastante deteriorada por el uso. Su cabeza estaba mayormente afeitada, como también lo estaban sus cejas. Sentado ahí, en silencio, en un rincón, en un sillón detrás de Roger, de a ratos se ponía de pie, sacaba un cepillo de dientes de la bolsa de plástico que había traído y se limpiaba los dientes de una forma algo inusual: dejaba el cepillo fijo, dentro de su boca, y saltaba en el lugar dirigiendo con todo su cuerpo el recorrido de las cerdas por sus dientes. En la bolsa también había paquetes de Amplex, unas pastillas para refrescar el aliento. No podía ser un empleado más de las EMI. No con ese comportamiento y ese aspecto.

 

“¿Quién es ese?”, le preguntó en voz baja Rick a Roger.

 

“No lo sé”, respondió el otro. “¿No vino con Nick?”

 

Rick aprovechó una de las entradas y salidas de Nick para hacerle la misma pregunta.

 

“¿No es amigo de ustedes?”, respondió el baterista.

 

Los minutos pasaron. Nadie parecía conocer al hombre del fondo de la sala de control.

 

En determinado momento, el hombre habló.

 

“¿Cuándo toco la parte de la guitarra?”

 

Waters lo ignoró, pero Rick fue un poco más cordial. No sin bastante sorpresa, acababa de reconocer a tan particular visitante.

 

“No será necesario, Syd, David ya se ocupó de eso”.

 

02. El frontman de una banda

 

Se habían llamado The Meggadeaths, The Abdabs, The Screaming Abdabs, Leonard’s Lodgers, Sigma 6. Habían sido cuatro, habían sido cinco, habían sido seis. Ahora, promediando 1964, se llamaban The Tea Set, o a veces The T-Set, y tocaban covers de rhythm and blues. Al igual que el bajista, Roger Waters, dos años mayor que él, Syd en realidad se llamaba Roger y era un promisorio pintor que había venido de Cambridge, su ciudad natal, a estudiar arte en la universidad.

 

Había sido apodado Syd a los 13 años, un sobrenombre originado en hechos o factores banales sobre los que años después se discutiría (¿era por ese baterista de jazz local o por haber usado en un campamento escolar un sombrero típico de los obreros que solían llamarse Syd?). En Cambridge, Syd (Barrett era su apellido) había sido el bajista de los Those Without, y más tarde el guitarrista de Geoff Mott and the Mottoes. Tenía apenas 18 años.

 

Los Tea Set eran cinco cuando Syd se instaló a vivir con ellos y algunos otros en una casona del número 39 de Stanhope Gardens, en un suburbio llamado Highgate, al norte de Londres. Fue invitado a formar parte de la banda, y los escuchó tocar en la sala de ensayos del ático. Fiel a su estilo, dijo con su voz siempre suave y amable: “Suenan genial. Pero no veo qué podría hacer yo”.

 

Ya por entonces las palabras de Syd tenían la capacidad de surtir efectos extraños en su destino como artista, y un par de semanas después Chris Dennis, el cantante de la banda, los dejó para cumplir tareas como técnico de la Fuerza Aérea Real en el Golfo Pérsico. Fue entonces cuando la banda empezó a ver florecer su propio repertorio, con el guitarra rítmica y ahora vocalista oficiando de único compositor, ofreciendo canciones como Lucy Leave, Remember Me o Butterfly. Después de que grabaran su primer demo en el estudio de un amigo del tecladista, a mediados de 1965 Bob Klose, el guitarra líder, los dejó, quedando Syd no solo a cargo de la voz sino también como único guitarrista de una banda a la que pronto se vería en la obligación de rebautizar, recién llegado de un viaje de vagabundeo en Saint-Tropez con un amigo llamado David Gilmour y otros cuatro paisanos de Cambridge. Los Tea Set se enteraron que no solo existía otra banda llamada The Tea Set, sino que estaba en la grilla de la próxima fecha, así que, uniendo los nombres de pila de dos ignotos músicos de blues llamados Pink Anderson y Floyd Council -jamás los había escuchado, pero eran mencionados en la funda de un disco de blues de su colección-, Syd creó The Pink Floyd Sound, que a veces también era The Pink Floyd Blues Band y que pronto terminó siendo simplemente The Pink Floyd.

 

03. El primer viaje

 

Desde 1963 Syd fumaba marihuana con asiduidad, en una época en la que el alcohol estaba dejando de ser la única sustancia alrededor de la cual los jóvenes estructuraban sus actividades sociales. Pero no fue la marihuana lo que cambiaría radicalmente la forma de ver el mundo de Syd, sino el ácido lisérgico. Lo había probado en el verano boreal de 1965 durante una fiesta en el jardín trasero de la casa de un amigo.

 

El LSD que empapaba el terrón de azúcar que esa tarde Syd se tragó era tan fuerte que los amigos que lo habían manipulado terminaron drogados solo con las gotas que sus dedos mojados por error habían absorbido. En Syd provocó un viaje de más de doce horas durante el cual terminó sentado en el césped atesorando una ciruela, una naranja y una caja de fósforos que había tomado de la cocina. Se suponía que la ciruela era el planeta Venus y la naranja Júpiter. La caja de fósforos… Nadie sabía bien.

 

Uno de los muchachos le robó los planetas y se comió a Venus. Syd corrió persiguiéndolo, y ambos terminaron en la bañadera, con la ducha fría mojándolos mientras luchaban y gritaban “¡No hay reglas, no hay reglas!”.

 

04. La secta

 

Un ghost writer occidental había escrito un libro sobre los principios del Sant Mat (o “camino de los santos”), un compendio de preceptos de índole espiritual practicados por una secta india fundada en 1891 y llamada Radha Soami Satsang Beas. El librito había sido publicado en Inglaterra, había llegado a las manos de un joven cantabrigense y éste se había puesto en camino hacia la dirección que en la contraportada del libro figuraba. Su peregrinaje lo llevó al pueblo de Beas, junto al río del mismo nombre, al norte de la India, donde estaba situado el cuartel general de la secta.

 

En Beas el muchacho se purificó mediante el abandono del alcohol, el tabaco y las drogas y una dieta vegana, y a su debido tiempo fue iniciado en los secretos de la meditación por Maharaj Charan Singh Ji, el maestro espiritual de turno (cuarto en el linaje de esta secta). A su regreso testificó la experiencia y probó su veracidad demostrando ser prácticamente otra persona, y así empezaron los peregrinajes a la India de decenas de jóvenes de Cambridge y Londres.

 

En julio de 1966, Syd Barrett y Storm Thorgerson (uno de los amigos que lo había acompañado en su primer viaje de LSD) se enteraron que Maharaj Charan Singh Ji estaba de visita en Londres, que paraba en el hotel Russell y que no era difícil terminar siendo iniciado si se lograba concretar una audiencia con él. Syd estaba por completo compenetrado con lo que había leído sobre el Sant Mat, y parecía realmente dispuesto a dejar el alcohol, el tabaco, la marihuana y el LSD, todas sustancias que había terminado por consumir en importantes cantidades. Decían que a través de esta meditación se podía abandonar el cuerpo a voluntad o, como les gustaba decir a los intelectuales más esotéricos de la época, “morir mientras se está vivo”.

 

Nada podía fallar. Todas las personas que se habían entrevistado con el maestro habían sido iniciadas.

 

Y con ese ímpetu y esa seguridad Syd se sentó frente a Maharaj Charan Singh Ji, un gurú con todas las letras: turbante y túnica, barba canosa cayendo sobre el pecho, bigotes apuntando hacia los lados de la cara. El joven habló con él y le expresó su deseo y su compromiso. Para sorpresa no solo suya sino también de sus amigos, el maestro lo rechazó. “Tu pedido es un pedido de índole emocional. Tu pedido no está inspirado por una búsqueda espiritual genuina. Eres demasiado joven todavía”.

 

En la casa del número 2 de la calle Earlham, en el barrio londinense de Covent Garden, en cuyo ático Syd vivía por entonces con su nueva novia, la modelo Lindsay Korner, nadie pudo dejar de notar que el rechazo del maestro lo había afectado significativamente. Mucho. Lo suficiente como para que no hubiera porro capaz de hacerlo olvidar la desazón.

 

Por fortuna llegarían buenas noticias para los Pink Floyd, y antes de que el verano terminara ya estaría de nuevo inmerso no solo en las drogas, sino también en la composición de una buena cantidad de canciones para la banda, con letras que recopilaba en un cuaderno anillado en cuya tapa se leía CANCIONES DE ROGER. La elección de “Roger” en lugar de “Syd”, por cierto, no era caprichosa: a Roger Keith Barrett nunca le había gustado su sobrenombre.

 

05. Arnold Layne

 

Las horas de ensayos y de actuaciones en vivo habían hecho madurar el sonido de Pink Floyd, provocando una metamorfosis que los hizo abandonar el rhythm and blues en pos de un sonido personal nunca antes escuchado, repleto de feedback, improvisaciones interminables, solos de órgano y melodías vocales bastante estrambóticas, todo potenciado por los juegos de luces y las proyecciones sobre el escenario con que sus asistentes se perfeccionaban día tras día. Y para rematar toda la rareza, Syd cantaba sin molestarse en ocultar su fuerte acento inglés.

 

El último día de octubre de 1966 habían pasado dos horas grabando dos canciones en los estudios Sound Techniques, en el barrio londinense de Chelsea, para la película Tonite Lets All Make Love in London, dirigida por Peter Whitehead, un cineasta que por entonces estaba teniendo una aventura amorosa con la nueva novia de Syd, Jenny Spires. El productor había sido Joe Boyd, dueño del club nocturno UFO, donde Pink Floyd tocaba a menudo. Boyd había resultado alguien capaz de captar en un estudio la energía de las actuaciones en vivo de la banda.

 

Por eso cuando Peter Jenner y Andrew King, los managers, decidieron que ya era hora de que Pink Floyd grabara un disco, reservaron para el día 29 de enero 1967 algunas horas de grabación con el mismo productor y en los mismos estudios, un lugar en el que se suponía que antiguamente había funcionado un matadero… Otros afirmaban que solo era una lechería.

 

Grabaron dos canciones, por supuesto compuestas por Syd, el único miembro del grupo del que se esperaban letras y música original.

 

La primera se llamaba Arnold Layne, y había sido inspirada por ciertos robos de ropa interior femenina del cordel tendido en el patio de la casa materna de Roger Waters en Cambridge. La madre del bajista solía alojar estudiantes mujeres, y tanta cantidad de bombachas y corpiños había atraído a un fetichista anónimo. Pero el Arnold de la canción no solo tenía ese “extraño hobby”. También se probaba las prendas femeninas, y por lo visto salía a la calle así vestido, porque terminaba preso en una Inglaterra en la que todavía la homosexualidad era considerada un delito.

 

La versión de Arnold Layne que por entonces tocaban en vivo podía llegar a durar quince minutos, pero en un verdadero acto de maestría Joe Boyd logró condensar todo ese cuarto de hora de psicodelia en los tres minutos ideales para colocar una canción en la radio y los rankings.

 

La segunda canción se llamaba Let’s Roll Another One (Armemos otro más) y, claro está, en primer lugar hacía alusión al consumo de marihuana que tanto agradaba a Syd -no así al resto de la banda, que rechazaba el uso de estupefacientes-. Como primera medida, Boyd hizo que Syd le cambiara el nombre, que pasó a ser Candy and a Currant Bun (Caramelos y un bollo de grosellas). Respecto de las abundantes referencias sexuales de la canción, por el momento no serían objetadas. Lo importante era que Arnold Layne ya tenía su lado B.

 

Conscientes de que las discográficas estaban dispuestas a pelearse por tener a la nueva sensación del Swinging London entre sus filas, Jenner y King se llevaron las cintas de la mezcla final y empezaron a negociar. Tres días después, Pink Floyd firmaba un interesante contrato con EMI. Lanzarían el simple de Arnold Layne e inmediatamente se pondrían a grabar el primer larga duración.

 

No tardó en surgir el primer inconveniente entre los artistas y la compañía. Usarían para el simple los temas ya grabados con Joe Boyd, pero Candy and a Currant Bun hacía alusiones a la marihuana y al sexo al aire libre. La letra debía ser cambiada.

 

Syd se opuso con vehemencia, pero Roger, técnicamente el elemento racional de la banda, el 27 de febrero prácticamente lo llevó a empujones de vuelta a los estudios para regrabar su voz. “¡Estoy fumado! No intentes aguar la fiesta / Ve a llorar o me fumaré otro” se convirtió en “Me gusta verte correr / Así…”, o más bien “Me gusta verte correr / Lame eso…”, porque cuando decía “Like that…” también estaba diciendo “Lick that…”, en una fonética por completo ambigua, un híbrido entre laɪk y lɪk. La alusión al sexo oral (“El helado sabe bien si lo comes bien / El helado sabe bien si lo tratas bien”) fue diluida con las líneas “El helado sabe bien por la tarde / El helado sabe bien si lo comes rápido”. En venganza, y usando la técnica de “la carta robada”, Syd cambió un verso relativamente inocuo por otro con la más infame de las palabras anglosajonas. “Por favor, solo camina conmigo” se convirtió en “Por favor, solo fornica conmigo” (“Please, just fuck with me”). Nadie pareció notarlo.

 

Así fue que Arnold Layne terminó siendo el primer simple de Pink Floyd, con las primeras dos canciones compuestas por Syd Barrett en ver la luz, un 10 de marzo de 1967.

 

06. The Purple Gang

 

Mientras los Floyd grababan lo que sería su primer simple en uno de los estudios de Sound Techniques, en el estudio vecino estaban The Purple Gang también grabando con Joe Boyd el que sería su primer simple. The Purple Gang era lo que se denominaba una jugband, un ensamble que se valía de una combinación de algunos instrumentos acústicos (piano, guitarra) y otros caseros propios del skiffle, como una jarra a modo de trombón o una tabla de lavar ropa tocada con dedales o un bajo de cofre de té, además de armónica y kazzoo. Se vestían, en honor a su nombre, como gánsteres, y su cantante se apodaba Lucifer y era sepulturero y, como si lo anterior fuera poco, practicante de magia ritual satánica. Eran un producto extraño, pero promisorio. La canción que estaban grabando para el lado A se llamaba Granny Takes a Trip (La abuelita se pega un viaje), nombre que en la realidad era el de una muy popular tienda londinense de ropa hippie.

 

Syd Barrett sintió curiosidad por ver lo que estaban haciendo en el otro estudio los Purple Gang y se acercó a la sala de control para escuchar la canción prácticamente terminada. Sonaba tan bien que, en su particular humor, les dijo: “¡Bueno, merece estar en el número 2 cuando Arnold Layne sea número 1!”. Joe Boyd no perdió la oportunidad y le pidió alguna canción que los Purple Gang pudieran usar como lado A de un eventual segundo simple.

 

Y Syd cumplió. Le entregó una cinta con una grabación casera de seis canciones, solo con su voz, su guitarra y una buena dosis de eco. La más adecuada para la banda, le dijo a Joe, era la que sonaba más acabada: Boon Tune (Bendita melodía). En Boon Tune el narrador sufre por una novia que no aprecia su carrera como cantautor de rock. Un día va a buscarla a su casa y se encuentra con que ella se ha ido a vivir a otro lado. Pero quien le da la mala noticia es la hermana de su novia, y esta otra chica es también muy bonita. Ambos se enamoran y a ella le gustan sus canciones, entre las cuales está la misma que está cantando (“¡Qué bendición esta melodía!”, dice en el alegre final).

 

En la cinta había otra canción llamada Jugband Blues, también muy apropiada para Purple Gang, pero no estaba aún demasiado desarrollada en el demo. “Son canciones que mi banda no quiere hacer”, aclaró Syd.

 

Joe Boyd le dio la cinta a Christopher Joe Beard, el letrista y compositor de Purple Gang. Este la guardó en la funda de su guitarra y se la llevó al departamento que su banda compartía con los miembros de The Incredible String Band. Sentado junto a sus amigos Mike Heron y Robin Williamson, pasaron un buen rato esforzándose por sacar los acordes de Boon Tune, que eran unos cuantos para ser una canción de tres minutos.

 

Cuando Chistopher habló con Nathan Joseph, el mandamás de Transatlantic Records, la discográfica que los acogía, asegurándole que ya tenían el lado A del segundo simple de la banda y que lo había compuesto el líder de los Pink Floyd, que habían firmado con EMI, Nat nada quiso saber de ese embrollo. Nada de dejar que unos novatos estuvieran mezclando a su sello con autores de otras discográficas.

 

Cuando Joe Boyd supo la noticia, habló con los mánagers de Pink Floyd para estudiar la posibilidad de hacer que Syd aprovechara todas esas canciones y grabara un disco solista en paralelo al primer larga duración de la banda, pero de momento la idea no prosperaría.

 

La última vez que Christopher Joe Beard vio la cinta con las canciones solistas de Syd, esta seguía guardada en la funda de su guitara. No volvería a encontrarla.

 

07. Cromwell Road

 

En marzo de 1967, Syd y su novia Lindsay dejaron el ático del número 2 de la calle Earlham para mudarse a uno de los pisos de la casona del número 101 de la calle Cromwell, en el barrio de Earls Court. Dada la insana calidad de vida de la pareja por ese entonces, no podían haber elegido un lugar más adecuado. Este bloque de departamentos era considerado un verdadero antro de la perdición, uno de los lugares más licenciosos de Londres, y no en términos sexuales, precisamente. Nadie dudaba en comparar su suciedad con la de una estación de tren, y en cuanto a quienes por ahí circulaban, la misma comparación podía hacerse. Por sus pisos, habitaciones, baños y pasillos circulaban no solo drogadictos en estado calamitoso, sino también los dealers más afamados. La heroína, una droga propia de los estratos más marginales, era moneda corriente ahí, así como la llegada de una ambulancia para llevarse a un occiso, como en el caso de un bebé que por esos días había sido aplastado en la cama por uno de sus progenitores dormido en estado catatónico.

 

Pero no todo eran desgracias. Los habitantes de tan inquietante albergue también se divertían más allá de los efectos que las drogas tenían sobre sus propios organismos. La broma más usual consistía en contaminar con LSD o alguna de sus variantes (“spike” era el verbo usado) la bebida o la comida del prójimo y disfrutar viendo los resultados. Se supone que eso era lo que todos hacían con Syd, el tóxico consuetudinario predilecto, y ni siquiera su gato Elfie estaba a salvo. El músico estaba “volado” incluso cuando no recordaba haber consumido nada. Nadie que lo visitara se animaba a ingerir otra cosa que no fuera agua de la canilla, y ninguno de los otros miembros de Pink Floyd se atrevieron siquiera a pisar alguna vez el lugar. Los graciosos habitantes del edificio llegaron a jugar de manera realmente malsana con el cerebro del músico, al punto de que era usual que pasara varios días seguidos sin lograr determinar si estaba despierto o soñando.

 

08. El flautista en los portales de la alborada

 

Entre los meses de febrero y julio de 1967, en medio de una apretada agenda de conciertos, Pink Floyd grabó en cuatro canales, en el estudio 3 de EMI, en la calle Abbey, con Norman Smith como productor, su primer larga duración. El disco, por el momento llamado Projection, inevitablemente terminaría teniendo un aire a trabajo solista de Syd Barrett: ocho de las once canciones eran composiciones suyas, y en otras dos, instrumentales, compartía créditos con los otros tres miembros de la banda.

 

La primera canción que grabaron fue Matilda Mother (Madre Matilda, o, como por entonces se llamaba, Matilda’s Mother -La madre de Matilda-), cuya letra era todo un ejercicio de intertextualidad por parte de Barrett. Había tomado fragmentos casi literales de un libro infantil de 1907 escrito por el célebre Hilaire Belloc: Cuentos de advertencia para niños: diseñados para la amonestación de niños entre las edades de ocho y catorce años.

 

Dotado de ilustraciones, el libro contaba las historias de un grupo de niños traviesos que terminaban pagando caro sus faltas. Así, los primeros versos de la primera estrofa provenían del primer capítulo del libro, “Jim: Que se escapó de su Niñera, y fue comido por un León”. La tercera estrofa contenía el comienzo del segundo capítulo, “Henry King: Que masticó pedazos de cuerda, y fue privado de su vida a temprana edad en aberrantes agonías” -la cuerda se alojaba en forma de nudos en su sistema digestivo, y los médicos decían que nada quedaba por hacer-. La intertextualidad adquiría matices literales, toda vez que las narraciones del libro también estaban escritas en verso. Syd prácticamente le estaba poniendo música al libro. Matilda, de hecho, era la protagonista del tercer capítulo, “Que dijo Mentiras, y fue Quemada hasta la Muerte”: la niña moría en un incendio en su casa y, como al Pastor Mentiroso, nadie le creía cuando pedía ayuda. Una de las travesuras de Matilda era transcripta como anteúltima estrofa, con un agregado aggiornante: “Encontrándose sola en casa / Se fue en puntas de pie al teléfono -y aquí los Floyd gritaban el número de emergencia de los bomberos, “¡999!”- / Pidió la ayuda inmediata / de la Noble Brigada de Bomberos de Londres”.

 

Compartían estrofas, intercalando voces, Syd y Rick, el tecladista, y el marco de la letra era la imploración de un niño a una madre que le estaba leyendo las historias del libro infantil. La canción en vivo contenía una zapada instrumental que la extendía hasta el cuarto de hora. La versión grabada redujo la duración a cuatro minutos. Y aun entonces, Norman Smith, en pos de mantener el carácter comercial del álbum, cortó en la mezcla final la estrofa que seguía al interludio y casi cuarenta segundos de la coda instrumental.

 

Con Matilda Mother Syd volvería tener un fastidio similar al de Candy and a Currant Bun. Smith, grabada la canción, les escribió a los herederos de Hilaire Belloc para pedirles permiso de utilizar los textos respectivos. Estos se negaron, y el productor prefirió no correr riesgos. Syd debió reescribir gran parte de la letra y volvieron a grabar las voces. Ello no impidió que cada vez que tocaban la canción en vivo Syd la cantara con la letra original.

 

Pero los ejemplos de intertextualidad en las canciones que Syd llevó al estudio para el primer LP de Pink Floyd no se terminaban ahí. Con la gente del ambiente del rock cada vez más oriental en lo que a espiritualidad respectaba (ácido lisérgico mediante), no solo se buscaban las respuestas en los gurúes de la India, sino también en el misticismo chino. Por entonces, el escritor (ya) de culto Philip K. Dick consultaba el sistema oracular del I Ching, el llamado Libro de las Mutaciones, para tomar decisiones que, por supuesto, incluían las estructuras de los argumentos de sus novelas. Algo por el estilo había ensayado Syd Barrett, aunque había sido literal en su práctica: arrojadas seis veces las tres monedas del I Ching, la suma de sus números había formado el hexagrama 24, llamado Fu (“retorno”).

 

Syd había comprado un ejemplar del I Ching en la librería Índica, muy de moda entre los artistas. Era la traducción del teólogo Richard Wilhelm, y al texto del capítulo 24 (coincidente, vale la aclaración, con el hexagrama del mismo número) debía remitirse Syd en busca de respuestas sobre su presente y su futuro. En lugar de eso, y de la misma manera que por esos días lo hacían Lennon y McCartney con el poster de anuncios de un circo victoriano para escribir la letra de Being for the Benefit of Mr Kite! (que, por cierto, se estaba grabando en el estudio vecino del mismo edificio de EMI), el líder de Pink Floyd tomó frases del capítulo en cuestión y compuso por completo Chapter 24 (Capítulo 24).

 

Chapter 24 fue una de las canciones de la versión en mono del disco que Norman Smith dejó que Syd mezclara solo. Lo hacía sin esfuerzo ni nerviosismo, subiendo y bajando los cuatro faders con tranquilidad y espontaneidad, sin dudar ni consultarle nada a nadie. Y los resultados eran impecables, nadie se hubiera atrevido a objetarlos.

 

De todas las canciones que se caracterizaban por servir de bastidores para elaboradas y voladas improvisaciones en vivo, Smith solo permitió que una se extendiera en duración asimilando su versión original: Interestellar Overdrive, con casi diez minutos en la mezcla final correspondiente al disco. Los créditos fueron atribuidos a toda la banda, pese a que el riff que le daba entidad había sido compuesto por Syd cuando trató de tocar algo que Peter Jenner había estado tarareando, y que resultaría ser el ritmo de la canción My Little Red Book, de la banda norteamericana Love.

 

Lucifer Sam se llamaba inicialmente Percy the Rat Catcher (Percy, el cazador de ratas). Inspirada en uno de los gatos siameses que había sumado Elfie en su casa (los llamó Pink y Floyd), era la expresión del amor que Syd profesaba por esos animales (“Ese gato es algo que no puedo explicar”). En la letra hay lugar también para una mención a su ex novia Jenny Spires, a la que llama Jennifer Gentle, porque consideraba que la gentileza era una de sus virtudes (“Jennifer Gentle, eres una bruja”). Es en esta canción en donde los efectos que Syd extraía de su caja de eco Binson Echorec se vuelven por completo venenosos. Su guitarra parece un abejorro, y su Binson Echorec era por entonces su juguete favorito, del que llegaba a extraer sonidos incluso propinándole patadas, para escalofríos de Norman Smith.

 

Si bien Syd no era un lector ávido, entonces compartía el interés común por los autores de la generación beat, en especial por los norteamericanos Jack Kerouac y William Burroughs. Pero no eran las historias de vagabundeos, sexo sucio o drogas lo que lo inspiraron para la letra de The Gnome, sino libros de fantasía como The Hobbit, del oxoniense J.R.R. Tolkien, o The Little Grey Men (Los pequeños hombres grises), que había firmado en 1942 Denys Watkins-Pitchford con el seudónimo BB. El gnomo de la canción se llama Grimble Crumble (“grimble” es el verbo “manchar” en inglés antiguo) y usa un sayo escarlata con una capucha verde azulada. Se supone que Grimble Crumble tuvo una gran aventura, pero poco y nada de eso revela la canción.

 

Sobre un edredón de nubes, o en medio de un rocío brumoso, durmiendo en un diente de león o sentado en un unicornio, mirando los ranúnculos encovar la luz, o bien jugando a las escondidas: Syd relataba en Flaming (En llamas) un viaje de LSD memorable en el otoño de 1965, durante un picnic a orillas del río Cam. En la mezcla, acompañando la guitarra acústica de doce cuerdas del bardo inglés, estaban los miembros de la banda haciendo sonar juguetes de cuerda o, en el caso de Roger Waters, un silbato deslizante, disonante y espontáneo.

 

Volvió Syd a usar las doce cuerdas en The Scarecrow, una cancioncita de folk barroco sobre un espantapájaros negro y verde que es “más triste que yo / pero él se ha resignado a su destino”.

 

Para el comienzo de Astronomy Dominé (una traducción aproximada sería “Canto gregoriano astral”), Peter Jenner, uno de los dos managers, grabó un par de tomas recitando, con y sin megáfono, palabras y fragmentos leídos al azar de un atlas de astronomía que Syd había llevado ese día de abril al estudio. Las voces de Jenner fueron acompañadas por pitidos de código Morse usados al azar, sin significado alguno. “Las estrellas pueden atemorizar”, cantó Syd promediando la canción.

 

La última canción grabada resultó ser también la última en el orden del disco editado. Bike (Bicicleta), otra de las piezas mezcladas por el propio Syd Barrett, está repleta de loops con efectos de sonido (mecanismos a cuerda, tic-tacs y campanas de reloj, bocinas, gansos, risas…), reverberacionesy variaciones de velocidad en la cinta original para alterar ciertas notas. La letra, con Barrett ofreciendo una bicicleta que ya prestó, mostrando su saco roto y sus hombres de jengibre, presentando a un ratón llamado Gerald e invitando a pasar el rato con instrumentos musicales mecánicos, no puede más que arrancar una sonrisa honesta en el oyente.

 

Claro que no todas las sesiones del larga duración fueron por una autopista. La norma era que, a medida que las semanas transcurrían, Syd, de por sí no demasiado comunicativo por entonces, se iba volviendo más y más impermeable a las sugerencias e indicaciones del productor. Y eso se traducía en una extensión al resto de la banda, que volvía sus cabezas hacia el líder cada vez que había que tomar una decisión. Smith los llamaba a la sala de control, les explicaba en qué debían cambiar la canción para la próxima toma, y cuando volvían a tocar Syd repetía exactamente lo mismo que había hecho la vez anterior. Como si eso fuera poco, el resto del tiempo se negaba a tocar o cantar dos veces de la misma manera de una toma a la otra. Norman solía retirarse del estudio afectado de una fuerte jaqueca.

