Mandy

El sueño del verdugo

Por Emiliano Fernández

Efectivamente la segunda película del director y guionista Panos Cosmatos, después del polémico neoclásico Más Allá del Arcoíris Negro (Beyond the Black Rainbow, 2010), es toda la experiencia apabullante que prometía ser, en términos prácticos una suerte de mixtura entre tragedia griega, película de terror, acid trip, epopeya romántica y cuento gótico de venganza, un combo exasperado en el que se unifican la iconografía visual de Solo Dios Perdona (Only God Forgives, 2013) de Nicolas Winding Refn, los queridos engendros del infierno en sintonía con Hellraiser (1987) de Clive Barker y hasta los cultos demenciales símil Santa Sangre (1989) de Alejandro Jodorowsky. Mandy (2018) es en cierto sentido la contracara de la ópera prima del realizador griego/ italiano/ canadiense, ya que así como aquella se centraba en Elena (Eva Bourne), una chica que estaba en el mismo epicentro de las nuevas estrategias de control psicológico y toda esa basura new age que no pasa de ser una adaptación aggiornada de la basura religiosa y derechosa de antaño, hoy en cambio la trama se focaliza en el personaje del título, una mujer (interpretada por la genial Andrea Riseborough) que ve desde afuera el marketing de la transformación espiritual y por ello paga un precio muy alto cuando se burla del asunto y no participa de los caprichos del gurú de turno, uno igual de psicópata que aquel Doctor Barry Nyle (Michael Rogers).

 

La pareja de Mandy es Red Miller (Nicolas Cage), un leñador que vive junto a ella en una casa inhóspita y disfruta de la tranquilidad de Las Montañas de la Sombra en 1983: la mujer trabaja en una tienda cercana, gusta de dibujar y leer fantasía mitológica y lamentablemente un día es vista al costado de un camino por Jeremiah Sand (Linus Roache), el líder de Los Hijos del Nuevo Amanecer, una secta de lunáticos y ex mulas de un fabricante de LSD, cuyo dominio despótico dentro del grupo en cuestión se basa tanto en una retórica pomposa y supuestamente iluminada que esconde su pusilanimidad como en el Cuerno de Abraxas, un implemento/ talismán utilizado para invocar a una pandilla de tres motociclistas del averno, seres deformes que en esta oportunidad son llamados por el Hermano Swan (Ned Dennehy), mano derecha de Jeremiah, para que capturen a Mandy porque el señor pretende poseerla/ violarla por su aura de sutil belleza. Ofrecido el sacrificio reglamentario, un joven gordito que estaba con los chiflados, los cómplices monstruosos sobre ruedas capturan a la mujer y su pareja y se los entregan a los miembros del culto, los cuales por cierto terminan quemándola viva -ya que la señorita, luego de ser drogada vía una gota en un globo ocular y la picadura de una avispa, se ríe de un Sand inseguro de sí mismo y sin poder lograr una erección- y a él dejándolo atado con alambre de púas como único testigo de lo acontecido.

 

Justo como en Más Allá del Arcoíris Negro, la trama ofrece distintas paradas intermedias dentro de una estructura narrativa bien aletargada y freak que parece burlarse de la premura en la edición de prácticamente todo el cine de nuestros días, panorama que nos deja tiempo para apreciar en detalle el mundo sombrío y peligroso que construye Cosmatos cual artesano estilizado del placer estético y conceptual más despampanante; jugando de manera continua con la exquisita fotografía de Benjamin Loeb de tonos fluorescentes oscuros, la maravillosa y sepulcral música de Jóhann Jóhannsson, el maquillaje y los practical effects en oposición a la porquería del CGI, la visceralidad gore de la cruzada de revancha y hasta una serie de secuencias animadas que funcionan como pesadillas/ alucinaciones de Miller. Todo el elenco está muy bien y se adapta esplendorosamente al ritmo hipnótico y horroroso marca registrada del director, no obstante lo hecho por Cage sobresale con voz propia porque una vez más el actor consigue un trabajo a lo bestia en el que se amalgaman las dos etapas principales de su carrera, léase la primera de corte artístico tradicional y la segunda volcada a una clase B furiosa que se condice con su inestabilidad emocional/ financiera de siempre, esa que lo lleva a filmar un enorme volumen de películas por año para cubrir sus problemas con el fisco estadounidense y su espiral de gastos entre graciosos y delirantes.

