Ride Lonesome, de Beck

El tiempo olvida lo que el amor recuerda

Por Emiliano Fernández

La metamorfosis atravesada por Beck David Hansen alias simplemente Beck, de icono cultural alternativo y ecléctico de la década del 90 a músico respetado durante el nuevo milenio hasta caer paulatinamente en la redundancia artística y un semi olvido, en parte tiene que ver con el viejo estereotipo del rock que vincula la efervescencia creativa a la juventud y deja para la madurez un terreno incierto que suele derivar en aburguesamiento/ uniformidad y que en otras ocasiones desencadena obras incluso más valiosas que las iniciales, éstas homologadas a una visceralidad tendiente a desaparecer con el transcurso de los años. Ahora bien, quizás más importante en la transformación del californiano, por cierto nacido Bek David Campbell hace ya 56 años, es el hecho de haber representado con tanta facilidad el zeitgeist o espíritu de época, léase el pastiche y la potencia discursiva estrafalaria de los 90, mediante un talento inconmensurable para el sincretismo cultural y específicamente sonoro, en este sentido basta con recordar cómo luego de un par de experimentos olvidables en el campo del lo-fi, el noise, el garage rock y el anti-folk punkeado de Lach, Golden Feelings (1993) y Stereopathetic Soulmanure (1994), el señor se transformaría en un profeta de la Generación X y del collage musical caótico y avant-garde de la mano de Mellow Gold (1994) y Odelay (1996), dos joyas que sirviéndose de las drum machines, el humor corrosivo, la instrumentación en vivo, una filosofía entre hipster y underground y la sampledelia símil Public Enemy, Beastie Boys y De La Soul, entre otros pioneros, lograrían construir una síntesis perfecta de blues, art rock, country, hip hop progresivo, jazz, folk y electrónica intermitentemente inconformista y chatarresca, digna de los sonidos de los primeros videojuegos. El período de oro asimismo abarca One Foot in the Grave (1994), un regreso al lo-fi y el anti-folk aunque ahora filtrados por el indie más cerebral, Mutations (1998), su salto de cabeza hacia la psicodelia y una sofisticación extremadamente imprevisible y lunática, Midnite Vultures (1999), hilarante y muy adictiva reinterpretación del funk, el soul y el rhythm and blues en general según Prince, y Sea Change (2002), todo un neoclásico del pop barroco con pies en el country, la balada y el folk de impronta meditabunda, vinculada al divorcio en la tradición de Blue (1971), de Joni Mitchell, Blood on the Tracks (1975), de Bob Dylan, Rumours (1977), de Fleetwood Mac, Here, My Dear (1978), de Marvin Gaye, Grace and Danger (1980), de John Martyn, y Face Value (1981), de Phil Collins, panorama desolador o sincericida que también podemos encontrar en Argentina gracias a Filosofía Barata y Zapatos de Goma (1990), de Charly García, Bocanada (1999), de Gustavo Cerati, Los Ojos (1999), de Spinetta y los Socios del Desierto, y Honestidad Brutal (1999), de Andrés Calamaro.

 

La reputación de Beck homologada a su estampa de camaleón rupturista posmoderno, siempre buscando nuevos horizontes para su cocoliche, comienza a resquebrajarse debido a su primer ejercicio de estilo, Guero (2005), placa que funciona como un regreso correcto y no mucho más a la sampledelia de Mellow Gold y Odelay, jugada que hasta incluyó la vuelta de los productores estrella del segundo, Michael “E.Z.” Simpson y John “Gizmo” King, dupla que solía trabajar bajo el seudónimo de The Dust Brothers, dijo presente en un puñado de temas de Midnite Vultures y Bridges to Babylon (1997), de The Rolling Stones, y ayudó a cocinar el revolucionario Paul’s Boutique (1989), segundo álbum de Beastie Boys. El trabajo siguiente, The Information (2006), sufría de una duración excesiva pero todavía acumulaba temazos que iban desde la cornucopia circense inmediatamente previa hasta la introspección marca registrada de Mutations y Sea Change, discos producidos por el inglés Nigel Godrich, señor que reincide luego de trabajar para Radiohead, Pavement, Siouxsie and the Banshees, U2, Ride, Angelo Badalamenti, Sparks, The Divine Comedy, R.E.M., Paul McCartney, Travis, Air, The Beta Band, Charlotte Gainsbourg y ese Thom Yorke solista. Los indicios de nostalgia se terminan de confirmar con la aparición de Modern Guilt (2008), un paseo apenas afable por el pop sesentoso y la neopsicodelia que en esencia funge de colaboración con Brian Joseph Burton alias Danger Mouse, y sobre todo Morning Phase (2014), superación del opus previo que de todos modos cae muy por debajo de su padre explícito, Sea Change, del cual se pretende una continuación conceptual pero enfocada en el folk y prescindiendo de los servicios de Godrich y de un motivo englobador a escala simbólica como aquel de la odisea de 2002, la separación de su prometida Leigh Limon por una infidelidad de la mujer, una peluquera, que hizo estallar la pareja de nueve años. La fase de decadencia lamentablemente llega con la paradójica intención de hacer “algo nuevo” en serio al recuperar el único período de la historia del rock que hasta este momento no había explorado de manera intensiva, la década del 80, por ello los mediocres Colors (2017) e Hyperspace (2019), colaboraciones respectivamente con Greg Kurstin y Pharrell Williams, se sumergieron en la pose en cuestión recuperando el dream pop, la new wave, el dance rock y el synth-pop sin demasiada convicción y en plan de edificar en estudio relecturas vintage que no pasan del automatismo de un cleptómano experto.

