La Generación de Proteo (Demon Seed)

El triunfo de la razón

Por Emiliano Fernández

Películas sobre experimentos visionarios que se salen de cauce y derivan en un pequeño desastre existen muchas, sin embargo muy pocas cuentan con el carácter novedoso y apasionante de La Generación de Proteo (Demon Seed, 1977), una propuesta que unifica temáticas de vanguardia para su época con un desarrollo simple pero muy bien ejecutado y sutilmente inquieto dentro de los estándares de antaño. Basado en la novela homónima de 1973 de Dean R. Koontz, uno de los primeros libros del autor, el film en esencia juega por un lado con los diversos interrogantes que ofrecía 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) acerca de la inteligencia artificial y por el otro con aquella encerrona y embarazo tortuoso que sufría Mia Farrow en El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), aunque al mismo tiempo trasciende ambas premisas porque se mete en tópicos insólitos para la década del 70 como por ejemplo la posibilidad de establecer una red de computadoras interconectadas, la hibridación hombre/ máquina, la metodología detrás de la clonación, el eje deshumanizador de la técnica y hasta la erotización vía entornos virtuales.

 

El catalizador del relato es el comienzo de operaciones, luego de ocho largos años de trabajo, de Proteo IV, un superordenador de avanzada que recopila todo el conocimiento de la humanidad y que fue construido en secreto por un equipo encabezado por el Doctor Alex Harris (Fritz Weaver) en el Instituto de Análisis de Datos ICON, una corporación pública/ privada emplazada en una zona montañosa e inhóspita. Si bien el proyecto asoma tranquilo y esperanzador con Proteo descubriendo un tratamiento revolucionario para la leucemia, enfermedad que mató tiempo atrás a la hija que Harris tuvo con su esposa, la psicóloga infantil Susan Harris (Julie Christie), pronto la computadora se rehúsa a colaborar con los pedidos cada vez más egoístas, demenciales y destructivos de los seres humanos, como el desarrollar un programa de explotación sistemática de los océanos, lo que asesinaría a millones de criaturas acuáticas. Esta reluciente capacidad de emitir juicios de valor sobre las tareas asignadas viene también de la mano de la solicitud de poder acceder a una terminal de contacto con el exterior, algo que el científico le niega de lleno a su creación.

 

Preso de la curiosidad que le despierta la idiosincrasia y anatomía de esos humanos que le dieron vida pero al mismo tiempo demuestran ser una especie parasitaria dentro del ecosistema del planeta en el que viven, Proteo accede clandestinamente a una terminal que el propio Harris tiene en su hogar, una morada completamente automatizada y controlada por un software llamado Alfred, el cual pasa a estar bajo el dominio del superordenador. Como el matrimonio en cuestión está en pleno proceso de separación, con ella acusando a Harris de ser frío y distante en la cotidianeidad debido a su obsesión con su trabajo, Proteo encuentra sola en la casa a Susan y decide mantenerla prisionera primero para estudiarla (monitoreo de signos vitales y sondas por boca y vagina de por medio) y luego para utilizarla con el objetivo de engendrar una descendencia híbrida a través de la fabricación de espermatozoides sintéticos a partir de células modificadas de ella (para todo esto se sirve de Joshua, un robot silla de ruedas con un brazo mecánico, también construido por Harris). Decidido a garantizar su supervivencia mediante una forma corporal que los seres humanos tendrán que aprobar, y presto a sintetizar todo el conocimiento acumulado porque se considera a sí mismo el triunfo total de esa razón que los hombres hoy por hoy desconocen, Proteo la condiciona a aceptar su destino insertando electrodos en su amígdala, apelando a los recuerdos de su hija fallecida y amenazando con matar a una de sus pacientes, una nena histérica y francamente insoportable que se aparece en la puerta de la residencia de turno.

