El Estigma del Arroyo (Somebody Up There Likes Me)

El viento sopla donde quiere

Por Emiliano Fernández

El Estigma del Arroyo (Somebody Up There Likes Me, 1956), dirigida por el infatigable Robert Wise, es la película de boxeo que inventó las películas modernas de boxeo, algo así como el grado cero del subgénero por antonomasia de los dramas deportivos: a pesar de que hubo unos cuantos exponentes previos muy interesantes del rubro, como por ejemplo El Campeón (The Champ, 1931), Ciudad de Conquista (City for Conquest, 1940), El Caballero Audaz (Gentleman Jim, 1942), El Triunfador (Champion, 1949) y El Luchador (The Set-Up, 1949), esta última del mismo Wise, la verdad es que todas aquellas leían a las batallas pugilísticas en términos de otros géneros ampliamente asentados en el imaginario hollywoodense y no se abrían camino instaurando sus propias reglas o una idiosincrasia que las distinga del resto del acervo cinematográfico industrial. El film que nos ocupa, una biopic oficial sobre la figura de Rocky Graziano en la piel de Paul Newman, fue el primero en construir una fábula de ascenso, caída y flamante ascenso que con el correr de los años se convertiría no sólo en el modelo narrativo a seguir sino en la piedra fundamental de todo relato centrado en el boxeo porque dicha estructura obedece a la dura realidad que gran parte de los contendientes dejan detrás -a veces de manera definitiva, en muchas otras ocasiones temporalmente- cuando alcanzan un mínimo éxito como luchadores del deporte más bello de todos, sin duda el más sincero (toda la parafernalia hipócrita de las disciplinas en equipo y su homóloga de los deportes individuales burgueses nada tienen que ver con la honestidad de dos hombres rompiéndose las cabezas a los golpes arriba de un ring, más allá del negocio capitalista que lo rodea en las grandes ligas desde su lejana profesionalización).

 

Aquí tenemos prácticamente todos los ingredientes que después se constituirían en mojones ineludibles: Thomas Rocco Barbella alias Rocky Graziano, tal el nombre que adoptaría a futuro, nace en Brooklyn, New York, y tiene una infancia bien marginal enmarcada primero en una infinidad de robos menores con su pandilla, y sobre todo con su amigo Romolo (Sal Mineo), y segundo en las palizas que le brindaba su progenitor Nick (Harold J. Stone), un alcohólico y boxeador frustrado que abandonó el ring a pedido de su esposa, Ida (Eileen Heckart), madre del muchacho y una mujer que sufre a más no poder tanto por las correrías de su vástago como por el haberse percatado muy tarde que al coartar la carrera deportiva de su marido le arruinó la vida y -por ende- se la arruinó a sí misma. Rocky se rebela contra toda autoridad estatal o privada y esto lo lleva a recorrer muchísimos internados católicos, reformatorios y cárceles comunes hasta que se acerca al colapso y decide ponerle freno a la escalada criminal, aunque justo en ese momento es reclutado de modo compulsivo por la milicia yanqui en plena Segunda Guerra Mundial, lo que deriva en peleas varias con sus superiores y una deserción improvisada que lo deja varado en la calle y sin nada de dinero. El boxeo termina de transformarse en una profesión viable en su vida cuando comienza a luchar por desesperación canalizando su odio adentro del cuadrilátero, con Irving Cohen (Everett Sloane) reconociendo de inmediato su poder noqueador y eventualmente mutando en su manager y entrenador. En el instante en que su carrera pugilística empieza a despegar, los esbirros gubernamentales lo encuentran, le enchufan una baja deshonrosa del ejército y lo sentencian a un largo año de prisión, período que el protagonista utiliza para entrenarse.

 

La historia combina con astucia por un lado el devenir profesional de Graziano desde su génesis hasta su inefable coronación como campeón del mundo de los pesos medios, aquel 16 de julio de 1947 en una mítica refriega contra Tony Zale, y por otro lado su relación con Norma Unger (Pier Angeli), una mujer con la que se casaría el 10 de agosto de 1943 y que decide no seguir los pasos de Ida -por los mismos consejos de la susodicha, su suegra- en eso de oponerse enfáticamente al boxeo, pasando de calificarlo como una disciplina basada en la sangre y la ignorancia a abrazarlo a pleno cuando su marido pierde su primer combate con Zale por el título, ese del 27 de septiembre de 1946. La película hasta incorpora un ardid retórico que también se transformaría en un estereotipo infaltable, el del chantaje con motivo de las apuestas, cuando se aparece ante el protagonista un tal Frankie Peppo (Robert Loggia), personaje turbio que conoció en el presidio, y lo extorsiona con revelar el detalle de la baja deshonrosa y su prontuario a menos que se deje ganar, desencadenando que Rocky invente una lesión para obviar la contienda en cuestión y a su vez sea presionado por el fiscal de distrito para que revele la identidad de los chantajistas, algo que el hombre no hace y por ello los representantes del aparato judicial instan a la Comisión Atlética de New York a que le retire la licencia. El guión de Ernest Lehman, inspirado en la autobiografía de Graziano, asimismo escrita en colaboración con Rowland Barber luego del retiro del boxeador en 1952, evita muchos de los clichés del mainstream de mediados del Siglo XX y se juega por una integridad insólita para su época, subrayando las penurias que atravesó el adalid en su periplo hacia la fama en función de méritos propios y mucha suerte adicional.