 

Como si Beck se hubiese guardado las letras más melancólicas acerca de su divorcio de 2019 de la actriz Marissa Ribisi, en este caso después de la friolera de quince años de matrimonio y dos hijos, Cosimo y Tuesday, efectivamente optando por no aludir al asunto en el impersonal o más bien frívolo Hyperspace, Ride Lonesome (2026), primer disco en siete años, está marcado por una idiosincrasia apocalíptica y solipsista que no pasa vergüenza aunque tamaña afectación deriva en la redundancia de la tristeza acústica circa Morning Phase, como afirmábamos antes de por sí un rip-off más que una secuela de Sea Change. Constituyendo una amalgama bastante coherente de soft rock, pop barroco, folk y rock sinfónico, en el álbum se nota la movida narcisista de relegar a Godrich a la mezcla con la grabación terminada, para legitimar el proyecto vía la mirada externa y hegemonizar por completo el propio Hansen la producción, y ello repercute en el exceso de orquesta, en motivos melódicos repetitivos y en demasiado eco facilista en lo que atañe al objetivo de generar desconsuelo o zozobra en el oyente. El ropaje sónico sobrecargado y la poca imaginación en general de los arreglos de Ride Lonesome, sucesor de un compilado de rarezas temáticamente unificadas alrededor del Día de San Valentín, Everybody’s Gotta Learn Sometime (2026), su única antología junto con Stray Blues (2000), popurrí para el mercado japonés de Lados B, se compensan en buena medida con un desempeño vocal magistral, letras muy inspiradas, un comienzo y un último acto prodigiosos y diversos alicientes como la aparición de una armónica, un solo pinkfloydiano de guitarra, coros fantasmales sublimes y algún que otro outro enérgico gracias a socios de larga data, hablamos del bajista Justin Meldal-Johnsen, el baterista Joey Waronker, el pianista/ tecladista Roger Joseph Manning Jr. y los guitarristas Smokey Hormel y Jason Falkner, amén de un sustrato confesional o cuasi depresivo que a esta altura del partido Beck maneja como un maestro siguiendo las enseñanzas de Nick Drake, Serge Gainsbourg, Leonard Cohen, Neil Young, Tom Waits, Nick Cave y su amigo personal Elliott Smith, a su vez un discípulo del injustamente poco recordado en el nuevo milenio Gram Parsons, artífice del country alternativo cual amalgama de rock, proto indie y country a secas.

 

