Everybody Scream, de Florence + the Machine

El volumen por el volumen mismo

Por Marcos Arenas

Florence + the Machine, banda británica que sintetiza muchos de los problemas de la música del Siglo XXI, está actualmente formada en primera instancia por la cantante Florence Welch, una copia devaluada de Kate Bush, Tori Amos, Fiona Apple, Annie Lennox, aquella Grace Slick de Jefferson Airplane, Win Butler de Arcade Fire y en especial la querida Siouxsie Sioux de Siouxsie and the Banshees, y en segundo lugar por el guitarrista Robert Ackroyd, la tecladista Isabella Summers, el bajista Cyrus Bayandor, el arpista Tom Monger, el percusionista Aku Orraca-Tetteh, la violinista Dionne Douglas y el baterista Loren Humphrey. Cruza anodina entre pop barroco, rock alternativo, indie, new wave, post punk, neo soul, power pop, rock gótico, gospel y música celta, el colectivo efectivamente arrastra tres inconvenientes serios que se han transformado en parte constituyente de su ADN musical, el primero vinculado al hecho de que casi todos los temas resultan intercambiables salvo un par por disco que consiguen destacarse gracias al encanto de las melodías, lo que no alcanza para hacer digerible o verdaderamente interesante a la propuesta en su conjunto. El segundo escollo tiene que ver con la líder, quien exagera asquerosamente las vocalizaciones como si se tratase de una de esas divas de cotillón del pop latino de los años 80 y 90 o quizás un concursante promedio de los reality shows berretas de canto de la televisión o el streaming del nuevo milenio, por cierto uno más hiperbólico y mediocre que el otro. Y en lo que atañe al tercer problema, se puede decir que la banda se caracteriza por una producción extremadamente chata en su desproporción ruidosa que desconoce el silencio/ la sutileza y se enmarca en la patética “loudness war” de la distorsión, la comprensión maniática y el volumen por el volumen mismo, aquí para colmo homologándolo a los floreos tediosos de la cantante y a arreglos ultra previsibles extraídos del pop orquestal y la música folklórica europea.

 

Como un claro signo de época, tampoco se puede pasar por alto que Florence + the Machine acumula muchos fans en cierto sector bastante imbécil del público indie inculto que, al igual que el propio grupo, confunde profundidad con melodrama o con una pirotecnia sonora banal que así como entra al oído no deja impresión duradera alguna, precisamente por el carácter intercambiable de la enorme mayoría de los temas y su falta de dinamismo compositivo y en cuanto al registro en estudio. Luego de un debut todavía con los pies sobre la tierra y cierta heterogeneidad sonora, Lungs (2009), llegarían los cada vez más ampulosos e involuntariamente hilarantes Ceremonials (2011), How Big, How Blue, How Beautiful (2015), High as Hope (2018) y Dance Fever (2022), como decíamos con anterioridad todos casi indistintos y reiterando cíclicamente la misma exacta fórmula de sobreproducción, canciones semejantes y algo mucho fofas, toneladas de eco/ coros y una Welch adepta al grito gratuito cada treinta segundos promedio como si pretendiese reproducir el registro y los latiguillos baladísticos/ poperos de Cher. Everybody Scream (2025), la flamante placa del grupo, otra vez cuenta con la producción de Welch y un combo variopinto de colaboradores que ayudan al sustrato esquizofrénico o quizás frankensteineano del álbum, hablamos del muy cotizado James Ford, Danny L. Harle, Jared Solomon alias Solomonophonic, Aaron Dessner de The National, Dave Bayley de Glass Animals y Mark Bowen de Idles. El disco se aleja tanto del sustrato meditabundo de High as Hope como de la pretendida diversidad de Dance Fever y en general desea retomar el costado más minimalista de la idiosincrasia de la banda para amplificarlo -contradicción de por medio- dentro de los parámetros del blues, el folk, el soul y el art pop barroco de siempre, sin embargo reaparecen los inconvenientes de antaño como la exageración lírica, un trasfondo adolescente estúpido/ trivial/ soporífero y ese sonido hiper comprimido que no deja espacio para la calma o la supuesta intimidad que Welch y los suyos pretenden construir, especie de ortodoxia que puede calzarse dos o tres trajes diferentes -sobre todo la pompa orquestal y el marco baladístico estándar- pero continúa marcando la producción artística de los ingleses por su cobardía o incapacidad para probar esas otras variantes más arriesgadas que en alguna que otra ocasión insinuaron, como el trip hop de Massive Attack, el art punk de Patti Smith o el garage blueseado de PJ Harvey.

