Tamaño Natural (Grandeur Nature)

El semen sobre el plástico

Por Emiliano Fernández

El séptimo arte ha trabajado la temática de las muñecas sexuales y/ o “de compañía” desde distintos ángulos o perspectivas que suelen abarcar las tres principales variantes del asunto, léase la fantástica centrada en un maniquí o señorita inflable cobrando mágicamente vida, la versión moderna/ posmoderna de los autómatas o la inteligencia artificial de talante virtual y finalmente aquella opción más prosaica que gira en torno a la proverbial necesidad de hallar una compañera para copular y/ o enamorarse; todo un abanico de posibilidades que ha generado obras de terror como Las Esposas de Stepford (The Stepford Wives, 1975) y Objeto de Amor (Love Object, 2003), aventuras futuristas algo delirantes en línea con Cherry 2000 (1987), la infaltable comedia romántica de Mannequin (1987), la variante melancólica indie de Lars y la Chica Real (Lars and the Real Girl, 2007) y por supuesto la interpretación existencialista de la mano de films recientes como Air Doll (Kûki Ningyô, 2009) y Ella (Her, 2013). Ahora bien, anterior a todas esas faenas, y sólo precedida por un famoso episodio de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone) intitulado The After Hours (1960) que también trataba a pleno el tópico en cuestión, el número 34 de la primera temporada, encontramos a Tamaño Natural (Grandeur Nature, 1974), en simultáneo una de las propuestas más originales del rubro -y explícitas en cuanto a lo que se puede hacer con la muñeca y sus orificios- y el trabajo de quiebre por antonomasia de la década del 70 en la carrera del genial Luis García Berlanga, quien aquí deja de lado el sustrato más “recatado” de sus sátiras sociales/ políticas/ culturales previas, en sintonía con Bienvenido, Mister Marshall (1953), Plácido (1961) y El Verdugo (1963), para abrazar en adelante un humor más agresivo y a la vez más abstracto, ya no sólo burlándose del absolutismo franquista y aquella represión y conservadurismo de la sociedad española sino abriendo el espectro a temáticas más universales del siempre problemático y complejo acervo de la humanidad.

 

El guión del propio Berlanga, su colaborador habitual Rafael Azcona y nada menos que Jean-Claude Carrière, gran socio creativo de la etapa final de la trayectoria del eterno Luis Buñuel, comienza cuando Michel (magnífico y muy jugado trabajo de parte de un Michel Piccoli sin ninguna inhibición delante de cámara), un odontólogo que tiene un matrimonio semi destruido con su esposa Isabelle (Rada Rassimov) por infidelidades de ambas partes, se presenta en la aduana de París para retirar un maniquí erótico/ sexual que compró a una compañía japonesa, una hermosa muñeca articulada y gigantesca de poliuretano destinada al coito vaginal, anal y bucal que supera por mucho a sus homólogas inflables porque cuenta con un esqueleto que permite improvisar el mismo amplio surtido de posiciones de las hembras reales. Como muchas veces ocurre en el campo de las comedias bien freaks o desconcertantes, la trama no está precisamente orientada a la carcajada gratuita ni tampoco sigue un periplo narrativo tradicional porque para el director y guionista lo importante es sistematizar las respuestas que provoca en el entorno cercano del protagonista esta situación, con el hombre jamás ocultando el vínculo con la señorita sintética a ojos de todos los que lo rodean: su madre (Valentine Tessier), dueña de un lujoso hotel, se la roba para arroparla con sus vestidos de antaño y mantener charlas con ella vía un grado de afabilidad que nunca conoció con Isabelle, por su parte su esposa no sale del asombro porque a pesar de estar al tanto de los affaires del hombre se sorprende de su competencia de plástico, lo que la lleva a incluso simular en vano ser ella misma una muñeca para tratar de recuperar a su marido, y finalmente sus amigos se ríen y las mujeres de éstos se espantan un poco, llegando a regalarle una muñeca pequeña que haría las veces de hija de la flamante pareja. Michel se enamora progresivamente del maniquí y pasa de convivir con él en su consultorio a mudarse al hotel de su progenitora y luego a un departamento en plan de nidito de amor.

 

Entre rituales varios de apareo con el títere maximizado, una fetichización escalonada con trabajar su apariencia y look, muchos encuentros sexuales de lo más coloridos, paseos y “conversaciones” románticas en la playa, posibles coitos con mujeres reales que se dejan de lado por la muñeca, celebraciones con motivo de cumpleaños o aniversarios de novios, salidas de compra de vestimenta, registros en video de la intimidad compartida y hasta episodios de travestismo de índole artística/ contracultural a lo Pierre Molinier, el protagonista decide casarse con la señorita, a la que le asigna distintos nombres a lo largo del metraje como Katherine, Camille o Marie, para ya definitivamente dejar a su esposa y entregarse a una renovada vida conyugal que no obstante lo lleva de a poco a enfermarse cuando descubre las sucesivas “infidelidades” de su pareja, esas que arrancan con el manoseo vaginal de una lesbiana que atiende un local de venta de ropa, gesto que Michel considera gratificante, y a posteriori derivan en algo de sodomía a expensas del marido de su casera (Manuel Alexandre), quien ingresa en el departamento para supuestamente arreglar la calefacción pero termina disfrutando del maniquí, y en una sesión de sexo en grupo cuando -durante el jolgorio de las Pascuas- un guitarrista (Agustín González) sustrae a la muñeca y se la lleva a lo que parece ser un populoso albergue fabril, donde es violada repetidamente en medio de una orgía con “lluvia dorada” de por medio. Con el dolor en el alma y atrapado en el dilema de desecharla, perdonarla o hacerla puta y explotarla cual proxeneta, el dentista opta por el suicidio en conjunto y así conduce su Citroën 2 CV hacia el Sena aunque el único que termina falleciendo es Michel porque los materiales de los que está hecha la señorita le permiten flotar, con lo cual el protagonista ni siquiera obtiene una muerte simbólica para su pareja en lo profundo del río (para colmo un doppelgänger del médico -Piccoli de nuevo- se enamora de la chica en las aguas, iniciando el ciclo otra vez).

