La Insoportable Levedad del Ser (The Unbearable Lightness of Being)

El sueño de la poligamia

Por Emiliano Fernández

La Insoportable Levedad del Ser (The Unbearable Lightness of Being, 1988) rankea en punta como una de las películas más frustrantes y al mismo tiempo atractivas que haya dado el cine norteamericano, aquí más que nunca tratando de reproducir con desesperación -y lográndolo a veces- distintos motivos primigenios de la Nouvelle Vague, como por ejemplo el “amor loco” y la aventura metropolitana, y de la Nueva Ola Checoslovaca de la década del 60, en sintonía con el humor negro y sobre todo el desencanto ideológico con el régimen comunista en el poder: tanto el productor, Saul Zaentz, responsable de Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), Amadeus (1984) y La Costa Mosquito (The Mosquito Coast, 1986), como el realizador de turno, Philip Kaufman, aquel de Los Usurpadores de Cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978) y Los Elegidos de la Gloria (The Right Stuff, 1983), eran norteamericanos adaptando una novela europea y encima de época, hablamos del trabajo homónimo de 1984 de Milan Kundera, un clásico de la literatura moderna que en esencia retoma en formato de melodrama la concepción de Friedrich Nietzsche del “eterno retorno”, léase la afirmación ontológica de la vida a través de su vuelta en una incesante espiral de recurrencias, tal como el alemán la trabajase en La Gaya Ciencia (Die Fröhliche Wissenschaft, 1882) y Así Habló Zaratustra (Also Sprach Zarathustra, 1883), todo para colmo ambientado durante la Primavera de Praga de 1968, cuando el ascenso en el Partido Comunista de Checoslovaquia del reformista Alexander Dubček provocó una invasión por parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y otros miembros del Pacto de Varsovia con la meta de impedir el intento por democratizar y descentralizar el país, ocupación que duró hasta que la Revolución de Terciopelo de 1989 finalizó pacíficamente el entramado comunista, ayudando a la caída de la URSS en 1991.

 

El equipo creativo estadounidense hace todo lo que puede para reproducir el aura etérea de los clásicos meditabundos y/ o eróticos de los 60 y 70 y para legitimar con europeos varios al convite en pos de construir un relato romántico fastuoso a lo David Lean que se hubiese beneficiado mucho de tener a algún checo entre sus filas, por ello se apela a la sueca Lena Olin, el británico Daniel Day-Lewis y la francesa Juliette Binoche, elenco principal que sinceramente nunca cuaja del todo entre sí ni con la decisión de fondo de rodar a la película en inglés a pesar de la evidente e incompatible pluralidad de acentos del caso. Tomás (Day-Lewis) es un cirujano cerebral que vive en la Checoslovaquia previa a la Primavera de Praga y que adora acostarse con múltiples mujeres, siendo aparentemente su preferida una tal Sabina (Olin), artista plástica con la que comparte el criterio de vivir sin ataduras ni responsabilidades en lo que consideran un devenir homologado a la libertad de la ausencia de todo compromiso. Un buen día el señor debe viajar a una ciudad del interior para llevar a cabo una cirugía, donde conoce a Teresa (Binoche), una joven camarera que detesta la conformidad iletrada de provincia y por ello decide mudarse a Praga y dar rienda suelta a una relación con el médico que con el tiempo deriva en casamiento. La flamante esposa sufre la perpetua promiscuidad de Tomás y comienza a perfilar su interés por la fotografía ayudada por la propia Sabina, con la que desarrolla una amistad a pesar de que esta última es la amante del hombre, planteo que se interrumpe con la invasión rusa y la eventual mudanza de los tres a Ginebra, en Suiza, donde Sabina conoce a Franz (Derek de Lint), un profesor universitario casado que se transforma en lo más cerca a una pareja que tuvo la mujer, sin embargo lo termina abandonando en el momento en que la cosa se pone bastante seria porque él a su vez deja atrás a su esposa y pretende vivir con ella en su departamento.

 

En constante crisis por los arrebatos de mujeriego empedernido de su esposo, Teresa vuelve a Praga y tiempo después la sigue Tomás aunque en condiciones ya muy distintas porque el control soviético nacional recrudeció la paranoia política y así les retienen a ambos sus pasaportes para que no puedan abandonar nunca más el país, a lo que se suma el hecho de que son catalogados como disidentes porque ella tomó fotos durante las protestas populares y la dura represión subsiguiente, las cuales a posteriori son utilizadas por las autoridades comunistas para identificar y arrestar a opositores, y en especial porque él escribió un artículo mordaz -en la etapa previa a la Primavera de Praga- burlándose del régimen comunista diciendo que sus esbirros deberían destruir sus propios ojos de la misma forma en que Edipo lo hizo cuando descubrió que había matado a su padre y se había acostando con su madre, además de pedir en el escrito una amnistía general para los presos políticos y abogar por la libertad de expresión y la emancipación completa e inmediata de los rusos. No obstante, para la pareja a nivel anímico en Checoslovaquia todo continúa más o menos igual con el hombre retomando sus aventuras románticas, incluso bajo el paraguas de su nuevo oficio de limpia vidrios después de ser incluido en las listas negras y ya no poder ejercer la medicina, y con ella tanteando el suicidio y probando con algunas infidelidades como por ejemplo con un supuesto ingeniero (Stellan Skarsgård), el cual podría ser -o no- un agente secreto del Estado espiando al matrimonio. Mientras Sabina se traslada desde Ginebra a algún lugar de California, en Estados Unidos, para terminar viviendo con una pareja de ancianos, Tomás y Teresa se marchan de la claustrofóbica Praga hacia el interior del país en pos de la tranquilidad bucólica de la granja de Pavel (Pavel Landovský), un ex paciente de Tomás que anda de acá para allá con su mascota, un cerdito llamado Mephisto.

