Leningrad Cowboys van a América (Leningrad Cowboys Go America)

El rock and roll llegó para quedarse

Por Emiliano Fernández

Leningrad Cowboys van a América (Leningrad Cowboys Go America, 1989), microscópica obra maestra melómana de Aki Kaurismäki, es un producto de su época que sin embargo no ha perdido vigencia en el Siglo XXI porque habilita tranquilamente una lectura similar a la de antaño aunque aplicada a una nueva coyuntura, así por un lado tenemos una parodia sobre hibridación cultural positiva porque el rock siempre fue un sinónimo de libertad cual rebeldía occidental importada a ojos de los jóvenes que detestaban el sustrato autoritario, burocrático y anodino del régimen comunista del Bloque del Este, ese que para finales de los 80 se estaba desmoronando gracias a un proceso histórico que va desde la Caída del Muro de Berlín en aquel 1989 hasta la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en 1991, colapso que a su vez fue presidido por las medidas tomadas por Mijaíl Gorbachov para ir preparando la salida del sistema comunista en línea con la glásnost o liberación política, la perestroika o reestructuración económica y la llamada Doctrina Sinatra o ausencia de intervención militar soviética a futuro, lo que negaba las invasiones automáticas de la Doctrina Brézhnev y el Pacto de Varsovia, y por el otro lado está una hibridación cultural negativa que se hace más patente a la distancia y aplica definitivamente al nuevo milenio, por ello desde la década del 90 venimos padeciendo las consecuencias de la globalización o derrota rusa en la Guerra Fría, un panorama geopolítico que equivale al predominio de una uniformización cultural en todo el planeta que aprovecha la ausencia de un poder imperialista equiparable al estadounidense para primero eliminar de cuajo la riqueza simbólica nacional/ regional y luego convertir al mercado mundial en plaza para los mismos exactos productos y los mismos exactos discursos de autolegitimación capitalista a instancias del mainstream, por supuesto tan autoritarios y fascistoides como aquellos del viejo marco castrador soviético de los que tanto se burlaba Kaurismäki en su convite, cuyo fetiche conceptual precisamente pasa por el choque entre la energía vitalizante del rock de la segunda mitad del Siglo XX y el quid frío de la tundra siberiana y sus pobres habitantes.

 

Vale aclarar que los Leningrad Cowboys ya eran una banda asentada cuando el director y guionista concibe su film porque incluso había ayudado a crearla a mediados de los años 80 -y a establecer una imagen pública dirigiendo sus videoclips- junto a Sakke Järvenpää y Mato Valtonen, ex integrantes de otro colectivo de comedy rock, Sleepy Sleepers, que por aquel tiempo se reconvierte en el grupo que nos ocupa, uno volcado a hacer covers del pop y el rock anglosajones pero también muchas canciones originales que no sólo los llevarían a mofarse de la “finlandización”, léase la postura servil de Finlandia ante la Unión Soviética durante la Guerra Fría con vistas a jamás importunar al vecino gigantesco en materia de consideraciones políticas y militares, sino que incluso permitieron un insólito acercamiento cultural entre los rusos y los finlandeses en un recordado concierto de 1993 en Helsinki ante 70 mil personas de ambas naciones, evento histórico que fue registrado por el propio Kaurismäki en una concert movie bautizada Total Balalaika Show (1994). El relato en sí se centra en los muchachos del título a lo tableaux vivants camufladas, un conjunto de ocho músicos siberianos que se especializan en polka y en folklore ruso y se visten de manera uniforme símil teddy boys adeptos al rockabilly con saco y corbata, zapatos winklepicker hiper puntiagudos o cuasi circenses y un peinado/ jopo pompadour o gótico exagerado que duplica el tamaño de sus cabezas. Comandados por su tiránico manager, Vladimir Kuzmin (Matti Pellonpää), viajan a Estados Unidos por recomendación de un oligarca local de la música que los rechaza por no ser “comerciales” y les dice que en yanquilandia se tragan cualquier mierda, motivando un periplo que empieza en Nueva York y los conduce a lo largo del país para tocar en un casamiento en México, siempre arrastrando un féretro con el cuerpo congelado del bajista, quien se quedó ensayando durante la noche afuera de la casa compartida, y siendo seguidos por el “tonto del pueblo”, Igor (Kari Väänänen), un joven mudo que se esconde en la bodega del avión de turno y es rechazado sistemáticamente a raíz de su calvicie hasta que les regala un pez colosal que sacó de un pantano inmundo.

