4x1 de Michele Soavi

El último artesano

Por Emiliano Fernández

En una época como la nuestra en la que el estilo por sobre la sustancia suele ser la regla principal de un mainstream cultural volcado a las pocas ideas novedosas y una pobreza discursiva muy exasperante que ni siquiera consigue entregar productos más o menos dignos dentro de su rubro, nada mejor que rescatar la figura de Michele Soavi, quien para muchos es el último gran autor del período de oro del terror italiano y europeo en general, ese que empezó durante la década del 60 y se extendió hasta los 80, momento en el que el conservadurismo pueril tomó preeminencia en el enclave cinematográfico y anuló la libertad creativa que había caracterizado al cine de género de hasta entonces. La fase más interesante de la trayectoria del director y guionista, el cual por cierto comenzó su devenir profesional como actor en convites de Umberto Lenzi, Lucio Fulci, Joe D’Amato, Dario Argento y Lamberto Bava, entre otros, abarca sus primeras cuatro realizaciones, todos exponentes de horror entre los cuales las primeras tres obras, Stage Fright (Deliria, 1987), The Church (La Chiesa, 1989) y The Sect (La Setta, 1991), resultan ejercicios técnicos brillantes y la última, Cemetery Man (Dellamorte Dellamore, 1994), se abre camino como un alegato genial contra la apatía del mundo contemporáneo, aunque sin dejar de lado los peligros que puede traer aparejado el hecho de abandonar las aburridas certezas de siempre y aventurarse hacia comarcas que brindan poca o nula seguridad existencial y hasta son garantía de deliciosas frustraciones de toda clase. Lejos de la enorme mayoría del cine industrial y/ o popular actual, muy homologado al despilfarro de dinero en films de una patética inoperancia incluso dentro de los parámetros menos exigentes, los opus de Soavi exudan imaginación escénica y una impecable factura general y ni siquiera se proponen decir algo sobre lo que sea porque el horizonte conceptual está vinculado al entretenimiento elegante y austero en el que los recursos disponibles son exprimidos sin ambiciones discursivas (como decíamos previamente, la gran excepción es Cemetery Man, propuesta que adapta la meticulosidad y paciencia de las obras precedentes a una madurez en verdad envidiable, ya orientada al mensaje social más seco y revulsivo). Lamentablemente el realizador a mediados de los 90 decidió retirarse para cuidar de su hijo enfermo y su carrera en el séptimo arte en buena medida se diluyó, perdiéndose en el vacío el último artesano de una estirpe que nació con Mario Bava a fines de la década del 50: desde principios del Siglo XXI se consagró a trabajar en la televisión italiana y si bien tuvo un par de regresos dignos a la gran pantalla, The Goodbye Kiss (Arrivederci Amore, Ciao, 2006) y Blood of the Losers (Il Sangue dei Vinti, 2008), la magia de sus neoclásicos había desaparecido, a lo que se suma el detalle de que se le hizo imposible conseguir financiación en el repugnante contexto cultural de hoy en día para un puñado de proyectos que estaban destinados a transformarse en su retorno a aquel género que lo vio nacer y que tantas satisfacciones nos ha dado. Sin nada más que agregar, sólo resta meternos en la carrera del único verdadero discípulo que tuvo el mítico Dario Argento y de un artista sin igual que aprendió su oficio rodeándose de los mejores o más experimentados profesionales de su tiempo, lo que le permitió pulir con dedicación y firmeza su obra al punto de que ya su ópera prima parece ser producto de un cineasta veterano, sutil y en completo dominio de los resortes retóricos.

 

Índice:

 

 

Stage Fright (Deliria, 1987):

 