 

Retomando lo que decíamos al inicio, aquí Berlanga incluye detalles de las tres vertientes fundamentales del rubro ya que a los clásicos planteos sexuales se suman el carácter articulado e hiper realista del maniquí -asemejándose a un autómata- y hasta chispazos de fantasía surrealista tendientes a dejar flotando la idea de que el objeto está cobrando vida símil versión pornográfica del célebre protagonista de Las Aventuras de Pinocho (Le Avventure di Pinocchio, 1881), de Carlo Collodi; en este sentido basta con pensar en la sangre que Michel encuentra en las sábanas luego del coito anal correspondiente a la Luna de Miel o en ese bebé, el hijo de la casera (Queta Claver), que el odontólogo y sus amigos descubren chupando una teta de la muñeca como si realmente le estuviese proporcionando leche. Las confesiones cual parodia del catolicismo, las enemas en la bañera, los golpes, los pechos estrujados, los escupitajos, las caras manchadas de pintura, el masoquismo de los videos de la traición, las amenazas con un revólver en la boca y hasta el seppuku/ harakiri del títere -en plan de expiar su culpa y en simultáneo castigarlo- constituyen ingredientes que reafirman el declive psicológico de Michel, quien cae en una depresión de la que no lo puede sacar ni siquiera su fiel asistente/ enfermera del consultorio, Nicole (Julieta Serrano). La película en buena medida considera a la soledad como un estado homologable a las relaciones tradicionales de pareja, sopesándola en términos de fases que se suceden las unas a las otras y que van desde una dicha primigenia equiparable a la libertad de elegir y el hecho de satisfacer la pasión, pasando por un período intermedio vinculado a la estabilidad existencial y la apertura de las posibilidades eróticas que despliega el asunto, hasta el remate trágico de siempre en el que aparece de a poco la crisis de la sensualidad y ésta pone en entredicho lo que se pensaba a priori duradero de la mano del autosabotaje y la pulsión de muerte, con el adalid ya cansado de derramar semen sobre el plástico y ansiando la piel.

 

Como el mismo Berlanga señaló en su momento, la nostalgia por lo social en una marcada coyuntura de aislamiento produce tal angustia en los seres humanos que la debacle termina asomando su cabeza incluso en situaciones como las descriptas por el film, en la que el retiro a la esfera privada resulta placentero ya que en apariencia no se necesita de nadie más que de uno mismo en materia del afecto, la felicidad y/ o el sexo más efervescente, lo que no impide que el protagonista monte/ fabrique/ ejemplifique situaciones de dificultad matrimonial basadas no sólo en las infidelidades sino en “escalones” previos como esos reproches relacionados con el supuesto pedido de ella de tener una residencia suntuosa para organizar fiestas y recibir a amigos, cosillas que él detesta. La imaginación morbosa y posesiva, gran pivote de la sexualidad masculina en oposición a las narraciones románticas edulcoradas de las féminas, es explorada de manera enrevesada y sutilmente hilarante por la película a través del sexo con la señorita rígida, de la propensión de Michel a encerrarse en sí mismo y de los argumentos que éste utiliza para justificar su curiosa vida de pareja o hacerle entender a Isabelle que prefiere al maniquí antes que a las insoportables mujeres de carne y hueso, esas que lloran, se quejan, están obsesionadas con el dinero y nos hartan con sus reclamos y caprichos eternos. A diferencia de buena parte del cine actual sobre la abulia y la soledad metropolitanas, casi siempre subrayando el costado más patético del egoísmo y los anhelos individuales imposibles, Tamaño Natural en cambio analiza la faceta creativa del placer en solitario, el Complejo de Edipo nunca del todo “curado” de los varones y la eventual misoginia que surge de los encuentros fallidos -o nunca del todo exitosos- con las mujeres del ecosistema comunal, lógica innata de una sociedad de semejanzas y diferencias entre los sujetos en la que la ortopedia emocional/ corporal a veces es la regla principal sin que se pueda llegar a soluciones negociadas entre los rivales u opuestos circunstanciales…

 

Tamaño Natural (Grandeur Nature, España/ Francia/ Italia, 1974)

Dirección: Luis García Berlanga. Guión: Luis García Berlanga, Rafael Azcona y Jean-Claude Carrière. Elenco: Michel Piccoli, Valentine Tessier, Rada Rassimov, Queta Claver, Manuel Alexandre, Julieta Serrano, Agustín González, Lucienne Hamon, Michel Aumont, Amparo Soler Leal. Producción: Juan Estelrich, José Manuel Herrero y Henri Jaquillard. Duración: 101 minutos.

Puntaje: 9