Stroszek

El sueño deviene en pesadilla

Por Emiliano Fernández

El aporte de Bruno Schleinstein a la producción artística de Werner Herzog, sin duda una figura fundamental del Nuevo Cine Alemán de la década del 70 y del séptimo arte a secas, es equiparable a la impronta escénica que Klaus Kinski supo concederle a la carrera del director y guionista a lo largo de la legendaria pentalogía de películas que encararon juntos, aquella compuesta por Aguirre, la Ira de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972), Nosferatu, el Vampiro (Nosferatu: Phantom der Nacht, 1979), Woyzeck (1979), Fitzcarraldo (1982) y Cobra Verde (1987). A pesar de haber filmado sólo dos propuestas con Schleinstein bajo el seudónimo bien literal de “Bruno S.”, El Enigma de Gaspar Hauser (Jeder Für Sich und Gott Gegen Alle, 1974) y Stroszek (1977), el opus que nos ocupa, Herzog encontró en el hombre una manifestación sutil y un intérprete ideal para sus inquietudes de siempre, léase el análisis de los inadaptados sociales, los marginados sistemáticamente por la mafia capitalista y aquellos que en general se atreven a soñar más allá de los confines simbólicos/ psicológicos permitidos y osan presionar a sus semejantes al punto de hacer visibles en primer plano esas barreras que en el día a día toman la forma de actos de autocensura con vistas a agradar al otro o simplemente regodearse en zonas de confort cultural sin dolores de cabeza a escala del argot compartido o los vínculos/ afinidades entre los seres humanos.

 

Schleinstein (1932-2010) tuvo una infancia espantosa porque su madre, una prostituta, lo golpeaba continuamente por no haber sido un hijo buscado, llegando incluso a dejarlo sordo de manera temporaria y empeorando un retraso mental leve que lo marcaría durante toda su vida. A pesar de sus dos décadas de reclusión en instituciones mentales y prisiones por distintos delitos menores, Bruno fue un músico autodidacta muy talentoso especializado en el acordeón, el piano, el glockenspiel y hasta las campanas, un surtido de instrumentos que empleaba en sus presentaciones de los fines de semana en los patios traseros de los complejos de departamentos de Berlín interpretando efusivamente baladas de los Siglos XVIII y XIX, todo mientras trabajaba en los días hábiles como conductor de montacargas en una planta de automóviles. La primera vez que Herzog lo vio fue en el documental Bruno der Schwarze: Es Blies ein Jäger Wohl in Sein Horn (1970) y eventualmente le dio el rol protagónico de El Enigma de Gaspar Hauser, acerca del célebre caso del muchacho alemán que en 1828 apareció de la nada en la ciudad de Núremberg luego de haber sido criado en cautiverio la mayor parte de su vida. El realizador escribió específicamente Stroszek -en apenas cuatro días- como una forma de compensar a Schleinstein por haberle prometido el papel principal de Woyzeck y después cambiar de opinión y dárselo a Kinski.

 

La película, una insólita epopeya de inmigrantes cargada de virulencia y sagacidad, retoma numerosos detalles de la existencia real de Bruno: su núcleo fundamental puede resumirse en el periplo hacia -y en- Estados Unidos de tres personajes, Bruno Stroszek (Schleinstein), un ex presidiario con capacidades cognitivas reducidas y siempre cercano al alcoholismo, Eva (Eva Mattes, famosa también por sus colaboraciones con Rainer Werner Fassbinder), una meretriz que sufre el acoso y las palizas de sus proxenetas, y Scheitz (Clemens Scheitz), un anciano que cuidó el departamento de Stroszek y su mascota, un pequeño loro llamado Beo, durante su período dentro de la cárcel por un crimen sin explicitar. Al dejar atrás el presidio el protagonista vuelve a su morada, le brinda asilo a Eva y comienza a ganarse el sustento mediante actuaciones públicas con su acordeón y el glockenspiel, no obstante los maltratos, las humillaciones y los golpes que padecen tanto él como la chica a manos de dos alcahuetes (Burkhard Driest y Wilhelm von Homburg) los llevan a considerar abandonar Alemania aprovechando la invitación del sobrino norteamericano de Scheitz, un tal Clayton (Clayton Szalpinski) que posee un taller mecánico en el pueblito de Railroad Flats, en ese Wisconsin rural que supo recibir un aluvión inmigratorio durante los Siglos XIX y XX por parte de los otrora habitantes de los territorios germanos y escandinavos.

 

Una vez en yanquilandia y con Beo confiscado en la aduana, Stroszek comienza a trabajar como mecánico en el taller de Clayton a la par de otro ayudante de origen indígena (Ely Rodríguez), Eva se desempeña como camarera en un restaurant símil parada de camiones y Scheitz disfruta de una suerte de jubilación que lo lleva a encarar “investigaciones” con un voltímetro sobre el magnetismo animal y las diferentes lecturas según cada sujeto. Bruno y Eva se enamoran, conforman una pareja y compran una casa prefabricada montada en un tráiler, sin embargo las deudas contraídas con el banco de turno se acumulan y la mujer vuelve a prostituirse, se deprime y se aleja del afecto de un Stroszek que no sabe cómo reaccionar y retoma su gustito por la bebida. Eva termina yéndose con dos camioneros en dirección a Vancouver y un Bruno huérfano de amor ve impasible cómo el testaferro de los usureros, Scott (Scott McKain), y un subastador (Ralph Wade) venden al mejor postor tanto el tráiler como la televisión y la heladera que habían comprado con la fémina. Convencido de que está frente a una sádica conspiración, Scheitz se presenta en el banco con Stroszek y una escopeta pero al encontrarlo cerrado roban 32 dólares en una peluquería aledaña y a posteriori compran comida en un minimercado justo enfrente, donde unos policías detienen al anciano por el asalto a mano armada sin percibir que su cómplice está a escasos metros.