En su primera película, Stage Fright (Deliria, 1987), se hace más que patente que Soavi no sólo tomó nota de su experiencia como asistente de dirección del querido Dario Argento en Tinieblas (Tenebre, 1982), Phenomena (1985) y Terror en la Ópera (Opera, 1987) sino que incluso se propuso reformular muchos de los latiguillos conceptuales de esta última, sobre todo la coyuntura artística, el colorido devenir de un homicida obsesivo y las críticas solapadas al narcisismo y al carácter un tanto caníbal de la industria del espectáculo. Si bien el opus de Argento estaba inspirado en parte en El Fantasma de la Ópera (Le Fantôme de l’Opéra), la famosa novela gótica de 1910 de Gastón Leroux, Soavi apuesta a recuperar -y lo consigue de manera brillante- la claustrofobia del ecosistema artístico reemplazando los engranajes del misterio enrevesado símil giallo de aquella por un sustrato más explícito y directo vinculado al mucho más literal slasher modelo norteamericano, asimismo sumando alusiones varias a Tinieblas, en especial por cierta reflexión metadiscursiva sobre la ficción dentro de la ficción, a Seis Mujeres para el Asesino (Sei Donne per l’Assassino, 1964), de Mario Bava, por el dejo preciosista y muy meticuloso de la carnicería, y a All That Jazz (1979), de Bob Fosse, por referirse específicamente al backstage kitsch de los musicales posmodernos y hasta servirse de diversos personajes paradigmáticos del rubro. La trama es muy sencilla y transcurre a lo largo de una noche en la que una troupe de actores/ bailarines están ensayando para el estreno dentro de una semana de un espectáculo musical acerca de los asesinatos de una figura enigmática que gusta de usar una enorme y ridícula cabeza de utilería semejante a la de un búho, todo bajo la supervisión del director de turno, Peter (David Brandon), y el anodino representante de los productores, Ferrari (Piero Vida). La protagonista es Alicia (Barbara Cupisti), una de las bailarinas principales que interpreta a una prostituta víctima del chiflado y una mujer que se lastima un tobillo trabajando, por lo que junto a una vestuarista llamada Betty (Ulrike Schwerk) deciden ir al centro médico más cercano, el cual resulta ser un instituto psiquiátrico en el que está encerrado un peligroso homicida y ex actor que mató y descuartizó a 16 personas en total, Irving Wallace (Clain Parker), señor que -por supuesto- se escapa cargándose a un enfermero y se esconde en el asiento trasero del automóvil de las chicas. De vuelta en el teatro en cuestión, Peter despide a Alicia por ausentarse sin avisarle y Betty termina con un pico clavado en su boca, lo que provoca la llegada de la policía y la presencia permanente de dos oficiales en la puerta del lugar durante toda la noche (Mickey Knox y el propio Soavi). Como consecuencia de la desafortunada idea de Peter de ordenarle a Corinne (Loredana Parrella), otra actriz, que cierre la única puerta del teatro y esconda la llave así nadie puede marcharse con vistas a adelantar el estreno y sacar fruto del frenesí mediático/ publicitario por el homicidio de Betty, todos quedan atrapados entre bambalinas cuando la mujer se lleva el secreto a la tumba, con el tremendo Wallace reventándolos uno a uno de las maneras más “intensas” posibles, como por ejemplo con un cuchillo, un taladro/ agujereadora, una motosierra y el infaltable hacha. El excelente guión de Luigi Montefiori alias George Eastman, también un actor de larga data recordado especialmente por su rol de Treinta y Dos en Rabid Dogs (Cani Arrabbiati, 1974), de Bava, encuentra su contrapeso perfecto en un balance muy a lo Argento entre las despampanantes truculencias (miembros cortados, abdómenes deshechos, agujeros corporales un tanto “innecesarios”, etc.) y unas estética, atmósfera y estructuración dramática craneadas al dedillo (toda la odisea está apuntalada en un trabajo lúgubre e inmaculado de cámaras pero sin duda la cúspide retórica es el mismo desenlace, cuando Wallace arma un montaje escénico descabellado con todos los cadáveres mientras Lucifer, el gato negro del portero Willy de James Sampson, devora las entrañas de los actores y Alicia intenta hacerse de la llave “clavada” en el escenario para escapar de una buena vez). Como decíamos anteriormente, Soavi incorpora insólitos detalles de reflexión mordaz y metadiscursiva en la apertura, con el asesinato de Alicia dentro del marco de la ficción del musical, y la misma sonrisa final del psicópata a cámara a posteriori de que Willy le pegue un tiro en la frente, especie de ademán irónico al cliché del asesino imparable -que directamente no puede morir- prototípico de los slashers. Otros factores interesantes a tener en cuenta son el trasfondo semi trash del elenco del musical, un pequeño grupo de actores desesperados que no trabajaban desde hacía tiempo en oposición a los eventuales recursos holgados de una propuesta mainstream, y los especímenes que encontramos entre el equipo en general, como el tiránico director, Peter, el oligarca/ financista que pretende encamarse con las actrices, Ferrari, la arpía trepadora que haría lo que sea por un mejor papel, Laurel (Mary Sellers), y la pobre ingenua y clásica sobreviviente que se debe comer los maltratos permanentes del mandamás, la propia Alicia. Stage Fright es sin duda una de las últimas joyas de los universos hermanados del giallo y los slashers y uno de los films más coherentes, adictivos y eficaces que haya dado el cine de horror italiano en toda su historia, lo que constituye una indescifrable anomalía de por sí ya que el productor no es otro que Joe D’Amato, campeón del terror bizarro y realizador de las demenciales Antropophagus (1980), Absurd (Rosso Sangue, 1981) y Beyond the Darkness (Buio Omega, 1979), tres ejemplos de Clase B bien caótica que de cuidadosos no tienen prácticamente nada de nada.

