En Piso de Soltero (The Apartment, 1960), obra maestra eterna y agridulce de Billy Wilder, se conjugan una sátira muy dura al pleno empleo del Estado de Bienestar y una parodia para con el sustrato sadomasoquista del ser humano en términos generales en lo referido a sus vínculos con los otros bípedos. En primera instancia debemos tener presente que el film así como le pega a rasgos de las sociedades y las economías de mediados del Siglo XX como por ejemplo el carácter claustrofóbico y deshumanizador de las corporaciones que se sirven de mano de obra intensiva, la estratificación en cargos internos y aquella subdivisión burocrática de los procesos que cada departamento lleva a cabo, asimismo se burla de características que lamentablemente terminarían siendo atemporales y/ o que llegarían para quedarse de allí en más como la centralización administrativa en sedes monumentales de las grandes urbes, la partición de las oficinas en bloques a su vez delimitados por paneles, la típica extorsión de los jerarcas hacia sus subordinados para sacarles beneficios o servirse de ellos a condición de mejorarles la vida o simplemente no echarlos, una mentalidad de rebaño bastante precaria y farsesca porque la amenaza de despido está siempre a la vuelta de la esquina, la costumbre de la dirigencia masculina de acosar sexualmente al plantel femenino, la mediocridad absoluta de los puestos disponibles vinculados a los servicios y el procesamiento de datos o información, el fetichismo precisamente para con la indexación maniática de cálculos estadísticos banales que casi nunca generan decisiones valiosas en materia del mentado enriquecimiento corporativo o la eficacia, el miedo al fracaso y las mentiras cotidianas que se derivan del hecho de trabajar con presunciones caprichosas o erróneas, y finalmente las incontrolables y tragicómicas explosiones de humanidad que surgen con motivo de feriados o festividades en las que el grueso de los empleados olvidan por un día -o apenas unos instantes- que son esclavos de la dialéctica del ventajismo cual cultura institucional y de la repetición mortuoria alejada de la creatividad, núcleo esencial para que la vida valga la pena. En segundo lugar se sitúa la tendencia de cada hombre y cada mujer a dejarse someter por terceros del montón que vienen rubricados por algún tipo de autoridad social o empresarial al punto de reproducir todo este esquema del ridículo represivo, plutocrático y autojustificable amigo de favorecer a la mafia dirigente y trasladar desde lo público hacia lo privado esta visión darwinista de las relaciones humanas en la que los grandes depredadores se comen a los chicos vía un juego de dolor infligido y recibido de nunca abarcar, por ello en tantas ocasiones las comarcas hermanadas del amor y el sexo terminan saturadas de criterios insólitamente importados del ámbito laboral que reproducen particiones o roles o jerarquías semejantes a las de una oficina, fábrica, dependencia o comercio en el que el raudo intercambio de productos o favores constituye la regla máxima.
Wilder, que venía de joyas de la talla de Pacto de Sangre (Double Indemnity, 1944), Días sin Huella (The Lost Weekend, 1945), El Ocaso de una Vida (Sunset Boulevard, 1950), Cadenas de Roca (Ace in the Hole, 1951), Infierno 17 (Stalag 17, 1953), Sabrina (1954), La Comezón del Séptimo Año (The Seven Year Itch, 1955), Testigo de Cargo (Witness for the Prosecution, 1957) y Una Eva y dos Adanes (Some Like It Hot, 1959), se inspiró en tres fuentes distintas, hablamos primero de Breve Encuentro (Brief Encounter, 1945), película dirigida por David Lean y escrita por Noël Coward sobre una relación adúltera que termina siendo platónica entre una mujer casada, Laura Jesson (Celia Johnson), y el médico clínico Alec Harvey (Trevor Howard), vínculo cuya mayor chance de ser consumado se produce de hecho en el departamento de un amigo del hombre, Stephen (Valentine Dyall), segundo de un escándalo de 1951 en el que el poderoso agente hollywoodense Jennings Lang recibió un disparo en un muslo por parte del productor Walter Wanger, quien se percató de que la víctima estaba teniendo un affaire con su esposa, la actriz Joan Bennett, utilizando como “nidito de amor” al departamento de un empleado de bajo nivel jerárquico, y tercero de una experiencia de un amigo del coguionista histórico del director, el también genial Ițec (Itzek) Domnici alias I.A.L. Diamond, señor ignoto que al regresar a su casa luego de romper con su novia descubrió que la susodicha se había suicidado en su cama. Calvin Clifford (C.C.) “Bud” Baxter (Jack Lemmon) es uno de los 31.259 empleados que tiene la casa matriz de la gigantesca aseguradora Vida Consolidada de Nueva York (Consolidated Life of New York), un contable solitario que trabaja en el Departamento de Pólizas Comunes del Piso 19 y que suele prestarle su apartamento a cuatro ejecutivos de mayor poder dentro de la empresa para que den rienda suelta a todas sus aventuras extramatrimoniales, los abusones cíclicos Joe Dobisch (Ray Walston), Al Kirkeby (David Lewis), Vanderhoff (Willard Waterman) y Eichelberger (David White), quienes no dejan de volverlo loco con un sistema de reservas por noche que le impide dormir tranquilo o por lo menos a resguardo para no enfermarse. Tantas penurias parecen rendir sus frutos cuando las recomendaciones de los jerarcas le garantizan un ascenso por parte del jefe del Departamento de Personal, Jeff D. Sheldrake (el gran Fred MacMurray), quien lo convierte en flamante ejecutivo a condición de que le entregue la llave del depto., esa que intercambia por dos entradas para un show de Broadway, El Músico (The Music Man), que el protagonista a su vez utiliza para invitar a una bella ascensorista en la que está interesado, Fran Kubelik (Shirley MacLaine), sin saber que la chica, precisamente, está enamorada de un Sheldrake repugnante, hombre casado y con dos hijos grandecitos, que ya se acostó con un montón de subordinadas dentro de la empresa bajo la mentira de que tramitará el divorcio y abandonará a su esposa de siempre.
El patrón se las arregla para volver a apalabrarse a Kubelik, de la que estaba distanciado después de un affaire de dos meses, y así la mujer deja plantado en el teatro a un Baxter que de todos modos está contento de seguir vendiendo su dignidad y su libertad para trepar en la compañía y hasta deja afuera a los cuatro ejecutivos para consagrar su departamento sólo a las escapadas románticas de Sheldrake, esas que ocupan la noche de los lunes y jueves. El doble colapso se produce en la víspera de Navidad, cuando en medio de la algarabía de la por lo general fría y alienante oficina la secretaria del jefazo de Personal, la Señorita Olsen (Edie Adams), le comenta a Fran sobre la larga racha de infidelidades de Sheldrake y sus latiguillos recurrentes, como la promesa de divorcio y el encontrarse con las muchachas en tal mesa de determinado restaurant chino, a lo que se suma el descubrimiento cual eco cercano de C.C. de que la ascensorista es el eje de la aventura del manipulador y execrable Jeff, revelación que llega por accidente cuando el personaje de MacLaine saca un pequeño espejo roto de cartera que el propio Bud le devolvió a Sheldrake luego de encontrarlo en su departamento, producto de una discusión agitada entre los amantes. Con su corazón herido, Baxter se emborracha en un bar y para no estar solo en Nochebuena termina congeniando con una hilarante mujer, Margie MacDougall (Hope Holiday), que también está deprimida aunque por otro motivo, debido a que su esposo Mickey, un jockey, está preso en la Cuba postrevolucionaria por dopar a su caballo en una carrera. Al regresar al departamento con su cita improvisada, el hombre descubre a una Kubelik moribunda en su cama que ingirió una buena tanda de somníferos del baño de Bud, señorita que venía arrastrando esa angustia silente del affaire que explota con todo vía la confidencia de Olsen y el gesto lastimoso del hombre de reducirla a una meretriz tácita dándole de regalo de Navidad un billete de cien dólares como contraprestación por el obsequio de ella, un vinilo con la canción de cabecera del dúo, Rickshaw Boy, de Jimmy Lee Kiang. C.C. no sólo se saca de encima de inmediato a MacDougall y le salva la vida a Fran llamando a un doctor vecino suyo de ascendencia alemana, David Dreyfuss (Jack Kruschen), sino que la cuida durante dos días en los que ambos faltan al trabajo, trata de salvaguardar la imagen de un Sheldrake al que le importa un comino la chica y hasta asume la responsabilidad por el intento de suicidio a ojos del médico, de su esposa metiche Mildred (Naomi Stevens) y del violento cuñado taxista de Kubelik, Karl Matuschka (Johnny Seven), quien le pega dos trompadas al enterarse de todo. El jerarca despide a Olsen, ésta le cuenta a la esposa de sus affaires -incluida ella misma- y la cornuda a su vez echa del hogar familiar a Jeff, quien asciende de nuevo a Bud esperando que siga prestándole la dichosa llave del inmueble, pero el hombre se niega, renuncia a su trabajo y así motiva que Kubelik se percate de su amor porfiado y deje por fin a Sheldrake.