 

Everybody Scream anhela con desesperación ser tomado como el trabajo más visceral de Welch, visiblemente obsesionada con la fragilidad y los límites del cuerpo luego de una cirugía a la que tuvo que someterse de urgencia durante el tour de presentación de Dance Fever en 2023, episodio vinculado a un aborto espontáneo a raíz de un embarazo ectópico, así las cosas las trompas de Falopio estaban comprometidas y derivaron en hemorragia interna. Quizás la mejor composición sea la primera y la que titula el disco, Everybody Scream, una muestra de rock gótico a lo Siouxsie Sioux pero con ese toque soulero y/ o alternativo típico de Florence + the Machine, aquí aportando detalles interesantes como capas de teclados new wave, unos coros finales de corte esotérico y una letra que unifica aquella coreomanía medieval de Dance Fever y un flamante grito o alarido de liberación, en apariencia por una amalgama de motivos que abarcan el amor fallido, el estrés del escenario/ la fama y por supuesto ese aborto espontáneo de dos años atrás que casi le cuesta la vida a Welch. One of the Greats, otra buena canción del lote, propone una cruza de folk y post punk, todo desde el mismo ornamento barroco estándar de los ingleses, que oficia de excusa para que la cantante se pasee por un popurrí de temáticas siguiendo los pasos de Bob Dylan, Patti Smith y Lou Reed, pensemos en su renacimiento post cirugía, la belleza artificial del escenario, la sensación de vejez prematura, el sexismo en la crítica musical, sus dificultades para componer y la insólita idea de que la música masculina de hoy en día es “aburrida”, todo entre las clásicas diatribas infantiloides de la líder sobre su lectura caricaturesca del poder, en los versos “sexy” porque es rosa como si tener vagina fuese equivalente a tener una ideología o defender una causa, especialmente una que no sea de minoría o no conduzca al aislamiento del feminismo misándrico burgués sin conciencia social, hoy en repliegue a raíz del ascenso de la nueva derecha y los ataques dentro de la izquierda histórica marxista.

 

Muy cerca de las excentricidades de las citadas Bush, Apple y Lennox, ésta tanto solista como con Dave Stewart en Eurythmics, más pinceladas de Sinéad O’Connor y Alanis Morissette, Witch Dance sintoniza con el pop progresivo, la música celta y la obsesión con los soundtracks del cine de terror del trip hop noventoso en el contexto de una letra bastante boba, otra vez acerca del coqueteo involuntario con la parca aunque condimentando el asunto con visiones sobre viajes ancestrales, posibles terremotos, encuentros con extraños y un largo deambular sin ropa que parece reflotar la enfermedad del baile de los países centroeuropeos, esa coreomanía ya mencionada. Sympathy Magic continúa con el buen nivel de calidad porque ofrece una versión corregida de los temas melodramáticos tontuelos de Florence + the Machine, ahora arrancando en el dream pop y luego derivando en la pompa de siempre pero con una melodía atractiva, un estribillo eficaz y un inesperado aporte de los teclados en las postrimerías de la composición para sazonar los coros de éxtasis medieval, esos refritados incesantemente por la agrupación, no obstante la letra en sí derrapa en la autoindulgencia de la fama -modelo diva pop depresiva intercambiable- y en el cliché femenino de dejar de ser “buena, virtuosa y digna” porque ello ya no la mantiene a salvo en la sociedad cual pragmatismo tristón posmoderno que reemplaza al hedonismo o la bohemia autocontenida de antaño. Luego de Perfume and Milk, un exponente indie folkeado/ blueseado que no llega a buen puerto por lo repetitivo del planteo musical y lírico, este último centrado en el ciclo de las estaciones, la curación y la existencia bucólica e inspirado en la imaginería cristiana de Revelaciones del Amor Divino (Revelations of Divine Love, Siglos XIV y XV), de Juliana de Norwich, llega la superadora Buckle, canción que homenajea de manera explícita al soft rock de su amada Stevie Nicks de Fleetwood Mac, jugada que por suerte nos ahorra los floreos redundantes de Florence + the Machine y nos regala un tema sencillo de ruptura romántica de una pareja de veteranos en donde la ironía oficia de antídoto contra la tendencia a tomarse demasiado en serio de todos los tracks previos, en esta oportunidad sacando a relucir una vulnerabilidad mucho más sincera y por cierto más cercana al masoquismo promedio del cariño.

 

Lo único interesante de Kraken, tema rutinario hasta la médula de estrofas semi recitadas y estribillo coral grandilocuente, pasa por el puente melodioso y la noción de fondo de homologar el acoso de una groupie a su artista favorito con el ataque de la criatura marina colosal del título, leyenda de la mitología nórdica que se parece a un pulpo, una medusa o un calamar gigante y que se abalanzaba contra los barcos para eventualmente mutar en una fanática -con un prontuario catastrófico del corazón, aparentemente- que se erotiza con su ídolo al verlo desfilar de manera casual por la televisión. Suerte de power ballad de impronta mística, The Old Religion retoma por vigésima vez el fetiche de Welch para con la religiosidad del pasado remoto, ya sea cristiana o pagana popular, como si se tratase de un sinónimo de un sustrato visceral/ salvaje/ animal de idiosincrasia liberadora que sinceramente no tiene nada que ver con la realidad porque el ecosistema sacro en la Edad Media era garantía de sumisión, el opuesto conceptual exacto, y el único ámbito de una verdadera autonomía para los sectores oprimidos era el carnaval, fiesta en la que las jerarquías aristocráticas/ plutocráticas estallaban transitoriamente por los aires. Drink Deep echa mano del pop orquestal y la música celta para una nueva metáfora acerca del ansia tácita de suicidio o tal vez sobre el cuerpo consumiéndose símil cáncer, en esta ocasión a través del acto de “beber profusamente” del título y el descubrimiento de que, luego de largas noches de insomnio y sueños de encuentros con gente tenebrosa, el líquido de la copa de turno era la propia sangre de la narradora.