 

Stage Fright (Deliria, Italia, 1987)

Dirección: Michele Soavi. Guión: George Eastman. Elenco: Barbara Cupisti, David Brandon, Ulrike Schwerk, Clain Parker, Loredana Parrella, Mary Sellers, Mickey Knox, Michele Soavi, Robert Gligorov, Martin Philips. Producción: Joe D’Amato y Donatella Donati. Duración: 90 minutos.

 

 

The Church (La Chiesa, 1989):

 

La génesis de The Church (La Chiesa, 1989) puede haber estado relacionada con ser la tercera parte de la retahíla efervescente que comenzó con Demonios (Dèmoni, 1985) y siguió con Demonios 2 (Dèmoni 2… l’Incubo Ritorna, 1986), ambas dirigidas por Lamberto Bava, sin embargo -como el propio Soavi se encargó de aclarar- aquí el asunto es mucho más sofisticado que en aquellas dos películas, centradas en un contagio demoníaco en los entornos herméticos que ofrecían una enorme sala de cine y un edificio de departamentos, respectivamente: en esta oportunidad sólo el tercio final del metraje se corresponde a la idea original del proyecto, en esencia trasladar el encierro a una iglesia, ya que el resto del derrotero narrativo está más centrado en el suspenso y la escalada retórica sobrenatural que en la colección de muertes de los simpáticos aunque grasientos opus de Bava, quien por cierto jamás tuvo el talento de su padre, el inmortal Mario. De hecho, Soavi estrecha vínculos con su mentor de siempre, el aquí guionista y productor Dario Argento, a su vez artífice también de las dos Demonios, y retoma el preciosismo que aprendió del señor, el cual -desde ya- es asimismo el de Mario, y que supiera aplicar en su debut como realizador, Stage Fright (Deliria, 1987). Respondiendo por antonomasia a la tradición heterodoxa del horror italiano, The Church combina elementos de drama histórico de herejes, thriller de arcanos ancestrales, fantasía tenebrosa en torno a posesiones del averno, epopeya de contagios masivos, terror de aislamiento y mucha tensión, película de cultos satanistas y hasta comedia sutilmente maquillada/ irónica centrada en chispazos de un surrealismo ultra siniestro. La faena arranca en la Alemania medieval cuando los Caballeros Teutónicos, una orden religiosa y militar que supuestamente defendía a los peregrinos que iban a Tierra Santa pero en la praxis se la pasaba asediando a cualquiera que parezca cuestionar alguno de los postulados cristianos de la época, efectivamente masacra a un conjunto de mujeres bajo cargos de brujería y de paso prende fuego a la aldea donde viven. Después de arrojar los cuerpos en una fosa común, los entierran -a pesar de que había algunas personas aún con vida- y para contener el supuesto mal demoníaco colocan un colosal crucifijo encima con un sello circular de piedra de un carnero con siete ojos, alrededor del cual construyen una iglesia que también parece “aprisionar” un potencial malévolo difuso, relacionado tanto con las barbaridades y crueldades de los cruzados como con la venganza desde el Más Allá de los hipotéticos adoradores de Mefistófeles. Salto en el tiempo hasta la actualidad, la trama en sí deambula alrededor de cuatro personajes principales, a saber: primero tenemos a Evan (Tomás Arana), el nuevo bibliotecario de la hoy gigantesca catedral que llega para catalogar un gran número de libros, luego están Lisa (Barbara Cupisti, ya vista en Stage Fright), la restauradora de los frescos del lugar y el interés romántico del anterior, y Lotte (una jovencísima Asia Argento, en su tercer trabajo en pantalla después de haber debutado en Demonios 2), la hija del sacristán, Hermann (Roberto Corbiletto), una chica que gusta de escaparse hacia la vida nocturna de Hamburgo vía un pasadizo secreto en el acueducto de las