La acidez paradigmática de Wilder se saltea a la inusual dupla de enamorados, esos Bud y Fran que ni un beso se dan en pantalla, gustan de jugar al gin rummy y son almas gemelas tanto por la atracción subjetiva indescifrable como por su rol marginal concreto dentro de Vida Consolidada de Nueva York, y se dedica a destruir por un lado la mojigatería de su tiempo, jugada implícita que se condice con el tratamiento sincero y muy abierto de un tema tabú de entonces como esta infidelidad conyugal empardada a la algarabía putañera, anárquica e indecorosa, y por el otro lado la cultura empresarial promedio al homologarla a un parasitismo que abarca no sólo la relación psicopática de las empresas en el capitalismo, basta con considerar el fluir caníbal, despiadado y sin ética que enturbia sus intercambios en el mercado, sino también el comportamiento de los sujetos de a pie que conforman a las compañías, les dan sentido y reproducen dichos valores a escala reducida aunque siempre crucial, pensemos en este caso en el rol de chupasangres de Eichelberger, Vanderhoff, Kirkeby, Dobisch y Sheldrake para con el cordero dispuesto al sacrificio en función de las exigencias de su cúmulo de amos, Baxter, una retahíla de sanguijuelas que así como le dan la mano al empleado contable cuando les conviene asimismo se la sueltan para dejarlo a su suerte cuando éste no se comporta como ellos esperan entregándoles una vez más la llave del departamento para coger, de este modo llega la amenaza de despido de Jeff del final, esa que Bud contrarresta con una renuncia por motu proprio, o el cruel chivatazo de los ejecutivos cuando Matuschka se aparece en la sede de la empresa buscando a la hermana de su esposa porque ya lleva dos días sin presentarse en la residencia compartida, así el taxista consigue la información sobre el célebre apartamento del título original en inglés y le “maquilla” con los puños la cara al pobre de Calvin Clifford por mancharle la reputación a Fran y provocar su intento de suicidio, todo por supuesto a cuenta del maldito de Sheldrake. Billy y I.A.L. incluso trabajan el clásico trasfondo de la comedia negra mediante una muy inteligente combinación de los episodios de Jennings Lang y el amigo del segundo de la mano de los tópicos de la depresión amorosa, la resolución de quitarse la vida y la eventual superación anímica subsiguiente, esquema que se condice no sólo con la intentona suicida de ella vía los somníferos sino con una graciosa anécdota de C.C. de un episodio similar con él como protagonista, cuando anhelando matarse por su relación con la esposa de su mejor amigo terminó pegándose un tiro en la rodilla al tratar de esconder una pistola bajo el asiento de su coche frente a la llegada imprevista de un policía porque tenía su automóvil mal estacionado, suceso que sintetiza a la perfección el costado más patético de las idas y vueltas del corazón porque esa fémina le manda pastel de frutas cada Navidad mientras que él estuvo un año sin poder doblar la rodilla, amén de que olvidó a la mujer en tres semanas.