 

Pronto hablarle al compositor era similar a dirigirse a una pared, una pared de la que asomaba un rostro sin expresión alguna. Cantaba con el mismo tono en que hablaba: suave, amable, bajo, y, excepto en los momentos más enfáticos, debían colocarlo en una cabina de aislamiento para que grabara las voces. Gracias a esto, su respiración quedó inmortalizada en los primeros segundos de la mezcla en estéreo de The Gnome.

 

Si bien el resto de la banda no consumía drogas, la regla implícita indicaba que concurrir intoxicado al estudio no era una chance. Aun así, Waters había tenido que quitarle un porro de la mano a Syd en una ocasión. Se había convertido en Londres en un tipo bastante particular, capaz de sorprender a sus amigos mostrándoles una grabación magnetofónica de él y una muchacha teniendo sexo, pero esto ya parecía obedecer a un cambio de otro orden. Esto sin duda tenía que ver con esa inocencia juvenil que se empecinaba en mantener a toda costa. Para los demás, solo se trataría de una etapa pasajera, pero, debe admitirse, los efectos inesperados que nadie por entonces conocía que el LSD y la marihuana podían tener sobre las psiques más frágiles estaban siendo subestimados. Para junio de 1967 se lo veía deprimido y débil, imposibilitado a la hora de organizar las palabras en una conversación y experimentando alucinaciones, falta de memoria, cambios de humor repentinos y sin causa y períodos de catatonia. Su departamento, muy a tono con el resto del edificio, era una cloaca llena de excrementos de gato y basura, donde sonaba a toda hora el Fifth Dimension de The Birds.

 

09. Viendo a Emily jugar

 

En la segunda quincena de mayo de 1967, en la misma semana en que trabajaron en Bike, los Floyd dedicaron un día a la grabación de la canción que usarían como lado A del nuevo single que la discográfica estaba exigiendo. Syd la había compuesto especialmente para el recital que habían dado el 12 de mayo en el Queen Elizabeth Hall de Londres, en un festival gratuito llamado Games for May (Juegos para mayo). Llevaba el nombre del festival -“Perderás la cabeza y jugarás / los juegos gratuitos para mayo”, decía la letra en su estribillo-, pero en el simple sería llamada See Emily Play (Mírenla a Emily jugar).

 

Mucho se especularía por esos días respecto del origen ficticio o real de la tal Emily, porque todas las miradas se dirigieron Emily Young, una muchacha de quince años hija de la nobleza británica (del 2do. Barón Kennet, para mayor precisión) a quien en el Club UFO, donde Pink Floyd era la banda de la casa, todos apodaban “la colegiala psicodélica”, en alusión a su intensa vida nocturna.

 

Lo cierto es que Emily, un nombre poco usual por entonces, tenía un singular significado para Syd. Solía decir que, de tener una hija, la llamaría así, y de alguna manera había elaborado en su cabeza a una especie de Alice Liddell personal. Después que la banda diera un recital cerca de Cambridge, Syd había terminado durmiendo completamente drogado en los bosques de las colinas Gog Magog, al aire libre. Se supone que al despertar tenía a una niña de pie frente a él. Esa niña era Emily.

 

La canción, siguiendo la impronta del LP que estaban grabando, contó con efectos de sonido como el del breve solo de piano que servía de puente entre el primer estribillo y la segunda estrofa: fue grabado lentificando la cinta, para que al ser pasada a velocidad normal sonara no solo acelerado, sino en otro tono.

 

Por entonces Syd había sido muy influenciado por Keith Rowe, guitarrista de la banda de música cien por ciento improvisada AMM. Rowe apoyaba su guitarra eléctrica boca arriba sobre una mesa para tocarla, y deslizaba por las cuerdas todo tipo de objetos para alterar el sonido tradicional, desde un sacacorchos hasta un rollo de gomaespuma. Syd había empezado a usar su encendedor Zippo como slide, pero para los sonidos futuristas del comienzo de See Emily Play optó por una regla de plástico.

 

Fue durante estas sesiones que David Gilmour, invitado por su amigo Syd, visitó a la banda en el estudio. Con cierto espanto, David (o Fred, como lo apodaban en Cambridge), se encontró con un Syd Barrett desconocido. En primer lugar, no reconocía al recién llegado. Y no parecía estar drogado, precisamente. Pero esa falta de reconocimiento cobraba un matiz lógico si se prestaba atención a su mirada. Esos ojos verdes, siempre vivaces y brillosos, estaban vacíos. Parecían mirar hacia la nada en un “estado permanente de shock”, como si Gilmour no estuviera ahí parado. Nadie, al parecer, había reparado en eso antes.

 

Una vez mezclada See Emily Play, Syd se opuso con vehemencia a que fuera usada como lado A del nuevo simple. No daba motivos demasiado claros, pero todo parecía tener que ver con su temor a que la canción fuera demasiado comercial para los objetivos de la banda. La discografía no estaba dispuesta a atender los motivos de un muchacho de 21 años, y el 16 de junio el simple ya estaba a la venta, con una portada que, paradójicamente, él mismo había diseñado. Era el dibujo, con trazo infantil y en blanco y negro, de un tren de un solo vagón con sus ocupantes. En las nubes de humo que salían de la chimenea de la locomotora estaba el nombre de la canción, que muy pronto se posicionó en el Top Ten de ventas.

 

Ahora tenían que aparecer en Top of the Pops, el popular programa musical de la versión televisiva de la BBC donde las bandas no tocaban sus instrumentos ni cantaban: hacían mímica. La promoción incluía un contrato para aparecer tres veces: el 6, el 13 y el 27 de julio. La mera idea de compartir un programa con la cantante Sandie Shaw y además fingir que tocaba una canción que no apreciaba no era lo que Syd más deseaba por entonces. “A Lennon no lo obligan a estar en Top of the Pops”, decía.

 

El programa se emitía en diferido. La grabación de la primera de las tres presentaciones salió bastante bien. Para la segunda, una semana después, el ánimo de Syd no era el mejor tanto detrás como delante de las cámaras.

 

Pero lo peor todavía estaba por llegar. Estaba, para mayor precisión, a la vuelta de la esquina.

 

10. El fin de semana perdido

 

El jueves 27 de julio, día de la tercera y última grabación de la mímica para See Emily Play (cuya transmisión se llevaría a cabo horas más tarde), Syd no se presentó en los estudios de la BBC. Miembros de la banda y managers se dividieron para salir a buscarlo por todo Londres.

 

Alguien tuvo la poco brillante idea de ir a buscarlo a su propia casa, al departamento del número 101 de la calle Cromwell. No estaba ahí, pero, oh sorpresa, tampoco estaba lejos. Una hora antes había golpeado la puerta de su vecina de edificio, Susan Kingsford, con quien tenía por entonces un amorío. Su aspecto era lamentable, no solo desaliñado y completamente drogado e incapaz de decir una palabra coherente: estaba descalzo, y sus pies, mugrientos, sangraban, heridos por un derrotero que nadie podía siquiera imaginar. Susan lo hizo pasar y le dio café.

 

En ese estado calamitoso fue trasladado a los estudios de televisión, donde Roger Waters, la voz de la conciencia en la banda, lo convenció para que con ellos se presentara ante las cámaras para la grabación. Syd accedió, pero ni siquiera se molestó en mover los labios o simular tocar la guitarra. De hecho, grabó su participación todavía descalzo, sentando sobre un almohadón, ya que no se podía mantener en pie.

 

Mayores inconvenientes esperaban a la vuelta de la esquina.

 

Al día siguiente era en el teatro Playhouse donde tenían que presentarse, esta vez para grabar algunos temas para el programa de la BBC Saturday Club, una participación que se emitiría el 12 de agosto y que, como era usual, tendría millones de radioescuchas. Syd estuvo ahí, pero no por mucho tiempo. Una discusión estalló en la banda, algo respecto a los micrófonos que iban a usar, y él simplemente se puso de pie y abandonó el lugar. La emisión con Pink Floyd nunca tendría lugar.

 

Ese mismo viernes 28 de julio, Syd se apareció por la tarde en el departamento de Jenny Fabian, quizás la groupie más famosa del momento. Pálido como un cadáver y cubierto en sudor, sus rodillas temblaban hasta chocarse entre sí. Era la víspera del regreso de Pink Floyd al UFO después de dos meses de ausencia como banda de la casa. Jenny lo acompañó hasta el club.

 

La siguiente persona en detenerse a pensar en la nueva mirada de Syd sería el propio Joe Boyd, cuando se reencontró con Syd esa noche antes del primero de los dos shows que darían. “No hay nadie en casa”, concluyó al intentar hacer contacto visual con el joven cuando lo saludó. Detrás de sus ojos alguien había apagado la luz.

 

Durante el primer show Syd estuvo en el escenario con la guitarra colgada y los brazos a los lados del cuerpo. De tanto en tanto tocaba alguna nota al azar, pero técnicamente los otros tres tocaron sin él. Durante el interludio se fue al departamento de Jenny, donde solo conversaron. Según la muchacha, “su mente se estaba quemando”. Cuando volvió para el segundo set, estaba en peores condiciones. Siempre pálido, había vuelto el sudor frío a su piel. Se sentó en el suelo del escenario con la guitarra sobre sus piernas y no se movió. Esa noche la banda estrenó, sin su aporte musical, una nueva y bastante violenta pieza instrumental que habían compuesto para descargar la rabia de haber tenido que tocar See Emily Play durante la breve gira por Escocia de la que habían llegado hacía apenas unos días. Syd la había llamado Reaction in G (Reacción en sol).

 

La agenda de Pink Floyd no daba respiro -todos sus miembros habían dejado sus estudios y trabajos, y además estaban las bocas de los asistentes y managers para alimentar-, pero el estado mental de Syd no parecía acompañar el ritmo de trabajo. Después de la noche en el UFO, el sábado 29 de julio tenían que hacer frente a dos conciertos. El primero, por la tarde, en el pueblo de Dereham, y el segundo, por la madrugada, en Londres, en el Alexandra Palace, donde serían el plato fuerte del International Love-In Festival. Entre una localidad y la otra tenían nada menos que tres horas de viaje.

 

Durante el recital en Dereham Syd logró tocar y cantar con cierta decencia, pese a que fueron víctimas de una lluvia de cerveza por parte de público que poco entendía de rock psicodélico. Pero cuando llegó la hora de subir al escenario del Alexandra Palace, ya bien entrada la noche, los chicos de la banda se miraron entre sí: Syd no estaba con ellos.

 

Por fortuna, June Child, la secretaria de Blackhill Enterprises (la sociedad que unía a Pink Floyd y a sus dos managers), no tardó de encontrarlo en el vestuario del lugar. Pero el panorama no era prometedor. Syd estaba sentado en una silla, rígido como un maniquí, incapaz de responder a cualquier estímulo, aunque con los ojos abiertos. “Syd, soy yo, June, mírame”, le repetía la muchacha. Pero no había respuesta en su mirada, su estado era prácticamente catatónico. Afuera la banda ya había sido anunciada y los murmullos de incordio del público ya se hacían oír casi como un rugido. Roger Waters entró en el vestidor y tampoco pudo hacerlo reaccionar. Se escucharon unos golpes en la puerta cerrada, seguidos por la voz de uno de los organizadores del evento. “¡Hora de tocar!”, gritaba.

 

Roger no lo pensó dos veces y mecánicamente obligó a Syd a ponerse de pie. Le colgó la Stratocaster blanca al cuello y junto a June se pasaron cada uno un brazo por encima de los hombros y lo cargaron hasta el escenario, con los pies arrastrándose detrás.

 

Cuando el público lo vio explotó en aplausos y gritos, y con él ubicado delante de un micrófono que era incapaz de usar, sin dilación el resto de la banda se puso a tocar Astromine Dominé por lo que, para el público, parecieron décadas. Syd, contra todo pronóstico, esbozó algunas notas. Discordantes y fuera de tiempo incluso para la versión libre que estaban ejecutando, pero era mejor que nada.

 

Viendo que todo podía terminar en algún tipo de abucheo, reacción popular violenta o acusación de los organizadores de no estar cumpliendo con el show prometido, June se encargó de recaudar los honorarios de la banda. Tan pronto como tuvo el dinero en su cartera, Peter Jenner le ordenó que saliera del lugar y los esperara en los vehículos del grupo. Siguiendo las indicaciones del manager, la banda hizo algo similar: terminaron como pudieron la versión de media hora de Astromine Domine y literalmente huyeron con los instrumentos a cuestas.

 

Una vez arriba de la camioneta y los autos del séquito de Pink Floyd, volvieron a comprobar que Syd había desaparecido. Estaba lloviendo y pronto a amanecer.

 

Para el show que debían dar el 31 de julio en Torquay, un pueblo de la costa sur de Inglaterra, ya nadie se molestó en buscarlo. Era más fácil cancelar la fecha. Como también era más fácil cancelar el viaje a Alemania Occidental para salir dos días seguidos en un programa de televisión.

 

Cartas de disculpas se enviaron desde Blackhill Enterprises, tanto a Alemania como a la BBC por lo ocurrido el día 28 de julio, y el 3 de agosto emitieron una circular informando a la prensa musical que Syd Barrett se encontraba sufriendo de “fatiga nerviosa” y que la banda se tomaría un descanso de un mes hasta la recuperación de su cantante y guitarrista. Siete eran los recitales que tenían programados durante agosto hasta el 1 de septiembre, algunos incluso como cabeza de cartel en festivales. La revista Melody Maker tituló su nota de tapa “¡PINK FLOYD SE CAE A PEDAZOS!”.

 

11. R.D. Laing

 

En los primeros días de agosto de 1967, y más por el bien y la supervivencia de la banda que por al grado mayor o menor de amistad que a su amigo lo uniera, Roger Waters llamó por teléfono al hermano mayor de Syd, Alan. Le hizo un somero resumen de lo ocurrido en las últimas dos semanas y le rogó que bajara hasta Londres para considerar la situación.

 

Nada podría haber sido más desalentador para Roger. Con Alan Barrett en la ciudad, los tres se sentaron y tuvieron una larga conversación respecto del estado mental de Syd. La extrañeza de Alan fue mayor cuando se encontró con un hermano menor completamente coherente en su discurso y su razonamiento. Syd estaba pasando por un período de lucidez no ajeno a ciertas patologías psiquiátricas, y no dudó en asegurarles que se encontraba en perfecto estado de salud mental. Roger no creyó una sola palabra, pero sí Alan. Y así como había llegado a Londres, se marchó a su casa en Cambridge convencido que lo que su hermano había tenido no era más que la fatiga nerviosa de la que habían hablado los medios musicales.

 

A instancias de Waters, Peter Jenner concertó una consulta de media hora por 25 libras con el psiquiatra escocés Ronald David Laing. La elección del profesional parecía ser la más lógica. Aunque por entonces se había convertido en un alcohólico, era el psiquiatra al que recurría la gente relacionada con el mundo del arte. Laing era uno de los representantes de la llamada anti-psiquiatría, donde la esquizofrenia era una teoría y no un hecho, donde la psicosis era un viaje de descubrimiento en el que la conciencia se expande y la locura no es una enfermedad mental sino una búsqueda interior que los tratamientos medicamentosos y de electroshock solo logran interrumpir con resultados pésimos. Laing había, por cierto, llegado a muchas de sus conclusiones mediante la experimentación con LSD.

 

No desconocía Roger Waters el currimulum vitae de Laing, pero era eso o recurrir a alguno de los asilos victorianos para lunáticos que todavía eran los hospitales neuropsiquiátricos ingleses, donde el electroshock, la lobotomía, las camisas de fuerza y las golpizas eran la terapia usual. Llevó en auto a Syd hasta el consultorio del escocés. Pero cuando se trató de bajar del vehículo, el joven se negó. No hubo forma de convencerlo para que saliera.

 

No dispuesto a darse por vencido tan fácilmente, Roger en secreto grabó una conversación entre Syd y la banda, en uno de esos días en que este parecía estar pasando por uno de sus períodos de incoherencia. Con la cinta, los tres miembros se entrevistaron con R.D. Laing. Y el psiquiatra psicodélico emitió su diagnóstico preliminar.

 

“Podría decirse que Syd se encuentra perturbado, o incluso loco sin posibilidad de recuperarse. Pero no podemos descartar que sean quienes lo rodean los que estén causando el problema, con toda esa ambición por triunfar con la banda. Quizás no es Syd el loco, sino todos ustedes”.

 

12. Grita tu último grito

 

Mientras todo esto ocurría, el primer LP de Pink Floyd era lanzado a la venta, el 5 de agosto de 1967, bajo un nuevo nombre: The Piper at the Gates of Dawn (El flautista en los portales de la alborada). Syd había usado en forma textual el título del capítulo séptimo del libro infantil El Viento en los Sauces, escrito por Kenneth Grahame en la primera década del siglo XX. En este capítulo, la Rata y el Topo salen en busca de Portly, el hijito perdido de la Nutria, y, siguiendo la música de una flauta, en un islote del río se encuentran con un fauno, que les devuelve al niño y los hace olvidar de su presencia divina. Este fauno no es otro que el dios Pan, a quien también Syd se había encontrado en algún que otro viaje lisérgico.

 

El disco contaba con una pintura de Syd en la contratapa: las siluetas caricaturescas y opacas de la banda posando para una fotografía en el Parque Ruskin. El resultado de la foto original había sido ridículo, pero la pintura, con los cuerpos en negro y un fondo gris, de manera enigmática resultaba entrañable.

 

Syd había pasado los últimos días casi sin salir de su departamento en la calle Cromwell, pero el lunes 7 de agosto se decidió que la banda entraría una vez más en un estudio a grabar. Con Norman Smith de nuevo frente al timón, buscaban empezar a trabajar no solo en los primeros temas de lo que tendría que ser el segundo larga duración, sino también en la canción para el nuevo single, que el 25 de julio había sido anunciada por la prensa musical bajo el nombre de Old Woman in a Casket (Vieja en un ataúd) y cuya salida estaba proyectada para el 8 de septiembre.

 

En el ínterin“Vieja en un ataúd” había pasado a llamarse “Gritad vuestro último grito” (Scream Thy Last Scream), y ese lunes Syd Barrett tomó la decisión de cantar a dúo con el baterista, Nick Mason, la letra de la canción, aunque embrollando bastante todo. En primer lugar, Nick cantaría todo al frente en la mezcla, exceptuando el verso repetido “Ella estará fregando burbujas en cuatro patas” y “Mirando la tele a toda hora – ¡hora de la tele!”, a cargo solo de Syd, a quien también puede escuchárselo decir durante el interludio musical “Oh, denme una tunda”. Pronto todos entendieron que el concepto de cantar a dúo de Syd durante el resto de la letra se cristalizaba con su voz en un segundo plano, grabada con la cinta lentificada y después pasada a velocidad normal, creando el efecto agudo de un gnomo cantarín que parecía estar haciéndole burla a Nick.

 

La pieza estaba dotada de un nivel de delirio y malicia armónica casi inédito en el rock hasta la fecha. Había en esos versos y en la melodía vocal una osadía que rozaba el mal gusto. Si alguien buscaba signos del declarado desequilibrio mental en el compositor, ahí estaban, a la vista de todos. Aun así, la banda completó dos tomas diferentes de la base instrumental, a las que se les agregaron las voces y la cacofonía final de una turba en pleno griterío.

 

Nadie estaba muy seguro de que fuera una buena idea usar alguna de las dos tomas de Scream Thy Last Scream como tercer simple de Pink Floyd, y al día siguiente se pusieron a trabajar en el segundo LP, todavía sin nombre. Set the Controls for the Heart of the Sun (Apunta los controles al corazón del sol) era una no menos inquietante canción, esta vez de la incipiente pluma de Roger Waters, la segunda canción que componía, de hecho. Habían empezado a tocarla en vivo recientemente, con Syd reemplazando a Roger en el bajo, aunque en el estudio retomaría la guitarra.

 

Durante esas mismas sesiones Norman Smith usaría a los Pink Floyd como grupo de respaldo de Billy Butler, por entonces cantante de la banda Gullivers People. Billy se ganaba el pan como ingeniero de sonido, y había acordado con Norman grabar un demo de la canción llamada Early Morning Henry (Henry el madrugador). Los Floyd necesitaron de una sola toma para grabar la música y el productor se llevó la cinta. Nadie más volvió a saber algo de esta.

 

13. Formentera

 

El 12 de agosto de 1967, Syd, su novia Lindsay, Rick Wright y su esposa Juliette partieron hacia las Islas Baleares de España, más concretamente hacia Formentera, la isla vecina de Ibiza, para una quincena de vacaciones. Estratégicamente invitado por Blackhill Enterprises, también viajó el médico recién recibido Sam Hutt, que por entonces se estaba forjando una carrera como matasanos del rock. Lo acompañaban su mujer y su hijo recién nacido. El objetivo de Sam era someter a Syd a una sesión de hipnosis regresiva que le permitiera recuperar su anterior personalidad.

 

En Formentera estaban viviendo de manera temporaria los diseñadores gráficos ingleses Aubrey Powell y Storm Thorgerson (este último, cantabrigiense, había sido uno de los amigos que había presenciado el primer viaje de Syd con LSD).Por entonces, “Po” y Storm planeaban asociarse para producir portadas para discos de rock.

 

Las Isla Baleares no eran, precisamente, el lugar más indicado para intentar curar a una persona de frágil psique trastornada por el uso de las drogas psicotrópicas. Tampoco había sido Sam Hutt la mejor de las elecciones a la hora de buscar un terapeuta. Por un lado, Ibiza y Formentera estaban especialmente plagadas de hippies. Por el otro, Hutt, al igual que R.D. Laing, era afecto al LSD. Lo suficiente como para declarar que este ácido había sido la mejor invención humana después de la masturbación.

 

La terapia de regresión hipnótica por supuesto no dio el más mínimo resultado. Syd tenía pesadillas horribles de las que se despertaba gritando y sobresaltando a los demás. Durante una tormenta eléctrica, entró en pánico y empezó a intentar trepar con sus uñas por las paredes de la casa. Estuvo tres días desaparecido, vagando por el cementerio local y durmiendo entre las lápidas. También tuvo un accidente hogareño que lo dejó devastado: volcó una taza de café caliente sobre el bebé de Sam Hutt (sin mayores consecuencias).

 

Su temperamento dulce y apacible seguía intacto el resto del tiempo. Caminaba mucho, largas caminatas solitarias. También estaba familiarizándose con el sitar del doctor Hutt: pasaba largas horas solo, bajo una higuera, tratando de dominar la veintena de cuerdas del complejo instrumento.

 

14. El hombre vegetal

 

A la vuelta de Formentera, y durante todo septiembre y la primera semana de octubre de 1967, Pink Floyd dio más de veinte conciertos, incluidos algunos en Suecia, Dinamarca e Irlanda. Como todos menos Syd temían, la salida de Scream Thy Last Scream como tercer simple fue cancelada por EMI, y ahora, en vez de grabar su lado B, había que trabajar de nuevo en un lado A. Por supuesto, todas las miradas se volvieron hacia el cantante. Con See Emily Play y The Piper at the Gates of Dawn en las listas de los 20 más vendidos, era su deber componer un nuevo éxito. Las horas de grabación ya estaban reservadas para tres días empezando el 9 de octubre.

 

Syd estaba en el departamento del manager Peter Jenner ese día, horas antes de salir para los estudios De Lane. Y la canción que necesitaban todavía no existía. Syd se sentó a la mesa y empezó a escribir la letra. Se limitó a describirse a sí mismo: “En zapatos amarillos me pongo triste / Aunque camino por las calles con mis pies de plástico / Con mis pantalones de terciopelo azul, que me hacen sentir rosa / (…) / En mi camisa de cachemira me veo como un estúpido / Y mi chaleco turquesa queda bastante fuera de la vista / Pero oh mi corte de pelo se ve tan mal”. Ni siquiera dejaba afuera a su reloj pulsera color negro.

 

La llamó Vegetable Man (Hombre vegetal) y cuando llegó al estudio prácticamente improvisó la música con su guitarra, una cadencia distorsionada y minimalista a la vez, maniática y vanguardista, que los demás no tuvieron mayores complicaciones en seguir. De la canción fueron rescatadas, al igual que de Scream Thy Last Scream, dos tomas algo diferentes y bastante decentes para maquillar en la mezcla y usar en el simple. EMI de nuevo quería a Scream Thy Last Scream como simple, así que Vegetable Man sería el lado B.

 

En esas mismas sesiones trabajaron en otra canción con destino al segundo disco. Esta vez era una composición del tecladista, un descarte de The Piper at the Gates of Dawn a medio grabar. Sobre el piano, la voz y un órgano Farfisa grabados por Rick, se agregaron la batería (esta vez, a cargo del productor, Norman Smith) y el bajo de Roger, y Syd tocó la guitarra acústica y algunos adornos con su guitarra eléctrica usando slide.

 

Fuera del estudio, la vida seguía siendo una pesadilla lúcida. Por entonces Syd se había tomado por costumbre aparecerse por la madrugada en el departamento de June Child, en el barrio de Shepherd ‘s Bush, lleno de barro después de haber estado vagando bajo la lluvia por el Parque Holland, más de una vez siendo perseguido por la policía, que lo confundía con un vago. Otras veces terminaba pasando la noche en un hostel para estudiantes frente al parque, compartiendo drogas con los pensionistas.

 

15. El blues de la jugband

 

De nuevo EMI cambiaba de opinión y había que grabar un lado A para el nuevo simple. El 19 de octubre de 1967 volvieron a los estudios a grabar otro supuesto éxito potencial compuesto por Syd Barrett: Jugband Blues. Era una de las canciones que, todavía incompleta, Syd les había regalado a los Purple Gang en marzo de ese mismo año. Ahora, la versión final era un fresco de la locura aún más explícito que Scream… o Vegetable… Pocas esperanzas había de que EMI la aceptara, pero de todas maneras la grabación y mezcla fue completada.

 

Mayormente acústica, se dividía en varias partes incongruentes, como incongruentes eran los versos de la letra entre sí. En la primera sección, Syd cantaba sobre el rasguido monocorde de su guitarra (“Es tremendamente considerado de parte de ustedes pensar en mí aquí / Y por sobre todo les estoy en deuda por dejar en claro / que yo no estoy aquí”), acompañado por el resto de la banda, con Rick Wright usando una flauta de lata en vez de los teclados y Nick Mason grabando unas castañuelas por encima de los tibios golpes de una minimalista batería. Después de algo parecido a un estribillo que alcanzaba una triste apoteosis, Norman Smith, el productor, propuso incluir una sección de vientos. A Syd le gustó la idea, pero exigió que trajeran a la International Staff Band, que era la orquesta de instrumentos de viento del Ejército de Salvación.

 

Una vez llegados los músicos del Ejército de Salvación a los estudios De Lane, Syd no estaba ahí. Debieron esperarlo más de una hora, y cuando llegó, hechas las presentaciones correspondientes, Smith quiso saber qué quería Syd que tocaran. Syd se encogió de hombros y dijo “Toquen cualquier cosa, lo que quieran tocar”. Norman no podía creer lo que estaba escuchando. “No podemos hacer eso, Syd”, se quejó. Pero para entonces Syd ya había dado media vuelta y estaba saliendo del estudio hacia la calle.

 

Norman prefirió una opción salomónica. Compuso de inmediato una fanfarria, y también grabó a los músicos tocando “cualquier cosa”.

 

En el resultado final, al estribillo le sigue la fanfarria y a la fanfarria un brevísimo interludio afín a los momentos más psicodélicos de The Piper at the Gates of Dawn. Vuelve a entrar la International Staff Band, estaba vez con la anarquía de vientos decidida por Syd, y todo se interrumpe de golpe. Desde el silencio, el rasguido de una guitarra empieza a escucharse en fade in. Es Syd, que termina la canción solo, cantando los cuatro versos de la última estrofa, dejando al oyente hundido en la extrañeza y la melancolía.