Con arreglos fastuosos que recuerdan a los de Pacific Ocean Blue (1977), único disco en vida de Dennis Wilson, y una cita en letra a You Can’t Put Your Arms Around a Memory, himno de So Alone (1978), debut solista de Johnny Thunders, pieza fundamental de New York Dolls y The Heartbreakers, Beck deja las cosas en claro desde el inicio porque Ride Lonesome, el tema que abre e intitula el disco, es un folk en busca de catarsis por una separación romántica, evidentemente una de las mejores canciones de corazón destrozado del estadounidense y un buen ejemplo de su estrategia por antonomasia para lidiar con el asuntillo en cuestión, mirarse hacia adentro tratando de hacer las paces con la soledad y el dolor fetichizado en vez de estallar hacia afuera buscando chivos expiatorios o sumergiéndose en aquella graciosa pirotecnia misógina a lo Dylan, pensemos para el caso en el sencillo aunque revelador estribillo en términos de una honestidad que siempre debería empezar por el propio hogar antes de asignar culpas ajenas, “tienes que cabalgar solo, tienes que intentar encontrar el camino/ tienes que llorar un río y seguirlo hasta casa, en soledad”. El segundo track, Run Away, también es una maravillosa composición que en esta oportunidad parece un soft rock en proceso de autodestrucción gracias a esa filosofía sutilmente grotesca del Hansen veterano, la cual incluye desde una base cuasi post punk y guitarritas folk hasta una deliciosa línea de sintetizador en el final y otra letra centrada en una mujer que se marcha y deja mudo al narrador a raíz de la desolación de tomar conciencia del fracaso, “en el tiempo de la confesión, en la hora de la tormenta/ cuando el último en pie es una criatura despreciable/ en un páramo aullante, en una habitación llena de humo/ buscaba respuestas para lo que ya sabía”. Muy en sintonía con el pop barroco, In the Night es una canción correcta construida alrededor de una guitarra acústica hipnótica y una orquesta hiper intrusiva que le dejan todo servido a versos sobre la nocturnidad que es sinónimo de una introspección tendiente a desenmascarar todas las patrañas y frasecitas hechas que nos venden para superar las pérdidas o los problemas sentimentales desde la religión, la psicología, las redes sociales, la TV o los manuales de autoayuda, “llegó la oscuridad con historias del cielo/ para enterrar todas las mentiras/ en la noche, en la noche/ tus maestros y tus santos te acompañarán a la tumba/ y te dirán que encontrarás tu camino/ en la noche, en la noche/ el amor es difícil de conocer, lo ves llegar y marcharse/ adorando su alma/ en la noche, en la noche/ aun así intentaste decir adiós”.

 

Failed Words, un buen exponente dream pop modelo apocalipsis de la esfera privada apuntalado en un pianito tan minimalista como enajenante, lleva al silencio y la paranoia de la ruptura un paso más allá porque ahora efectivamente rozamos la alienación al caerse la máscara social de fortaleza y surgir la sospecha de haber desperdiciado noches, días y palabras en una pareja que no prosperó, “cuando el cielo se rompe y las sombras caen/ bajo la superficie, detrás del muro/ en un refugio derruido, cuando estás perdido en el mar/ caminando a través de la locura y no puedes respirar/ todas mis noches en vano, todos mis días en vano, todas mis palabras en vano/ mi amor”. A pesar de su delicadeza y buenas intenciones, Bleed no pasa de la condición de folk esencialmente olvidable que continúa con el motivo del cariño desperdiciado y pretende coquetear con el suicidio aunque todo queda en una pose genérica/ automatizada digna de cualquier melodrama musical del montón, “no sé cómo sentirme, tu rápida y sigilosa lengua de plata me ha destruido/ el sacramento de tu vaca sagrada, ya no puedo vivir sin ti/ esta noche sangro, esta noche me desangro/ esperando una razón para que tu amor me devuelva la vida”. La simpática Disappearing Act se mueve entre el country, el rock sinfónico y el pop tradicional con el objetivo de retomar la metáfora del tema inicial, esa del jinete cual amante que debe seguir una senda autotrazada para volver a darle sentido a su vida romántica dejando atrás los fantasmas del pasado, ahora con la noche como un territorio de confusión y pesadillas pero también de reinvención o quizás un hedonismo que permita olvidar el calvario del corazón por un rato, en este sentido basta con considerar versos como “el cielo se cierne sobre ti, la noche te oculta el amor/ y escuché una voz desde otra habitación, pensé que tal vez eras tú/ cabalga hacia la tormenta, como una bestia esperando nacer/ hay un camino para salir de aquí que lleva a ninguna parte”. Abriendo con una alusión en letra a Time Waits for No One, clásico semi jazzero de It’s Only Rock ‘n Roll (1974), de The Rolling Stones, For Your Love abusa groseramente de la orquesta, el eco y el tono sepulcral estandarizado de la composición, especie de caricatura del cliché musical de Beck en modo desgarrador que por suerte se ve compensado por una lírica astuta que apela a los astros y los fenómenos de la naturaleza para invocar la depresión, “el tiempo no espera a nadie, los días siguen su curso/ un giro en el río, donde el amor se ha ido/ de regreso en la frontera, donde nacieron las lágrimas/ para ahogarse en las secuelas y caminar a través de la tormenta/ algunos se quedan detrás del Sol, lejos de la Luna/ para elevarse en la avalancha, para vagar entre las ruinas/ por tu amor, por tu amor”.