 

Si bien a lo largo de los años se hizo más que evidente que Herzog consideró a la película en el momento de su realización como una especie de comedia negra, lo cierto es que el grueso del público la interpretó bajo los términos de un ataque furibundo no sólo contra el supuesto Milagro Económico Alemán de la posguerra, una etapa de baja inflación y rápido crecimiento industrial que de todas formas dejó afuera de la prosperidad occidental a las clases bajas, sino también contra el “sueño americano”, una sarta de mentiras que aquí devienen en pesadilla escalonada en función de una sociedad y una economía despiadadas basadas en el egoísmo, la avaricia oportunista, la intolerancia ante el diferente, el fetiche con las armas, la entronización del dinero y el estatus, la precariedad de las condiciones de vida, la cultura de la deuda eterna, la explotación laboral y los sueldos miseria, la banalidad extendida como único horizonte ideológico y esa violencia simbólica claustrofóbica a la que se refiere el protagonista cuando habla de las “patadas espirituales” que recibe del maquiavélico modelo de vida estadounidense y sus muchos corolarios, en clara oposición con respecto a los castigos físicos a los que lo sometieron los nazis durante su infancia, abusos explícitos que son incluso superados en su vileza por las injusticias “educadas y sonrientes” de un capitalismo que siempre despoja, miente y empobrece a pura impunidad.

 

Utilizando como set al propio hogar de Schleinstein y a sus instrumentos como utilería para las escenas, Herzog echa mano de episodios varios del devenir verídico de su protagonista para las secuencias en Berlín y le imprime un tono documentalista descarnado a la odisea en su conjunto recurriendo al ardid de conservar en la ficción los nombres reales de los actores y enfatizando el carácter improvisado de algunos momentos (Schleinstein era tímido y desconfiaba del director, por lo que necesitaba de mucho tiempo para prepararse para el rodaje incrementando su ego vía diversas charlas con el equipo) y la inevitable aspereza/ crudeza en materia de la presentación formal de un convite independiente de estas características (igualmente vale aclarar que Herzog, un cineasta siempre atento a la puesta en escena y a transmitir el mensaje mediante los medios que resulten necesarios, buscó precisamente esta estética a través de la fotografía de Thomas Mauch y la edición de Beate Mainka-Jellinghaus, amén del trasfondo poético que aportan las canciones elegidas de Chet Atkins y Sonny Terry, siempre entre las hermosas comarcas del country y el blues). La misma condición de “no actor profesional” de Schleinstein le otorga a la faena una pátina de humanidad y espontaneidad como pocas exploraciones antropológicas de antaño han tenido, aquí dejando que la acción se desenvuelva sola más que apelando a la pose vacua.

 

El film está repleto de detalles extraordinarios que pintan de pies a cabeza a Norteamérica y a buena parte de la coyuntura internacional actual, desde esos dos granjeros con tractores que aran en simultáneo y con armas en mano para chequear que el otro no se pase del límite de cada propiedad, pasando por Clayton y su detector de metales, el cual utiliza para buscar -incluso en lagos congelados- el tractor de un agricultor aparentemente desaparecido, hasta la triste vivienda prefabricada de la pareja de germanos, esos cazadores idiotas con los que se topa Scheitz, quienes acarrean el cadáver de un pobre venado atado a su coche, y la mismísima rapacidad de los bancos vía préstamos e hipotecas. Más allá del hecho de que cuenta la leyenda que Ian Curtis, el mítico cantante y compositor de Joy Division, dedicó las últimas horas de su vida -las previas a su suicidio a los 23 años de edad- a ver Stroszek y escuchar The Idiot (1977), el también prodigioso debut discográfico de Iggy Pop como solista, la verdad es que el desenlace de la película rankea en punta como uno de los más desoladores de la historia del cine, enmarcado en la huida de Bruno en una camioneta grúa con la escopeta y un gran pavo que compró en el minimercado, el abandono del vehículo en llamas y andando en círculos en el estacionamiento de un restaurant de temática indígena y finalmente el suicidio de Stroszek pegándose un tiro en una aerosilla, aunque no sin antes introducir monedas en una serie de patéticas “atracciones” con animales vivos esclavizados para el divertimento de los turistas de ocasión, entre los cuales están una gallina que baila, otra que toca un piano, un conejo que conduce un camión de bomberos de juguete y un pato que toca un tambor: este remate ultra sardónico, el cual funciona a la par de la afirmación de un policía que asegura que no pueden detener a los animales y por ello necesitan a un electricista para cortar la corriente, constituye un resumen magnífico del ideario detrás de la película y de un artista enorme como Herzog que ha sabido señalar el sustrato autoparódico de una globalización y una cultura plutocrática consuetudinaria centradas en el escapismo, la abulia, la inoperancia, el delirio, la pantomima y la genuflexión frente a los múltiples atropellos de esos psicópatas en el poder sobre unos mortales cada día más anestesiados…

 

Stroszek (República Federal de Alemania, 1977)

Dirección y Guión: Werner Herzog. Elenco: Bruno Schleinstein, Eva Mattes, Clemens Scheitz, Burkhard Driest, Wilhelm von Homburg, Clayton Szalpinski, Ely Rodríguez, Scott McKain, Ralph Wade, Alfred Edel. Producción: Willi Segler. Duración: 115 minutos.

Puntaje: 10