 

16. John Latham

 

Una gira por los Estados Unidos se acercaba, pero antes, el 20 de octubre de 1967, Pink Floyd entró de nuevo a los estudios De Lane para grabar la banda sonora que el artista conceptual John Latham les había encargado para su corto llamado Speak. Speak, once minutos de abstracciones animadas, existía en su versión muda desde 1962, y había sido incluso proyectado en la pantalla de fondo del escenario de algún que otro concierto de la banda.

 

La cinta que los managers de la banda le entregaron al artista eran treinta minutos de pura improvisación minimalista en la veta de AMM. Nada de acordes, nada de melodías, nada de bases rítmicas, puros ruidos minimalistas arrancados de los instrumentos tradicionales que usaron ese mismo día para grabar In the Beechwoods (En los hayedos), otra canción de Syd cuya voz nunca llegaría a grabar y que, inicialmente destinada al segundo LP, terminaría siendo descartada.

 

Para entonces EMI había dado el visto bueno para que Jugband Blues fuera el nuevo simple, pero todos menos Syd y los dos managers se opusieron a intentar entrar en el Top 20 con algo tan estrafalario. Y Norman Smith estuvo de acuerdo.

 

Y las malas noticias no paraban de llegar. Para empezar, John Latham había rechazado la banda sonora de Speak, optando por encargarse él mismo de grabar algo. Por otro lado, la gira por Estados Unidos, que debía empezar en el Whisky a Go Go, en Los Angeles, el 23 de octubre, sería retrasada por inconvenientes con las visas del personal de la gira, incluidos los músicos.

 

Intentando ganar tiempo, el 26 de octubre, en una maratónica sesión de veinticuatro horas, grabaron una nueva y mucho más amable canción de Syd: Apples and Oranges (Manzanas y naranjas). Esta vez todos estuvieron seguros de estar frente al nuevo simple.

 

Y mientras los días se sucedían sin poder despegar del suelo inglés, grabaron el lado B, Paint Box, una canción de Rick Wright en la que Syd tocó guitarras acústica y eléctrica, además de hacer algunos coros de respaldo a la voz solista del tecladista.

 

17. Primera gira por los Estados Unidos

 

Lo más parecido a una primera gira que Pink Floyd diera por los Estados Unidos finalmente se inició el 4 de noviembre de 1967 con un show en San Francisco, compartiendo cartel con Big Brother and the Holding Company, la banda que había llevado a un reciente estrellato a Janis Joplin.

 

Inmediatamente bajaron hasta Los Angeles, donde permanecerían por menos de cuatro días. Tocaron el 5 de noviembre en el Cheetah Club, en Venice, donde Alice Cooper era la banda de la casa. Syd empezó a tocar sin problemas en la primera canción, pero no pasó más de un minuto antes de que se sobresaltara, soltara la púa y dejara de tocar durante la hora y media de show que restaba, de pie sobre el escenario, con la mirada fija en un punto del horizonte.

 

Haciéndose eco del bajo presupuesto con que contaba Pink Floyd para la gira, los miembros de Alice Cooper los invitaron a vivir con ellos en la casa donde hacían vida comunal mientras cumplían con su residencia en el Cheetah Club. Encontraron en Syd a un ser amable y encantador, pero que de un momento podía dejar de hablar y reír para sumirse en el más completo mutismo.

 

El 6 de noviembre, en Hollywood, se presentaron en el programa de variedades que conducía Pat Boone para el Canal 9. Durante los ensayos Syd había hecho a la perfección la mímica para el playback de See Emily Play, pero cuando llegó la hora de grabar la participación de la banda dejó la boca cerrada no solo durante la canción (donde lo reemplazó Waters como “cantante”), sino también cuando el conductor lo entrevistó. Su mirada en blanco, su rostro sin expresión.

 

Un promotor local los invitó ese día a hacer un recorrido por Hollywood, para que conocieran las casas de las estrellas de cine. Syd lo miraba todo entusiasmado, con los ojos abiertos de par en par. Ante el alivio de los demás, que por una vez lo veían reaccionar con alegría a un estímulo, exclamó “¡Es genial estar en Las Vegas!”. Y no era ironía, sarcasmo o humor absurdo: realmente estaba viviendo en un estado de desorientación total.

 

El 7 de noviembre grabaron un participación para el episodio del programa American Bandstand (la versión Top of the Pops del canal de TV ABC) que se emitiría el día 18. Simularon tocar Apples and Oranges, y si bien la simulación de Syd no fue tan entusiasta como la del resto, podía decirse que fue decente. E incluso, aunque con parquedad, le respondió al conductor, Dick Clark, una de las preguntas que hizo, en una serie de preguntas bastante bochornosas para la banda (“¿Qué opinan de la comida americana?”).

 

El 8 de noviembre las cosas volvieron a complicarse. De nuevo en los estudios del Canal 9, esta vez para grabar una participación en el programa Boss City (que sería emitida tres días después), con las cámaras listas la banda descubrió que Syd se había retirado. Estaría deambulando quién sabía por qué calle hollywoodense. “No hay problema”, dijo el director del programa. “Volverá en unos minutos, ¿verdad?”. Debieron cambiar de canción, y Rick Wright terminó haciendo mímica con Matilda Mother.

 

De nuevo en San Francisco, el 9 de noviembre, al momento de probar sonido para tocar en el Fillmore Auditorium Syd descubrió que había olvidado su guitarra en Los Angeles. Un asistente viajó para recuperarla.

 

Durante Interestellar Overdrive, el primer tema del show, Syd, con la vista perdida y parado al fondo del escenario, manipuló las clavijas de la guitarra una tras otra hasta desentonar por completo el instrumento. Después empezó a golpear las cuerdas creando un ruido por completo discordante, ajeno a lo que banda estaba tocando. Las cuerdas terminaron colgando de la guitarra.

 

Los dos días siguientes tenían fechas también en San Francisco, ambas en el Winterland Arena. Durante la primera noche no hubo mayores incidentes, Syd se limitó a tocar la misma nota (do central) durante las dos horas de recital. Para entonces, a uno de los técnicos de sonido ya se le había asignado la tarea de bajar el volumen de la guitarra cuando el joven perdía el control.

 

El problema fue cuando en la noche del 11 de noviembre Syd pasó un buen rato parado delante del espejo del camerino, mirándose, inmóvil. Los demás ya estaban sobre el escenario a punto de empezar cuando alguien decidió ir a buscarlo. Lo encontró haciendo sobre la mesa un puré de gel para el cabello y pastillas Mandrax trituradas. Mandrax era la marca comercial de la metacualona, una sustancia con propiedades sedantes e hipnóticas que por entonces la gente del rock usaba para drogarse. Estas pastillas, mezcladas con alcohol, una vez que el consumidor lograba mantenerse despierto después de que el sueño lo atacara provocaban un estado similar al de los opiáceos. Con sus dos manos, Syd levantó la viscosa mezcla y se empapó una cada vez más larga cabellera.

 

El recital empezó y Syd, con el pelo hecho una masa de pelo, picadillo de Mandrax y gelatina, se limitó a tocar algún que otro acorde al azar y a pasar el slide por el cuello de la guitarra sin prestar mayor atención a lo que los otros tres estaban tocando. A medida que los minutos pasaban y el calor de las luces coloridas aumentaba, y con eso la transpiración en el cuerpo de los músicos, el público empezó a ser testigo de un efecto especial que, de momento, encontraban espantoso, inexplicable y fascinante. El gel con Mandrax caía por la cara de Syd, pero lo que los demás estaban viendo era una cabeza humana derritiéndose, como si de una vela encendida se tratara.

 

Roger Waters estaba enfurecido, y empezó a tocar pegándole a las cuerdas del bajo con la mano abierta, hasta rajar la madera del instrumento y cortarse una mano. Ahora no solo eran de gel las gotas que caían al suelo del escenario del Winterland Arena: también había sangre.

 

Llegado a este punto Peter Jenner y su socio consideraron que había sido suficiente. Se canceló la pierna de la costa este de la gira y todos volvieron a Inglaterra.

 

En resumen, la gira por los Estados Unidos no había sido otra cosa más que una escasa serie de presentaciones durante ocho días en el estado de California.

 

18. De gira con Jimi Hendrix

 

Como si la experiencia en California no hubiera sido suficiente enseñanza, el 13 de noviembre de 1967 (es decir, dos días después del último show en el Winterland), Pink Floyd tocaba en Holanda. Para alivio de todos, esta vez Syd dio una actuación impecable.

 

Lo cual dio ánimos a todos para embarcarse, nada más ni nada menos que al día siguiente, en una gira de dieciséis fechas por todo el Reino Unido con The Jimi Hendrix Experience como banda principal. Además de Pink Floyd, oficiaban de soportes The Move, The Nice (donde por entonces tocaba Keith Emerson) y Amen Corner y no solo se trataba de dieciséis lugares lo que visitarían, sino que en cada lugar tocarían dos shows. Para más tedio, mientras la banda de Jimi cerraba cada bloque de shows con uno propio de cuarenta minutos, Pink Floyd solo tenía permitido tocar entre quince y veinte minutos, usualmente como primera banda.

 

Syd fue una especie de fantasma durante toda la gira. A esta altura el resto de la banda había perdido todo tipo de tolerancia y comprensión, y se mostraba abiertamente hostil hacia él. Por eso tan pronto como llegaban a cada ciudad (Hendrix en limusina, el resto en colectivos), Syd se perdía entre las calles, y no volvía a vérselo hasta unos minutos antes del primero de los dos shows de Pink Floyd. Terminado este, volvía a irse hasta reaparecer para el segundo. En una oportunidad, Peter Jenner lo siguió y pudo detenerlo antes de que abordara un tren quién sabía a dónde.

 

Muy pronto Jenner ya no tuvo éxito a la hora de seguirle el rastro al músico, y en más de una ocasión fue David O’List, el cantante y guitarrista de The Nice, quien tuvo que ocupar el lugar de Syd en el escenario. Entre la profusión de luces psicodélicas y cuidándose de no enfocar al joven David con las candilejas, lograban que el público jamás notara la ausencia de Syd. Lo cual era un verdadero milagro: para entonces la guitarra desentonada de Syd ya empezaba a mostrarse como un signo distintivo.A veces molestaba haciendo sonar un silbato, y su aspecto resultaba fascinante: pelo largo y oscuro cayendo sobre su pálido rostro, delineador negro alrededor de sus ojos y ropa propia de un mendigo en lugar de los vistosos atuendos psicodélicos de los meses previos.

 

En medio de todo esto, el 18 de noviembre había sido lanzado el simple de Apples and Oranges, que se perdió sin llegar al Top 20. El 5 de diciembre dieron los dos últimos shows de la gira con Hendrix, en Glasgow, Escocia.

 

19. Últimas apariciones en video

 

En medio de una cierta confusión que no se limitaba precisamente al interior del cráneo de Syd Barrett, en la primera semana de diciembre de 1967 los Floyd se presentaron en ciertos estudios de filmación para la producción de un video que formaría parte de “London Line”, una especie de documental sobre la cultura en Gran Bretaña comisionado por la Oficina Central de Información con sede en Londres, básicamente una agencia de marketing gubernamental. Como para agregar confusión al asunto, la banda hizo mímica con Jugband Blues, una canción que no lograban decidirse si iban a descartar como posible próximo simple.

 

El metraje producido nunca llegaría a ser usado.

 

Días después, el programa sobre ciencia de la BBC Tomorrow’s World estaba preparando un especial sobre el uso y manipulación de la luz eléctrica y el 17 de diciembre se hicieron filmaciones en la casa de Mike Leonard, el antiguo locador de la banda, aquel que les había brindado los primeros juegos de luces a sus recitales.

 

En un programa que se filmaba y emitía en blanco y negro, en medio de los bastidores, los focos y los filtros para luces de colores, aparecían los Floyd en una de las habitaciones de Stanhope Gardens. Primero tocando un cover de Green Onions, uno de los instrumentales de Booker T. & the M.G.’s., y después una canción mayormente instrumental, por entonces sin nombre, y que no era ni más ni menos que el embrión de una serie de metamorfosis que casi un año más tarde darían como resultado un eslabón intermedio, aunque prototípico y popular entre los fanáticos, llamado Careful with That Axe, Eugene (Cuidado con el hacha, Eugene).

 

Estas, exceptuando un corto experimental filmado en 16 milímetros por su amigo el fotógrafo Mick Rock, fueron las últimas apariciones de Syd Barrett en una cinta de video.

 

20. Su amigo David Gilmour

 

Bajista, tecladista, baterista y managers llevaban semanas contemplando la posibilidad de reemplazar a Syd, al menos durante las actuaciones en vivo. Los Beach Boys ya lo habían hecho con Brian Wilson en una situación similar, y ahí estaban ellos, con su Pet Sounds.

 

El dilema era quién podía ser el indicado. Pensaron seriamente en Jeff Beck, por entonces líder de The Jeff Beck Group, hasta que consideraron cuánto podía llegar a cobrar el virtuoso, además del detalle de que no tenía una buena voz.

 

También hubo invitaciones ridículas, como cuando el manager Peter Jenner se encontró por casualidad en una casa de música con Anthony Stern, un cineasta amigo de la infancia de Barrett, y le propuso su lugar en la banda.

 

El propio Syd, a quien le habían dejado en claro que sí o sí entraría alguien para cubrir sus deficiencias, se permitió hacer una sugerencia al respecto. Propuso agregar cuatro miembros a la banda, gente que había conocido en el submundo de las drogas: dos coristas, un intérprete de banjo y otro de saxo. Su propuesta fue recibida con incredulidad.

 

El 6 de diciembre, Nick Mason había visto a David Gilmour entre el público del recital que estaban dando en el Royal College of Art de Londres, el primero después de la gira con Hendrix. David, amigo de la adolescencia de Syd y considerado un virtuoso de la guitarra, de momento había dejado a su banda Jokers Wild (o The Flowers, como se habían renombrado) después de una mala experiencia residiendo en Francia. Ahora trabajaba en una camioneta como chico de los mandados para una boutique de moda, sin domicilio fijo. Nick recordaba que, cuando en Cambridge, en ocasión del cumpleaños número 21 de la novia de Storm Thorgeson en octubre de 1966, Pink Floyd (bajo el nombre The T-Set) tocó en el patio de la casa paterna de la cumpleañera, David se les había sumado en un par de temas. David podía imitar a la perfección a Jimi Hendrix, así que también podría hacerlo con Syd.

 

Terminado el show de Pink Floyd, Nick bajó del escenario y se acercó a David. Dio una buena cantidad de rodeos, tanteando el clima. Incluir a Gilmour en la banda podía llegar a ser la mejor de las opciones para centrar un poco a Syd. Eran amigos, habían pasado horas en el comedor del colegio aprendiendo a tocar la guitarra juntos, y si todo salía bien incluso Syd podría seguir saliendo de gira con ellos. “Si nosotros llegáramos a decidir incluir un quinto miembro, ¿estarías interesado en…?”. Pero de momento nada estaba dicho.

 

El recital del 22 de diciembre de 1967 en los Olympia Exhibition Halls, en el barrio londinense de Kensington, delante de quince mil personas y compartiendo fecha con bandas como The Who, The Animals, The Soft Machine o, de nuevo, The Jimi Hendrix Experience, fue la gota que rebasó el vaso, con un Syd Barrett inmóvil y mudo en el escenario, durante toda la actuación de la banda.

 

Antes de Navidad contactaron a David Gilmour. No hubo algún tipo de charla colectiva, audición o ensayo. Simplemente tenía que decir sí o no.

 

El 3 de enero de 1968 dio su respuesta afirmativa. Le dieron alojamiento en una habitación de la casa de Steve O’Rourke, el asistente de Bryan Morrison, el agente de la banda. Su salario sería de treinta libras a la semana (un equivalente a seiscientos diecisiete dólares en 2022) y los ensayos empezaron en una sala reservada en el norte de Londres, hecho que fue informado a la prensa. La única instrucción que recibiría David fue: “Toca como Syd”.

 

21. “¿Ya la entendieron?”

 

Fue durante los primeros ensayos de enero de 1968 que Syd, con sus veintidós años recién cumplidos, llegó a la sala con una nueva canción, supuestamente el éxito garantizado para el cuarto simple de Pink Floyd. El lugar no era otra cosa que la galería de una antigua escuela clausurada en Brondesbury Park, un suburbio del municipio londinense de Brent.

 

Como era el método usual, Syd empezó a tocar su guitarra. Los otros escucharían lo nuevo que se traía entre manos y poco a poco se sumarían a medida que los versos, los estribillos y el puente se repetían. La canción parecía ser una pieza de blues psicodélico de doce compases, pero algo no cuadraba. Cada vez que alguno lograba sumarse la sucesión de acordes cambiaba, y si no eran los acordes era el ritmo, y si lograban seguir sus cambios de ritmo en menos de un par de minutos la estructura se desintegraba y terminaban intentando tocar algo totalmente diferente que Syd parecía conocer de memoria.

 

Y ante las miradas extrañadas y expectantes de la banda, él preguntaba, cantando como si del estribillo de la canción se tratara: “¿Ya la entendieron?” (“Have you got it yet?”). La respuesta, inevitable, era que no. Nadie lograba seguirlo.

 

El primero en entender la broma fue Roger Waters, que respondió: “Sí, ahora lo entendí”, dejó a un costado su bajo y abandonó la sala.

 

Ese sería el último ensayo de Pink Floyd con la presencia de Syd Barrett.

 

22. Y luego fueron ¿cinco?

 

El 10 enero de 1968, Waters y Wright se presentaron en los estudios EMI a sobregrabar algunas pistas de voz y teclados en la inacabada Set the Controls for the Heart of the Sun. Se hacía necesario trabajar en el segundo disco, con o sin Syd en el estudio.

 

El 12 de enero, una formación con cinco miembros, incluyendo, contra todo pronóstico, tanto a David Gilmour como a Syd Barrett, debutaba en la Universidad of Aston, Birmingham. Al igual que en el show del día siguiente en la ciudad costera de Weston-Super-Mare, Syd se dedicó a vagabundear por el escenario rasgueando algunos acordes cuando le daba la gana, mientras David ocupaba su lugar tocando la guitarra y cantando.

 

Siguieron algunos ensayos a mediados de mes, todos sin Syd. Uno del día 18 fue bastante productivo, y de una improvisación emergieron los acordes iniciales de una nueva canción para el disco: Let There Be More Light (Que se haga más luz).

 

Al día siguiente, los cinco miembros tocaban en Lewes, una ciudad del condado de East Sussex, y el sábado 20 de enero se presentaron en el muelle de la ciudad costera de Hastings. Sería el último show que Pink Floyd diera con Syd Barrett sobre el escenario.

 

23. Primeros conciertos sin él

 

Durante los días 24 y 25 de enero David Gilmour estuvo en los estudios EMI para grabar por primera vez con Pink Floyd. Trabajaron en una canción del tecladista, que de momento llamaron The Most Boring Song I’ve Ever Heard (Bar Two) (La canción más aburrida que haya escuchado (compás dos)). Syd no estuvo presente.

 

El 26 de enero la banda tenía una reunión de rutina con managers y agente en el centro de Londres. Syd tampoco hizo acto de presencia.

 

Terminada la reunión, debían salir directo hacia Southampton, para la siguiente fecha concertada. Roger Waters conducía el Bentley del baterista por las afueras de Londres, cuando alguien cayó en la cuenta de que Syd no estaba a bordo.

 

“¿No deberíamos pasar a buscar a Syd?”, fue la pregunta inevitable.

 

“Al carajo”, fue la respuesta de Waters. “Ni siquiera nos molestemos”.

 

Era fácil decirlo, era fácil hacerlo, para todos menos para Richard Wright. El tecladista había acogido a Syd en su departamento de Richmond, un distrito residencial en las afueras de Londres, luego de que semanas atrás fuera rescatado del infierno que suponía para alguien en su estado seguir viviendo en el departamento del número 101 de la calle Cromwell. Cuando Rick volvió de Southampton no hubo mayores problemas, pero al día siguiente la banda debía tocar en Leicester, y de manera tácita ya estaba acordado que Syd no iba a volver a tocar en vivo con Pink Floyd.

 

Ese 27 de enero Wright optó por decirle a su amigo que salía a comprar cigarrillos. Viajó con el resto de la banda hasta Leicester, tocó y bien entrada la noche traspasó el umbral del departamento. Syd estaba en la misma posición en que lo había dejado al salir: sentado en un sillón individual, mirando fijamente la televisión, con un cigarrillo completamente quemado entre dos dedos de una mano crispada, una mera colilla sosteniendo un tubo de ceniza que gracias a la inmovilidad del fumador se negaba a caer.

 

Volviendo la cabeza, le preguntó con naturalidad al recién llegado: “¿Conseguiste los cigarrillos?”.

 

24. El comité (parte 1)

 

Por esos días un incipiente productor de cine llamado Max Steuer contactó a Syd Barrett por medio de Petter Jenner y le propuso hacer la música de un mediometraje que por entonces estaban filmando. Se llamaría The Committee (El comité), y estaba inspirada en un cuento suyo llamado Nightmare (Pesadilla), publicado en 1966 en una ignota revista literaria. Syd leyó el cuento, un noir surrealista inspirado, casualmente, en ciertas teorías de R.D. Laing que legitimaban el crimen y despatologizaban la esquizofrenia, y le gustó. Era la historia de un autoestopista que decapita al automovilista que lo transporta, cose su cabeza volviéndolo a la vida y termina enredado con un “comité” de ciudadanos ingleses encargados de mantener el orden en la sociedad mediante subrepticias manipulaciones.

 

La película era bastante fiel al cuento, y estaba dirigida por Peter Sykes (futuro director de dos capítulos de la última temporada la serie The Avengers y de Demons of the Mind, para Hammer Films) y protagonizada por Paul Jones, ex cantante de la banda Manfred Mann.

 

Syd pidió a Jenner que le reservara algunas horas en los estudios Sound Techniques, no precisamente los más económicos del mercado. Tal era el papel de líder de la banda que todos le adjudicaban, que la sesión fue registrada para el miércoles 30 de enero de 1968 bajo el nombre de “Pink Floyd” y no de Syd Barrett.

 

Syd se presentó en el estudio una hora y media tarde, y ni siquiera llevaba su guitarra consigo, sino un sándwich. Discutió con Peter Sykes y Max Steuer, que ahí lo esperaban, y que creían que se presentaría con el resto de Pink Floyd como banda de apoyo. Syd se sentó a comer, diciendo que quería aclimatarse con el lugar. Terminado el sándwich, levantó la cabeza y dijo “¿Dónde está la banda con la que voy a tocar?”.

 

Andrew King, el otro manager de Pink Floyd, se encargó de telefonear a tres músicos amigos de Syd: Mike Ratledge (de Soft Machine), Brian Davidson (de The Nice) y Steve Peregrin Took (por entonces la mitad de Tyrannosaurus Rex). Los dos últimos eran conocidos como baterista y percusionista respectivamente, pero Took era además un muy completo y dotado multiinstrumentista.

 

Cuando todo estuvo listo, Syd dijo que Sykes y Steuer lo estaban poniendo nervioso, que no podía trabajar con ellos presentes.

 

Jenner se llevó al cineasta y al productor a comer al restaurante de la vereda de enfrente, y un par de horas después, Syd, Mike, Brian y Steve estaban grabando la música para The Committee. Cerca de la medianoche dejaron lista una pieza de free-jazz de veinte minutos basada en una improvisación de una toma. Usaron dos de cuatro canales para tocar en vivo la percusión, la guitarra eléctrica de Syd (estrambótica, plagada de efectos y acoples), el piano y un vibráfono, y después se sobregrabaron el bajo, una guitarra acústica, el mellotrón y el órgano. Syd exigió que el resultado final fuera pasado en reversa y trasladado en ese formato a la cinta master que se entregaría a Max Steuer.

 

Al día siguiente, John Wood, el ingeniero de sonido de la sesión, telefoneó al departamento de Rick Wright para pedirle a Barrett el nombre de la pieza grabada, para así registrarla en la planilla de los estudios. Nadie sabía dónde estaba el requerido.

 

Cuando Max Steuer pasó por los estudios a retirar la cinta, se le presentó una factura por 61 libras y algunos peniques (un equivalente a 1240 dólares en 2022). Steuer estuvo a punto de salir a buscar a Barrett y sacarle el alma a golpes. The Committee era una película de bajísimo presupuesto, con actores cuyos honorarios se liquidarían sobre un porcentaje de los derechos de exhibición. Pagó la sesión y se llevó la cinta, que más tarde quedó en manos de Jenner, quien la archivó entre sus cosas.

 

25. Las primeras canciones sin Syd

 

Febrero se inició con la banda, sin Syd y con David, componiendo y grabando nuevos temas para el segundo disco. En Corporal Clegg, de Roger Waters, David, Nick y Richard, se repartirían las partes vocales. It Would Be So Nice, de Rick Wright, ya se perfilaba como el próximo simple, con Julia Dream, de Roger, como lado B. Dado que todavía no se habían grabado las voces de Corporal Clegg, fue con Julia Dream que Gilmour debutó como cantante en Pink Floyd en una canción grabada, encargándose de los versos (y Waters de los estribillos).

 

No era verdad, por cierto, que Syd no estuviera grabando con ellos por deseo propio o falta de interés. Los empleados de los estudios EMI solían verlo sentado en la recepción, solo, esperando que lo invitaran a pasar. Y eso nunca ocurrió.

 

El 15 de febrero fue el día en que David Gilmour también grabó algunas tomas de guitarra para Set the Controls for the Heart of the Sun, una canción que ya contaba con la guitarra de Syd pero que no terminaban de cerrar. Eso la convirtió en la única grabación de estudio en la que los cinco miembros de la reciente formación compartieron lugar en la mezcla final.

 

26. ¿No van a extrañarme?

 

Difícilmente hubieran esperado la nueva versión de Pink Floyd en vivo encontrarse el 10 de febrero de 1968 a Syd en Nelson, condado de Lancashire, a más de cuatro mil kilómetros de Londres (por lo menos cuatro horas de viaje). Pero así era, cuando arribaron al pueblo él los esperaba en la puerta del Imperial Ballroom, donde iban a tocar, con su guitarra enfundada. Sus compañeros, a pesar de que él seguía llamándolos “mi banda”, no tuvieron el menor empacho en dejarle en claro que no iban a permitirle subir al escenario con ellos.

 

Pasaron, siempre sin Syd, los días 18 y 19 de febrero en Bruselas, Bélgica, grabando un especial para los programas de televisión Vibrato y Tienerklanken, de la RTB TV, que se emitirían a fines de marzo. Había bastante trabajo por hacer, como grabar una presentación tocando en vivo y producir video clips para See Emily Play, The Scarecrow, Apples and Oranges, Paint Box, Set the Controls for the Heart of the Sun y Corporal Clegg. Las partes vocales de Syd Barrett en las mímicas las suplió Roger Waters, y esta sería la primera vez que se presentaban en televisión con David Gilmour. Se esperaba que Dave se vistiera como Syd en sus mejores épocas, que cantara como Syd, que tocara la guitarra como Syd.

 

Pasaron el 20 y el 21 de febrero en París, donde primero grabaron una presentación en vivo para Bouton Rouge (dos canciones de Syd, dos de Waters) y al día siguiente algunos video clips para Discorama, dos programas del canal ORTF2. Durante la presentación en Bouton Rouge, una de las guitarras de Syd puede verse apoyada sobre el amplificador de David.

 

El 2 de marzo los cuatro integrantes que habían vuelto del continente, los dos managers, Morrison y el propio Syd tuvieron una reunión para decidir el futuro de la banda. Syd aceptó irse.

 

La ruptura oficial implicaba también la desintegración de Blackhill Enterprises, sociedad de seis partes iguales entre los cuatro Floyd de 1967 y los managers, toda vez que estos últimos habían decidido dejar de representar a la banda. De ahora en más serían los managers de Syd, mientras que Pink Floyd tendría a Steve O’Rourke. Jenner y King seguían pensando que los problemas mentales de Syd eran algo pasajero, y que su genialidad volvería a estar en funcionamiento de un momento a otro. Incluso, sin que el resto lo supiera, invitaron a Rick Wright a dejar la banda también, para acompañar a Syd en su carrera solista. Rick sopesó la invitación, que, siguiendo la lógica de los managers, era tentadora: el futuro de Pink Floyd sin el genio que realmente conocía los secretos de la composición era ahora más que incierto.