 

Slow Canyon, amalgama de indie y folk con arreglos más despojados, levanta la puntería con respecto al track previo e insólitamente ofrece algo de optimismo que de todos modos oculta un autoengaño debido a que el protagonista cree vislumbrar una reconciliación en puerta que en última instancia es producto de la vida nocturna u onírica post ruptura en tanto ámbito para la imaginación, de allí la luminosidad tristona del leitmotiv en guitarra y de la misma letra, “desapareces en la habitación/ un último vistazo a un mundo caído/ sin motivo alguno para otorgarle vida/ te quiero, sí, te quiero/ tu halo de espinas, tu corona de hielo/ pinto tu nombre en el cielo/ es lo único que sé, ¿no sabes que todo esto es por ti?/ Te quiero, sí, te quiero/ te quiero, sombras en tu piel/ te veo, el llanto de la luz/ tus hombros en alto, has visto sonreír a la oscuridad/ te quiero, sí, te quiero/ paso mis días esperando la noche/ como los fuegos artificiales felicitan el cielo/ sólo encuéntrame allí, dentro del huracán/ te quiero, sí, te quiero”. It Ends Right Here sintetiza a la perfección la maestría del Beck entrado en años porque sin ofrecer nada remotamente novedoso, más bien todo lo contrario, todavía es capaz de entregar ejercicios sublimes de estilo como el presente, en sí un tema indie guitarrero muy simple con un outro noise que pone el acento en la sorpresa ante el derrumbe, lo que habla de la ingenuidad del ser humano promedio, y en dos latiguillos temáticos infaltables del señor cuando se consagra al afecto, léase la necesidad de aceptar la separación y de tener un buen recuerdo de la persona amada porque nunca desaparecerá de nuestro corazón, “no puedo verme en tus ojos, en tu historia/ las líneas se movieron, el clima cambió, te fuiste sin avisar/ toda esta gente que conocías, todas estas ciudades por las que caminabas/ todo este tiempo que me tomó encontrarte termina aquí mismo/ la iglesia que construí en tu habitación, corona de tu gloria/ nadie puede reclamarla y nadie lo hará/ toda esta gente que conocías, todas estas ciudades por las que caminabas/ todo este tiempo que me tomó encontrarte termina aquí mismo”.

 

Edificada en torno a un motivo musical infantil de linaje beatlesco y asimismo emparentado a las gloriosas excentricidades concebidas por Godrich para Mutations, Falling Through My Hands combina con suma perspicacia el órgano de Manning, un solo de guitarra cercano al flamenco de Falkner, la armónica del propio Hansen, coritos celestiales que van y vienen y otra de las mejores letras del multiinstrumentista que cubre todos los aspectos del cariño a la deriva o mejor dicho, sin su contraparte, “más allá de la luz de tu nuevo amanecer/ la tormenta llegó sin previo aviso/ estrellas pintadas caían a tu alrededor/ me ahogaba en la oscuridad cuando te encontré/ el tiempo olvida lo que el amor recuerda/ arrojo tus cenizas en las brasas/ y en la noche, hay una luz sobre ti brillando intensamente/ estaba esperando allí para encontrarte/ te deseo pero te escapas de mis manos, esta vez/ los amantes se esconden en sus propias historias/ y atesoran sus secretos hasta la mañana/ al amanecer encendí una vela azul/ te habías ido, un mártir de la batalla/ te llamo pero te escapas de mis manos, esta vez/ las sombras giran en el silencio/ así que derrama tus lágrimas y cierra los párpados/ y si llego al cielo sin ti, bueno, reza por mí/ sabes que nunca dudaré de ti/ te amo pero te escapas de mis manos, esta vez”. La bella If You Don’t Know What Love Is juega con el country y el soft rock pero en realidad es lo que el norteamericano entiende por una balada de estadio muy en sintonía con Wild Horses, joya de Sticky Fingers (1971), de The Rolling Stones, de allí se explica la presencia de un solo apoteósico de guitarra de Hormel en la tradición de David Gilmour, de Pink Floyd, y unos versos que hacen foco en la redención mediante la autocrítica y en la renuncia de Beck a la opción de odiar al prójimo cuando existe un desacuerdo, sin duda el lugar común en el capitalismo zopenco, maniqueo y ultra individualista del Siglo XXI, “dame una respuesta, ya lo he oído todo/ encuéntrame una razón para no rogar por más/ buscando un salvavidas, otra mano del destino/ intentando creer en algo que podría odiar/ si no sabes qué es el amor, es un camino difícil/ si no sabes dónde está la luz, no llegarás a casa/ si no prestas atención al dolor, no oirás la llamada/ si no sabes qué es el amor, no sabes nada en absoluto”. El disco cierra con la amena aunque poco memorable Beyond the Light, punto final un tanto decepcionante porque refrita en versión lánguida el latiguillo de Falling Through My Hands, no obstante por lo menos lo compensa con una coda símil The Beatles, bastante sorpresiva, y otra letra muy inspirada amiga de pensar la derrota masculina como consecuencia de no expresar los sentimientos en el momento oportuno, por un lado, y el sustrato gélido femenino en plan de un ninguneo ya terminal, por el otro lado, algo evidente en la última estrofa del tema, “en alabanza de la bendición/ el secreto de tu nombre me estremece el alma/ con mi corazón expuesto en vano/ sembrando diamantes en tierra árida con tu sacramento de hielo/ no tengo nada en qué creer, sólo la distancia en tus ojos”.