 

Como decíamos con anterioridad, la película sin duda arrastra varios de los inconvenientes paradigmáticos del Hollywood industrial pretendiendo adaptar material foráneo y del indie bienintencionado orientado a volcar el asunto -dentro de lo posible- hacia la comarca arty estándar internacional sin perder el necesario sex appeal comercial, lo que genera que las escenas sexuales sean demasiado fallidas porque de eróticas tienen poco y nada (la insípida mojigatería del mainstream de los 80 aleja a los encuentros amatorios de la efervescencia y la deliciosa suciedad del cine de los 60 y 70 y los acerca a intentos sensuales coreografiados símil publicidad) y que la dinámica actoral no pase de lo correcto y algo mucho forzado (más allá del “detalle” de los acentos un tanto ridículos, la que mejor sale parada de la experiencia es una Olin bien putona que desparrama carisma en cada una de sus escenas, le sigue un Day-Lewis que nunca termina de convencer como Tomás aunque se percibe su potencia interpretativa, y finalmente está la pobre Binoche que hace de la típica histérica insoportable que toma al masoquismo como su bandera en vez de simplemente abandonar al macho, todo encima con la francesa recitando sus líneas de diálogo con un tonito de nena ingenua afligida/ sollozante que exaspera a cualquiera). Sin llegar al nivel de la otra y muy superior adaptación de Kundera, La Broma (Zert, 1969), de Jaromil Jireš, lo mejor del film pasa por el guión de Jean-Claude Carrière, gran colaborador de Luis Buñuel en el período final de la carrera del español, y del propio Kaufman, en sí mejor guionista que director, faena que no sólo mantiene la estructura general de la novela del checo sino que consigue recuperar mucho de su espíritu filosófico, sus devaneos existencialistas y el anhelo de denuncia para con las barbaridades y diversos atropellos a los que el régimen checoslovaco/ soviético sometió al pueblo con el pretexto de aniquilar la intentona reformista de Dubček.

 

Escenas estupendas de índole política como la de las fotos de Teresa siendo utilizadas por los personeros del Estado para rastrear a los manifestantes o las dos que retratan los aprietes que sufre Tomás, primero por parte del jefe de cirujanos (Donald Moffat) y luego cortesía de un funcionario del Ministerio del Interior (Daniel Olbrychski), se unifican con otras secuencias maravillosas como los montajes semi documentalistas en torno a la ocupación rusa y las masivas protestas de los civiles y todas las que involucran al único verdadero punto de unión de la pareja, una simpática perra que adoptaron el día de su boda y que bautizaron Karenin en homenaje a la novela que ella estaba leyendo cuando se conocieron, Ana Karenina (1877), de León Tolstói. La Insoportable Levedad del Ser está lejos de la obra de Jan Němec, Jiří Menzel, Věra Chytilová o Miloš Forman pero se las arregla para analizar con perspicacia a lo individual difuminado en lo social y a la vida como un sueño en un eterno retorno más marxista que nietzscheano, pensando a la poligamia de Tomás como un producto de la crisis de sólo poseer esta vida para aprender y disfrutar, sin tener acceso a esas existencias pasadas o futuras que tienden a repetirse a veces como farsas y en otras ocasiones como tragedias, por supuesto con nosotros en el medio a nivel identitario sin saber dónde estamos parados y qué sería más conveniente, si optar por la “ligereza” cuasi rebelde de Sabina y Tomás, a veces confundiéndose con la irresponsabilidad infantil, o la “pesadez” del compromiso representado en la angustia de Teresa, la cual está pegada al andamiaje social conservador y a la autovictimización y la complacencia vía un influjo religioso/ moral/ comunitario empardado a la monogamia. Más extenso de lo que hubiese sido deseable aunque siempre fascinante, el film reflexiona sobre las paradojas de la vida intensa y el equilibrio que necesita la felicidad para algún día asomarse por nuestra ventana.

 

La Insoportable Levedad del Ser (The Unbearable Lightness of Being, Estados Unidos, 1988)

Dirección: Philip Kaufman. Guión: Philip Kaufman y Jean-Claude Carrière. Elenco: Daniel Day-Lewis, Juliette Binoche, Lena Olin, Derek de Lint, Pavel Landovský, Donald Moffat, Daniel Olbrychski, Stellan Skarsgård, Erland Josephson, Tomasz Borkowy. Producción: Saul Zaentz. Duración: 171 minutos.

Puntaje: 7