 

Pese a todo, y con la excepción de Interstellar Overdrive y Astronomy Dominé, concierto tras concierto la banda iba quitando del repertorio las canciones de Syd e insertando las nuevas. Cuando salieron a tocar al escenario del Middle Earth Club, en el barrio londinense de Covent Garden, el 16 de marzo, se encontraron con Syd parado en primera fila, delante del lugar que ocuparía David. El escenario era bajo, y Syd no dejó de mirar a los ojos a su amigo durante todo el show, con esa misma mirada que a tantos había inquietado desde mediados del año anterior.

 

Recién el 6 de abril de 1968 Bryan Morrison, agente y propietario de Lupus Music, la compañía que administraba los derechos de autor tanto de la banda como de Syd, emitió un comunicado de prensa informando la desvinculación más de un mes atrás decidida.

 

El 12 de abril finalmente salía a la venta el cuarto simple de Pink Floyd, It Would Be So Nice, sin colaboración alguna por parte de Syd. La fotografía de la banda impresa en la funda de la edición sueca data de los días previos al ingreso de Gilmour, con un Syd psicodélico y greñudo sentado entre Nick y Roger.

 

27. La secuencia de la violencia

 

El departamento de Rick Wright y su esposa Juliette en Richmond-upon-Thames por supuesto en nada se parecía al de la calle Cromwell de donde habían rescatado a Syd, pero su amigo Storm Thorgerson sabía que Syd estaba muy solo y que no estaban pasando cosas buenas. Cuando Syd no deambulaba solo y pasado de LSD por los márgenes del Río Thames en la vecindad del departamento de Rick, se metía en problemas a causa de unos inéditos arranques de violencia que se sumaban a todo el panorama mental patológico que presentaba.

 

Lindsay, su novia, se había aparecido en la puerta de la casa de Peter Jenner golpeada de pies a cabeza, y esa primera vez había sido difícil de creerlo: Syd era una persona excesivamente amable y suave en su forma de ser. Pero las cosas parecían haber cambiado un poco. En ausencia de Rick y Juliette había tenido encerrada a Lindsay durante tres días bajo llave en una de las habitaciones del departamento, alimentándola con bizcochos que le pasaba por debajo de la puerta. La joven fue rescatada por la propia Juliette junto a June Child en medio de un escándalo, terminado el cual Syd se encerró en la misma habitación y pasó una semana sin dar señales de vida.

 

Storm optó por llevarlo a vivir con él a Egerton Court, un bloque de departamentos en el barrio londinense de South Kensington, un sector de dudosa reputación a cuyas viviendas se recurría por el bajo precio de los alquileres. Fue en Egerton Court donde, algunos años antes, se habían filmado algunas escenas de interiores para la película Repulsion, de Roman Polanski.

 

Los episodios de violencia entre Syd y Lindsey llegaban ahora a situaciones grotescas, como cuando Storm tuvo que reducirlo mientras la golpeaba en la cabeza con una mandolina o Ian Moore, otro amigo de Cambridge, los separó cuando Syd hizo lo mismo pero reemplazando la mandolina por el piso de madera. Casi todas las noches alguien tenía que golpear la puerta de la habitación de la pareja para interrumpir las peleas cuerpo a cuerpo.

 

La mayor parte del día, Syd la pasaba bajo los efectos de la marihuana. Lo cual daba lugar a situaciones absurdas, como él encerrado a los gritos en el baño de Storm, a oscuras, incapaz de recordar cómo funcionaban una cerradura y un picaporte.

 

Puntualmente, este episodio daría lugar a que un conocido que ese día estaba ahí contara a la prensa que a menudo Syd entraba en malos viajes de LSD, dando tremendos alaridos, y que Storm se veía obligado a encerrarlo en un ropero para aplacar el delirio.

 

David Gale, el amigo de Storm y Syd con el que habían probado el ácido por primera vez, era por entonces paciente de R.D. Laing, y decidió hacer un nuevo intento por lograr que Syd accediera a tener una consulta con el gurú de la anti-psiquiatría. Se reservó una cita para un miércoles a las tres de la tarde, se pidió un taxi y, con el taxímetro corriendo, intentaron convencer a Syd para los acompañara. Por supuesto se negó, sin molestarse en dar excusa alguna.

 

28. El comité (parte 2)

 

Una mañana de mayo de 1968, a las 8.30, Roger Waters llegó al número 3 de Belsize Square, en Londres. Tocó el timbre del departamento de la planta subterránea y el propio Max Steuer lo hizo pasar a la amplia sala de estar de la casa del pintor Michael Kidner, donde un improvisado estudio de grabación había sido montado. Minutos más tarde, llegaron en sucesión David Gilmour, Nick Mason y Rick Wright. Era el primero de los cuatro días que se tomaría PinkFloyd para grabar la banda sonora de The Committee.

 

Tan pronto como Waters se había enterado en febrero que la música grabada por Syd y sus dos amigos había sido rechazada, contactó a Steuer y propuso que fueran los verdaderos Pink Floyd los que hicieran el trabajo.

 

Recién estuvieron disponibles para hacerlo tres meses después. Compusieron y ensayaron durante tres días y al cuarto grabaron. El resultado fueron tres piezas instrumentales que sumaban unos quince minutos en total. Una con ruidos vanguardistas, prácticamente música incidental; otra bastante más tradicional y melódica, en dos versiones, una más fuerte, dominada por la guitarra y otra más melancólica, dominada por el órgano. Y una tercera que no era más que una versión evolucionada del instrumental de Syd que habían tocado para el programa Tomorrow’s World en diciembre de 1967, y que pronto seguiría mutando (como “Sigan sonriendo, gente”, como Murderotic Woman…) hasta ser popularizada como Careful with That Axe, Eugene (aunque este no sería el nombre definitivo). De momento, ni esta ni las anteriores dos piezas musicales tuvieron nombre.

 

A diferencia de Syd, ellos tuvieron a su disposición la posibilidad de ver proyectada la película terminada a medida que componían. Consideraron editar los temas en un disco, pero descartaron la idea. La música fue incorporada a la película y las cintas originales se perdieron para siempre.

 

Quienes pudieron asistir a alguna de las pocas exhibiciones de la película antes de que el metraje se perdiera en el olvido, escucharon durante los primeros segundos unos sonidos orientales y psicodélicos (tablas, sitar, un primitivo sintetizador…). Claro está, estos no provenían de la cinta grabada por Syd, sino que se trataba de un poco de música incidental que habría grabado el ingeniero de sonido del laboratorio donde se mezcló la pista de sonido. Irónicamente, al igual que en la cinta por Syd producida y por Max Steuer despreciada, los sonidos se escuchan pasados en reversa.

 

29. El chiflado se ríe: Peter Jenner

 

Para Peter Jenner, Syd Barrett seguía siendo la gallina de los huevos de oro cuyo talento ni Norman Smith ni los miembros de Pink Floyd sabían cómo canalizar. Ahora que lo habían dejado afuera de la banda, tanto EMI como Jenner y su socio consideraron que editar un disco de Syd en solitario podía ser una muy buena idea.

 

En el fondo, todos sabían que el resultado de tal empresa era, como mínimo, aleatorio, pero no dejaron de subestimar las complicaciones que implicaba tratar con ese muchacho de veintidós años mentalmente afectado por las drogas “blandas”, y mucho más aun las de ponerlo a trabajar de acuerdo a los usos y costumbres del rubro. Para colmo de males, Jenner nunca había producido música.

 

Con la idea inicial de retomar el trabajo descartado por Pink Floyd, Jennes se encargó de hacer transferir el contenido de las cintas de media pulgada de In the Beechwoods, Vegetable Man, Scream Thy Last Scream y la banda sonora de The Committee (ese era el tipo de cinta que usaban los estudios De Lane Lea y Sound Techniques) a cintas de una pulgada, que eran las que las máquinas de EMI utilizaban. Si podían hacer algunas sobregrabaciones, especialmente en In the Beechwoods, que carecía de partes vocales, sería un buen punto de partida.

 

El 6 de mayo de 1968 Syd Barrett entró en los estudios EMI de la calle Abbey Road para empezar a trabajar en su primer álbum como solista. No logró Jenner que se ocupara de alguna de las cintas que había hecho transferir, pero sí llegaron a un punto intermedio: empezaría a trabajar en Swan Lee, una canción ensayada con Pink Floyd que nunca había llegado a tener su versión grabada, y cuya letra estaba inspirada en el largo poema épico de 1855 llamado La Canción de Hiawatha, de Henry Wadsworth Longfellow, que narra las aventuras y desventuras del caudillo aborigen norteamericano del título, que se supone que vivió en el siglo XVI.

 

Solamente registró una toma de Swan Lee, solo la guitarra eléctrica, sin efectos. La voz no fue grabada y el ingeniero de sonido, por error, consignó como nombre de la canción Silas Lang, haciendo eco de la conclusión de la letra de Syd, cuando en el último verso de la última estrofa se adjudica la autoría a un tal Silas Lang: “Todo esto fue puesto en palabras por el Lungo Silas Lang”.

 

Después se trabajó en la primera canción realmente ajena a los días de Pink Floyd: Late Night. Solo lograron, una vez más, grabar algunas tomas de la parte instrumental.

 

Desde esta primera sesión Jenner fue consciente de que nada iba a ser fácil con Syd. Deambulaba por el estudio sin mayores objetivos, por momentos parecía incapaz incluso de sostener la púa al tocar. Revisaba su cuaderno de letras sin decidirse por ninguna, le costaba establecer el más mínimo contacto visual con Jenner o los ingenieros de sonido, no respondía a las preguntas o sugerencias… Tocaba pedacitos de canciones, fragmentos excelentes que no dejaban de ser fragmentos. Con el pasar de las horas y hacia el final del día comprendieron que lo mejor sería dejar las cintas corriendo y que se registrara por defecto lo que fuera que brotara en los momentos en que la estrella lograba enfocarse y tocar o cantar algo coherente, porque no habría demasiadas posibilidades de que accediera a repetir una toma mejorando la anterior. No al menos si se lo pedían, no si era lo que se esperaba de él.

 

Recién volvieron al estudio una semana después. Se intentó trabajar en la banda sonora de The Committee, esta vez en su versión original (y no en reversa), versión a la que Syd llamó Rhamadan.

 

Se supone que a tales efectos Steve Peregrine Took estuvo presente ese día, y que en lugar de retocar sus aportes a Rhamadan tocó los bongos en una nueva pieza instrumental llamada Lanky, que contaba con dos partes, ambas de similares características. Si a la primera el ingeniero de sonido la llamó “cinco minutos de tambores”, en la segunda, más tribal, los minutos eran siete, más allá de que la guitarra de Syd estuvo presente. No era nada demasiado apasionante para las expectativas que el pobre Jenner había puesto en Syd, pero era algo.

 

Para fortuna del productor, el día no terminó sin que trabajaran, usando, entre otros instrumentos, un vibráfono, en la parte instrumental de una canción a la que todos llamaban Golden Hair (Cabello dorado), pero que no era otra cosa más que una versión musical del poema número V, innominado, de la segunda colección de poemas de James Joyce, Música de Cámara, publicada por primera vez en 1907. Syd no había comunicado a nadie la idea de ponerle música a un poema ajeno, y en todo momento Peter creyó que la letra le pertenecía al músico.

 

Tardó Peter Jenner una semana más en volver a meter a Syd en el estudio. Esta vez, con músicos que la posteridad solo registraría en calidad de anónimos, se grabó una nueva versión (sin voz) de Late Night. Se hicieron también sobregrabaciones en la toma 5 de Swan Lee (ahora sí registrada bajo su verdadero nombre). Para estas se usó una guitarra, una batería pasada en reversa y un mellotrón, del que se extrajeron el sonido de un saxo y un banjo, además de algunas notas de piano graves que se insertaron a velocidad lenta en los primeros compases. El 28 de mayo se reemplazaron las sobregrabaciones de mellotrón por las de un bajo, todo siempre a cargo de Syd.

 

Pese a los progresos, no fue hasta el 8 de junio cuando Jenner logró que Syd pusiera voz a las pistas grabadas. El golpe de suerte ocurrió con esta primera versión de Golden Hair (como había terminado por llamarse el poema de Joyce musicalizado). Casi como si se hubiera tratado de un niño que no entra a la escuela en el primer día de clases si no lo hace de la mano de su madre, Peter grabó la voz Syd junto a la suya, cantando ambos al unísono.

 

Exceptuando una poco productiva sesión el 20 de junio, no fue sino hasta un mes después de esta que se volvió a trabajar. Se trató de una nueva canción, Clowns and Jugglers (Payasos y malabaristas). Para su letra, Syd se había permitido una vez más recurrir a la intertextualidad, tomando casi literalmente una porción del poema Rilloby-Rill, del escritor inglés Henry Newbolt. Se necesitaron horas para poder grabar solo dos tomas, y la primera no fue más que un intento fallido.

 

Para Peter Jenner ya había sido suficiente. Después de casi tres meses sin poder completar siquiera una sola canción -lo más cerca que estuvo de hacerlo fue con Golden Hair-, decidió darse por vencido y desvincularse del proyecto. Pensó en organizar algo similar a un larga duración con el material del que disponía, pero ni siquiera podía usar las versiones prácticamente terminadas de las más que interesantes Scream Thy Last Scream y Vegetable Man: los Floyd no solo habían vetado su inclusión en el segundo disco que acababan de editar, sino que, con la autoridad que les daba el contrato con EMI, prohibían su divulgación en cualquier forma.

 

En los días siguientes, cada vez que Syd veía a Peter Jenner preguntaba “¿Vamos a volver al estudio?”. A lo cual el otro respondía: “No, Syd. Va a ser mejor que esperemos a que te mejores”.

 

Syd quedaba, una vez más, liberado de las presiones del mundo de la música, aunque sin comprender demasiado por qué.

 

30. Un plato lleno de secretos

 

El segundo LP de Pink Floyd había salido a la venta en junio de 1968 bajo el nombre de A Saucerful of Secrets (Un plato lleno de secretos). Su portada había sido diseñada por Storm Thorgerson y Aubrey Powell bajo el nombre de Hipgnosis. Habían encontrado esa palabra compuesta (“hip”, como equivalente a “de moda”, y “gnosis”, conocimiento en griego) escrita en la puerta del departamento que compartían. Siempre habían sospechado que había sido una de las bromas del propio Syd, y así se llamaba ahora el estudio de diseño recientemente por ellos fundado. Esta sería la primera de una serie de icónicas portadas que el dúo diseñaría, para Pink Floyd y para otras bandas.

 

A Saucerful of Secrets tomaba su nombre de la pieza casi instrumental (a excepción de unos coros sin letra) de doce minutos que a último momento había grabado la banda con David Gilmour para poder alcanzar la duración mínima de un larga duración. Fue el último disco de la discografía oficial de Pink Floyd en contener material grabado por Syd Barrett.

 

Gilmour, en reemplazo de Syd, aparecía en cinco de los siete temas, y Rick Wright se había hecho cargo de la mayor parte de las voces, con excepción, claro está, de Jugband Blues, la única canción compuesta por Syd entre las incluidas, utilizada para cerrar el disco con algo más que un toque de melancolía. Fuera de esa canción, la guitarra del músico expulsado solo podía escucharse en Remember a Day y Set the Controls for the Heart of the Sun.

 

Vendrían días aún más convulsos para Syd. La ruptura con su novia Lindsay Corner y un regreso a medias a la casa de su madre viuda en Cambridge. Continuas idas y venidas posteriores entre su ciudad natal y Londres, donde dormía en los sofás de sus amigos. Tenía un auto Mini, con el que salió a recorrer Gran Bretaña antes de tener un colapso nervioso que lo dejó internado en un hospital psiquiátrico de Cambridge hasta diciembre de ese mismo año.

 

31. Wetherby Mansions

 

Días antes de la navidad de 1968, Syd Barrett acordó con un estudiante de arte amigo de Julliette, la esposa de Rick Wright, alquilar en Londres un departamento en el que pudieran vivir ambos. El estudiante, que ya se perfilaba como un pintor modernista con bastante talento y tenía casi la misma edad que Syd, se llamaba Duggie Fields. Duggie encontró un buen lugar en Earl’s Court Square, en el segundo piso de un bloque de departamentos de estilo eduardiano llamado Wetherby Mansions. Fue Syd quien firmó el contrato de alquiler del número 29, un departamento de tres ambientes cuya cocina daba a Richmond Mansions, el bloque de departamentos a donde David Gilmour se había mudado con un amigo en común de Cambridge. Inicialmente, un muchacho del que solo conocían su apodo (Jules), accedió a compartir el alquiler con ellos y se mudó a la tercera habitación, pero así como llegó, muy pronto se perdió en los recovecos de Londres y no volvieron a verlo.

 

Syd dormía en un colchón en el piso de su habitación, un lugar con muy pocos muebles o adornos: apenas su tocadiscos, una alfombra, libros y discos, su guitarra… Y lienzos y bastidores, porque, como si de un designio se tratara, Syd estaba intentando volver a la pintura sin éxito. Incapaz todavía de encontrar su propio estilo como pintor, con un colega produciendo sin parar en la habitación vecina, la mayoría de sus cuadros quedaba inacabada.

 

Después de la internación parecía haber perdido mayormente el interés por las drogas, pero pasaba la mayor parte del tiempo tirado en el colchón, escuchando música, fumando o haciendo nada. Podía pasar días enteros sin levantarse, con las ventanas cerradas y cubiertas por las cortinas que su madre le había hecho. Duggie no tenía manera de adivinar qué día o a qué hora dejaría el colchón, pero cuando Syd se levantaba él se ocupaba de ventilar el hedor a humo de tabaco y sudor que impregnaba la habitación.

 

32. Iggy la esquimal

 

Un par de semanas después de que Syd y Duggie se instalaran en Wetherby Mansions, el primero de manera inesperada reanudó su noviazgo con Jenny Spires, y esta se mudó a su habitación. Vivieron juntos hasta febrero de 1969, cuando Jenny anunció que aceptaría la invitación de unos amigos para viajar a los Estados Unidos por tiempo indeterminado. Syd, dolido, intentó convencerla para que cancelara sus planes y no lo abandonara. Jenny, decidida a dejar Inglaterra pero no dispuesta a volver a romper la relación de manera cruel, un día llegó al departamento acompañada por una amiga de rasgos orientales y figura curvilínea, graciosa y seductora. Se llamaba Evelyn, pero desde niña nadie la conocía por ese nombre sino por el sobrenombre de Iggy. No tenía dónde vivir, ni dinero, ni mucho más que lo que cargaba en su bolso de mano. Ni siquiera sabía quién era Syd. Pero podía ser muy buena amante, eso era algo que podían atestiguar rockeros de la talla de Brian Jones, Eric Clapton y Keith Richards (no Rod Steward, a quien se había dado el lujo de rechazar), o incluso Anthony Stern, el amigo cantabrigiense de Syd con el que había mantenido recientemente una relación bastante formal.

 

Iggy tenía veintidós años, y era hija de un oficial del ejército británico que, en su paso por una villa de la república de Mizoram, ubicada en el noreste de la India, se había enamorado de una lugareña. Durante su infancia Iggy había asistido a escuelas militares en las colonias británicas a donde lo destinaban a su padre. Con tutores para aprender a tocar el piano, el arpa, el violín, la flauta y la guitarra, con profesora sádica de ballet y una vida de lujo pero estricta, Iggy había sobrevivido a un intento de linchamiento a cargo de una muchedumbre que quemó la casa de su familia en medio de una de las tantas guerras civiles en las que el Reino Unido por entonces metía la nariz. Finalmente, con sus catorce años ya cumplidos, su padre guió a la familia hacia su tierra natal, e Iggy se encontró viviendo en Londres, rodeada de las tentaciones de la década de los sesentas. Y las tentaciones pudieron tanto que pronto huyó de su casa para nunca más volver.

 

Vagó por las calles con diferentes empleos temporarios, simuló estudiar arte por un tiempo, y con la llegada del Flower Power podía vérsela bailar en los mejores lugares de la escena londinenses, incluido el programa de televisión Ready Steady Go!. Cuando le preguntaban su nombre, le gustaba tomarle el pelo a su interlocutor respondiendo “Iggy, la esquimal”. Inesperadamente había trabado amistad con Anita Pallenberg, la novia oficial de Brian Jones y Keith Richards, sucesivamente, por 1967. Su amistad con ella y los Stones la llevó a estar tomando ácido detrás de escena mientras se filmaba la película Performance o presenciando las sesiones de grabación de Sympathy for the Devil, aunque un tiempo antes la podría haber metido en problemas de haber aceptado la invitación a una fiesta en la propiedad que Keith tenía en West Wittering, el día en que Mick Jagger tomó LSD por primera vez y la policía llegó por sorpresa en una redada que dejó a varios de los presentes inmersos en causas penales.

 

Duggie, a diferencia de Syd, sí conocía a Iggy antes de su llegada a Wetherby Mansions, ya que ambos frecuentaban los mismos clubes nocturnos. No le agradaba demasiado esa mujercita sexy que, si se lo proponía, podía ponerte los pelos de punta con sus llantos o sus arrebatos coléricos, pero no podía oponerse demasiado: Syd había quedado prendado después de verla pasearse desnuda por el departamento a cualquier hora del día.

 

Una tarde Iggy agarró la guitarra de Syd y se puso jugar con las cuerdas. Syd se sentó a su lado, se la sacó de las manos con suavidad y se puso a tocar. Iggy no pudo más que sumar dos más dos y caer en la cuenta que él era el líder de esa banda que más de una vez había visto tocar en el UFO. Syd hacía ya bastante tiempo que no tocaba.

 

“¿Te parece que me veo bien con la guitarra?”, le preguntó.

 

“¡Te vez increíble!”, le dijo ella.

 

“¿Me escucharías tocar?”

 

Syd entonces tocó algunas canciones. A Iggy le gustó mucho una llamada Terrapin (Tortuga de agua). “Es pegadiza”, opinó. Después él trajo un viejo grabador de cinta abierta que se había comprado y le hizo escuchar lo poco que habían grabado con Peter Jenner.

 

Cuando la cinta se terminó, Syd dijo:

 

“Alguien en EMI quiere que yo haga un disco. ¿Cómo te sentirías teniendo un novio estrella de rock?”

 

33. El chiflado se ríe: Malcolm Jones

 

Eran los últimos días de marzo de 1969, Syd había llamado a la oficina de reservas de EMI para reservar un estudio para proseguir con la grabación de su disco solista. Habían pasado ocho meses desde la última sesión.

 

Su pedido fue registrado y terminó sobre el escritorio de Malcolm Jones, el director de Harvest, el sello subsidiario de EMI dedicado a las vanguardias rockeras, un sello al que no tardarían en pasarse los propios Pink Floyd, de momento todavía en Columbia.

 

Jones era por entonces un año menor que Syd (que contaba con veinticuatro años) y por casualidad ambos vivían en el mismo barrio, aunque no se conocían personalmente.

 

Jones habló primero con su superior inmediato, quien le dejó en claro que haría lo posible, pero que no podía prometer demasiado. Syd Barrett no era persona grata en los estudios EMI. Su paso el año anterior había dejado ciertas anécdotas, ciertas o no, relacionadas con micrófonos rotos y actos poco aceptables en el ambiente aséptico de la hasta entonces bastante tradicional discográfica. De alguna manera, el jefe de Jones logró que el gerente de producción diera la autorización pertinente. El único consejo que Malcom recibió fue “nunca debe estar solo en el estudio”.

 

Ahora Syd debía elegir un productor para su disco, ya que no era usual por entonces que un artista produjera sus propios discos. Malcolm le consultó tanto a Norman Smith como a Peter Jenner, y ambos se negaron. Complicado, le comunicó las malas noticias a Syd. ¿Se le ocurría a él alguna otra opción? Y en su estilo parco pero amable, Syd simplemente dijo “Hazlo tú”.

 

Sentados en el suelo de la habitación de Syd, Malcolm Jones escuchó, tal como había hecho Iggy, la cinta de Peter Jenner y las nuevas canciones, que Syd volvió a cantar tocando la guitarra.

 

El 10 de abril de 1969 se retomó oficialmente el trabajo en el estudio, en una sesión que empezó a las siete de la tarde y se extendió hasta media hora pasada la medianoche. Con Pink Floyd trabajando en su próximo álbum, Ummagumma, en el estudio 2, Jones había elegido el estudio 3 para Syd, un lugar menos espacioso y con menor acústica, pero que garantizaba una intimidad que juzgó apropiada para trabajar con una persona con sus antecedentes. Se ocuparon primero de la pista instrumental de Swan Lee, que solo contenía guitarras y bajo, agregándole de una vez por todas la voz y una nueva pista de guitarra, aunque prácticamente obliterando esa base instrumental de las sesiones con Jenner. Sobregrabaron después acoples, feedback y efectos de guitarra en otra de las canciones grabadas por Jenner, Clowns and Jugglers, pero al final de la noche ambos estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería concentrarse en las canciones nuevas.

 

El 11 de abril trabajaron durante cinco horas sumamente productivas. Syd cantó cuatro canciones acompañándose con su guitarra acústica.

 

Empezaron con Opel. Fueron nueve tomas, siete de las cuales fueron intentos truncados. De las dos tomas completas, la novena fue elegida como la mejor. Syd había convertido el coro de otra canción, She Was a Millionaire, en la coda que ocupaba la segunda mitad de Opel. La parte instrumental de She Was a Millionaire había sido grabada por Pink Floyd en abril de 1967, para un posible lado B de See Emily Play. Nunca llegaron a grabar las voces, y la cinta había terminado por perderse en el tiempo.

 

Arremetió Syd luego con cuatro tomas de Love You (todas ejecutadas en menos de veinte minutos) y cinco de No Good Trying (dos de las cuales fueron intentos truncos). Las versiones de esta última tenían una duración que rondaba los cinco o seis minutos, con demasiadas repeticiones de estrofas, algo que tendría que ser editado. Las versiones de la primera diferían en la velocidad del ritmo, pero eran todas más que potables y en las cajas donde almacenarían las cintas Jones escribiría: “La mejor se decidirá más tarde”.

 

Acto seguido Syd clavó una versión impecable de Terrapin en una sola toma. Se lo veían feliz e íntegro, renovado. Era verdad que tenía la costumbre irrefrenable de girar en medio de las grabaciones las hojas de los cuadernos con letras que tenía en un atril delante de la cara, y que el ruido del papel terminaba siendo captado por los micrófonos, o que a veces pasaba de un rasguido a un punteo, haciendo subir al rojo los medidores de frecuencias, pero de alguna manera más bien serendípica no había duda de que Malcom Jones había encontrado la forma de trabajar con él. No era como se estilaba, grabando primero los instrumentos (y primero, entre estos, a la batería y el bajo) y después las voces, pero, dadas las circunstancias, así tendría que ser: voz y guitarra, y sobre eso vendrían las sobregrabaciones.

 

Ese mismo día Syd accedió a sobregrabar en Terrapin una guitarra eléctrica con slide y una voz en paralelo con la original, recurriendo a la técnica de duplicar la voz de manera exacta (double tracking), muy usada por John Lennon con The Beatles para potenciar el sonido.

 

Antes de terminar la jornada, se abocaron a dos canciones de la etapa de Jenner.

 

Primero Syd agregó sobre la toma 2 de Late Night, usando su Zippo, la guitarra slide que caracterizaría a la canción, y grabó finalmente su voz. Esta versión se marcó como lista para ser mezclada para el disco.

 

Por último transfirieron la cinta de cuatro canales de una de las versiones de Golden Hair grabadas por Jenner a una de ocho, para hacer espacio para futuras sobregrabaciones.

 

Volvieron al estudio seis días después, el jueves 17 de abril. Syd había citado a sus amigos Jerry Shirley y John “Willie” Wilson como músicos de sesión. Jerry por entonces era el baterista de la banda Humble Pie, y Willie lo había sido de Jokers Wild, la banda de David Gilmour ya fenecida. Para esta sesión con Syd, Willie no tocaría la batería sino el bajo.

 

Calentaron motores con un breve ensayo en el que los dos músicos invitados tuvieron en claro que Syd no iba a darles mayores pistas respecto de lo que quería que tocaran. Simplemente había que seguirlo a él con su guitarra, siempre una nota detrás. Ni siquiera se molestaba en tener contacto visual mientras tocaban. Para peor, hizo que los tres se ubicaran mirando hacia la sala de control.