catacumbas de la iglesia, y finalmente encontramos al Padre Gus (Hugh Quarshie), el cura negro y el más agradable de los dos que están bajo el mandato del Obispo (Feodor Chaliapin Jr.), la máxima autoridad entre dichas paredes, siendo el otro el Reverendo (Giovanni Lombardo Radice). La semilla del mal surge con todo primero de la mano de un pergamino que encuentra Lisa dentro de uno de los muros y luego gracias al siniestro sello del macho cabrío, con el que Evan se tropieza al punto de desencadenar una serie de sucesos nefastos mientras Lisa y el Padre Gus experimentan visiones con los Caballeros Teutónicos, planteo que incluye la maldición/ sugestión que padece Evan, el contagio del sacristán, su espantoso suicidio con un martillo neumático y el misterioso accionar de mecanismos ocultos que cierran de lleno la catedral, dejando sin poder salir a un grupo variopinto de visitantes conformado por una pareja de ancianos (John Karlsen y Katherine Bell Marjorie), otra de adolescentes (Roberto Caruso y Claire Hardwick), una modelo lookeada como la novia de una boda (Antonella Vitale) y hasta una comitiva estudiantil de primaria encabezada por una docente, la Señorita Brückner (Patrizia Punzo). Si bien cae un escalón por debajo de su ópera prima, de todas formas Soavi aprovecha con inteligencia y esmero el presupuesto más que generoso de Argento para edificar un relato gótico con la innegable precisión de un reloj suizo, destacándose especialmente las alucinaciones/ visiones/ episodios terroríficos vinculados con las encarnaciones del Diablo y sus acólitos, casi siempre homologadas a seres de apariencia ovina, simiesca o marina, con la gárgola de cabeza de carnero en la que encarna Evan -esa que para colmo viola a Lisa bajo la mirada celebratoria de una secta hipnotizada- como la cúspide del bestiario. Entre escenas de un delicioso sadismo como por ejemplo la del bibliotecario sacándose su propio corazón o la muerte de Brückner, atravesada en su cuello con una reja por Hermann, aquella otra de la parejita adolescente, la cual termina estrellada contra una formación del metro, la de la modelo, quien se arranca la piel de su rostro al verse vieja en un espejo, y la del Arquitecto del templo (John Richardson), a quien los psicópatas religiosos medievales le enchufan el mecanismo de autodestrucción de la iglesia en su propia boca, la realización le pega duro y parejo al fundamentalismo cristiano no sólo vía la alusión a los Caballeros Teutónicos sino también mediante la presencia del Obispo, quien se niega a darle respuestas sobre lo que acontece al Padre Gus, rompe el pergamino y hasta delira con el exterminio masivo de toda la metrópoli por considerarla un engendro pecaminoso y corrupto que merece desaparecer. Mucho más imaginativo y vitalizante que la mayoría de las películas sobre infecciones malévolas, el opus de Soavi abraza la ambigüedad con esa sonrisa enigmática del final de Asia Argento y evidentemente es un prodigio de la atmósfera apesadumbrada y ágil a la vez, aquí recibiendo una gran ayuda de la música incidental de Keith Emerson de Emerson, Lake & Palmer, Philip Glass y Fabio Pignatelli de Goblin, un seleccionado de luminarias que deja un desempeño a la altura de lo hecho por el gran Simon Boswell en Stage Fright.

 

The Church (La Chiesa, Italia, 1989)

Dirección: Michele Soavi. Guión: Dario Argento, Michele Soavi y Franco Ferrini. Elenco: Tomás Arana, Barbara Cupisti, Hugh Quarshie, Asia Argento, Feodor Chaliapin Jr., Antonella Vitale, Giovanni Lombardo Radice, Roberto Corbiletto, Claire Hardwick, John Karlsen. Producción: Dario Argento, Mario Cecchi Gori y Vittorio Cecchi Gori. Duración: 102 minutos.