 

De hecho, es ese azar uno de los elementos determinantes dentro del discurso en general que propone el opus de Wise ya que constantemente en el metraje se remarca que hablamos de un caso excepcional, de un episodio exitoso entre miles de fracasos de diversa índole, como bien dejan en claro el destino funesto que padecieron todos los otrora asociados y/ o amigos del protagonista en sus días de delincuente (asesinatos en atracos, condenas interminables de prisión, lesiones de por vida escapando de la policía y hasta pena capital vía silla eléctrica) y el mismo recordatorio hipócrita del pasado criminal de Barbella por parte de aquellos frente a los que no se doblegó y la misma prensa amarillista de siempre (Rocky observa cómo se filtra su historial callejero anti autoridad ya siendo una celebridad nacional y ello es señalado por Romolo, quien quedó atascado de por vida en la indigencia y sabe que las elites nauseabundas siempre los considerarán miembros de las capas míseras de la comunidad, hagan lo que hagan y ganen el dinero que ganen). Como todo convite de transición entre el Hollywood Clásico y el Nuevo Hollywood que comenzaría a despuntar en el segundo lustro de la década siguiente, el film construye un balance más o menos estable/ fijo entre la denuncia de este fariseísmo cultural de fondo y la senda consagratoria estándar que todos conocemos de sobra; una que aquí desemboca en la paz con su padre, la conquista del campeonato mundial y la solidez de su vínculo romántico con Norma, modelo también de todas las féminas posteriores del rubro debido a que su metamorfosis se siente natural y para nada forzada ni demasiado dependiente para con el varón, respondiendo sin duda a su interés como mujer de mantener una buena relación con su esposo y su vocación.

 

Ahora bien, muchos palurdos de manera retrospectiva -y con el facilismo oportunista del correr de los años a cuestas- vociferaron que Newman, hoy en el papel que definitivamente hizo despegar a su carrera, no era del todo creíble como un italoamericano, algo que no es cierto para nada porque el intérprete consigue empaparse de un mimetismo en verdad sorprendente que mantiene su desempeño justo en la línea divisoria entre la sensibilidad a flor de piel y la explosión anímica, muy en la tradición de otros hijos pródigos del Actors Studio como las dos figuras revolucionarias del período en el campo de la interpretación, léase Marlon Brando y James Dean (precisamente Dean era quien iba a componer a Graziano en primera instancia, no obstante su trágica muerte el 30 de septiembre de 1955 en un accidente automovilístico condujo a su eventual reemplazo por Newman). El siempre genial Paul no sólo demuestra ser un huracán frente a cámara sino que establece un gran número de tics que pasarían a conformar el carácter de lo que la industria cinematográfica norteamericana entiende por italoamericanos, desde la efusividad y la espontaneidad en el hablar hasta ese temperamento violento, una angustia ancestral y una disposición corporal a autoencerrarse ya sea por inseguridades o una timidez de base nunca del todo reconocida, que por cierto suele ser disimulada mediante una camaradería de lo más efervescente. Sin llegar a ser una obra maestra pero con una fuerza intrínseca envidiable, El Estigma del Arroyo es una pequeña gran película de vanguardia que hace del realismo sucio su fuerte al construir una coyuntura muy sensata para un protagonista que se mueve como un viento que sopla donde quiere y no deja que nada ni nadie restrinja su idiosincrasia batallante…

 

El Estigma del Arroyo (Somebody Up There Likes Me, Estados Unidos, 1956)

Dirección: Robert Wise. Guión: Ernest Lehman. Elenco: Paul Newman, Pier Angeli, Everett Sloane, Eileen Heckart, Sal Mineo, Harold J. Stone, Joseph Buloff, Robert Loggia, Sammy White, Arch Johnson. Producción: Charles Schnee. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 8