 

Y se pusieron a grabar. Estaba claro que las tomas irían “en vivo”, y después verían si hacían falta sobregrabaciones.

 

Trabajaron primero en No Man’s Land, en cuya letra Syd supera sus propios records solistas de sincretismo, aparente sinsentido y afrenta a la gramática inglesa. Hicieron dos tomas descartables, solo para calibrar los equipos de la sala de control y, en el caso de Jerry y Willie, terminar de aprender la canción. Siguieron tres tomas más, y decidieron que podían quedarse con la última como definitiva.

 

Cinco tomas hicieron también de Here I Go, una canción cuya letra, para sorpresa de todos, Syd parecía estar componiendo en vivo y en directo. La realidad no era esa, Syd simplemente estaba anotando de memoria en su cuaderno “ayudamemoria” la letra de Boon Tune, aquella canción que los Purple Gang habían estado a punto de grabar dos años atrás. Ahora Boon Tune había sido retitulada Here I Go, y su letra, a la luz de las circunstancias del último año, había cobrado un nuevo significado, casi autobiográfico, en versos como “Ella dijo: ‘Una gran banda es por lejos mejor que ti’” o “Espero que ella me hable ahora e / incluso me permita / tomar su mano / y olvidar esa vieja banda”.

 

Al igual que con No Man’s Land, la quinta toma de Here I Go fue la mejor, y con esa se quedaron, sabiendo que así como estaba iría a parar al disco.

 

La sesión de esa tarde duró tres horas, y, pese a lo particular que era trabajar con Syd, todos pasaron un buen rato. A Syd se lo veía radiante, entusiasta. Antes de irse a casa Malcolm Jones le preguntó si tenía nuevas canciones para la próxima sesión, y Syd dijo que no, pero que tenía una extraña idea que quería probar en el largo instrumental Rhamadam. No harían falta músicos de sesión, aseguró.

 

La siguiente sesión tuvo lugar enteramente en una de las salas de mezcla de los estudios, la mañana del 23 de abril de 1969. Cuando subieron al taxi camino a Abbey Road, Syd tenía una casetera portátil. Sin esperar a llegar, le hizo escuchar ahí mismo a Malcolm el ruido del motor de la motocicleta BSA Lightning de un amigo, que había grabado mientras iba sentado en el asiento trasero. Según el músico, la grabación estaba lista para ser agregada a la mezcla de Rhamadam, en algún lugar de la cinta.

 

Tomando conciencia que el Syd de esa mañana ya no era el Syd de la tarde del 17 de abril, Malcolm decidió seguirle la corriente. Debían conectar la casetera en absoluto profesional a la consola de la mezcladora de cuatro canales, y no había conectores para eso. Uno de los ingenieros tuvo que fabricar un cable con pedazos de otros. Una vez que pudieron hacer sonar el contenido del casete en los equipos del estudio, comprobaron que lo que Syd había grabado era un solo tono del ruido del motor de la moto. No había ni un arranque, ni una acelerada, ni un salto de cambios. Para no hablar de la calidad del sonido, con todos los siseos de la cinta, el ruido del viento, golpes en el armazón de la casetera, el volumen alejándose…

 

Malcolm Jones, siempre deseoso de complacer a Syd y llegar a buen puerto, propuso buscar un ruido de motocicleta en la librería de efectos de sonido de EMI, de por sí bastante voluminosa. Lo encontraron, con el inconveniente de que el arranque, el motor acelerando, los cambios y la marcha estaban todos en archivos separados, lo cual implicó que Jones se pasara una hora transfiriéndolos y pegándolos en una misma cinta, dando como resultado, una hora después, un bucle de treinta segundos.

 

Para entonces, tres horas después de haber empezado, Syd manifestó haber pedido el interés en la sobregrabación y se fue a su casa.

 

La idea era volver al día siguiente, pero Malcolm se vio afectado por una colitis algo seria y debió quedarse en su casa. Desoyendo el consejo de no dejar a Syd solo en los estudios, le sugirió que se presentara y transfiriera el contenido de algunas de las cintas de cuatro canales que había estado grabando desde los días con Jenner a otras cintas de ocho canales, para así poder agregar sobregrabaciones más tarde. A pesar de los temores de Jones, Syd se comportó con diligencia y cumplió con el trabajo, transfiriendo ocho de las canciones. Como habían citado para el día 3 de Mayo a los Soft Machine de la formación del disco Volume Two como músicos de sesión, se llevó una copia de las tres canciones en las que quería que grabaran, para entregárselas a los músicos y que pudieran aprendérselas.

 

El problema se presentó cuando Mike Ratledge, Hugh Hopper y Robert Wyatt, tecladista, bajista y baterista respectivamente de Soft Machine, aparecieron en el estudio y Syd cayó en la cuenta de que nunca les había hecho llegar las cintas. Se decidió que grabarían sus instrumentos sobre las pistas de Love You (la toma 4), No Good Trying (la toma 3, editada para restarle dos minutos de duración) y Clowns and Jugglers, y cuando los músicos percibieron el carácter errático de la métrica de Syd no lamentaron no haber escuchado antes las canciones: la tarea iba a ser más que difícil, de una forma o de la otra. No era así como se grababa la música, tocando sobre una voz y una guitarra.

 

Mientras los carretes de cinta giraban y los Soft Machine intentaban generar un acompañamiento decente mirando el devenir de la mano izquierda de Syd sobre el mástil de la guitarra, no cesaban de hacerle preguntas del tipo de “¿En qué tono está esto?”. Las respuestas de Syd podían ser un “Yeah”, un “Eso es extraño” o alguna incongruencia por el estilo.

 

Cuando les dijeron que solo haría falta regrabar el bajo en No Good Trying pero que el resto del trabajo ya estaba terminado, con aprensión Robert Wyatt cayó en la cuenta de que lo anterior no había sido un ensayo.

 

Al día siguiente, un 3 de mayo de 1969, Syd se dedicó a hacer sobregrabaciones. Grabó punteos de guitarra para Terrapiny No Man’s Land. A esta última le grabó durante el minuto final un parlamento de probables incoherencias que solo Malcolm Jones y los ingenieros de sonido pudieron escuchar en su totalidad, porque durante la mezcla preliminar la mayor parte quedó enterrada por una equivocación del encargado. Como, al escucharlo, a Syd le gustó el error, sus palabras quedaron ocultas para la posteridad, con excepciones como “Dime, dime, dime” o “fuertemente espaciados”.

 

Por último, se agregó una guitarra eléctrica pasada en reversa a No Good Trying.

 

No pudo dejar de notar Malcolm Jones el interés que estaba mostrando David Gilmour por el trabajo de Syd, presentándose en el estudio siempre que podía. Algo le decía que esta había sido su última sesión como productor de este disco interminable.

 

34. El chiflado se ríe: la portada

 

Mientras todo esto ocurría, la gente de EMI decidió acelerar un poco las cosas y, después de ver el trabajo que habían hecho para A Saucerful of Secrets los Hipgnosis, optó por volver a contratarlos para el arte de tapa del disco de Syd, todavía sin nombre y apenas parcialmente grabado.

 

Una tarde de la tercera semana de abril de 1969, Storm Thorgerson y el fotógrafo Mick Rock golpearon la puerta del número 29, en el segundo piso de Wetherby Mansions. Había sido el propio Syd quien los había llamado días atrás para que fueran a su casa para hacer las fotos que se usarían en la funda del disco. Estaba tan entusiasmado que había pintado, para la ocasión, el piso de parquet de su habitación, alternado franjas de color naranja y púrpura. Pero lo cierto es que, con o sin entusiasmo, Syd no había respondido en las dos o tres oportunidades en que en esa semana se habían presentado Storm y Mick.

 

Esta vez Syd abrió la puerta, riéndose de sí mismo y en calzoncillos: había olvidado por completo la sesión fotográfica pendiente, y acababan de despertarlo. En la cocina, Iggy, desnuda y ajena a las miradas de los recién llegados, preparaba café.

 

En la habitación de Syd, donde se harían las fotos, los recién llegados comprobaron el trabajo de pintura que Syd, con la ayuda de Iggy, había llevado a cabo. No se habían molestado en barrer el suelo antes de pintar, por lo tanto, atrapados en la pintura, había desperdicios varios: fósforos y colillas de cigarrillos, pelos, polvillo… Tampoco habían movido el colchón de su lugar, motivo por el cual en el rectángulo que este ocupaba la madera estaba con su color original. Iggy todavía tenía las plantas de los pies cubiertas de pintura.

 

Mick Rock no era por entonces el fotógrafo profesional que más tarde el mundo de la música conoció. De hecho, le había comprado la cámara que tenía en sus manos a Aubrey “Po” Powell de Hipnosis después de tener una revelación durante un viaje con LSD, y antes de esa tarde en Wetherby Mansions apenas había fotografiado a un par de bandas. No hubo, quizás por esa inexperiencia, mayores planificaciones respecto de la sesión, que fue, por lo tanto, algo en principio espontáneo.

 

Cuando Iggy entró en la habitación y empezó a revolver entre sus ropas para ponerse algo encima, Syd la miró y dijo: “No, no lo hagas”. Iggy, que no acostumbraba siquiera usar ropa interior cuando iba vestida, obedeció sin pensarlo demasiado, y se abocó a preparar a Syd para la ocasión. Le pintó los ojos con delineador negro y le revolvió un poco las greñas sucias y muy crecidas.

 

La sesión empezó y se desarrolló con naturalidad. Decidieron que Iggy, que deambulaba desnuda por las cercanías, se quedara quieta y posara en el fondo. Ella aceptó, pero con la condición de hacerlo de espaldas o cubriendo su cara con el pelo, para que sus padres no pudieran reconocerla si ocurría la casualidad de que se toparan en una vidriera con el disco de Syd.

 

Esta premisa fue rota cuando, con la confianza ganada por el lente de la cámara de Mick, Syd e Iggy posaron desnudos, inspirados en las fotos que John Lennon y Yoko Ono habían usado en la funda de su disco Two Virgins el año anterior.

 

Dos horas después de la llegada de Storm y Mick al departamento, la sesión había terminado. Mick solo había llevado dos rollos de película, todo lo que su bolsillo le había permitido, ya que, de momento, nadie había hablado de algún tipo de remuneración. Decidieron seguir al día siguiente en la calle, con la pareja ya vestida.

 

Para esta nueva sesión se usó una cámara en blanco y negro, y varias de las fotos se tomaron junto al auto de Syd, un Pontiac Parisienne color azul que le había trocado por su Mini a Mickey Finn, el percusionista que en breve reemplazaría a Steve Took en Tyrannosaurus Rex. El Pontiac apenas había sido usado por Syd, y llevaba semanas ahí sin ser movido. De hecho, en el polvo que lo cubría, sobre la tapa del baúl, un barrendero había escrito en letras mayúsculas: “¿Cuándo van a mover esto? He estado intentando barrer la calle por semanas”. En el limpiaparabrisas un inspector del municipio había dejado un aviso que decía: “Esto es basura peligrosa y será removida y descartada en siete días desde ahora”. La fecha que figuraba al pie era 14 de abril de 1969.

 

No tardaría Syd en regalar su auto, sin importar a quien.

 

35. More

 

Un día de finales de ese mismo mes de abril de 1969, al atardecer, Syd dijo que saldría por un rato, e Iggy quiso acompañarlo. Él se negó rotundamente, y la dejó muy acongojada.

 

Por entonces Syd estaba reanudando su amistad con su vecino David Gilmour, y esa noche había decidido conversar un poco sobre la posibilidad de que él produjera el disco en reemplazo de Malcolm Jones. Iggy, convencida de que su novio se estaba viendo con otra mujer, no paraba de interrogar a Duggie. Este sabía a dónde había ido Syd, pero respetó la voluntad de su compañero de hogar y no lo reveló.

 

Siguiendo su intuición, Iggy se dispuso a salir. Con ayuda de Duggie, se hizo un peinado con el pelo atado bien tirante y se maquilló con colores oscuros para darse un aire vampírico.

 

El primer lugar en donde se le ocurrió preguntar fue, claro está, el departamento de David. El propio Gilmour le abrió la puerta, no parecía estar ocultado nada. Sin esperar que la invitaran a entrar, Iggy atravesó el umbral, donde fue recibida por un calor de estufa que le recordó lo frío que podía ser el departamento de Syd. “¡Muy bien! ¿Dónde está esa puta?”, gritaba, gesticulando con sus labios pintados de negro. Claro está, no había ninguna mujer ahí, sino Syd sentado junto a un tocadiscos, escuchando música.

 

Syd decidió manejar la situación poniéndose de pie y saliendo por la misma puerta por la que Iggy había entrado. Iggy, consciente de que acababa de hacer un papelón, se miró con David y salió torpemente del departamento. Con tanta torpeza, que tropezó con el tocadiscos y la púa se deslizó por el vinilo, rayándolo. Antes que pudiera decir nada, David le ordenó que se fuera.

 

El disco que había estado girando en la bandeja era la banda sonora de la película More (Más), el debut como cineasta de Barbet Schroeder. Lo cual era igual que decir que se trataba del disco sucesor de A Saucerful of Secrets, esto es, el primer disco de Pink Floyd sin ningún tipo de aporte de parte de Syd. Lo habían grabado en ocho días a fines de enero y principios de febrero. Roger Waters se había encargado de escribir todas las letras, y David había grabado todas las voces.

 

36. El chiflado se ríe: Gilmour y Waters

 

Mayo de 1969 estaba terminando y Syd no había vuelto a los estudios. La última sesión con Malcolm Jones había tenido lugar el día 4 y los jefes de este último habían empezado a preguntarse si lo mejor no sería dejar de gastar plata en esa promesa hasta ahora incumplida que era la carrera de Syd Barrett como solista. Cuando Jones anunció que se retiraba del proyecto, David Gilmour y Roger Waters decidieron tomar las riendas y terminar con el trabajo de una vez por todas.

 

Syd fue a ver a la banda tocar el 30 de mayo en la ciudad de Croydon, y juntos pasaron un buen momento después del show. Más tarde se reunieron en la casa de Roger, en el barrio de Shepherd’s Bush, donde él y David explicaron que estaban terminando de grabar el próximo disco de Pink Floyd, Ummagumma, pero que en tanto el primero terminara de grabar sus partes empezarían con la producción de algunos temas más para dejar el debut como solista del antiguo compañero de armas listo para su mezcla final. Roger prometió unírseles más tarde.

 

No habían tenido en cuenta que Pink Floyd tenía pautada una apretada agenda de presentaciones en diversas localidades de Inglaterra y una gira por los Países Bajos durante septiembre. Ni que los directivos de EMI no estaban dispuestos a darles más que un par de días de estudio.

 

El 12 de junio de 1969 Syd, producido por David, grabó con su guitarra acústica cuatro canciones. David comprendió desde el primer minuto que no iba a ser fácil. Syd no tocaba jamás la misma canción, toma tras toma las canciones cambiaban de estructura. Además, estaba cada vez menos comunicativo, y todo se resumía en tratar de adivinar qué era lo que quería hacer en cada canción.

 

Clowns and Jugglers había para entonces cambiado su nombre a Octopus (Pulpo), y se decidió que dejarían de lado la versión de Jenner con las sobregrabaciones de Soft Machine. (Había sido esa canción la que Gilmour había escuchado antes de decidirse, horrorizado por lo que consideró que era un desastre, a tomar cartas en el asunto y ayudar a su amigo.) Syd hizo dos nuevas tomas, la segunda bastante decente, y, para exasperación de David, que consideraba que hacía falta más, decidió dejarlo para otro día.

 

Siguió la decisión de descartar las versiones que había de Golden Hair y también volver a grabarla. No había tiempo, y lo estaban perdiendo, en vez de producir nuevas canciones que pudieran completar un disco de más de treinta minutos. En esta oportunidad Syd cambió del original de Joyce “Te escucho cantando / Una alegre canción” por “Te escucho cantando / En el aire de medianoche” (“air” puede significar tanto aire como canción o melodía).

 

Once tomas de Golden Hair hizo Syd, esta vez solo voz y guitarra. La onceava fue destinada al disco. David le agregó un órgano, un vibráfono y un poco de cimbales.

 

Once tomas también les llevó dar con la versión correcta de Octopus, cuando finalmente Syd se decidió a terminarla. Luego vinieron dos maniáticas versiones de Long Gone, que más tarde serían descartadas. Y dos de Dark Globe.

 

El resto del disco sería grabado en un día y medio de sesiones.

 

El “medio día” tuvo lugar en la jornada siguiente, cuando David Gilmour tuvo que abandonar la sesión a las cinco y media de la tarde para viajar con la banda hasta Exeter, a cuatro horas de distancia, donde tenían un concierto. Sin perjuicio de ello, tuvo tiempo de completar las sobregrabaciones que habían planeado hacerle a Octopus: un bajo, una guitarra acústica de doce cuerdas y la batería. David no parecía tener los problemas de los otros músicos para sobregrabar en las erráticas canciones de Syd: había descubierto que los cambios supuestamente aleatorios en la métrica de los compases obedecían a la métrica de las letras. El joven Barrett, por su parte, agregó a Octopus una guitarra eléctrica y una voz adicional. La canción estaba lista.

 

Y entonces vinieron tres días seguidos de presentaciones en vivo de Pink Floyd, un día para las mezclas de las canciones de Gilmour en Ummagumma, más fechas en Inglaterra, las mezclas de Ummagumma de Waters, después tocar para la BBC mientras se transmitía la llegada del hombre a la Luna, y de inmediato unas apariciones en la televisión alemana que los tendrían ocupados hasta el 25 de julio.

 

Syd tendría más de un mes de espera para poder completar su disco, y las cosas en su corazón no estaban bien.

 

En mayo, cuando Mick Rock lo había visitado para mostrarle las fotos de abril reveladas, Iggy ya no estaba con él. Y cuando vio a Syd rasgar con las uñas la imagen de la joven en las fotos, pudo intuir el dolor de una pérdida. Se suponía que Iggy se había ido a Brighton, pero, conociéndola un poco, nunca se podía estar seguro. En agosto alguien la vería en el Isle of Wight Festival en calidad de groupie de Twink, que por entonces era el baterista de los Pretty Things, una de las bandas de la grilla. Al mismo festival asistiría Syd, solo como expectador. Después alguien diría que Iggy estaba viéndose con un adinerado hombre de negocios metido con la cientología, y su rastro terminó por perderse.

 

A Iggy le sucedieron con fugacidad Gilly Staples, una modelo con la cual Syd volvió a incurrir en la violencia física, y una muchacha de nombre Lesley, que desistió de la relación después de pasarse horas golpeando la puerta de un dormitorio al que le negaban la entrada. Cualquiera podía notar que el estado mental de Syd seguía deteriorándose después de la mejoría experimentada en los días de Iggy.

 

En la casa de Aubrey “Po” Powell Syd conoció a Gayla Pinion, una modelo pelirroja proveniente de Ely, una localidad cercana a Cambridge. Inmediatamente ella se volvió una obsesión para él, y por fortuna su deseo fue correspondido y ambos empezaron un noviazgo no exento de altibajos violentos.

 

Corría julio de ese 1969 cuando Syd, al visitar a Gayla, descubrió que Po y otros amigos en común se habían ido de vacaciones a las Islas Baleares. Estaban en Formentera, y Syd, después de pasar a buscar por su departamento un bolso con ropa (tan sucia que podía olerse a metros de distancia), de decirle a Duggie que salía a dar un paseo vespertino y de sacar una enorme cantidad de libras de su cuenta bancaria, hizo que Gayla lo llevara en su auto hasta el aeropuerto de Heathrow y partió en el primer avión. Sus amigos no salían de su asombro cuando horas después se lo encontraron en una plaza de San Fernando de las Rocas, caminando sonriente con un bolso de ropa sucia y otro lleno de dinero.

 

De regreso en Londres algunos días después, y aprovechando el regreso de Alemania de Roger Waters y David Gilmour, el sábado 26 de julio de 1969, en el mismo estudio donde The Beatles habían estado horas antes trabajando en su disco Abbey Road, tuvo lugar la última sesión de grabación del tan postergado primer disco solista de Syd Barrett. Solo él y su guitarra acústica, y esta vez no habría sobregrabaciones para las seis canciones que logró grabar mientras, bajo los efectos del Mandrax, se quedaba dormido entre tomas. Llegó a caerse de la banqueta en que se sentaba para grabar.

 

Empezaron con She Took a Long Cold Look. Terminada la cuarta toma, Syd se quejó que la canción era demasiado corta, con solamente dos estrofas. Roger, consciente de que no podían darse el lujo de contradecirlo, le respondió sin pensarlo: “Está bien, podemos lentificar la cinta”. Hizo una toma más, y pese a que el ruido de las páginas de su cuaderno al ser giradas entre una estrofa y la otra fue captado por el micrófono, decidieron que esa iría al disco.

 

Sin pausa, siguieron un par de tomas de Long Gone, pero eligieron la primera, a la que más tarde, David, solo, le agregó un órgano, una segunda voz en la segunda parte de cada una de las tres estrofas y una tercera voz en el mismo lugar de la tercera estrofa.

 

Contra el apuro y los consejos de Waters y Gilmour, que consideraban que ya contaban con una versión definitiva de Dark Globe, Syd volvió a grabar una toma, de nuevo solo con su guitarra, en un tono vocal más reposado que en las tomas anteriores, y repitiendo la primera estrofa con el estribillo. A esta versión insistió en sobregrabarle dos armonías vocales en todas las líneas. No tardarían en descartar el resultado y la cinta se registraría con otro nombre (Wouldn’t You Miss Me?).

 

La próxima canción que Syd quería grabar se llamaba Two of a Kind (Dos de una especie), pero tan pronto la mencionó David insistió en que se trataba de una vieja canción de Rick Wright, que siguiera con más composiciones propias. Syd, en su estilo sosegado y ausente, apenas replicó y siguió buscando en su cuaderno.

 

Terminaron la sesión con una toma de Feel y cinco (aunque cuatro truncas) de If It’s in You. De momento, la etapa de grabación estaba terminada.

 

Esa noche, David llevó a Syd en su auto hasta Wetherby Mansions y aceptó pasar un rato en su departamento. Mientras subían los dos pisos en el destartalado ascensor, Syd se volvió, miró a los ojos a su amigo, y dijo con la suavidad que lo caracterizaba: “Gracias”.

 

De las grabaciones producidas por Peter Jenner, la selección final de los trece temas que irían a parar al disco solo se incluyó la base instrumental de Late Night. De las sesiones de Malcolm Jones quedó afuera, inexplicablemente, Opel, así como la versión final (con parte de la base instrumental también grabada por Jenner) de Swan Lee. Las versiones de Golden Hair y Clowns and Jugglers/ Octopus que se mezclaron fueron las producidas por David Gilmour.

 

Durante los días 5 y 6 de agosto Gilmour y Waters mezclaron las canciones por ellos producidos, y, gira con Pink Floyd por los Países Bajos de por medio, el 16 de septiembre David mezcló Late Night y otras cinco canciones producidas solo por Jones.

 

El 6 de octubre, David y Syd se reunieron para establecer el orden que llevarían las canciones en el disco. El lado A tuvo una predominancia de canciones de la etapa de Malcom Jones (con la excepción de Dark Globe) y el lado B estuvo dominado por las sesiones de Gilmour (con la excepción de la canción que cerraba la lista, Late Night).

 

Un año y seis meses había llevado terminar el primer disco solista de Syd Barrett.

 

Fue el propio Gilmour quien le puso nombre. Con total desparpajo se le ocurrió que, dadas las circunstancias, The Madcap Laughs (El chiflado se ríe) podía ser algo apropiado. Dijo haber tomado las palabras de una de las líneas de Octopus, una que, de acuerdo a su entendimiento, decía “el chiflado se rio del hombre en el borde” (“the madcap laughed at the man on the border”). No había prestado demasiada atención a la letra, ya que lo que esta decía era “el gato loco se rió del hombre en el borde” («the mad cat laughed at the man on the border«), en una clara alusión al limerick del autor decimonónico Edward Lear llamado“Había un hombre viejo en el borde”. Y no sería esta la primera ni la última vez en que la mala memoria de los miembros de Pink Floyd respecto de la letra de alguna canción terminara afectando de manera más o menos significativa la carrera solista de Syd…

 

37. Kevin Ayers

 

Por algún motivo, Hipnosis se retrasó varias semanas más en entregar el arte de tapa de The Madcap Laughs, y ya era demasiado tarde para que el disco saliera a tiempo para las ventas de Navidad. Tanto Malcolm Jones como Syd se enfurecieron al enterarse de la decisión de EMI. En compensación, se editó como adelanto un simple con las canciones Octopus como lado A y Golden Hair como lado B, a mediados de noviembre de 1969. Nadie podía saberlo entonces, pero sería el único simple que Syd editaría.

 

El miércoles 17 de diciembre de ese mismo año, más o menos en los mismos días en que Gayla Pinion decidió mudarse al departamento de Syd y Duggie, Kevin Ayers requirió los servicios musicales del primero. Por entonces Kevin, que hacía tiempo había dejado de ser parte de Soft Machine, estaba intentando empezar con una carrera solista después de atravesar una crisis emocional con el destrato del mercado musical como detonante. Su primer LP, Joy of a Toy, acababa de salir, y ahora estaba preparando un simple sucesor, con un lado A de material nuevo. La canción se llamaba por entonces Religious Experience (Experiencia religiosa), y casualmente estaba siendo producida por Peter Jenner y sería mezclada por Malcolm Jones.

 

Tan pronto como Syd estuvo en los estudios EMI, Kevin supo que algo estaba mal. Esa mirada de la que todos habían estado hablando dos años atrás, esa torpeza, esas respuestas absurdas… Estaban presentes el tecladista, el bajista y el baterista de una banda de Canterbury llamada Caravan. Oficiarían como banda del solista, y más tarde The Ladybirds, las tres coristas de El Show de Benny Hill, grabarían su contribución.

 

Los temores de Ayers se confirmaron cuando lo vio a Syd intentar afinar su guitarra eléctrica en vano. Pero ya estaba ahí, así que se pusieron manos a la obra. Él grabaría una guitarra acústica y otra eléctrica de seis cuerdas, Syd se encargaría de tocar lo que pudiera con la suya. Y “lo que pudiera” era precisamente eso: Syd no logró acompañar los acordes de la canción, y terminó tocando una serie de florituras que parecieron salidas de los momentos más lisérgicos de improvisación con Pink Floyd. A Kevin terminó por gustarle.

 

Cuando Malcolm Jones se sentó a mezclar el resultado de la sesión, descubrió que esas tres guitarras lo confundían todo. Y optó por retirar la contribución de Syd, a la que Jenner no dudó en calificar de caótica, sin nada que pudieran rescatar. “No importa”, le dijo Malcolm a un poco convencido Kevin Ayers. “Todavía podemos usar su contribución. En la versión que salga en tu próximo LP, por ejemplo”. Ayers igual insistió en agregar una tercera guitarra en algunas partes, y la tocó imitando el estilo de Syd.

 

Peter Jenner, temeroso de que con ese nombre los DJ no quisieran pasarla por radio, cambió el nombre de la canción a Singing a Song in the Morning (Cantando una canción en la mañana).Y así fue que salió editada en febrero de 1970, con “Kevin Ayers and the Whole World” (Kevin Ayer y el Mundo Entero) como intérprete.

 

El segundo LP de Kevin, Shooting at the Moon, vio la luz en octubre de ese mismo año. Singing a Song in the Morning, o Religious Experience, no formaba parte de la lista de temas. Con o sin Syd.

 

38. El chiflado se ríe: el trabajo terminado

 

El 3 de enero de 1970 se puso en venta The Madcap Laughs. Al morbo que de por sí generaba la salida de un disco compuesto y grabado por un “loco”, se sumaba cierta dosis de misterio: en la funda no se hacía mención alguna a ninguno de los músicos que habían tocado, así como tampoco a la producción de Peter Jenner, presente esta en dos de las canciones.