 

 

The Sect (La Setta, 1991):

 

La última colaboración entre Soavi y el nuevamente productor y guionista Dario Argento, The Sect (La Setta, 1991), es una reformulación de las películas de cultos diabólicos en la tradición de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, y Los Creyentes (The Believers, 1987), de John Schlesinger, aunque hoy encarada desde una perspectiva un tanto particular que combina los arcanos lisérgicos de El Perfume de la Dama de Negro (Il Profumo della Signora in Nero, 1974), de Francesco Barilli, las referencias lovecraftianas a la deidad perversa Shub-Niggurath, correspondiente a los Mitos de Cthulhu, y hasta un marco narrativo englobador demente y muy imprevisible deudor de la Trilogía de las Puertas del Infierno de Lucio Fulci, léase Miedo en la Ciudad de los Muertos Vivientes (Paura nella Città dei Morti Viventi, 1980), El Más Allá (E tu Vivrai nel Terrore! L’Aldilà, 1981) y La Casa Cercana al Cementerio (Quella Villa Accanto al Cimitero, 1981), tres obras a su vez también empapadas de la cosmología ancestral del espanto creada por Howard Phillips Lovecraft. En cierto sentido hermanada al opus previo del realizador, la asimismo adepta al surrealismo siniestro The Church (La Chiesa, 1989), aquí la propuesta nos ofrece una atmósfera enrarecida que va cercando de a poco a la protagonista y hasta saca partido del hecho -un poco ridículo, desde ya- de que los dos principales agentes retóricos del acecho son un simpático conejito, no sólo capaz de fisgonear a los humanos y morderlos sino también de manipular el control remoto de un televisor, y un trapo inmundo símil sudario que se pega a la cara de sus víctimas y así pasa a controlarlas en función de los intereses de la secta del averno en cuestión. La historia tiene un prólogo doble: en la California de 1970 una comuna hippie se topa con una figura enigmática que parece una mezcla entre Jesucristo y Charles Manson, Damon (Tomás Arana, ya visto en The Church), un hombre que cita -con sutiles modificaciones- la letra de Sympathy for the Devil de The Rolling Stones y al que le convidan comida y agua, pagándoles luego con una masacre al caer la noche que incluye hasta a los niños del lugar, todo bajo la asistencia de unos secuaces motociclistas y para complacer al inefable Lucifer y al líder de turno, Moebius Kelly (el legendario Herbert Lom), mandamás de un voluminoso grupo de lunáticos que responden al nombre de Los Sin Rostro; salto retórico de por medio a aquella actualidad de 1991 y a Frankfurt, en Alemania, ahora nos topamos con un tal Martin Romero (Giovanni Lombardo Radice) que acosa y mata a cuchillazos a Marion Crane (Erika Sinisi), aparentemente controlado por el influjo del culto y en pos de castigar a la traicionera mujer por haber revelado algún secretillo, lo que por un lado deriva en su suicidio con un disparo en la boca una vez que es arrestado por la policía en el metro, a raíz del detalle de pasearse por ahí con un corazón humano en un bolsillo, y por otro lado funciona como un homenaje tanto a Martin (1977), de George A. Romero, como a Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, en este último caso por el nombre del recordado personaje de Janet Leigh. La historia principal es muy simple y se centra mayormente en un sólo