 

Como si se tratase de una amalgama de la poesía lacónica de Jim Jarmusch, quien por cierto tiene un gracioso cameo como un vendedor de autos de la Gran Manzana, el absurdo surrealista de Roy Andersson, aquí menos existencialista y mucho más delirante cotidiano, la intransigencia minimalista de Rainer Werner Fassbinder, marcada por la intencionalidad política del planteo tragicómico, aquel ascetismo autoimpuesto de Robert Bresson, siempre amigo de las elipsis y la abulia actoral, y una relectura sarcástica de la Trilogía de las Road Movies de Wim Wenders, aquella de Alicia en las Ciudades (Alice in den Städten, 1974), Falso Movimiento (Falsche Bewegung, 1975) y En el Curso del Tiempo (Im Lauf der Zeit, 1976), Kaurismäki en esta oportunidad construye una farsa del camino que en primera instancia satiriza la hegemonía menguante de la URSS a través de la facilidad con la que nuestros músicos, necesitados de dinero para algo tan básico como comer, se adaptan a las diversas exigencias del público norteamericano y los propietarios de bares, hoteles, centros de entretenimiento y demás antros en los que se ven obligados a actuar para sobrevivir, así incorporan tanto el rock como el country, el rhythm and blues y la ranchera, y en segundo lugar opta por parodiar el imperialismo yanqui y por retratar ese país real, en simultáneo mísero, decadente y contradictorio, que nada tiene que ver con la falacia que Hollywood y la industria cultural vernácula han construido a lo largo de las décadas, por ello buena parte de la estructura narrativa se condice con sketchs a lo cine mudo sobre un fondo documental melancólico que explora las temáticas que siempre obsesionaron al cineasta finlandés, como por ejemplo la pobreza, el exilio, el azar, la soledad, la traición, la tragedia, el amor anómalo, la marginalidad coral, la humillación, el crimen árido melvilleano, la apatía, el arte y una concisión expresiva proclive al humor seco y sutilmente ridículo, hoy con una influencia indisimulable de neoclásicos del rubro rockero sardónico y/ o metadiscursivo de la talla de The Rutles: All You Need Is Cash (1978), de Eric Idle y Gary Weis, The Blues Brothers (1980), de John Landis, y This Is Spinal Tap (1984), opus a cargo de Rob Reiner.

 

A diferencia de las obras más famosas o más representativas/ paradigmáticas del acervo de Kaurismäki, como su Trilogía Proletaria de Sombras en el Paraíso (Varjoja Paratiisissa, 1986), Ariel (1988) y La Chica de la Fábrica de Fósforos (Tulitikkutehtaan Tyttö, 1990), o su Trilogía de Finlandia de Nubes Pasajeras (Kauas Pilvet Karkaavat, 1996), El Hombre sin Pasado (Mies Vailla Menneisyyttä, 2002) y Luces al Atardecer (Laitakaupungin Valot, 2006), o experimentos en la tradición de Hamlet va a Trabajar (Hamlet Liikemaailmassa, 1987) y Juha (1999), o su tríptico informal francés de Contraté un Asesino a Sueldo (I Hired a Contract Killer, 1990), La Vida Bohemia (La Vie de Bohème, 1992) y El Puerto (Le Havre, 2011), Leningrad Cowboys van a América obvia las debacles exacerbadas, la eterna necesidad de fuga y la construcción de grupos heterogéneos de casi toda la carrera del realizador, desde Crimen y Castigo (Rikos ja Rangaistus, 1983) hasta El Otro Lado de la Esperanza (Toivon Tuolla Puolen, 2017), pero sí recupera la honestidad cassaveteana, la desromantización de la vida prosaica y sobre todo el cariño por los bares, los tiempos muertos, los autos vintage, los cigarrillos y ese rock contracultural muy presente en muchas de sus epopeyas como Calamari Union (1985), Cuida tu Bufanda, Tatiana (Pidä Huivista Kiinni, Tatjana, 1994) y Leningrad Cowboys Encuentran a Moisés (Leningrad Cowboys Meet Moses, 1994), secuela simpática aunque muy inferior e inusitadamente religiosa. En manos de cualquier otro director nuestra faena hubiese sido un film de un solo chiste, pero Kaurismäki sabe lo que hace y exprime con inteligencia el derrotero de los siberianos en escenas brillantes como la de la audición del inicio, la de la carreta por el bosque, la de la cena de lujo del manager, la del arresto callejero de la banda, las de Vladimir reservándose la cerveza y dándoles de comer apio y cebollas, la del bronceado en la playa, aquella de la “revolución” en el grupo y el regreso posterior de la “democracia”, la del descubrimiento del primo perdido (Nicky Tesco), la de la boda con el descongelamiento del bajista vía un secador de cabello y todas las de Igor y esas correspondientes a los números musicales…

 

Leningrad Cowboys van a América (Leningrad Cowboys Go America, Finlandia/ Suecia, 1989)

Dirección y Guión: Aki Kaurismäki. Elenco: Matti Pellonpää, Kari Väänänen, Sakke Järvenpää, Heikki Keskinen, Pimme Korhonen, Sakari Kuosmanen, Puka Oinonen, Silu Seppälä, Jim Jarmusch, Nicky Tesco. Producción: Aki Kaurismäki, Klas Olofsson y Katinka Faragó. Duración: 79 minutos.

Puntaje: 10