 

Mayor fue el enojo de Malcolm Jones cuando escuchó lo que Gilmour y Waters habían hecho en la edición final del lado B del disco. Antes del melancólico final de Late Night habían colocado una tras otra tres canciones de la última sesión, sin ningún tipo de sobregrabación, con algunos fragmentos tomados de los minutos de cinta entre tomas. Syd haciendo comentarios del tipo “Esa es corta” (por la duración de She Took a Long Cool Look), el anuncio del número de la toma hecho por el ingeniero de sonido (en Feel) o, para peor, una toma frustrada por la voz desafinada (If It’s in You), y el embarazo posterior evidente en la voz de Syd, pidiendo empezar otra vez. Sus antiguos compañeros de banda habían puesto en evidencia lo que sus canciones desarticuladas lograban transformar en algo romántico: su ruina mental. David Gilmour se justificó diciendo que solo habían buscado ser honestos y brindar un contexto apropiado a un disco que en su escucha evidenciaba problemas en su producción. Pero lo que todos sabían era que, poniendo a Syd en evidencia, habían intentado castigarlo por un comportamiento que lejos estaba de ser intencionado.

 

Días después de la salida de The Madcap Laughs, la revista Melody Maker concertó una entrevista con Syd. La misma tendría lugar en las oficinas de Lupus Music. El periodista Chris Welch concurrió con el fotógrafo Barrie Wentzell. Cuando llegaron ahí, Bryan Morrison, el manager que había reemplazado a Peter Jenner, se presentó, bastante fastidiado, y les explicó el problema. “Syd se ha encerrado en una de las oficinas. ¿Creen que si le hablan por el agujero de la cerradura podrán convencerlo de salir?”.

 

Welch y Wentzell golpearon la puerta con suavidad y dijeron que eran amigos, que solo querían hablar con él sobre el nuevo álbum. Para su sorpresa, una llave giró en la cerradura, la puerta se movió hasta dejar apenas una rendija abierta y un ojo apareció y les habló. “¿Son ustedes, muchachos? ¡Pasen, rápido!” Los hizo pasar y cerró inmediatamente la puerta con llave, guardándose esta en el bolsillo. Ahora ellos también estaban encerrados.

 

Se lo veía muy asustado, con barba de un par de días y los ojos desenfocados. Empezó a susurrar: “Esa gente de ahí, mi manager, todos, ¡son aliens y me están buscando! Tengo que escapar.” Welch y Wentzell intentaron calmarlo, explicándole que tanto ellos como su manager y los demás solo querían lo mejor para él. Pero Syd no parecía muy convencido de eso. Siguieron hablando y mientras Syd fumaba sin parar Welch intentó llevarlo hacia el tema de su disco: si iban a ser prisioneros de un perturbado mental, al menos quería salir de ahí con la materia prima para entregar su nota a la revista. Con delicadeza, Wentzell empezó a tomarle fotos, y cuando Welch sintió que tenía suficiente, entre los últimos gatillazos de la cámara trataron de persuadirlo para que los dejara salir. Tuvieron que prometerle que enviarían ayuda, y finalmente les abrió la puerta. Tan pronto como estuvieron los dos afuera, volvió a encerrarse.

 

El artículo fue publicado el 31 de enero de 1970 bajo el nombre “Confusión y el Sr. Barrett”, y no se hizo mención al episodio. Las fotografías serían conocidas entre sus seguidores como las fotos del “mendigo drogado”.

 

Para fines de febrero, The Madcap Laughs, solo editado en Inglaterra, ya había vendido más de seis mil copias.

 

39. Meic Stevens

 

A finales de los sesentas, el cantautor galés Meic Stevens era una figura del folk de su tierra con un renombre local asimilable al que ya tenía Bob Dylan a nivel mundial. Vivía con su esposa e hijos en una granja cerca de la pequeña localidad de Solva y en agosto de 1969 tocó en el Isle of Wight Festival como parte de la banda de otro trovador solista, Gary Farr. Fue ahí donde lo conoció a Syd Barrett, que había ido acompañado por una amiga en común. Syd, que por entonces todavía conservaba su sociabilidad, había viajado un par de veces a visitar a Meic y a su familia en Gales durante los últimos meses de 1969.

 

En diciembre de 1969, el galés estaba grabando en los estudios Trident su nuevo disco, Outlander, por primera vez con más letras en inglés que en gaélico.

 

Una noche, mientras Meic grababa una canción llamada One Night Wonder (Maravilla de una noche), que terminaría siendo descartada del listado final del álbum, Syd llegó con Gayla hasta St. Anne’s Court, el callejón del Soho donde se ubicaban los estudios Trident, y pasó un par de horas con su amigo. No habló demasiado, estuvo casi todo el tiempo sentado en el suelo tocando la guitarra de Meic.

 

40. La sesión de John Peel

 

John Peel era un disc jockey con un oído bastante refinado que por entonces estaba al frente de un programa radial de la BBC 1 llamado Top Gear, en el que, además de pasar discos, invitaban a bandas a grabar presentaciones tocadas más o menos en una toma, presentaciones que semanas después eran transmitidas. Syd había tocado para Top Gear junto a Pink Floyd, en diciembre de 1967, en una sesión que incluyó sus composiciones Vegetable Man, Scream Thy Last Scream y Jugband Blues. Esta vez John Peel lo estaba invitando a grabar su propia sesión como solista, el 24 de febrero de 1970.

 

Syd se presentó en los estudios de la BBC con David Gilmour y Jerry Shirley, que tocó los bongós. David Gilmour no solo estaba ahí en calidad de músico de acompañamiento: también ofició de nexo entre Barrett y los ingenieros de sonido y los productores del programa. Ese día Syd no estaba siquiera en condiciones de hablar. Le costaba incluso establecer algún tipo de comunicación con sus músicos, que en más de una ocasión tuvieron que empezar a tocar sin que él les hubiera anunciado que canción era la próxima. Era de esperarse una buena seguidilla de pifies y desencuentros armónicos durante una sesión casi por completo acústica, si se exceptuaba el bajo.

 

Si bien Syd se encontraba ahí para promocionar su disco, solo tocó una de las canciones de The Madcap Laughs, la inmejorable y apacible Terrapin, que Jerry innecesariamente ensució con los chasquidos y las exhalaciones vocales con que acompañó su percusión.

 

Siguieron Gigolo Aunt (Tía gigoló), una canción que nunca tendría su puente, pero que por entonces solo tenía el estribillo y la primera estrofa, cantada tres veces, y Baby Lemonade (Nena limonada); ambas con sobregrabaciones: un bajo de Gilmour, que en estas tomas en directo tocó el órgano, y una guitarra slide de Barrett.

 

Effervescing Elephant (Elefante efervescente) era prácticamente una canción infantil al estilo de Rudolph the Red-Nosed Reindeer, que Syd cantó y tocó solo, con su guitarra.

 

Cerraron con Two of a Kind, una canción que Syd insistió que tocaran y en la que, ensayada, tuvo a Gilmour como voz solista acompañando con algunos errores la de su amigo. David seguía insistiendo que esta se trataba de una canción de Rick Wright, Syd lo negaba y se atribuía la autoría. Sería esta la única oportunidad que tendría Syd de grabarla.

 

La sesión de Syd Barrett fue transmitida el sábado 14 de marzo de 1970 al mediodía.

 

Dos semanas antes, el músico ya había empezado a trabajar en su segundo larga duración en los estudios EMI, ahora popularmente denominados Abbey Road gracias al disco que The Beatles habían editado meses antes. Eran de la partida en calidad de músicos de sesión, también en esta ocasión, Jerry Shirley y David Gilmour, quien también estaba produciendo el disco junto a Rick Wright, que se estaba encargando de los teclados.

 

41. Barrett (parte 1)

 

La grabación del nuevo disco del impredecible Syd Barrett fue bastante más prolija e uniforme en cuanto a su agenda de sesiones y su personal, pero aun así el músico volvió a ser víctima de la agenda de Pink Floyd, que en tres oportunidades lo dejó sin sus productores.

 

La primera sesión tuvo lugar el 26 de febrero de 1970, y empezó con Baby Lemonade. Contra todo pronóstico, Syd fue capaz de grabar su voz dos veces (una sobre otra, para un double-track), junto con la guitarra acústica. Luego vendrían las sobregrabaciones: la base de piano, bajo y batería que predominaría en las sesiones, instrumentos siempre ejecutados, respectivamente, por Wright, Gilmour y Shirley; una guitarra rítmica acústica y de doce cuerdas y un órgano también a cargo de David y una guitarra solista, eléctrica, de Syd. Durante la mezcla final, Gilmour colocaría como inicio la grabación de un punteo de guitarra acústica, que no era más que un calentamiento de dedos que Syd había hecho, tocando algunas escalas.

 

La grabación de la batería para Baby Lemonade no estaría exenta de inconvenientes. Jerry no lograba encajar los golpes con el carácter errático de la canción, y David debió situarse delante de la batería para dirigirlo como un director de orquesta.

 

Ese primer día terminó con dos tomas de Maisie, la primera interrumpida, y la segunda que sirvió de cinta master para las sobregrabaciones. Prácticamente se trató de una relajada improvisación blusera, sobre una vaca, con Syd a punto de largar una carcajada en más de una ocasión.

 

Al día siguiente, Syd grabó con su guitarra un buen puñado de canciones, empezando por Wolfpack (Manada de lobos), Living Alone (Viviendo solo) y Bob Dylan Blues (El blues de Bob Dylan), una canción en tono de broma que supuestamente había compuesto en 1964 después de ir, acompañado por Gilmour, a ver en vivo al líder folk por primera vez.

 

Para Gigolo Aunt se le sumaron los tres músicos usuales y Willie Wilson, que pasaba por ahí, tocó campanas chinas y un poco de tabla. Era la primera vez que todos tocaban juntos con Syd desde el inicio de las sesiones y no fue fácil, como era de esperarse. Uno de los efectos colaterales que había experimentado Syd a causa de la ingesta diaria de LSD a veces durante meses enteros, sin interrupción -se aseguraba que, gracias a las bromas de los “amigos” que contaminaban su té, había llegado a pasar tres meses seguidos drogado-, había sido una sinestesia permanente. Syd podía ver o sentir en su cuerpo la música que oía, o escuchar colores, por lo tanto sus indicaciones a los músicos eran del tipo: “Quizás podríamos hacerlo en el medio más oscuro y al final un poco de media tarde. De momento es demasiado ventoso y helado”. Fueron quince tomas, de las cuales solo en tres pudieron completar la canción, y la última iría a parar al disco, con un segundo órgano agregado por Gilmour.

 

Intentó, para terminar, una buena cantidad de tomas de Waving my Arms in the Air (Ondeando mis brazos en el aire) pegada a I Never Lied to You (Nunca te mentí), y terminaron eligiendo la primera toma, sobre la que trabajó Gilmour más tarde, trozando Waving my Arms in the Air e insertándole retazos de las mejores partes de las tomas posteriores. Respecto de I Never Lied to You, Syd tendría que volver a grabar parte de la voz, gracias a un par de traspiés en la interpretación.

 

Y así llegaría la primera interrupción: el primero de marzo los Floyd empezaban a trabajar en un nuevo disco todavía sin nombre. No fue hasta el primero de abril que las sesiones se reanudaron, aunque ese día solo con unas mezclas preliminares. Hasta entonces, Syd se había estado entreteniendo con apariciones en Abbey Road, incomodando con su presencia a Pink Floyd y a Norman Smith, que se encontraban grabando la base “no-sinfónica” de la canción que ocuparía el lado A del LP, y que todavía se llamaba The Amazing Pudding (El asombroso budín). Todos lo trataban con cierta reverencia, pero la sonrisa de Syd, mirándolos desde la sala de control, los hacía intuir una actitud burlona.

 

El 3 de abril tuvo lugar una sesión bastante incómoda, que terminó después de tres nuevas tomas de Wolfpack. La segunda sería la elegida para las sobregrabaciones.

 

Y de nuevo David y Rick tenían que suspender las grabaciones. Pink Floyd se estaba embarcando en una gira por los Estados Unidos que los tendría ocupados hasta la tercera semana de mayo.

 

El 5 de junio Syd volvió al estudio con David. Grabó con la guitarra acústica tres canciones. Se lo veía más que desenfocado, desinteresado y mentalmente perdido. Hacía casi un año que no tocaba el ácido, pero se había vuelto adicto al Mandrax: cuando media pastilla alcanzaba para dejar fuera de combate a un novato, Syd tomaba tres enteras juntas.

 

Wined and Dined, la primera, había sido compuesta en su último viaje a Formentera y dedicada a su novia Gayla. De Birdie Hop, la segunda, hizo solo una toma, antes de embarcarse en una composición in situ que él mismo suponía se llamaba Rats (Ratas). Tal como le explicó a David antes de empezar a tocarla, de momento era irrelevante su título, podría haber llevado el nombre de cualquier animal. Los animales eran, manifestó, su “propio fetiche”. Toma tras toma adquirió el cuerpo de una canción más o menos estructurada a la que dos días después David, con mucha paciencia, le agregó más guitarras y un bajo, y Jerry, con más paciencia aún, su batería.

 

42. El único concierto como solista

 

Syd Barrett había sido invitado a tocar a un festival de tres días organizado por el propio Bryan Morrison (el “Extravaganza ’70”) que se llevaría a cabo en el centro de exhibiciones Olympia London, en el barrio de Kensington. Meic Stevens era parte de la grilla, y quizás eso lo decidió a Syd a confirmar su presencia. Lo acompañarían una vez más David Gilmour y Jerry Shirley en bajo y batería. Pero a medida que se acercaba el día cambiaba de opinión y decía que quería cancelar la presentación. Los demás insistían, lo convencían de presentarse, y horas o días después volvía a cambiar de opinión, y vuelta a empezar para hacerlo entrar en razón.

 

Jerry y David, que al fin y al cabo, fuera como fuese, eran sus amigos, le dieron el coraje y la confianza suficientes como para que el 6 de junio de 1970 subiera al escenario.

 

Arrancaron con una versión eléctrica de Terrapin, dejando al aire las raíces bluseras que la suavidad de la versión original ocultaba. La voz de Syd apenas se escuchaba, con un operador de sonido que dejaba bastante que desear.

 

Siguieron con Gigolo Aunt, con la voz prácticamente inaudible, pero el sonido de la guitarra de Syd venía del futuro (y no del de la ciencia ficción, sino del que se conocería en las próximas décadas con nombres como como punk, post punk, indie y grunge): metálico, potente, cargado, ruidoso y melódico al mismo tiempo, desprolijo y pegadizo, con acoples y feedback.

 

No se descolgó Syd la guitarra eléctrica para hacer la acústica Effervescing Elephant, un título inesperado en medio de tanta potencia. Lo ejecutó solo, en menos de un minuto.

 

Y se vino la cuarta canción, Octopus, donde la voz de Syd, gritón y desacatado, finalmente pudo ser escuchada con bastante claridad. Y en el medio, un envidiable interludio musical del power trio, porque en eso se habían convertido para este momento. Más música proveniente del futuro, antes de la última estrofa y el último estribillo. “Cierren nuestros ojos en el paseo del pulpo”. Ahora todo era demasiado bueno como para ser cierto.

 

Por eso, con el último golpe de platillo de Octopus, Syd dijo un lacónico “Gracias, muchas”, se descolgó la guitarra, caminó hacia un costado y abandonó el escenario. Lo hizo con suavidad, en absoluto pareció el acto de agresión rockera de un músico engreído en pleno ataque de egomanía.

 

Simplemente acababa de dar su único show como solista ante una audiencia. Apenas dieciséis minutos de algo irrepetible.

 

43. Barrett (parte 2)

 

Al día siguiente del semi-show en el Olympia Syd se presentó en el estudio para proseguir con las sesiones de su segundo disco. Empezó con cinco tomas acústicas de Milky Way y después siguió con dos intentos por grabar, esta vez sin su voz, una canción que anunció como Millonaire, y que no era otra que She Was a Millionaire, de cuyo estribillo había sacado la coda de Opel, una de las canciones que Gilmour había ignorado cuando mezcló The Madcap Laughs.

 

Vino entonces una pausa de una semana, antes de que el 14 de julio volviera a grabar Wine and Dined y después se embarcara con cinco nuevas canciones, algunas sin título todavía, todas acompañadas con su guitarra acústica.

 

De Wine and Dined se hicieron diez tomas, marcándose como la mejor la número diez, que más tarde sería embellecida con más guitarras, percusión, un órgano y un bajo agregados por Gilmour, además de una delicada y bella guitarra líder del propio Syd.

 

Después le llegó, por fin, el turno a Effervescing Elephant, con nueve tomas, siendo la última la mejor. Más tarde se le agregarían ruidos nocturnos de selva y de elefantes barritando, además de una tuba tocada a lo largo de la canción nada más ni nada menos que por Vic Saywell, una eminencia inglesa en la materia. Una participación no exenta de complicaciones…

 

Syd no estaba presente cuando Gilmour produjo esta sobregrabación, pero había dejado instrucciones para que el intérprete de tuba incluyera una introducción de ocho compases que emularan el estilo de la suite de 1922 Le Carnaval des Animaux (El carnaval de los animales), del compositor francés Camille Saint-Saëns. Cuando Vic Saywell llegó y se le mostró la toma de Syd con la guitarra y se le explicó qué era lo que se necesitaba, el músico informó que él no tocaba de oído, y que de hecho no iba a interpretar nada que no estuviera escrito sobre una partitura. Había sido contratado por tres horas, se le había pagado por adelantado, como era usual conforme leyes sindicales, y David sabía que si no grababa sus partes antes de que ese tiempo se cumpliera, guardaría la tuba en su estuche y se mandaría a mudar. Tuvo que mandar a comprar con toda prisa partituras en blanco y, carente de toda formación musical académica, escribir como pudo la parte de Saywell. Pero lo que después tocaba este, fiel a la partitura, no era lo que la canción necesitaba, por haber errado David el tono o algunas notas. Y vuelta a reescribir, y vuelta a tocar, hasta que, en los minutos finales de la contratación, pudieron dar con el sonido adecuado y grabarlo. Cuando Syd escuchó el resultado final se quejó de que la instrucción de Vic Saywell fuera tan corta -cuatro compases en vez de los ocho que había pedido-, pero, dadas las circunstancias, tenían que estar agradecidos de lo que se había obtenido.

 

Vinieron después tres tomas para Dominoes. De nuevo, cuando se le pregunta a Syd antes de la primera por el título de la canción, responde “Sin título. Creo que se llama Dominó”. La primera, de hecho, dura apenas algunos segundos antes del error, y es la tercera la que recibirá más tarde las sobregrabaciones, con Gilmour tocando incluso la batería en lugar de Jerry y alargando la canción con un minuto y medio instrumental tocado por él y Richard Wright en teclados, impostando incluso la guitarra acústica de Syd de la toma original.

 

Se hicieron tomas únicas de Love Song (que no tendría un nombre hasta el día de las sobregrabaciones con la banda completa), Dolly Rocker (con toscas sobregrabaciones que más tarde borrarían) y Let’s Split (Separémonos); tomas repletas de páginas girando en el cuaderno de letras de Syd, siendo captadas sin pudor por los micrófonos.

 

El 17 de julio Syd empezó grabando la única toma de otra canción sin título, que más tarde llamaría Word Song (Canción de la palabra). Siguieron cinco tomas de Mindshot (Disparo mental), más tarde retitulada It is Obvious (Esto es obvio). En algunas usó guitarra eléctrica, en otras acústica; todas las versiones eran radicalmente diferentes, una con rasguidos, otra con un riff blusero, otra con arpegios; cada una con un tono de voz diferente. Antes de tocar la quinta toma, David Gilmour le pide “Haz ese ritmo que estabas tocando antes”. “¿Cuál?”, pregunta con mucha lógica Syd. La versión sobre la que la banda grabaría su contribución sería la de la primera toma.

 

El día 20 de julio de 1970 tuvo lugar la última sesión, que fue maratónica: Shirley, Wright, Gilmour y Barrett dedicaron todo el día a las sobregrabaciones para todas las canciones que las necesitaran. Pese a lo arduo del trabajo, había mucho entusiasmo y Syd estaba alegre.

 

Después de que la banda grabara el acompañamiento instrumental sobre la cinta master de Dominoes, Syd se avocaría a incorporar una guitarra líder, con slide, que aparecía y desaparecía a lo largo de la canción. Pero no lograba dar con las notas justas, nada de lo que tocaba encajaba armónicamente. Fue entonces cuando David recurrió a la experimentación: hizo que Syd tocara sus punteos sobre la canción pasada en reversa. Así, la guitarra grabada fue a su vez pasada en reversa y colocada entre las pistas de la canción pasada del derecho. Lo cual, por razones que escapaban a la lógica, quizás atribuibles a lo absurdo de la operación, funcionó de manera mágica, y así se plasmó en la mezcla final, con los punteos slide de Syd sonando en reversa con excelencia.

 

44. El tiempo va a ponerse frío en los setentas

 

Para cuando las sesiones de grabación del segundo disco solista terminaron, el estado mental de Syd había retrocedido varios casilleros, si eso podía ser posible. Pasaba casi todo el tiempo encerrado bajo llave en su cuarto, tirado en su colchón. Mantener una conversación con él no era fácil: olvidaba lo que había dicho inmediatamente después de que las palabras habían salido de su boca.

 

Gayla lo había dejado para irse a pasar un tiempo en la casa de sus padres en Ely. La vida en común en Wetherby Mansions se había tornado imposible. Syd estaba de nuevo violento, y Gayla era una pelirroja corpulenta que no dudaba en devolver los golpes. Duggie Fields seguía siendo el compañero de departamento de ambos, y más de una vez, oficiando de pacificador, sufrió daños colaterales, como la ocasión en que una botella de leche arrojada por Syd arruinó una de sus pinturas.

 

La ausencia de Gayla no significó un descanso de los escándalos. Duggie se encontró pronto con un desfile de fanáticos y candidatas a groupies que no tardaron en descubrir la forma de que Syd abriera la puerta de su cuarto: bastaba con decirle que del otro lado de la puerta el visitante tenía los bolsillos llenos de Mandrax. Lo cual no impidió más de una vez que Duggie se despertara en mitad de la noche con alguna muchacha llorando a los gritos y aporreando la puerta del músico, implorando para que la dejara entrar.

 

Syd se estaba volviendo incluso incapaz de llevar a cabo las tareas cotidianas más básicas. Duggie lo había encontrado cubierto por la sangre que salía de sus manos, después de que destrozara a golpes la puerta de una alacena en la cocina. Al parecer, no había podido coordinar sus movimientos para abrirla. En otra oportunidad, al llegar de la calle encontró el departamento lleno de humo negro. En la cocina, Syd había intentado hacer papas fritas pero había dejado el aceite al fuego después de sacarlas. La sartén se había incendiado después de que el aceite se hubiera evaporado y el fuego había llegado a unas cortinas. Por fortuna Syd lo había notado y había apagado las llamas, pero solo eso: había dejado todo como estaba y había vuelto a recluirse en su dormitorio.

 

Por esos días tuvo también un fortuito encuentro entre Syd y Roger Waters en Harrods, el enorme almacén del barrio de Knightsbridge. Syd cargaba una bolsa de compras en cada mano, y tan pronto como vio a su amigo las soltó a ambas y escapó al trote. Cuando Roger llegó junto a las bolsas, las encontró llenas de golosinas.

 

Pese a este episodio, a quién sí parecía querer ver por esos días era a Richard Wright. Pero no para hablar o tomar algo: se pasaba horas enteras sentado en el departamento que el tecladista compartía con su esposa, sin pronunciar una palabra.

 

Después de un viaje a lo de los padres de Gayla para intentar en vano una reconciliación, Syd empezó a alquilar la tercera habitación del departamento, la que ella ocupaba. Algunos de los nuevos inquilinos, drogadictos perdidos, traían perros como mascotas, y Syd, que gracias a los celos que le ocasionaba el West Highland white terrier de Gayla ahora odiaba los perros, no tardó en considerar la situación exasperante.

 

Aprovechando una reconciliación con Gayla, decidió volver a vivir a Cambridge. Se casaría con ella y empezaría a estudiar medicina. Un día de septiembre cerró la puerta de su habitación en Wetherby Mansions, dejando todas sus cosas adentro y se marchó a la casa de su madre. Duggie Fields no volvería a verlo, pero sí recibiría un llamado telefónico suyo, pidiéndole que echara a los inquilinos del cuarto que había sido de Gayla. No fue un mayor problema para el artista cumplir con la tarea: ya todos sabían de los estallidos violentos del apacible Syd, y le temían lo suficiente como para cumplir con la orden y desocupar la habitación y mandarse a mudar.

 

No muchos días después, el timbre sonó y Duggie se encontró nada más ni nada menos que con Iggy de pie ante la puerta, buscando a Syd. “Syd no está acá”, le informó con cierta crueldad Duggie. “Regresó a Cambridge. No te molestes en buscarlo”.

 

En la tranquilidad de Cambridge, el nuevo hogar de la pareja fue el cuarto de la adolescencia de Syd, en el sótano sin ventanas de la casa de su madre viuda, Winifred. Gayla consiguió un trabajo en una importante mueblería local y el primero de octubre de 1970, coincidiendo con su cumpleaños número veinte, ambos decidieron comprometerse y lo celebraron en una cena íntima en la casa de Winifred. Syd incluso le había comprado un anillo en un anticuario y puso un anuncio en un diario local.

 

El evento, al que concurrieron los padres de Gayla, resultó ser otro episodio perturbador en la vida del músico. Iniciada la cena, Syd se ahogó con la sopa de tomate y la escupió. Después abandonó la mesa y subió las escaleras hasta el baño, y ahí permaneció mientras se servía el cerdo rostizado. Cuando volvió, se había cortado el pelo desprolijamente hasta dejarlo muy corto. Para espanto de Gayla, todos hicieron de cuenta que nada había pasado.

 

La vida cotidiana a partir de entonces no mejoró. Winifred pasó a ocupar el papel de Duggie a la hora de separar a los amantes enfrascados en peleas físicas. Syd se había enterado que un antiguo novio de Gayla trabajaba en el departamento de camas de la mueblería, y, desocupado como siempre, no cesaba de merodear por el lugar y de hacer infundadas escenas de celos.

 

Harta, Gayla volvió a vivir con sus padres, donde recibió una carta de Syd, rompiendo el compromiso. Cuando ella le devolvió el anillo, él volvió a escribirle diciéndole que la amaba. Con los nervios destrozados, Gayla se fue a pasar unos días en la granja que el baterista Jerry Shirley tenía con su esposa en la aldea de Stebbing Green, en el condado de Essex. Desde ahí hablaba por teléfono con Syd, y de esas conversaciones brotó la esperanza de una reconciliación. Acordaron que él viajaría hasta la granja, y Gayla fue a esperarlo a la estación de tren de Bishop’s Stortford, a mitad del recorrido. Bastó el resto del viaje juntos para que la joven se convenciera que ya no había nada que hacer: Syd no esperó siquiera a llegar para hacerle un escándalo, acusándola de estar engañándolo con Jerry Shirley.

 

Volvería solo a Cambridge, al sótano de la casa de su madre en Hills Road. Por esos días le pidió a su ex novia Libby que le devolviera los diarios íntimos que le había entregado en 1967, y no tardó en quemarlos. Gayla Pinion sería la última persona con quien Syd tuviera una relación amorosa.

 

45. Dos de una clase (parte 1)

 

El segundo disco solista de Syd Barrett fue editado en noviembre de 1970 con dibujos de Syd (insectos) en la portada y una de las fotos que Mick Rock le sacó junto al Pontiac Parisienne en la contraportada. Lo titularon simplemente Barrett, y siete fueron las canciones grabadas que David Gilmour dejó afuera. De momento, los seguidores de Syd no llegarían a conocer Bob Dylan Blues, Living Alone, Dolly Rocker, Milky Way, Let’s Split, Birdie Hop y Word Song.

 

Y después estaba Two of a Kind, una de las canciones que habían tocado para el programa de John Peel. Tanto Gilmour como Rick Wright insistían en que la autoría le pertenecía a este último. Y Wright, por algún motivo, no quería que Syd grabara oficialmente su canción. Pero Syd no estaba tan confundido y mentalmente perdido como para estar tan equivocado: él mismo había compuesto Two of a Kind, solo, en su habitación. ¿Pero quién iba a creerle? Syd era el loco, Rick estaba cuerdo. Punto final.