escenario, la casa de Miriam Kreisl (Kelly Curtis, hermana mayor de Jamie Lee Curtis), una docente de primaria que recientemente se mudó a Seligenstadt y casi atropella al ahora veterano Kelly, por lo que se ofrece a llevarlo a su morada para recuperarse del susto sin conocer su trasfondo tenebroso. El anciano primero suelta un escarabajo que ingresa en el cuerpo de la mujer a través de su nariz, lo que le genera una pesadilla en la que pasa de recoger flores y seguir a su conejo mascota a tratar de desatar a una figura símil Cristo de un árbol y estar echada en el pasto con un camisón larguísimo, desde dentro del cual surge un pajarraco pelecaniforme que la picotea en el cuello, y a posteriori el hombre simula no poder respirar para que Kreisl salga a buscar un médico y él pueda bajar al sótano, abrir un pasadizo secreto y descender hacia unas extravagantes catacumbas de impronta industrial con el objetivo de realizar un ritual satánico, ese que lo lleva a levantar una tapa/ escotilla del suelo y a arrojar dentro un misterioso paquete en llamas. Como el hombre cae muerto porque el conejo de Miriam vuelca el frasco con las gotas medicinales de Moebius, aunque no sin antes colocarse el trapo sobre su rostro, la protagonista queda a merced de una serie de eventos que van condenando a todos a su alrededor, como por ejemplo su colega y amiga Kathryn (Mariangela Giordano), quien impulsada por el sudario se ofrece sexualmente a un camionero (Richard Sammel) que la revienta a cuchillazos, Claire Henri (Angelika Maria Boeck), la madre de una de sus alumnas, la cual termina con su rostro arrancado con pinzas -cual Hellraiser (1987), de Clive Barker- por los miembros del culto, y Frank Pernath (Michel Adatte), un médico al que recurre la fémina en ocasión del achaque ficticio de Kelly y que se transforma en su compañero en semejante periplo, también cayendo bajo el halo de Moebius y los suyos y terminando sus días trágicamente y al “rojo vivo”. La película deja de lado el gore paradigmático del rubro y apuesta a la prodigiosa música del gran Pino Donaggio y a la imaginería esotérica más exuberante en un metraje que si bien se extiende un poco más allá de lo que hubiese sido conveniente, sin duda desborda de escenas memorables como la del metro, la de la pesadilla de ella, la del homicidio de Kathryn en el camión, aquella otra de su resurrección en el quirófano del hospital antes de cortarse la garganta con un bisturí, la lúgubre en la morgue con las tumbas acuáticas, la del destino funesto de Henri y todo el desenlace en su conjunto, cuando por fin descubrimos que la casa es una de las entradas al Infierno y que la vida de Kreisl fue orquestada al dedillo para que se transforme en la madre del vástago de Mefistófeles hasta terminar pariendo un capullo gigante después de ser violada por aquel pajarraco mientras le picoteaba el cuello, sacándole además una buena tanda de gusanos del cuerpo cortesía del escarabajo de Moebius. Sin llegar al nivel de una obra maestra, Soavi construye una más que interesante y convulsionada reformulación del motivo de la llegada del Anticristo y sus adoradores extasiados, una experiencia en la que la esplendorosa fotografía nocturna de Raffaele Mertes resulta descollante por su mantra de peligro, intriga y constante sugestión.