La sabiduría y la naturalidad inconmensurable de la película le permiten jugar además con la lógica de los rumores símil secretos a voces que terminan pisándose la cola y causando mucho más daño del que pretendían evitar desde el vamos, ejemplos de ello son la bola de nieve discursiva que provoca el boca en boca en la oficina sobre la llave del solícito Baxter, destinatario hasta el final de vejaciones por parte de sus superiores, la fama de mujeriego de Bud dentro del edificio donde habita porque noche tras noche sus vecinos y su casera, la Señora Lieberman (Frances Weintraub Lax), escuchan fiestas con música a todo volumen y risitas previas al coito, y la misma infidelidad de un Sheldrake que es lo suficientemente idiota como para dejar a una de sus víctimas fugaces, la desairada Señorita Olsen, al lado suyo como testigo de sus múltiples aventuras posteriores con otras hembras de Vida Consolidada de Nueva York, prototípica soberbia y sensación de impunidad del burgués bobito que realmente cree que seguirá saliéndose con la suya de manera indefinida a pesar de su cinismo, necedad, torpezas, sadismo y falta de verdadera mesura. El extraordinario trabajo en perspectiva forzada del director de fotografía Joseph LaShelle, el director de arte Alexandre Trauner y el decorador de sets Edward G. Boyle, en materia de las tomas del retrato en sí de las hileras interminables de escritorios idénticos del Piso 19, enfatiza en el plano visual la robotización de estas calculadoras humanas del consorcio de seguros y por cierto demostraría ser muy influyente a futuro en lo que respecta a otras epopeyas kafkianas en torno a la burocratización, la vulgaridad acrítica, la competencia, los pactos oportunistas al paso y la abulia en extremo sofocante de tantas “empresas modelo” del capitalismo de antaño y su homólogo de hoy en día, ese que profundizó como nunca el reemplazo de la mano de obra por algoritmos, máquinas, vigilancia y mecanismos automatizados varios que pusieron en crisis ya no sólo a la producción fabril -suplantada por la especulación bursátil e inmobiliaria- sino al rubro laboral por antonomasia de la clase media, los servicios y las prestaciones profesionales; recordemos el look de las oficinas y la claustrofobia alienante, irónica y antropófaga de opus sobre el mercado laboral y las instituciones públicas como El Proceso (Le Procès, 1962), de Orson Welles, La Muerte de un Burócrata (1966), de Tomás Gutiérrez Alea, Después de Hora (After Hours, 1985), de Martin Scorsese, Brazil (1985), de Terry Gilliam, El Precio de la Ambición (Glengarry Glen Ross, 1992), de James Foley, Recursos Humanos (Ressources Humaines, 1999), de Laurent Cantet, Enredos de Oficina (Office Space, 1999), de Mike Judge, La Corporación (Le Couperet, 2005), del querido Costa-Gavras, Recorte Sangriento (Severance, 2006), de Christopher Smith, El Doble (The Double, 2013), de Richard Ayoade, y Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, 2016), de Ken Loach. El trío compuesto por Wilder, su actor fetiche Jack Lemmon y esa esplendorosa Shirley MacLaine volvería a reunirse con motivo de la también fenomenal Irma, la Dulce (Irma, la Douce, 1963), sin embargo es Piso de Soltero la obra insignia del equipo creativo gracias al “detalle” de que los tres aquí están en un estado de gracia incomparable como pocas veces se ha visto a lo largo de la historia del séptimo arte, con Billy ganándose con justicia el mote del mejor y más imaginativo guionista del Hollywood Clásico y/ o del cine a secas, un Lemmon histriónico que construye con humanidad y sapiencia a su inmortal Baxter y finalmente una MacLaine que también dota de vulnerabilidad, sueños deshechos y gran capacidad de lucha -más por el cansancio ante los entuertos de la praxis que por una hipotética vocación aguerrida intrínseca, como suele ocurrir en la realidad- a su adorable Kubelik, metáfora como Calvin Clifford del optimismo a veces enceguecido y el instinto de supervivencia más despojado de toda pompa de unas clases populares que deben comerse sin alicientes los atropellos de las elites gerenciales, las cuales viven encerradas en burbujas de lujos y caprichos siempre a punto de estallar por los ultrajes cometidos contra terceros…
Piso de Soltero (The Apartment, Estados Unidos, 1960)
Dirección: Billy Wilder. Guión: Billy Wilder y I.A.L. Diamond. Elenco: Jack Lemmon, Shirley MacLaine, Fred MacMurray, Ray Walston, Jack Kruschen, David Lewis, Hope Holiday, Naomi Stevens, Johnny Seven, Edie Adams. Producción: Billy Wilder. Duración: 125 minutos.