 

46. Bob Harris, “Sounds of the Seventies”

 

Inesperadamente, en febrero de 1971 Syd aceptó una invitación de parte de Bob Harris, el cálido anfitrión de “Sonidos de los Setentas”, un programa musical de Radio 1de la BBC que se emitía los lunes al atardecer. Se presentó el día 16 de ese mismo mes junto a David Gilmour y grabaron una sesión acústica. Syd tocó la guitarra de doce cuerdas y David el bajo. Las tres canciones que se transmitirían pertenecían al nuevo disco: Baby Lemonade, Dominoes y Love Song.

 

En las cintas que la BBC más tarde perdió, se supone que había una cuarta canción. En la respectiva planilla, el casillero correspondiente al título fue completado con la palabra “Desconocido”.

 

47. En el sótano de David

 

No solo músicos como Jerry Shirley o Paul McCartney había recurrido al condado de Essex en busca de granjas para alejarse del ruido de Londres. David Gilmour y su novia Ginger se habían ido a vivir a una mansión estilo Tudor llamada Woodley, en el medio del campo, entre las localidades de Harlow y Roydon, a mitad de camino entre Cambridge y Londres. Y era a Woodley hasta donde llegaba caminando varias millas Syd Barrett después de bajar del tren en el invierno de 1971 a 1972. Se trató de un período de relativa calma en su frágil estado mental, y tenía por costumbre visitar a su viejo amigo.

 

En Woodley David había hecho instalar un estudio en el sótano, debajo de la sala de estar. En este podían hacerse grabaciones en ocho canales, y ahí pasarían las horas los dos amigos, intentando preparar maquetas para un posible tercer disco de Syd como solista.

 

48. The Last Minute Put Together Boogie Band

 

Hacia finales de 1971, para The Last Minute Put Together Boogie Band (La banda de boogie armada a último momento) el futuro no sonaba muy promisorio. Había sido fundada por Bruce Paine, un cantante neoyorkino de folk que, como Dylan, se había pasado a la guitarra eléctrica, además de haber sido parte del elenco del musical Hair en San Francisco. Mudado a London, armó la banda (un power trio de blues) junto a un baterista de Cambridge llamado Twink, más bien reconocido por su trabajo con bandas de culto comoTomorrow, Pretty Things y Pink Fairies, y junto al bajista John “Honk” Lodge, de Junior’s Eyes, la banda que había tocado para David Bowie durante la época de Space Oddity. Honk los dejaría cuando, después de muchas esperanzas generadas, el sello Polydor terminó por negar la posibilidad de que grabaran un primer disco.

 

Sin bajista, el power trio incompleto se afincó en Cambridge, donde Jenny Spires, la ex novia de Syd Barrett y del propio Twink -que a su vez había compartido momentos íntimos con Iggy más de un año atrás-, les presentó a Jack Monck, su marido, básicamente un bajista de sesión.

 

The Last Minute Put Together Boogie Band había dado en Cambridge más o menos una decena de shows cuando Jenny se encuentró con Syd en la disquería Red House Records y ambos reanudaron su relación, esta vez en el formato de la amistad. Jenny estaba embarazada y vivía con su marido en una granja de Huntingdon. Syd, que con veintiséis años de edad había dejado de consumir cualquier tipo de drogas, se sentía seguro junto al matrimonio, y los visitaba con asiduidad. A veces incluso tocaba un poco de música con Monck. Costaba acostumbrarse a estar en la compañía de ese personaje que parecía reír cuando no había que hacerlo, pero que no dejaba de ser adorable.

 

El 26 de enero de 1972 en el Cellars, el bar que tenía uno de los sótanos de la King’s College, se presentaba Eddie “Guitar” Burns, un blusero norteamericano, y The Last Minute Put Together Boogie Band (por esta vez sin Bruce Paine) oficiaría como su banda ad-hoc, algo que ya habían hecho desde sus inicios. Jenny lo había convencido a Syd para que asistiera, y no solo eso, sino también para que llevara su guitarra por si salía la posibilidad de improvisar algo con su marido.

 

Y el deseo de Jenny Spires se cumplió: a modo de banda soporte, Syd, Monck y Twink tocaron durante media hora una tranquila improvisación, a medias jazz, a medias blues. Syd no había vuelto a ver a Twink desde los días en que Pink Floyd era la banda de la casa en el UFO, y el encuentro le dio la seguridad necesaria para subirse al escenario.

 

Syd apenas fue reconocido por la gente de la audiencia. Con el pelo por los hombros y una barba tupida, solo sus ojos hundidos en las cuencas y la mirada perdida podían delatar su presencia.

 

The Last Minute Put Together Boogie Band volvería a juntarse con su formación completa al día siguiente, en un festival llamado Six Hour Technicolour Dream, que tuvo lugar en la sala de conciertos Cambridge Corn Exchange.

 

Tocaron primero los Hawkwind, y después siguió The Last Minute Put Together Boogie Band con Fred Frith, el guitarrista de diecinueve años de Henry Cow, como invitado. Fue pasados los veinte minutos de show cuando Bruce Paine anunció la aparición de un tercer guitarrista.

 

“Nos gustaría traer a Syd Barrett arriba del escenario. ¿Qué les parece un aplauso para Syd Barrett?”

 

Mientras Syd enchufaba su guitarra, Paine anunciaba la próxima canción, la quinta del concierto. Una canción que el cantante y guitarrista había tocado mientras estaba de gira en los Estados Unidos con una banda de gospel. Se llamaba Drinkin’ That Wine (Bebiendo ese vino) y hablaba del vino de la eucaristía. Duró casi seis minutos, en los que Syd, desde el fondo del escenario, tanteaba las cuerdas, intentando dar con algún ritmo o solo de guitarra apropiados.

 

Después vino una zapada blusera de diecisiete minutos a la que Paine anunció como Number Nine -y un “¡Tengo ampollas en mis dedos!”, en clara alusión al Álbum Blanco de los Beatles- y que incluyó sobre su segunda mitad parte de Gotta Be a Reason, una canción original de la banda. Syd se limitó a tocar variantes del riff del standard Smokestack Lightnin’, de su ídolo Howlin’ Wolf.

 

Veinticuatro minutos después de haber puesto un pie en el escenario, Syd desenchufó su guitarra y volvió a su lugar en la audiencia. La idea original había sido tocar aunque solo fuera una de las canciones de Syd, pero todos estuvieron de acuerdo en que lo veían demasiado débil, física y mentalmente hablando, como para vocalizar frente a un micrófono con tres guitarras, un bajo y una batería (la de Twink, nada menos) haciendo ruido en los mismos altoparlantes.

 

Los demás siguieron tocando, dos canciones más. No sabían por entonces que este sería el último show de The Last Minute Put Together Boogie Band.

 

Después vinieron los Pink Fairies, esta vez sin Twink como baterista, y la noche se terminó. A un costado del escenario, un tal Gary Lucas había registrado todo en una máquina Revox con cintas de un cuarto de pulgada, usando un micrófono para la batería y una conexión con el sistema de sonido para los otros instrumentos. El organizador del show, un tal Steve Brink, lo había visto descargando la máquina de su auto ese día, más temprano, y le había pedido si podía grabar algunos shows que esa noche tendrían lugar en un festival. Terminado todo, le había permitido llevarse una copia de la cinta. La original, en manos de Brink, se perdería para siempre.

 

49. Stars

 

Uno o dos días después del show del 27 de enero de 1970, Jenny Spires y su marido Monck fueron a visitar a Twink al cuartucho en el que este vivía, al fondo de un local de ropa llamado What’s in a Name?, propiedad del ya mencionado Steve Brink. Charla protocolar mediante, Jenny dijo: “¿No sería genial hacer que Syd vuelva a tocar?”

 

Los otros dos estuvieron de acuerdo, y Jenny prometió arreglar una reunión para el día siguiente, en la casa de Syd.

 

Esa tarde, mientras Winifred les traía té y tortas, sentados en la cama del sótano para evitar un techo demasiado bajo, le hicieron la propuesta. Syd estuvo de acuerdo, y al día siguiente él en guitarra, Twink en batería y Monck en bajo empezaron a ensayar ahí mismo, en el sótano. No tardaron en mudar la sala de ensayo al cuartucho de Twink, donde acordaron que el nombre para la banda sería Stars. El propio Fred Frith ensayó un día con ellos, como potencial miembro, pero no volvió después de esa primera experiencia. Syd estaba tan ausente como siempre, incapaz de enfocarse y asumir el rol de líder que los demás estaban esperando. La excusa para la existencia de la banda, estaba claro, era darle un vehículo para que pudiera explotar el material ya grabado, además de brindarle la posibilidad de volver a componer. Pero Syd no estaba en condiciones siquiera de discutir sobre el arreglo de una canción.

 

El lugar del mandamás de la banda pasó a ocuparlo Monck, mientras Syd al menos demostraba algo de presencia grabando en cassette los ensayos de esas primeras dos semanas previas a la primera fecha que Steve Brink ya les había conseguido. Tocarían el sábado 5 de febrero de 1972 en The Dandelion, el bar saludable de una comunidad hippie local. La lista de temas estaba compuesta principalmente por zapadas de blues de 12 compases, pero también Twink y Monck habían logrado que Syd accediera a ensayar algunas canciones suyas y una de Pink Floyd. Entre las suyas estaban Octopus, No Man’s Land, Waving My Arms in the Air, Gigolo Aunt y Baby Lemonade. Del repertorio de Floyd habían rescatado la ya mítica Lucifer Sam.

 

El show tuvo tantos errores, comienzos truncados y finales poco coordinados que pareció un ensayo más, y uno bastante caótico -en un aspecto puramente musical, vale aclarar-. Pero la audiencia era escasa y no presentó mayores quejas.

 

Entre esa audiencia, muy cerca del escenario, estaba sentado un caballero vestido de traje y corbata, mucho mayor que el resto de los presentes, con un magnetófono de bobina abierta y micrófonos colocados junto a los parlantes. Su nombre era Victor Kraft, tenía un hijo llamado Jeremy a quien acompañaba mientras éste estudiaba en Cambridge y mataba el tiempo grabando a las bandas que tocaban en vivo. Se presentaría desde entonces en cada concierto de los Stars.

 

El 12 de febrero tocaron al aire libre y por la tarde en un recital improvisado y decidido a última hora en la callecita llamada Petty Cury, cerca del Market Square de Cambridge, una tradicional feria con puestos de comida. El escenario fue, de hecho, la plataforma trasera de un camión. Sería, en opinión de varios, el mejor concierto que daría Stars.

 

A este siguió otra fecha en The Dandelion, con mejores resultados que en la anterior, y, por sobre todas las cosas, con un Syd que después de mucho tiempo empezaba a mostrarse feliz. Para entonces, un furioso y envidioso Bruce Paine, convencido de que ya no quedaba nada por hacer con The Last Minute Put Together Boogie Band, había renunciado a volver a tocar con Twink y Monck.

 

Llegó así una desatinada cuarta fecha, también organizada por Steve Brink. El lugar era The Corn Exchange; la fecha, el jueves 24 de febrero; y los Stars serían la banda principal, con los progresivos Skin Alley y los incendiarios MC5 como teloneros.

 

La noche previa, los Stars junto a Jenny Spires y un par de amigos más festejaron la primera fecha importante de la banda, tomando bastante en un bar. Todo era alegría.

 

Hasta que la noche en el The Corn Exchange llegó, con todas las localidades vendidas.

 

El problema no fueron los Skin Alley, banda con méritos propios pero no lo suficiente popular como para eclipsar a la nueva banda de ese mito llamado Syd Barrett. El problema fueron los MC5, una aplanadora de consignas políticas y guitarras pesadas que con la violencia del proto-punk que traían de Norteamérica hacían sacudir al público como pocas bandas lograban hacerlo por entonces.

 

Una hora tardaron los Stars en salir al escenario después de que Rob Tyner y sus muchachos se fueron a los vestuarios. Poco quedaba por hacer, ahora que la gente, colmada por el show visto, se había cansado de esperar para ver a la banda ignota de una víctima del ácido lisérgico.

 

Empezaron con una versión bastante lenta de Octopus. La voz de Syd apenas se escuchaba, y con un sistema de retorno por demás deficiente, tampoco los mismos músicos escuchaban lo que estaban tocando. Los tres estaban distanciados entre sí sobre la superficie del escenario, y Syd, con el pelo cubriéndole la cara, ni siquiera se molestaba en mirar a sus compañeros. Siguieron con el resto de los temas del repertorio que venían tocando en los tres recitales anteriores, y Syd, harto de que su voz no se oyera, por momentos dejaba de cantar en medio de un verso o bien lo hacía lejos del micrófono. Apenas hablaba entre canciones, y para la mitad del show era más que evidente que no quería estar ahí. Se dirigió al público para informar el nombre de lo que acababan de tocar (Gigolo Aunt) y solo pudo decir “No sé cómo se llamaba esa”. Las zapadas bluseras fueron usadas como interludios, con Syd, en una oportunidad, ensimismado en un solo que duró diez minutos. Para la mitad del show el amplificador de Monck dejó de funcionar, y solo quedó haciendo mímica, mientras Twink intentaba llevar el ritmo frente al erratismo de los compases de la guitarra. Una muchacha hippie se subió al escenario a bailar. Syd la miró con cierto asombro y después la ignoró. De golpe dejaba de tocar, se rascaba la nariz, suspiraba, y seguía. La poca gente que quedaba en la audiencia empezó a abandonar el lugar.

 

La medianoche llegó y encontró al guitarrista sobre el fondo del escenario, tocando estoicamente, equivocando acordes. Un empleado de limpieza no tuvo el menor empacho en empezar a recorrer la sala con su carro, haciendo un ruido que casi tapaba al que salía de los amplificadores.

 

Durante la última canción Syd se cortó un dedo con una cuerda y sangró sobre la guitarra hasta el final. Una hora después de empezado el show, desenchufó su guitarra. Las luces se encendieron y con tristeza revelaron a tres decenas de personas agrupadas frente al escenario: la única audiencia que quedaba. Sobre las tablas, a un costado, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, Roy Hollingworth, un joven periodista de Melody Maker, prácticamente un adolescente, invitado por el promotor había presenciado lo que varios consideraron la caída artística de Syd Barrett en vivo y en directo.

 

El sábado 26 de febrero tocaron de nuevo en The Corn Exchange, esta vez junto a la banda alemana de rock espacial Nektar. El show fue otro fiasco: todo empezó bien, pero al cabo de un par de minutos Syd se quedó mirando fijo a la audiencia y volvió a encerrarse en sí mismo y a brindar una actuación descalibrada.

 

El sábado siguiente salió el nuevo número de Melody Maker. Incluida estaba la cobertura que el periodista Roy Hollingworth había hecho de la fecha con los MC5. De alguna manera, el ejemplar llegó a manos de Syd y este arrancó la página y caminó hasta la habitación de Twink, en la calle Union. Twink leyó lo que Syd le había entregado. El titular decía: “El Chiflado regresa”. Era una reseña por demás cruda, despiadada y honesta del show del 24 de febrero.

 

“(…) El Chiflado () sonaba desafinado la mayor parte del tiempo (…). Era como mirar a alguien pegando los pedazos de una memoria que ha sufrido el más severo trauma. (…) ¿Alguien escuchará al Chiflado?”

 

Cuando Twink levantó la mirada de la hoja, Syd dijo, en su lacónico tono de voz, casi sin demostrar mayor emoción: “Ya no quiero tocar”. Y sin dar explicación alguna le dio la espalda y se fue a su casa.

 

Hasta ahora los Stars habían tocado siempre dentro del perímetro de Cambridge, y Syd los estaba dejando justo cuando tenían pisándoles los talones el primer recital fuera de casa: uno en la Universidad de Essex. Twink reclutó a último momento a un ignoto guitarrista llamado Bernie Elliott y allá fueron. Cuando el promotor los vio llegar sin Syd se negó a dejarlos tocar, y eso fue todo. Al menos no habían ensayado material de Syd.

 

Syd se encerró en su sótano y ya nadie lo vería deambulando por la calle como hasta entonces. En lo que a Monck y a Twink respectaba, no volvieron a tener contacto personal con él. La banda, Stars, había tenido apenas un mes de vida.

 

50. ¿Y qué es exactamente una broma?

 

“Syd, no se te debe nada hasta el próximo cuatrimestre”, volvió a repetir Bryan Morrison, antes de aclarar: “Estuviste acá hace dos meses y yo mismo te di un cheque por todo lo que se te debía”.

 

“No, yo no estuve, Morry”, respondió Syd Barrett. “No reconozco esta habitación. Nunca he estado acá antes”. Apesadumbrado, sonaba convencido de lo que estaba diciendo.

 

“Mira esto, Syd”, dijo el corpulento representante, mostrándole un recibo firmado por Syd, dejando constancia de que él mismo había retirado el cheque en cuestión.

 

Syd se quedó inmóvil en su asiento. Y así pasó un rato. Bryan, un tipo corpulento por demás, casi pendenciero, cuatro años mayor que el otro, no dudó en sostenerle esa mirada vacía que a todos perturbaba. Pero cuando el otro explotó de la nada, él no pudo evitar saltar en su sillón como lo hubiera hecho cualquier otro.

 

“¡Bastardo tramposo!”, gritó Syd incorporándose.

 

“¿Qué?”, preguntó, furioso, a su vez Morrison.

 

“Eso está firmado con tinta roja. Yo nunca uso tinta roja. ¡Odio el rojo!”

 

Y, al menos por esa vez, se levantó y se fue de la oficina insultándolo sin recurrir a la violencia física, cómo la vez anterior, cuando había saltado por encima del escritorio y había intentado morderle los dedos de una mano.

 

La paciencia de Bryan Morrison estaba colmada. Casi todos los meses lo tenía a Syd Barrett viajando a Londres y presentándose en las oficinas de Lupus Music. Al resto de los empleados no les molestaba, porque solamente se sentaba sin hablar, tomaba el café que le ofrecían y se iba. Pero si se encontraba con el jefe, no dudaba en pedirle dinero de los derechos de autor que la compañía recaudaba para él. “No me hablen del condenado Syd Barrett” era una frase muy frecuente en la boca de Morrison.

 

Cuando el 9 de mayo de 1972 el contrato que Syd tenía con EMI llegó a su fin, Morrison prometió que lo renegociaría, pero antes le hizo firmar al joven de veintiséis años una declaración jurada en la que manifestaba ya no tener ningún tipo de asociación con Pink Floyd ni ningún interés financiero en futuras grabaciones de la banda.

 

51. Steve Peregrin Took

 

Steve Peregrin Took había sido la otra mitad de Tyrannosaurus Rex hasta que Marc Bolan, cantante, guitarrista y principal compositor, se cansó de la desmedida afición a las drogas del percusionista y multiinstrumentista. Económicamente en bancarrota y apadrinado por quien por entonces también se había desvinculado de Tyrannosaurus Rex, el manager Tony Secunda, en el otoño boreal de 1972 Steve estaba viviendo en el subsuelo de las oficinas que Tony tenía en el distrito londinense de Mayfair. Un subsuelo que resultaba ser, además, un estudio musical con una grabadora de ocho canales que el manager le había hecho instalar y en el cual esperaba que Steve produjera una serie de demos de calidad suficiente como para cumplir con el contrato discográfico que le había negociado con Warner Brothers por un disco como solista.

Steve era un drogadicto perdido al que llamaban “El Contaminador Fantasma” (The Phantom Spiker), por la costumbre de adulterar infusiones, ponches y pintas con ácido lisérgico a modo de broma.Y no dudó en usar el subsuelo para prolongadas juergas en las que, cuando la cordura lo permitía, los invitados colaboraban sobregrabando instrumentos en las canciones que el anfitrión iba bosquejando. Miembros de los Pink Fairies, de Hawkwind, de Junior’s Eyes… El año anterior Steve había formado un supergrupo llamado Shagrat, en el que había salido de su habitual papel como percusionista para cantar y tocar la guitarra. En ese orden de ideas, en el subsuelo había estado trabajando en una reversión de la excelente Beautiful Deceiver (Hermosa engañadora), una canción acústica ya grabada, precisamente, por Shagrat. Y quien durante esas sesiones también visitó al ex Tyrannosaurus Rex fue Syd Barrett. Ambos llevaban ya un par de años de amistad, y Steve era una de las pocas personas a las que Syd quería ver por entonces, cada vez que se subía al tren y viajaba a Londres por unos días.

 

En la nueva versión de Beautiful Deceiver, gracias a su permanente estado de atontamiento canábico -se cayó de la banqueta y el ruido quedó grabado para la posteridad-, la voz de Steve Took acentuaba esa cualidad etérea de la melodía vocal, casi como si se una cinta pasada en reversa se tratara. Syd tocó una guitarra acústica, y repitió su colaboración grabando en la canción nueva Molecular Lucky Charm, agregando en la mezcla de su guitarra unas vocalizaciones extrañas plagadas de efectos.

 

El disco para Warner nunca llegó a materializarse y Steve y sus amigos se terminaron gastando las treinta mil libras de adelanto en alcohol y drogas.

 

52. La última vez en vivo

 

En el otoño de 1973, en octubre, el poeta Pete Brown había organizado una lectura de poesía en un salón en Cambridge. La idea era, una vez terminado el evento, viajar hasta Colchester, en el condado vecino de Essex, donde vivía el bajista Jack Bruce. Pete y Jack habían sido socios letristas desde los días de Cream, y ahora que la última banda del bajista (West, Bruce and Laing) estaba disuelta, iban a ponerse a trabajar con las canciones de su cuarto disco solista.

 

Jack viajó hasta Cambridge para encontrarse con Pete en el evento de poesía y después viajar juntos hasta Colchester, pero a la hora en que la lectura debía empezar el poeta todavía estaba en viaje: su tren se había retrasado. Cuando un par de horas después llegó al lugar, corriendo y preocupado, se encontró con que su socio había salido en su ayuda y estaba tocando en el escenario para la aburrida audiencia. Alguien lo había reconocido, le había prestado un contrabajo, y junto a un desconocido que tenía una guitarra acústica estaban en plena jam session, tocando un standard de jazz de Horace Silver, Doodlin’.

 

Con la llegada del poeta los músicos bajaron del escenario y empezó la lectura.

 

“Me gustaría dedicar este próximo poema a Syd Barrett, porque es un nativo de Cambridge a quien considero la persona que empezó con la psicodelia en Inglaterra y uno de los grandes poetas y letristas de su generación”, dijo Brown promediando la noche.

 

Fue entonces cuando entre los presentes alguien se puso de pie y gritó: “¡No, no lo soy!”. Todas las cabezas se volvieron hacia él, un hombre de pelo corto y vestimenta muy formal. Recién entonces Pete pudo reconocer al guitarrista de jazz que había visto al llegar sobre el escenario. Para peor, el propio Jack había ignorado por completo la identidad del músico con quien había estado improvisando más temprano.

 

Sin palabras, Pete Brown volvió sus ojos hacia la página que tenía en la mano y empezó a leer “Buenas noches, Eliza Doolittle: la muerte del Poder Floral”.

 

Cuando volvió a mirar a la audiencia, Syd Barrett, guitarra en mano, se había esfumado del salón. La de esa noche había sido la última actuación en vivo de su vida. Tenía veintisiete años.

 

53. Chelsea Cloisters

 

Las últimas semanas de 1973 lo encontraron a Syd Barrett viviendo de nuevo en Londres. Pink Floyd tenía fanáticos, y esos fanáticos habían descubierto la dirección postal de la madre del genio al que la enfermedad mental había llevado a dimitir, y no dudaban en tocar el timbre pidiéndole autógrafos, dejándole regalos o simplemente queriendo estrechar su mano. Después de un merodeo por diversos hoteles de lujo, Bryan Morrison le había encontrado un departamento en un complejo llamado Chelsea Cloisters, en la avenida Sloane, por el distrito londinense de South Kensington. Pagaba veinte libras por semana y el edificio, una masa enorme de hormigón, parecía ser el lugar indicado para alguien que buscaba privacidad. Su propio nombre (Claustros de Chelsea) ya lo indicaba.

 

En uno de los dos ambientes del departamento 903 del noveno piso del búnquer Syd empezó a delinear lo que sería su rutina diaria de ahí en adelante. Pasaba los días y las noches sentado frente a un enorme televisor, fumando y mirando la pantalla con la mirada perdida. Casi nadie lo visitaba, y muy pocos de los que intentaron hacerlo lograron que les abriera la puerta.

 

Cuando salía, lo hacía para tomar algunas pintas de cerveza Guinness, su favorita, en un bar cercano, para ir a las oficinas de Lupus Music a pedir dinero o para comprar televisores enormes que continuamente recambiaba, o guitarras y amplificadores. Las cosas se empezaban a acumular en el departamento, hasta que las regalaba, casi siempre a los porteros del edificio.

 

54. El tercer L.P.

 

Las ventas millonarias que The Dark Side of the Moon (El lado oscuro de la luna) llevaron a EMI a re-editar en diciembre de 1973 los dos primeros discos de Pink Floyd en un álbum doble llamado A Nice Pair (Un lindo par). El interés en Syd Barrett que generó esa edición puso en estado de alerta a los ejecutivos de EMI. Querían a Syd de vuelta en los estudios Abbey Road.

 

Bryan Morrison no prometió nada, y tampoco lo hizo Peter Jenner, el productor con el que Syd había aceptado trabajar, el mismo de las primeras sesiones de The Madcap Laughs. “Syd va a venir”, le explicó a la gente de EMI. “No está en muy buena forma, solamente vamos a ver qué podemos conseguir”.

 

Se reservó el estudio 3 por cuatro días, empezando el 12 de agosto de 1974.

 

Un Syd algo sucio y desalineado, con el pelo largo y barba de un par de días se presentó con una Fender Stratocaster eléctrica, una de las seis que guardaba en su departamento de Chelsea Cloisters. El problema era que la guitarra no tenía cuerdas. Por algún motivo, en Abbey Road ese día estaba Phil May, el cantante de los Pretty Things, que le prestó un juego de cuerdas. Ahora estaban listos para empezar.

 

O no. Porque Syd sacó su cuaderno y dijo que necesitaba que sus nuevas letras fueran tipeadas. Alguien se lo llevó a una de las oficinas y se ocupó de pasar a máquina el escueto contenido del cuaderno. Pero la cinta de la máquina había quedado posicionada en la franja de tinta roja, y el mecanógrafo ad-hoc no se molestó en modificarla. Cuando volvió al estudio 3, Syd, sin dilación, al ver que sus letras habían sido mecanografiadas en el color que odiaba, se encolerizó y se apoderó de la mano que le tendía las hojas. A punto estuvo de lograr morderle los dedos al pobre empleado.

 

Se pasó el resto del día tocando riffs y rasgueos de boogie y de blues, muchos con marcadas reminiscencias de clásicos de más de una década atrás, en especial algunos de Bo Diddley o Lightin’ Hopkins. Jenner, en el colmo de la tensión, lo observaba esperanzado. Por momentos de todo ese sinsentido creía intuir el fantasma de alguna nueva canción, pero no había estructura.Tampoco vocalización alguna, porque se negaba a cantar. La orden eran mantener las cintas rodando, cualquier cosa podía llegar a servir, no se sabía en qué momento el genio podía emerger de esa sábana de acordes.

 

Había problemas adicionales, claro está. A Syd a veces se le ocurría desenchufar su guitarra y seguir tocando. Cuando eso pasaba, John Leckie, el ingeniero de sonido asignado para estas sesiones, debía colocar un micrófono cerca de la mano de Syd, para al menos poder registrar el sonido de las cuerdas al ser golpeadas por la púa.

 

Al final del día tenían tres carretes de cinta llenos de guitarra. Jenner pudo sacar en limpio una decena de piezas que podían llegar a ser el germen de futuras canciones. Apenas veinte minutos de música, en total. Solo uno de los fragmentos tenía nombre: If You Go, Don’t Be Slow, del que había dos tomas con potencial. Jenner le puso nombres provisionales al resto: Boogie #1, Boogie #2, Boogie #3, Fast Boogie, Slow Boogie, Ballad, John Lee Hooker, Chooka Chooka Chug Chug

 

Al día siguiente, Syd usó la segunda sesión para sobregrabar una guitarra líder en cada uno de los fragmentos seleccionados por Jenner. De nuevo había un problema: se negaba a usar auriculares. De hecho, lograba resultados coherentes, pero apenas estaba escuchando la pista sobre la que grababa. Era como si no quisiera escucharse a sí mismo.