 

The Sect (La Setta, Italia, 1991)

Dirección: Michele Soavi. Guión: Dario Argento, Michele Soavi y Gianni Romoli. Elenco: Kelly Curtis, Herbert Lom, Mariangela Giordano, Michel Adatte, Angelika Maria Boeck, Giovanni Lombardo Radice, Tomás Arana, Richard Sammel, Fabio Saccani, Niels Gullov. Producción: Dario Argento, Mario Cecchi Gori y Vittorio Cecchi Gori. Duración: 116 minutos.

 

 

Cemetery Man (Dellamorte Dellamore, 1994):

 

La cumbre de la faceta de la carrera de Soavi volcada al terror llega precisamente con su última incursión dentro del género, la extraordinaria y poderosa Cemetery Man (Dellamorte Dellamore, 1994), en esencia una comedia negra de marcada índole surrealista que lleva al extremo los chispazos más tradicionales de fantasía freak que pudieron verse en sus dos trabajos previos, The Church (La Chiesa, 1989) y The Sect (La Setta, 1991), en esta oportunidad combinándolos con elementos del drama existencial, el cine de zombies, las faenas románticas y hasta las parodias de tintes kafkianos por el mismo carácter burocrático y algo lírico del protagonista excluyente, el Francesco Dellamorte del por entonces ya bastante experimentado Rupert Everett, un verdadero profesional de la muerte que suele moverse -como él mismo lo explicita en una conversación con la Parca- por indiferencia o amor, nunca por un sentimiento tan vulgar y extendido como el odio. Aquí el director retoma sus dos pivotes de antaño, léase una excelente música incidental que recae en Manuel De Sica y una fotografía preciosista ahora a cargo de Mauro Marchetti, la cual continúa habilitando tomas hermosas vía cosillas varias flotando en el aire como plumas, hojas, nieve o hasta “fuegos fatuos”, no obstante esos dos pilares hoy más que nunca pasan a una posición relativamente relegada frente a la historia en sí, en términos prácticos una adaptación a cargo del guionista Gianni Romoli de la novela homónima de 1991 de Tiziano Sclavi, fuente matriz que en pantalla deriva en una estructura que evita el derrotero lógico habitual cinematográfico y apuesta en cambio a un macro devenir ligado a las viñetas individuales más o menos interconectadas que asimismo pueden juzgarse/ leerse de manera aislada. Dellamorte, cuyo apellido materno es Dellamore, es el cuidador del cementerio del pequeño pueblo de Buffalora, habita una casa semi derruida en el campo santo y sus únicas compañías son su asistente, el discapacitado mental Gnaghi (François Hadji-Lazaro), un hombre que sólo puede decir una palabra, “gna”, y un fanático inocentón de las hojas muertas, la televisión y los spaghettis combinados con una infinidad de otros alimentos, y su amigo Franco (Anton Alexander), un empleado municipal con el que mantiene largas charlas por teléfono y de quien recibe los pagos mensuales por su desempaño. A espaldas del alcalde de turno, Scanarotti (Stefano Masciarelli), Francesco se la pasa todas las noches matando a los cadáveres resucitados que se levantan de sus tumbas luego de siete jornadas, a los que él llama “los retornados” sin saber si es algo específico del cementerio de Buffalora o el germen de algo que se extenderá a futuro hacia otros lugares, lo que por cierto se resuelve abriéndoles la cabeza con una pala o pegándoles un tiro con una bala tallada en cruz. Como el hombre no terminó la escuela secundaria, gusta de sustraerse en soledad -por ejemplo armando un rompecabezas en forma de cráneo humano y tachando los nombres de los fallecidos en una guía telefónica vieja- y fundamentalmente es un paria que recibe burlas constantes de los jóvenes autóctonos, quienes lo acusan en la plaza del pueblo de impotente, Francesco decide no completar los formularios oficiales para pedir una investigación en torno a los zombies a raíz del temor a perder su trabajo y su casa. La curiosa “monotonía” del cementerio se quiebra con el amor: Gnaghi queda prendido de la hija adolescente del alcalde, la caprichosa Valentina (Fabiana Formica), una joven que termina decapitada en un accidente masivo en ruta cuando la moto en la que iba choca contra un autobús lleno de boy scouts, generando que el susodicho desentierre su cabeza, la coloque dentro de un televisor destruido y dé rienda suelta a un romance que finaliza cuando Dellamorte debe dispararle porque la mollera ataca y asesina a un Scanarotti que se negaba al matrimonio entre la chica y Gnaghi, y Francesco -por su parte- se enamora de una bella y pulposa viuda (Anna Falchi) que conoce en un funeral y a la que conquista luego de enseñarle el osario, no obstante todo también deviene en tragedia debido a que el marido de la señorita, Augusto Martin (Renato Donis), se levanta de su sepulcro y muerde en un brazo a su esposa, ocasionándole una aparente muerte que Francesco a posteriori remata con un tiro en la cabeza desconociendo que la mujer de hecho no había fallecido, sorprendiéndose cuando luego vuelve desde el Más Allá y lo muerde en el cuello en los instantes previos a la necrofilia, ahora con Gnaghi reventándola de un palazo en la testa. Cayendo rápido en la depresión y teniendo que matar al alcalde resucitado, el protagonista mantiene un intercambio verbal con el Ángel