Steven Soderbergh es uno de esos directores como ya casi no existen porque pudiendo atrincherarse cómodo en el mainstream filmando esos bodrios que la gran industria de hoy en día ofrece de manera maniática, justo como hacen tantos colegas suyos volcados a la renuncia a toda pretensión artística en pos de congraciarse con los oligarcas marketineros descerebrados de los estudios, las productoras y los servicios de streaming, opta en cambio, pasadas ya tres largas décadas desde su lejana ópera prima Sexo, Mentiras y Video (Sex, Lies, and Videotape, 1989), por seguir experimentando a nivel formal y sobre todo por combinar géneros, estilos y registros a lo loco al punto de que su trayectoria resulta una de las más interesantes de yanquilandia gracias a que nunca se sabe con qué se puede llegar a aparecer el señor a continuación, un verdadero y glorioso chiflado ciclotímico siempre dispuesto a sorprender al espectador y a apostar por esa heterogeneidad que hace avanzar al cine, incluso en el ecosistema hiper conservador de nuestro presente y repleto de citas o referencias a épocas mucho mejores y más variadas y ricas de la historia del séptimo arte. Ni un Paso en Falso (No Sudden Move, 2021), su más reciente trabajo, nos hace olvidar sus opus correctos -y no mucho más- inmediatamente previos, léase Let Them All Talk (2020), The Laundromat (2019) y High Flying Bird (2019), y por cierto lo reposiciona en aquel estupendo nivel de las sorprendentes Perturbada (Unsane, 2018), La Estafa de los Logan (Logan Lucky, 2017), Behind the Candelabra (2013), Efectos Colaterales (Side Effects, 2013) y Magic Mike (2012), todas propuestas que dan cuenta del inusitado rango expresivo que maneja el realizador y su sana costumbre de no permanecer mucho tiempo en el mismo lugar ni jamás reducir su producción artística al pastiche posmoderno, fofo y hueco de otros directores, al extremo de saber adaptarse a todas las exigencias comerciales/ productivas/ de exhibición del momento sin perder su idiosincrasia iconoclasta e inquieta todo terreno.
Siguiendo la generosa estela del campo del thriller, el film noir, los dramas criminales, la comedia negra y las caper movies del amigo Steven, esa que incluye a Pasiones Latentes (Underneath, 1995), Un Romance Peligroso (Out of Sight, 1998), Vengar la Sangre (The Limey, 1999), Erin Brockovich (2000), Traffic (2000), La Gran Estafa (Ocean’s Eleven, 2001), sus secuelas de 2004 y 2007, Bubble (2005), Intriga en Berlín (The Good German, 2006), El Desinformante (The Informant!, 2009), Contagio (Contagion, 2011), La Traición (Haywire, 2011) y las citadas Efectos Colaterales, La Estafa de los Logan, Perturbada y The Laundromat, Ni un Paso en Falso por un lado vuelve a ser distribuida por HBO Max como la obra anterior, Let Them All Talk, de la misma forma en que Netflix adquirió los derechos de The Laundromat y High Flying Bird, y por el otro lado constituye la mejor película de género de Soderbergh desde Perturbada, aquí trabajando con mano maestra un guión muy interesante de Ed Solomon que le permite regresar a sus obsesiones de siempre a escala temática, como por ejemplo la corrupción capitalista, la venganza, la identidad individual en crisis, la moral comunal y esa dialéctica de traiciones superpuestas que no dejan indemne a prácticamente nadie dentro de la pirámide plutocrática, abarcando desde las horrendas cúpulas hasta aquellos que sobreviven como pueden en la gigantesca base menesterosa de la sociedad, amén de los juegos marca registrada del cineasta con la imagen y la edición como si todavía estuviese en sus años primigenios correspondientes al indie áspero noventoso, dos rubros en verdad fundamentales que para colmo controla de primera mano mediante seudónimos, Peter Andrews para la fotografía y Mary Ann Bernard para el montaje, hoy sin duda destacándose en especial sus movimientos elegantes de cámara en lo que atañe a las secuencias más agitadas y la magnífica utilización del gran angular durante parte de la faena para ampliar la visión desde una distancia corta y caricaturizar sin freno.