 

Ese mismo día, 13 de agosto de 1974, Peter Jenner, desesperado, intuyendo que nada bueno saldría de esas sesiones, con suma discreción y aprovechando que Syd había salido a dar un paseo, le pidió a John Leckie que lo ayudara a mezclar en estéreo algunas canciones descartadas en el pasado. Pensaba, de momento, entregarle eso a EMI en el lugar de un material nuevo de dudosa producción. De los días de Pink Floyd, eligió las dos gemas descartadas: Scream Thy Last Scream y Vegetable Man; de The Madcap Laughs, Silas Lang (o la versión instrumental de Swan Lee) y la versión coral de Dark Globe y Opel; y de Barrett, Milky Way, Birdy Hop y Word Song. Se permitió agregar ecos, reverberaciones y algún otro efecto de sonido.

 

En el tercer día Syd sobregrabó el bajo a las dos guitarras grabadas en cada fragmento. En el día cuarto dijo que grabaría la batería, dejando intrigados a Jenner y a Leckie, porque no era un instrumento que Syd dominara. Eso sí, había hecho traer una recién comprada, con los tambores y los platillos todavía en sus cajas y envoltorios.

 

No tuvieron oportunidad de develar el enigma: mientras grababa las partes de bajo -una labor que, por cierto, estaba llevando a cabo con bastante excelencia- Syd dijo que iría a dar un paseo. Cuando por la única ventana del estudio lo vieron cruzar la famosa senda peatonal de la portada del disco de The Beatles en dirección a la estación de subte, supieron que ya no volvería.

 

Una vez más, Pink Floyd vetó el uso de Scream Thy Last Scream y Vegetable Man en un disco de Syd Barrett y el sueño de un tercer disco solista quedó trunco. Trunco para siempre, porque la sesión del 14 de agosto de 1974 marcaría la última vez que Syd pisaría un estudio de grabación. Tenía veintiocho años.

 

55. Venta de derechos

 

Sin un tercer álbum solista, el plan de EMI fue hacer lo mismo que con A Nice Pair, pero con los dos discos de Syd.

 

Promediando el verano de 1974, con Syd Barrett (la reedición de The Madcap Laughs/ Barrett) en camino, Storm Thorgerson tuvo la idea de usar alguna foto actual del músico para la portada. De alguna manera logró llegar hasta la puerta del departamento 903. Intentó convencer a Syd para que abriera, pero este se negó. Terminó usando una foto de Syd en Wetherby Mansions en un collage minimalista con una ciruela, una naranja y una caja de fósforos, rememorando aquel primer viaje con LSD.

 

Siempre encerrado en Chelsea Cloisters, donde la colección de guitarras ya superaba la veintena y la cerveza Guiness, los restaurantes de lujo que visitaba por la noche y el Mandrax empezaban a hacer efecto en su peso corporal, no mucho tiempo después del último fiasco en Abbey Road Syd caminó hasta las oficinas de Lupus Music y tramitó la venta de los derechos de autor de sus dos discos solistas. Desde entonces, su único ingreso económico provendría de las ventas de los discos de Pink Floyd que contenían canciones suyas.

 

56. Quisiera que estuvieras aquí (parte 2)

 

Cuando el 5 de junio de 1975, finalmente, en la sala de control del estudio 3 de Abbey Road, como si del recuerdo de una pesadilla de la noche anterior se tratara, Rick Wright pudo unir rasgos y gestos pretéritos a la voz del hombre que él y Roger Waters tenían sentado a sus espaldas, había pasado casi una hora. Una hora desde que los cuatro integrantes de la banda y algunos asistentes e ingenieros de sonido habían empezado a preguntarse mutuamente al respecto.

 

Roger intentó hablarle, saludarlo, pero tuvo que volver la cara de nuevo a la consola para poder ocultar las lágrimas que le saltaron de la cara. Eso que estaba ahí era Syd Barrett, física y psicológicamente arruinado a los 29 años de edad, y ellos habían dejado que ocurriera, abandonando a su suerte al amigo que les había dado los primeros éxitos de la banda. A su lado, Rick parecía inmune a la culpa o la compasión.

 

Coincidió este momento con la llegada de David Gilmour con su flamante esposa Ginger: venían del registro civil, acababan de contraer matrimonio prácticamente en secreto. Roger se puso de pie y les salió al paso. “Mira quién está sentado en el sofá”, le dijo al guitarrista.

 

Cuando la pareja y Nick Mason entraron en la sala de control, no pudieron menos que sentirse fuertemente perturbados. Lo cual no impediría que el baterista tuviera el descaro de tomarle un par de fotos con su máquina Polaroid.

 

Syd respondió algunas de las preguntas que sus antiguos amigos le hicieron en medio de la conmoción del momento. Lo hizo en ese tono suave y medido que siempre lo había caracterizado, pero con respuestas no del todo elocuentes, ni mucho menos. De alguna manera difícil de explicar, Syd estaba y no estaba ahí al mismo tiempo.

 

David trató de aliviar el momento invitándolos a todos a una reunión improvisada en la cantina de Abbey Road. Roger propuso darle una escucha colectiva de la mezcla más o menos acabada que acababa de hacer de la extensa Shine On You Crazy Diamond (Sigue brillando, tú, diamante loco), una canción dividida en nueve partes que formaban un todo. La habían tocado durante las giras por Francia y el Reino Unido durante el año anterior, y en algunas de las presentaciones solían poner como introducción algunos segundos de Dark Globe, la canción de Syd.

 

A medida que Shine On You Crazy Diamond iba acercándose a los nueve minutos, la tensión entre los cuatro miembros vigentes en la banda aumentaba. Y finalmente la voz de Roger Waters hizo su aparición. Ninguno sabía cómo podía reaccionar Syd en el caso de que estuviera en condiciones de interpretar la letra.

 

“Recuerda cuando eras joven, brillabas como el sol”, cantó Waters en la cinta que acababan de mezclar, e inmediatamente antes del siguiente verso (“Ahora hay una mirada en tus ojos, como agujeros negros en el cielo”) una risa entre dientes se escuchó en los monitores, la misma risa del lunático de la canción Brain Damage (Daño cerebral), de The Dark Side of the Moon.

 

Y las alusiones a Syd siguieron una detrás de la otra en la letra de la canción, lamentando que nadie supiera dónde estaba, “cuán cerca o cuán lejos”. El último verso de la parte VII no había dejado lugar a dudas sobre la identidad del homenajeado: “¡Vamos, tú, pintor, tú, flautista, tú, prisionero, y brilla!”. Promediando los veintidós minutos, la parte VIII dio lugar a la elegía final, a una marcha fúnebre en cuyos últimos segundos podía escucharse, salida de la nada, la melodía de un par de compases de See Emily Play.

 

Waters, algo recompuesto, se volvió y le preguntó: “Y bien, Syd, ¿qué te pareció?”. “Suena un poco viejo”, se limitó a responder, fiel al halo de misterio que para todos había estado envolviendo su mente desde 1967.

 

Alguien quiso escuchar de nuevo la canción, y Syd también se permitió opinar al respecto. “Ya lo escucharon una vez. No hay necesidad de escucharlo de nuevo”.

 

Aturdidos como estaban todos, tanto aquel que no se apenaba de Syd como aquellos que sí, estaba claro que el día de trabajo había terminado. Decidieron que irían todos a la cantina a disfrutar del brindis por el matrimonio de David.

 

Pasado el shock inicial, el recién casado parecía de alguna manera haber encontrado consuelo en la alegría de haber reencontrado a su amigo. Con sonrisas le hacía saber a los que se acercaron a saludar que ese que tenía a su lado era Syd. Jerry Shirley estaba ahí con su esposa, y pudo también intercambiar algunas palabras. ¿Qué hacía Syd últimamente? No, mucho, le contestó. Comer y dormir, dar un paseo. Tenía una enorme heladera, dijo, llena de chuletas de cerdo.

 

Sin previo aviso, y aprovechando algún descuido de David, Syd se levantó de la mesa y se perdió por los pasillos de los estudios hasta llegar a la puerta de salida. En el estacionamiento estaba Phil Taylor, el nuevo técnico que los Floyd habían contratado para atender el sonido de las guitarras de Gilmour. Con las llaves en la mano, vio cómo ese sujeto gordo sin pelo en la cabeza, claramente perturbado o retrasado mental, lo buscaba con la mirada, seguramente esperando que lo invitara a subir a su auto para no volver a casa a pie. Phil no dudó en agachar la cabeza y simular no haberlo visto, antes de subir a su auto y salir dejándolo ahí parado.

 

57. Encarcelamiento de un niño floral

 

A comienzos de 1977, cuando Malcolm McLaren intentó ubicar a Syd Barrett para tener una charla, éste todavía vivía encerrado en Chelsea Cloisters. Lo que quería el manager de los Sex Pistols era convencerlo para que produjera el primer larga duración de la banda. Barrett se negó a atenderlo, y la misma suerte corrieron The Damned ese mismo año. Pero estos últimos decidieron enfrentarse incluso al punk, y como una broma cruel consiguieron ese mismo año que Nick Mason, el baterista de Pink Floyd, produjera su segundo disco. “No tenía ni idea”, fue el balance de Captain Sensible, el líder musical de la banda, una vez que el resultado de las sesiones fue editado.

 

Por entonces, los porteros del edificio habían empezado a habituarse a la conducta del “tipo que había estado en Pink Floyd”. Una vez lo vieron salir con un elegante sobretodo puesto, pero calzando zapatillas deportivas. Debajo del abrigo llevaba un vestido de mujer… En otra oportunidad, en un ataque de furia destrozó la puerta de su departamento hasta hacerla caer al suelo. Todo lo que compraba lo descartaba, como nuevo. Algunas veces lo tiraba a la basura. Otras lo regalaba a los porteros. Televisores, guitarras, amplificadores… A uno de ellos, de nombre Ronnie Salmon, junto con otras cosas le regaló una caja llena de cintas con grabaciones suyas. Ronnie se llevó la caja pero en el camino a su casa entró en un negocio de la calle Oxford para comprarse ropa. Cuando, caminando por la calle, se percató de que había dejado la caja en el probador, volvió corriendo a recuperarla. Como era de esperarse en un episodio relacionado con Syd, las cintas habían desaparecido.

 

A mediados de ese 1977, Gayla Pinion, que estaba de nuevo en Londres, divisó entre las góndolas de un supermercado de la calle Fulham a un sujeto gordo y con el pelo muy corto, afeitado a los costados y en la nuca, haciendo malabarismo con una lata de sopa Campbell, sonriéndole. Le costó un poco reconocerlo, y decidió fingir no haberlo visto. Pero cuando salió del lugar volvió a verlo afuera, y no pudo seguir con la farsa y lo llamó por su nombre. Syd se dio vuelta y le dijo, antes que nada, “Qué fantástico verte por acá”.

 

Después de haberse saludado formalmente, Syd la invitó a tomar algo, y en el bar Gayla comprobó que el hombre apenas tomaba ahora y era un fanático de la cerveza negra. La invitó a pasar por su departamento, no demasiado lejos de donde estaban.

 

A Gayla la repelió el olor que había en ese lugar sin ventilación, con la habitación principal apenas ocupada por un enorme televisor y un sillón. Syd le ofreció una taza de té y desapareció por la puerta de la cocina. Cuando volvió, se estaba desabrochando el pantalón con una mano. En la otra tenía una chequera. Los pantalones cayeron y Syd preguntó: “¿Cuánto quieres? Vamos, bájate la bombacha”. Gayla salió del departamento tan rápido como pudo. Nunca volverían a verse.

 

En 1978 el dinero de las regalías, siempre mal administrado, se terminó. Y todavía faltaba un poco para volver a cobrar. Syd debió volver a la casa de su madre. Una casa que ese mismo año Winifred había vendido, mudándose a una propiedad de tres cuartos en el número 6 de Margaret’s Square, en el área suburbana de Cherry Hinton.

 

Este fue el momento en que Syd dejó de responder al sobrenombre con el que había adquirido su celebridad. A los treinta y dos años, volvía a ser Roger Barrett.

 

Pero no sería este el único cambio que a los ojos de su madre se había operado. El hijo de Winifred ahora era un ser infeliz y violento.

 

Para mantenerlo ocupado, la madre de Roger Waters le conseguía trabajos como jardinero. La ocupación le duró algunas semanas, hasta que, trabajando en la casa de unos ricachones, una tormenta eléctrica lo sorprendió. Al igual que en Formentera, Syd entró en pánico y volvió corriendo a su casa, abandonando no solo su trabajo, sino incluso las herramientas.

 

Sobre el final de la década desarrolló una úlcera estomacal, probablemente debido a los años que había pasado abusando del Mandrax y el alcohol. Durante el tratamiento perdió la suficiente cantidad de peso como para volver a ser, al menos físicamente, el mismo Syd de comienzos de los setentas, aunque las señales de una incipiente calvicie ya se hacían notar.

 

Un día de 1981 su madre volvió a casa y se encontró con destrozos varios en el mobiliario, y con Syd tirado en el piso, inmóvil entre platos rotos, en pleno colapso mental. La ambulancia lo llevó al Hospital Fulbourn, en las afueras de la ciudad pero muy cerca de su hogar. Era, casualmente, un lugar al que solían ir en auto con su novia Libby y sus amigos durante la adolescencia, para sentarse y conversar mirando el nosocomio en la lejanía campestre.

 

Al momento de ser ingresado se le inyectó Largactyl, un sedante usado en casos de psicosis. Sería la única oportunidad en que Syd recibiría medicación psiquiátrica recetada. La única oportunidad en toda su vida.

 

En Fulbourne pasó solo un par de días antes de ser dado de alta. Con su política de no medicar a sus pacientes, los psiquiatras dijeron que Syd tenía un desorden de la personalidad. Nada demasiado grave, se suponía. Ni siquiera una enfermedad.

 

Algunos meses después, a través de la gestión de los Servicios Sociales su madre le consiguió una internación en un misión cristiana llamada Greenwoods, en la villa de Stock, en Essex. Greenwoods funcionaba como una “comunidad terapéutica” donde Syd pasó cerca de un año asistiendo a sesiones de terapia grupal y haciendo manualidades. Un día decidió volver a la casa de su madre. Hizo el camino de un condado al otro a pie.

 

A su regreso, Winifred, temerosa de los ataques violentos de su hijo, decidió mudarse a la casa de la familia de su hija Rosemary. Nunca regresaría a su propio hogar, ni siquiera cuando Syd debió ser internado para que cerraran una perforación en su estómago.

 

Después de quedar solo en la casa de Margaret’s Square, Syd había cobrado una buena suma de libras en concepto de derechos de autor que se habían retrasado y acumulado. Decidió volver a vivir en Londres, de nuevo en Chelsea Cloisters. Era el verano de 1982, y su vida en un departamento se reanudó tal como la había dejado cuatro años atrás, con su típico despilfarro y el aislamiento estéril, delante de un televisor.

 

El regreso duró poco, apenas algunas semanas. Un día salió caminando del edificio, y caminando llegó a Cambridge. Había recorrido ochenta kilómetros, al costado de la ruta, con breves pausas para descansar. Sus pies habían quedado cubiertos por enormes ampollas que tardaron un par de semanas en curarse.

 

58. Una reliquia confiscada

 

Cuando el organizador de eventos Steve Brink conoció por casualidad a un tal Gary Lucas un 27 de enero de 1972 y le pidió que con una grabadora Revox registrara el que terminaría siendo el último recital de The Last Minute Put Together Boogie Band, este último llamó por teléfono a la Cambridge University Tape Recording Society (Sociedad de Grabaciones de Cintas de la Universidad de Cambridge) para pedir prestado un set de micrófonos. El secretario de la entidad no dudó en darle una mano, y una amistad nació. Mike Kemp, tal era su nombre, se asociaría ese mismo año con Lucas para dar inicio a una empresa que llegaría a darles millones en dividendos y a tener un plantel de más de cien empleados y oficinas en varios países. El nombre que le dieron al emprendimiento fue Spaceward Records y era, precisamente, un estudio de grabación profesional donde llegaron a grabar bandas como Bauhaus, Iron Maiden, The Stranglers, Stiff Little Fingers, Tubeway Army o Modern English.

 

En el verano de 1985 los estudios Spaceward estaban afincados en la villa cantabrigense de Stretham. Mark Graham, un empleado de Mike y Gary, estaba con un compañero de trabajo haciendo limpieza en el altillo ubicado sobre la sala de control. Había cientos de cajas con carretes de cintas master juntando polvo. La orden de los jefes era la de telefonear a las bandas y los sellos discográficos relacionados con cada cinta y urgirlos para que las retiraran o les permitieran borrar el contenido para volver a usarlas.

 

Mark bajó la escalera temblando, con una de las cintas en la mano. Buscaron una máquina Revox, montaron la cinta y se dispusieron a comprobar si lo que con marcador alguien había escrito sobre la caja se correspondía con el contenido.

 

“Six Hour Technicolour Dream: Hawkwind – The Last Minute Put Together Boogie Band c/ Syd Barrett – Pink Fairies (27/01/1972)”

 

Si todo concordaba y, por sobre todas las cosas, si esa cinta todavía estaba en condiciones de ser reproducida, entonces estarían frente a todo un descubrimiento arqueológico: una grabación perdida del mismísimo Syd Barrett.

 

La cinta resultó ser una copia que Gary le había hecho a Mike el día del festival. Técnicamente, ahora Mark, le gustara o no, tenía que conducirse como lo estaba haciendo con cualquiera de las otras cintas del altillo: llamarlo, en primer lugar, a Syd.

 

Pero ni el nombre o ni la dirección aparecían en la guía telefónica de Cambridge, y nadie parecía tener idea de que siquiera el músico retirado tuviera teléfono en su casa. A varias millas de distancia de la ciudad capital del condado, Mark prefirió llamar a Londres, a las oficinas de EMI. Desconocía qué tipo de relación comercial podía la discográfica tener con Barrett, pero en ese momento fue lo único que se le ocurrió.

 

Al día siguiente un costoso y sobrio automóvil estacionó en la puerta de los estudios Spaceward. Un tipo muy elegante, de traje y corbata, hizo su ingreso. Se sentó en una de las oficinas y con mucha atención escuchó la cinta mientras tomaba el café que Mark le servía. Se mantuvo en silencio hasta que la participación de Syd Barrett en el último show de The Last Minute Put Together Boogie Band terminó.

 

“Esta grabación no puede agregarle nada a la leyenda del señor Syd Barrett”, le dijo con solemnidad. “Solo puede restarle valor. Nunca debe hacerse pública”.

 

Desmontó de la máquina la única copia sobreviviente de la grabación, y con ella salió del estudio hacia el auto, que no tardó en arrancar hacia Londres.

 

59. Por dentro me siento solo e irreal

 

En 1987 EMI editó Opel, un disco de rarezas que incluía una cierta cantidad de canciones de Syd Barrett por completo desconocidas. El hecho de que Pink Floyd siguiera vetando la inclusión de Vegetable Man y Scream Thy Last Scream obligó a rellenar los treinta y ocho minutos del disco con tomas descartadas de canciones ya incluidas en los dos discos del músico. Podrían haber incluido los instrumentales Rhamadan (de veinte minutos) o la parte 2 de Lanky (siete minutos), pero por algún motivo volvieron a descartarlos. Con la inclusión de las primeras versiones de Octopus y Golden Hair, de Swan Lee y de la parte 1 de Lanky, Peter Jenner recibió por primera vez créditos como productor de Syd.

 

Por entonces el artista ya llevaba varios años sin tocar una guitarra y pasaba sus días pintando, mientras escuchaba jazz y música clásica. Terminaba los enormes lienzos, los fotografiaba y los quemaba en el patio de la casa. A su madre la veía un par de veces por semana, cuando lo acompañaba al supermercado.

 

El 30 de septiembre de 1991 Winifred falleció. Syd no asistió al funeral, y más tarde llevó a cabo la quema de sus libros de arte.

 

Empezó a ocupar su tiempo haciendo trabajos de carpintería en su casa, aunque dando muestras de muy poca habilidad manual o pragmatismo. Con frecuencia eran trabajos de orden surrealista, como alargar las patas de una silla con trozos de madera o cambiar los picaportes por hipopótamos de plástico. Había pintado cada pared de la casa de un color diferente. Cuando su hermana se lo objetó, él se limitó a responder “Son todas paredes diferentes”.

 

En abril de 1992, en una serie de cartas formales y detalladas dirigidas a su hermana, un productor norteamericano de Atlantic Records le ofreció doscientas mil libras por entregar una grabación. Una grabación de lo que fuera, casera, o si lo prefería pondrían un estudio a su disposición. Si eran algunas canciones, mejor, pero aceptaría cualquier cosa, desde recitados hasta ruidos. Como era de esperarse, la oferta fue rechazada.

 

En 1998 le diagnosticaron diabetes tipo 2. Remiso a seguir la dieta y la medicación prescriptas, en los años siguientes tendrían que amputarle tres dedos de los pies.

 

En 2001 fue editada la recopilación The Best of Syd Barrett: Wouldn’t You Miss Me?, que contenía, por primera vez editada, Bob Dylan Blues, cuya única copia en cinta -el original fue extraviado o destruido por EMI- había estado hasta entonces en poder de David Gilmour, junto con la también inédita Living Alone.

 

Desde 1985, cuando después de algunas averiguaciones se enteró que nadie se estaba ocupando de enviar el cheque de las regalías a su amigo, y que este estaba viviendo de una pensión por invalidez mental, Gilmour era quien se aseguraba de que ese dinero llegara a destino. Si bien tanto Rosemary como, en su momento, Winifred habían dejado en claro que ningún miembro de Pink Floyd debía ponerse en contacto con Syd, debido al estado de depresión en que podía quedar sumido, solo David había intentado hacerlo. Pero, respetando la decisión de la familia, se limitaba a llamar por teléfono a la casa de Rosemary un par de veces al año para tener noticias de su amigo. Con los derechos de autor de sus discos solistas vendidos, David se encargó de incluir en cada álbum compilatorio de Pink Floyd al menos una canción de Syd, para así seguir garantizándole ingresos económicos. En un año, Syd ganaba un promedio de doscientas mil libras. El éxito de Echoes: The Best of Pink Floyd, otra recopilación de 2001, le generaría unos dos millones, gracias a las cinco canciones de su autoría incluidas.

 

60. Dos de una clase (parte 2)

 

El 24 de noviembre de 2001, el programa de documentales de arte Omnibus, del canal BBC 2, emitió un episodio de una hora dedicado a Syd Barrett. Diferentes personas que habían formado parte de su vida brindaron sus testimonios, incluidos los otros cuatro miembros de Pink Floyd. Syd, que no tenía televisor en su casa, lo miró completo desde el sillón de la sala de estar de su hermana Rosemary. La diabetes no lo había dejado ciego, como un lustro antes había dicho Rick Wright en una entrevista.

 

En 2006 el mismo documental (The Pink Floyd and Syd Barrett Story) se reeditó en DVD conteniendo las entrevistas completas, sin editar, que el director (el documentarista John Edginton) llevó a cabo con cada uno de los cuatro Pink Floyd de la era post-Barrett. Cada una de estas entrevistas tenía una duración aún mayor que la del documental completo, en algunos de los casos superando los ochenta minutos.

 

La entrevista con Rick Wright tuvo lugar una tarde de septiembre de 2001, en su casa de Londres. Hablando de sus comienzos como músico, Rick le cuenta a Edginton:

 

“En realidad yo había escrito una canción, bastante antes de haber conocido a la banda (Pink Floyd)… Tenía una canción editada en un lado B de Peter & Gordon, en realidad… Two of a Kind, que, tan extraño como suena, ha sido atribuida a Syd. Pero en realidad fue… Yo la escribí, incluso antes de ir a la escuela de arquitectura… y, como sea…”

 

“Ha sido…”, acota el director, fuera de cámara. “Fue grabada por Syd, ¿no? O fue…”

 

“Bueno…”, interrumpe Rick.

 

“… contigo tocando también, creo. En una sesión de la BBC, o era en… ¿Estoy en lo cierto?”

 

No, John Edginton no estaba en lo cierto. Rick Wright no había tocado en ninguna de las dos sesiones para la BBC que Syd había hecho.

 

“Acá es donde mi memoria no es clara al respecto”, admite inmediatamente Wright. “Creo que está en el último… Puedo estar equivocado… Creo que está en el último compilado”.

 

“Creo que es así. Sí”, concuerda Edginton.

 

El último compilado era el disco The Best of Syd Barrett: Wouldn’t You Miss Me?, editado en abril de ese año. Y sí, incluía la versión para la BBC que Syd había grabado de Two of a Kind.

 

Pero la canción que Rick Wright había compuesto antes de unirse a Sigma 6 (los futuros Pink Floyd) no se llamaba Two of a Kind sino You Are the Reason Why. Que, por alguna razón, en lugar alguno de su letra contenía las palabras “two of a kind”. Sí había sido un lado B, pero no un lado B de un simple de Peter & Gordon, sino de uno de Adam, Mike & Tim, un ignoto trío de Liverpool que grabó para la Decca, en 1964, la canción llamada Little Baby. A Wright le pagaron setenta y cinco libras como adelanto por los derechos de autor de la canción destinada al otro lado del vinilo de siete pulgadas.

 

¿Por qué entonces Rick confunde a Adam, Mike & Tim con Peter & Gordon, un dúo pop también inglés de bastante fama por la misma época? Quizás porque ambos proyectos musicales se denominaban con nombres de pila masculinos, los de los respectivos integrantes. O quizás porque en 1967 Peter & Gordon grabaron una canción llamada Sunday for Tea (Domingo para el té) que en su letra decía: “Juntos seguro descubriremos / Que dos de una clase somos / en un domingo para el té” (Together we’ll surely find / That two of a kind are we / On Sunday for tea).

 

De ahí a creer que era de su autoría una canción de Syd que decía en su letra las palabras “two of a kind” había un paso.

 

La memoria de Rick no era buena. Rick objetó así la autenticidad de una canción de Syd, de su propio amigo, sin siquiera detenerse a escuchar la letra, y apoyado sobre una convicción errónea, un recuerdo alterado quién sabe por qué mecanismos mentales. Lo acusó de robar, o bien de plagiar. Mientras Syd insistía en vano, defendiendo su canción. ¿Y a quién iba a darle la razón David Gilmour, que ni siquiera se había tomado el trabajo de escuchar bien la letra de Octopus cuando le puso nombre al primer disco de Syd?

 

61. Epílogo: Todos los incurables tienen cura

 

En mayo de 2006 se le diagnosticó a Syd Barrett un cáncer de páncreas inoperable. Su hermana Rosemary y su cuñado lo vieron, con alivio, totalmente inconsciente de la cercanía de la muerte, sumamente sedado hasta el final. Falleció en su casa, a los sesenta años de edad. En el recuadro “Ocupación” de su certificado de defunción, el encargado de rellenarlo escribió “Músico retirado”. A su funeral, en el crematorio de Cambridge, solo asistió su familia. David Gilmour envió algunas flores.

 

Entre los manuscritos que se encontraron en su casa estaba el supuesto libro sobre la historia del arte que su cuñado había dicho a la prensa que Syd estaba escribiendo. No eran más que nueve páginas en un cuaderno anillado, conteniendo un listado de fechas cronológicas mencionando artistas y movimientos, desde las pinturas rupestres hasta la contemporaneidad, todo copiado de sus libros de arte.

 

Entre otras pertenencias que más tarde fueron vendidas en una subasta de caridad, estaba un manual de psiquiatría editado por la Universidad de Oxford. Syd había hecho anotaciones en determinadas páginas. Por ejemplo las que hablaban de los déficits en la memoria, de la depresión y la paranoia, de los tratamientos. Y del alcohol y las drogas como posible causa de ciertas enfermedades mentales… Esta investigación personal no podía sorprender demasiado. Syd Barrett, más allá de las especulaciones realizadas por profesionales que nunca lo entrevistaron y que no dudaron en adjudicarle esquizofrenia o Síndrome de Asperger, no había tenido jamás un diagnóstico cierto.

 

Al pie de la página en blanco del final del manual, con tinta negra, había copiado: “todos los maníacos depresivos, por lo tanto, se recuperan”.