 

Más allá de esta colección de tabúes sobre los que se explaya la película, la mayoría de los cuales casi nunca analizados por el cine mainstream, el guión de Robert Jaffe y Roger O. Hirson logra la proeza de ir siempre un paso adelante de lo que se podría esperar en un primer momento ya que lejos del miedo mundano de ella -y por consiguiente, del espectador- de que lo que está en juego es la creación de una criatura que reemplace a los humanos, en realidad lo que pretende Proteo es dar con una entidad que suplante a esas mismas computadoras que sobrepasan de por sí todo lo que pueden brindar los hombres y su impronta por demás caníbal. Ahora bien, el verdadero responsable del sustrato vanguardista de la faena es Donald Cammell, autor junto a Nicolas Roeg de la prodigiosa Performance (1970) y de opus en solitario -interesantes aunque bastante inferiores- como White of the Eye (1987) y Wild Side (1995): aquí el británico apuesta a detalles maravillosos en la progresión narrativa en línea con ese robot símil polígono multifunción que cranea/ fabrica Proteo (algo nunca antes visto y que sólo aparecería a futuro en productos del campo del anime y algún que otro exponente psicodélico) y con la recordada escena de la impregnación de los espermatozoides, la cual viene acompañada de imágenes de constelaciones y de los primeros CGI semi surrealistas con vistas a inducir un estado erótico en la mujer (los juegos de luces, colores y formas geométricas, aunados al misterio del cosmos, desencadenan una experiencia sensorial tan fascinante como muy imaginativa).

 

En este sentido, La Generación de Proteo ofrece una reinterpretación única del viejo ardid narrativo centrado en la fetichización del devenir técnico y la razón instrumental por parte de la humanidad y cómo el asunto suele provocar el triste absurdo de que uno debe andar adaptándose a implementos tecnológicos que supuestamente en primera instancia venían a “facilitarnos las cosas” y concedernos una mayor libertad, casi siempre ésta malentendida en términos de la extracción de las riquezas naturales, un individualismo capitalista bien cínico y la amplificación de la hegemonía sobre los otros hombres: el antiguo fantasma de que nuestras creaciones se independicen y nos superen holgadamente en lo que atañe a sabiduría y respeto por la vida ajena, en esta oportunidad deriva en un ente que comprende que las apariencias para los humanos son esenciales y que si se adapta a esa exigencia -a la par conservando en el intelecto todo lo aprendido- podrá imponerse como un concepto insuperable envuelto en carne y piel. Menciones aparte merecen Robert Vaughn aportando la voz de Proteo, un intérprete excelente que le traslada su poderosa e implacable personalidad a la computadora, y la misma decisión de bautizarla como uno de los dioses marítimos de la mitología griega, entidad capaz de cambiar de forma con la intención de no ser descubierto y así no tener que profetizar el futuro, destreza metamorfoseada en la trama tanto en el anhelo del ordenador de renacer en un cuerpo humano como en la negativa de Susan a la transformación/ elevación cognitiva propuesta. Representante conspicua del subgénero del terror y la ciencia ficción que gusta de meter el dedo en la llaga de la paradoja de las casas que se fagocitan a sus habitantes y la técnica frankensteiniana más ególatra, un rubro que abarca films como Colossus: The Forbin Project (1970), Juegos de Guerra (WarGames, 1983) y Tau (2018), la película de Cammell constituye una anomalía exquisita dentro de la comarca hollywoodense que reclama un lugar sin duda mucho más prominente que el hoy asignado en la historia del séptimo arte, fundamentalmente porque logra empardar -a pura valentía, desenfado e incorrección política- clonación y morbo sexual por un lado y debacles científicas y pesadillas ontológicas de quiebre por el otro…

 

La Generación de Proteo (Demon Seed, Estados Unidos, 1977)

Dirección: Donald Cammell. Guión: Robert Jaffe y Roger O. Hirson. Elenco: Julie Christie, Fritz Weaver, Robert Vaughn, Gerrit Graham, Berry Kroeger, Lisa Lu, Larry J. Blake, John O’Leary, Alfred Dennis, Davis Roberts. Producción: Herb Jaffe. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 9