Los dos protagonistas principales son un par de gangsters de poca monta en la Detroit de la década del 50 del siglo pasado, Curt Goynes (gran trabajo de Don Cheadle), que acaba de salir del presidio y viene de robar una libreta con apuestas, deudas, sobornos, chantajes y nombres varios del hampa y el poder público perteneciente a su ex jefe, Aldrick Watkins (Bill Duke), y Ronald Russo (el sublime Benicio Del Toro), el cual está protagonizando un affaire con la esposa, Vanessa (Julia Fox), del capo mafioso italiano de la metrópoli, Frank Capelli (Ray Liotta, garantía absoluta de bajos fondos violentos), dos sujetos contratados a su vez por un tal Doug Jones (Brendan Fraser) para que se sumen a un tercero, Charley (Kieran Culkin), con vistas a secuestrar a la familia de un contador, Matt Wertz (David Harbour), para obligarlo a sacar un documento misterioso de la caja fuerte de su jefe, Mel Forbert (Hugh Maguire), sirviéndose del hecho de que Wertz se está acostando con la secretaria del anterior, Paula Cole (Frankie Shaw). Al abrir la caja el contador descubre que está vacía y pronto trata de engañar a Jones dándole un archivo falso, no obstante el hombre eventualmente descubre el embuste y ordena a Charley que ejecute a la esposa de Wertz (Amy Seimetz) y sus hijos (Noah Jupe y Lucy Holt), así es cómo Curt se niega a formar parte del plan y asesina a Charley para luego confabularse con Ronald con el objetivo de obtener ellos mismos el mentado documento en la morada de Forbert. Mientras el Detective Joe Finney (Jon Hamm) investiga el caso y Capelli y Watkins ponen recompensas sobre las cabezas de ambos gangsters, Goynes y Russo comprenden que los emboscaron cual “mano de obra” prescindible destinada a obtener unos papelitos que valen muchísimo más dinero del que pretendían pagarles desde el vamos, por ello van pasando de intermediario en intermediario hasta llegar al principal interesado, el ejecutivo de la industria automovilística Mike Lowen (Matt Damon), un ricachón dispuesto a pagar 375 mil dólares por el archivo.
Como siempre ocurre en el caso de Soderbergh, el elenco es extraordinario porque todos los actores se sienten de maravillas trabajando con un director cuyo enfoque no intrusivo genera reincidencias en espiral y desempeños naturalistas en la praxis del rodaje como muy pocas veces sucede en nuestros días, donde el control maniático del mainstream provoca una insoportable uniformidad interpretativa debido a que la prolijidad, el sustrato anodino, la corrección política castrada y la falta de aquella chispa de antaño ennegrecen por mucho a los opus resultantes, casi todos intercambiables e hiper mediocres. Retomando en parte el trasfondo testimonial y de denuncia de las diversas mafias institucionales y capitalistas de Erin Brockovich, Traffic, El Desinformante, Contagio, Perturbada, High Flying Bird y The Laundromat, entre otras faenas, el director de las excelentes Che: El Argentino (2008) y Che: Guerrilla (2008) en esta oportunidad se sirve de los engranajes del policial negro con toques de heist movie y comedia sardónica sutil para poner al descubierto las estratagemas de las cuatro grandes automotrices de Estados Unidos de la época, General Motors, Ford, Chrysler y American Motors, para retrasar durante 15 años la incorporación del convertidor catalítico en los modelos en venta, hablamos del principal producto de las investigaciones y tecnologías sobre la reducción de emisiones contaminantes de los motores de combustión interna, ubicado justo antes del silenciador dentro del sistema de caños de escape de los vehículos. El convite, asimismo, profundiza el análisis de dos motivos estándar del acervo soderberghiano, en primera instancia el fetiche de las oligarquías empresaria y delictiva clásica -ambas se confunden todo el tiempo, desde ya- con tercerizarlo todo para lavarse las manos y delegar en pobres diablos tareas consideradas sucias pero muy redituables, algo que por supuesto se condice con el capitalismo de la especulación, las mentiras y la nula responsabilidad asumida ante las debacles de la timba ad infinitum en todos los planos de la vida, y en segundo lugar la codicia consuetudinaria generalizada en contraposición a la solidaridad entre iguales o ese mínimo humanismo que muchas veces pierde la pulseada ante la antropofagia demencial auspiciada desde los sectores medios y altos de la burguesía, aquí representados en los capos mafiosos pero también en el personaje del genial Damon y todos los tarados pancistas entre el susodicho y el binomio Wertz/ Forbert, con el sucesivo riesgo de extralimitarse en la ambición como les ocurre a nuestros dos adorables antihéroes del relato, esos Ronald y Curt que reproducen en parte la moral de las cúpulas y pasan de la desconfianza mutua a la sociedad y luego a la perfidia cruzada, eventualmente terminando engullidos por depredadores mucho más grandes porque si existe una regla universal en este puterío de tratos entre enemigos, mexicaneadas, rauda compra de voluntades, hembras traicioneras, alegre esclavitud laboral, cuernos y policías al mejor postor, es la fascinación con el “Dios dólar” en tanto compulsión que aleja a los bípedos de la realidad y los impele a enredarse más y más en un esquema maquiavélico que logra independizarse de cualquier marco ético externo para abrazar de lleno una lógica egoísta y carroñera que es la de esos psicópatas -valga la redundancia- que hace tiempo dejaron de lado toda lógica racional…
Ni un Paso en Falso (No Sudden Move, Estados Unidos, 2021)
Dirección: Steven Soderbergh. Guión: Ed Solomon. Elenco: Benicio Del Toro, Don Cheadle, Brendan Fraser, Ray Liotta, Bill Duke, Matt Damon, Kieran Culkin, Jon Hamm, Hugh Maguire, Julia Fox. Producción: Casey Silver. Duración: 115 minutos.