 

Si dejamos en el tintero la noción explícita de parte de Beck que sitúa a Ride Lonesome como el último eslabón de una trilogía de placas que se completa con Sea Change y Morning Phase, todas alrededor de la melancolía, el desamor, la catarsis, el masoquismo y las tribulaciones para aceptar la pérdida o los fracasos, lo cierto es que el álbum que nos ocupa tiene mucho de corolario de las distintas metamorfosis que experimentó la faceta acústica y más o menos sensible del compositor, por ello se sintió comprensible el salto entre el cinismo de One Foot in the Grave y el arcoíris sonoro de Mutations, en primera instancia, y luego su homólogo entre este último y el verdadero “punto de no retorno” en la carrera del californiano, Sea Change, en segundo lugar, movida que se explica tanto por el episodio de cuernos a instancias de su ex, Limon, como por las sucesivas cumbres a las que Hansen llegó abrazando el ideario previo a lo pastiche genial, hablamos de los estereotipos, Mellow Gold y Odelay, pero también de hermanos o primos no tan lejanos como Midnite Vultures y el propio Mutations, igual de frankensteineanos en su concepción. Ahora bien, el salto entre la sinceridad a la fuerza de Sea Change, como decíamos antes producto de la debacle en su vida privada y el agotamiento de la fórmula maximalista que lo llevó a la masividad de la mano del hit internacional de Mellow Gold, Loser, y Morning Phase, un trabajo con aires de pose o directamente fotocopia eficaz aunque decididamente menor en relación al original, se sintió como una jugada regresiva a posteriori de tres alternativas nunca del todo fallidas pero un poco mucho desalentadoras en términos de la certeza de que ya no volveremos a escuchar nunca más una placa del nivel del período entre Mellow Gold y Sea Change, pensemos que Modern Guilt quiso fagocitar al pop sesentoso como novedad, Guero refritó la sampledelia de antaño y finalmente The Information ofició de opción intermedia y freak. Ride Lonesome, de hecho una copia de una copia porque se emparenta más con las orquestaciones rimbombantes de Morning Phase que con el naturalismo rockero descorazonado de Sea Change, ocupa un lugar parecido al del disco de 2014 porque viene a borrar con el codo a los anodinos Hyperspace y Colors, opus de influjo ochentoso que representaron el súmmum de la artificialidad descartable del Beck posterior a Guero, así las cosas asimismo resulta comprensible que el señor opte por regresar a un sustrato terrenal o mundano que paradójicamente resulta tan sobrecargado como el anterior aunque de distinta manera, en los dos discos previos engolosinándose con los juguetes tecnológicos de estudio y en Morning Phase y Ride Lonesome con una sinfónica que debería subrayar determinados segmentos de determinadas canciones y no aparecer de modo gratuito en todos los benditos temas. Como siempre en el caso de Beck, el susodicho sólo pierde cuando se trazan analogías con su pasado debido a que prácticamente cualquier cosa que haya grabado en su vida, incluso Golden Feelings y Stereopathetic Soulmanure, supera por goleada a la catarata de basura musical del nuevo milenio y especialmente los últimos tres lustros, época en la que se ha acumulado un enorme volumen de mamarrachos para sordos, analfabetos culturales e imbéciles varios que no pueden distinguir un silbato de John Lennon o Wolfgang Amadeus Mozart. Hansen está lejos de sus cúspides, claramente, sin embargo su talento no desapareció y su producción artística sigue siendo valiosa o muy interesante porque sus idas y vueltas, tanto las progresivas como las regresivas, constituyen un síntoma de un sano ajetreo cultural que impide ese anquilosamiento en el que están atrapados tantos artistas soporíferos o banales del presente.

 

Ride Lonesome, de Beck (2026)

Tracks:

  1. Ride Lonesome
  2. Run Away
  3. In the Night
  4. Failed Words
  5. Bleed
  6. Disappearing Act
  7. For Your Love
  8. Slow Canyon
  9. It Ends Right Here
  10. Falling Through My Hands
  11. If You Don’t Know What Love Is
  12. Beyond the Light