 

Music by Men reincide sin éxito en el folk de cadencia guitarrera confesional para ahora nombrar de pasada a The 1975, la banda de Matthew Healy y George Daniel, y volver a probar suerte en la misandria light pero en el marco de una separación a posteriori de unas sesiones de terapia de pareja, coyuntura que incluye individualismo, ninguneo recíproco, una convivencia atribulada, frustraciones, falta de compromiso, algo de adicción al teléfono celular y la infaltable ruptura como consecuencia del trabajo musical en conjunto, los resentimientos y el dolor acumulado a escala cotidiana. Regreso nada sutil al arena rock ensordecedor y poco imaginativo de la banda, You Can Have It All continúa en el terreno pantanoso de las letras de una Welch que casi nunca puede elevarse por sobre el nivel intelectual de una hipotética púber de colegio secundario que se cree poetisa en medio de la angustia por el aborto espontáneo en cuestión, tragedia que utiliza de pretexto para llorar a cielo abierto entre sus millones de libras esterlinas y sopesar -lo único valioso del convite- la legitimación rosa mediante el calvario del parto, aquí sin fruto o luz al final del túnel. Como toda diva pop que se precie de tal, la cantante no se podía permitir cerrar el álbum con un rostro afligido y por ello tenemos And Love, especie de coda optimista de marco barroco beatlesco que opta por simplemente aceptar que se desconoce la auténtica naturaleza del amor, no un sentimiento edulcorado o digno de un producto capitalista sino algo más amorfo que tiene que ver con la tranquilidad, el reposo o esa paz futura que augura el estribillo, en los versos empardada a bajar la guardia ante el otro y rendirse sin corazas de por medio, a pura valentía.

 

Everybody Scream constituye otro peldaño más en la escalera de los sucesivos intentos recientes de Florence + the Machine en materia de pulir su sonido o quizás transformarlo en algo más minimalista e igualmente presuntuoso dentro de la tradición de sus primeros trabajos discográficos, por ello se puede aseverar que la obsesión de How Big, How Blue, How Beautiful con achicar el sonido con respecto a Lungs y Ceremonials tuvo su correlato en High as Hope, Dance Fever y la nueva placa, todas obras que por un lado le escapan a la altisonancia insípida de Ceremonials pero continúan sin alcanzar, por el otro lado, la cúspide creativa de Lungs, álbum que sin duda alguna es lo más cerca que Welch y compañía estuvieron de entregar un opus valioso o dinámico en serio. Más allá de la loudness war y del cónclave de productores del caso, hoy con preeminencia de Bowen y Dessner, al escuchar los discos de Florence + the Machine siempre queda la sensación de que la vocalista retiene fuerte la batuta y por ello la banda nunca llega a oxigenarse y sigue girando incansablemente alrededor de una imagen petrificada de ellos mismos haciendo algo que sinceramente nunca hicieron del todo bien ni mucho menos, hablamos de ese pop barroco desabrido que pretende complementarse con detalles góticos, indies o alternativos, aunque castrados/ inofensivos, y con pinceladas de música celta que también traicionan su esencia porque el posible trasfondo folklórico extravagante queda reducido al nivel de lo accesorio, de lo olvidable. Como en tanta música masiva e incluso de nicho de nuestros días, la mediocridad de la agrupación británica tiene que ver con un tono neutro apenas maquillado que resulta impersonal o estéril con las escuchas repetidas debido a la intención de caerle bien a todo el mundo o al mayor número posible de bípedos, una fantasía porque el grupo es demasiado ridículo para el oyente del pop global y demasiado artificial o redundante para los melómanos con verdadera experiencia rockera a cuestas, quedando ese segmento indie de pocas luces al que nos referíamos al comienzo, burbuja que para colmo se achica gracias a la desesperación y el aceleracionismo de los algoritmos, el marketing, las plataformas y las compañías discográficas en pos de una vuelta al modelo masificante del Siglo XX de “una canción para todos”, lo que paradójicamente aliena todavía más a la masa fragmentada de oyentes del nuevo milenio.

 

Everybody Scream, de Florence + the Machine (2025)

Tracks:

  1. Everybody Scream
  2. One of the Greats
  3. Witch Dance
  4. Sympathy Magic
  5. Perfume and Milk
  6. Buckle
  7. Kraken
  8. The Old Religion
  9. Drink Deep
  10. Music by Men
  11. You Can Have It All
  12. And Love