 

Como decíamos anteriormente, mientras que en el trabajo previo Cosmatos le pegaba al mismo núcleo de la vertiente científica de las tecnologías de control individual y social, las que despersonalizan a los sujetos para condicionarlos a aceptar la superioridad del opresor cual publicidad, marketing, mentira mediática/ gubernamental o cualquier otro esquema conductivista barato, ahora es tiempo de analizar la pata religiosa/ anímica/ subjetiva del asunto mediante esa secta protagónica difusa que adopta el canon macro del cristianismo para pervertirlo desde una perspectiva que coquetea con el satanismo sin recurrir a casi ninguno de sus motivos clásicos, amén de los amorfos y tuneados motociclistas que parecen primos lejanos de los cenobitas sadomasoquistas y la gloriosa fauna en general del cine de Barker. La introspección demagógica y semi institucionalizada de la new wave espiritual y los manuales de autoayuda se nos aparece como una farsa para burgueses bobos y así lo entiende una Mandy que pasa de largo ante los discursos de iluminación cósmica de Jeremiah y -cuándo no- la presunta revelación de que todo lo que está en la Tierra es del susodicho, especie de profeta tirano cuyo capricho rige el destino no sólo de sus súbditos varones y su harén personal sino también del de esas fuerzas mefistofélicas que invoca y el de las víctimas del hobby de acumular más y más poder en un ciclo compulsivo sin freno.

 

Más allá del pulso lisérgico y afectado y la rimbombante carnicería del último acto, bien poética y brutal como cabía esperar de un artista completo como Cosmatos, el mayor mérito de la propuesta se condensa -primero- en su retrato ajustado y certero del patetismo de las vertientes “culturales” alternativas de las últimas décadas, siempre tendiendo a autoencerrarse en diatribas individualistas de superioridad moral, y -segundo- en excelentes líneas de diálogo como cuando Miller le dice en el desenlace a Sand que “lo psicótico se hunde donde nada lo místico: te estás ahogando, no estás nadando”, ejemplo supremo de esta trabazón de fondo entre la recurrencia facilista y mesiánica de los gurúes actuales y el viejo e inefable absolutismo de impronta maquiavélica, suerte de autocracia que hoy por hoy recibe una mano de pintura y sale como trompada de loco a trabajar a la par de la derecha fascista y sus cómplices polivalentes del nuevo milenio, autómatas que reproducen las mentiras iluminadas como buenos esclavos adeptos a ponerse la camiseta del jefecito sin importar qué orificio corporal sangre por ello. El sueño del verdugo, Jeremiah, se duplica en el de los motociclistas y en el de Miller, todos eslabones de la misma cadena infinita de una venganza tan antigua como la humanidad, cuyos antojos aquí aparecen maximizados por la parafernalia surrealista del amigo Cosmatos y este juego en pos de ajustar los tantos cuanto antes para que la verdadera reconstrucción individual termine, por supuesto no la de los latiguillos quemados de los neohippie​s trasnochados/ tecnocráticos de las corporaciones y el poder sino la de ese dolor -el del prójimo y el propio- que deja marcas pedagógicas acordes con la senda recorrida a lo largo de los años en esta tierra…

 

Mandy (Estados Unidos/ Bélgica, 2018)

Dirección: Panos Cosmatos. Guión: Panos Cosmatos y Aaron Stewart-Ahn. Elenco: Nicolas Cage, Andrea Riseborough, Linus Roache, Ned Dennehy, Olwen Fouéré, Richard Brake, Bill Duke, Line Pillet, Clément Baronnet, Alexis Julemont. Producción: Adrian Politowski, Daniel Noah, Elijah Wood, Josh C. Waller y Nate Bolotin. Duración: 121 minutos.

Puntaje: 9