de la Muerte en el que éste le dice que si no quiere seguir matando a los muertos, debería dispararles en la cabeza a los vivos desde el vamos, cosa que Dellamorte pone en práctica cargándose a los siete muchachos que solían burlarse de él en público. Para profundizar semejante delirio narrativo el personaje de la esplendorosa Falchi, a su vez, regresa en dos aparentes reencarnaciones, la primera la secretaria del nuevo alcalde, Civardi (Pietro Genuardi), una mujer tontuela que le tiene fobia a las erecciones masculinas y por ello Francesco concurre al Doctor Verseci (Clive Riche) para que le corte el pene, el cual en cambio opta por aplicarle una inyección que le garantiza una impotencia de un mes que de todas formas no servirá para nada porque la secretaria es violada por el alcalde y así “se cura” de su alergia a los falos erectos, para colmo despertando la intención de casarse con Civardi; y la segunda reencarnación es una prostituta y estudiante universitaria llamada Laura, a quien asesina prendiendo fuego el departamento que compartía con Magda (Barbara Cupisti, ya vista en los dos primeros films de Soavi) y otra chica más, las cuales terminan pereciendo bajo las llamas iniciadas por una estufa eléctrica tapada con una sábana. Cemetery Man reflexiona con inteligencia y un maravilloso sentido del sarcasmo acerca de las tristes identidades individuales/ sociales contemporáneas al homologar las comarcas de los vivos y los muertos y establecer las casi nulas diferencias que existen entre ambas: las rutinas abúlicas de los primeros sólo se quiebran de modo muy esporádico y el asunto suele llevar a una enorme frustración, de la misma manera en que la “segunda oportunidad” que reciben los fallecidos para volver a caminar sobre la faz de la tierra termina en un corte abrupto cortesía de este burócrata/ cuidador/ homicida que los da de baja de inmediato, un Francesco que efectivamente se cansa de “rematar” a los finados y comienza a hacer lo propio con unos vivos que lo aburren y lo hartan con sus idioteces de modo exponencial a medida que avanza la trama, consiguiendo como respuesta -allí el sustrato sardónico del convite en su conjunto- más y más apatía que se traduce en sus intentos desesperados por hacerse notar atribuyéndose la andanada de asesinatos que estuvo cometiendo, los siete jóvenes y las tres universitarias, sin embargo la torpeza monumental del inútil oficial de policía a cargo del caso, el Comisario Straniero (Mickey Knox), y la misma ironía del azar parecen conspirar contra él, en especial porque el que se lleva el mote de culpable de todo es el propio Franco, al cual le endilgan todas las muertes porque de un momento a otro asesinó a su esposa y su hija e intentó suicidarse bebiendo yodo (uno de los puntos más altos de la causticidad de base se da precisamente cuando el protagonista va a visitar a su amigo al hospital y no sólo éste no lo reconoce, sino que de sopetón termina cargándose a balazos a una monja, un médico y una enfermera que lo interrumpen en su vano intento por descubrir las razones ocultas detrás del fluir -activo/ asesino y pasivo/ “roba crímenes ajenos”- de Franco). Esta agresiva ridiculización de los empleados estatales corre de la mano de la angustia existencial, romántica y profesional por las constantes no respuestas que recibe Dellamorte sobre el vendaval de bizarros acontecimientos que lo tienen como eje central, un esquema grotesco de una enorme y rica imaginación en la que la sátira solapada, el erotismo, el humor negro, los comentarios metadiscursivos y los arrebatos de una violencia naturalizada tienen preeminencia ya que pintan de pies a cabeza el absurdo prosaico que mueve las ruedas de la vida de las mayorías populares en las sociedades de hoy en día. El desenlace, enmarcado en el grito solitario de culpabilidad de Francesco, su partida del cementerio con Gnaghi en pos de conocer el resto del mundo y el insólito descubrimiento de que son dos personajes miniaturizados dentro de una bola/ esfera de nieve, pone de manifiesto todo lo anterior ya que sitúa a los sujetos en tanto simples peones del juego del poder maquiavélico comunal y anula su identidad señalando cuánto de pose o remanida afectación tiene cada idiosincrasia supuestamente única, aquí para colmo apelando al trueque abierto de capacidades de los segundos finales, cuando el asistente sucumbe ante el miedo frente a la nada helada que los rodea y le pide a Dellamorte que lo lleve de vuelta a su casa/ cementerio y éste apenas si atina a responder “gna”, también abandonando las pretensiones de metamorfosis contextual vitalizante bajo el peso del nihilismo más arraigado y de los múltiples cachetazos que les dio el destino… con una importante ayuda de ellos mismos y sus decisiones, por supuesto.

 

Cemetery Man (Dellamorte Dellamore, Italia/ Francia/ Alemania, 1994)

Dirección: Michele Soavi. Guión: Gianni Romoli. Elenco: Rupert Everett, François Hadji-Lazaro, Anna Falchi, Mickey Knox, Fabiana Formica, Clive Riche, Barbara Cupisti, Anton Alexander, Pietro Genuardi, Stefano Masciarelli. Producción: Michele Soavi, Gianni Romoli, Tilde Corsi y Heinz Bibo. Duración: 105 minutos.