Las historias de opuestos de diversa envergadura siempre han constituido uno de los bocadillos preferidos del séptimo arte a la hora de alimentarse de narraciones destinadas al público en general, visto como una masa heterogénea que de seguro se podrá identificar con la dialéctica del contraste discursivo ya que si hay algo que sobra en la sociedad global son las diferencias y muchísimo más en nuestro Siglo XXI, donde el individualismo ha reemplazado en gran medida a la solidaridad de otros tiempos en función de la pertenencia a este o a aquel grupo del ámbito o rubro que sea. El cine moderno en especial, desde las décadas del 60 y 70 en adelante, ha utilizado sistemáticamente al formato en cuestión y se podría decir que la diferencia etaria entre los protagonistas suele ser una característica que anula a todas las demás, pensemos por ejemplo en el contraste entre por un lado Rain Man (1988), de Barry Levinson, Mejor Imposible (As Good as It Gets, 1997), joya de James L. Brooks, Entre Copas (Sideways, 2004), de Alexander Payne, y Green Book: Una Amistad sin Fronteras (Green Book, 2018), de Peter Farrelly, todas ellas con personajes de la misma relativa edad, y por el otro lado El Graduado (The Graduate, 1967), obra de Mike Nichols, Enséñame a Vivir (Harold and Maude, 1971), de Hal Ashby, Conduciendo a Miss Daisy (Driving Miss Daisy, 1989), de Bruce Beresford, y Venus (2006), de Roger Michell, films que pusieron el acento en la generosa distancia en añitos entre los adalides de cada relato.
Charlotte Rampling interpreta de modo brillante en La Matriarca (Juniper, 2021), película escrita y dirigida por Matthew J. Saville, a Ruth, una señora bastante veterana que es una combinación de lo hecho por la actriz inglesa en ocasión de La Piscina (Swimming Pool, 2003), de François Ozon, Lemming (2005), de Dominik Moll, y 45 Años (45 Years, 2015), de Andrew Haigh. El film de Saville, actor y dramaturgo de Nueva Zelanda aquí debutando como realizador, es de hecho un nuevo eslabón en la lista de propuestas cinematográficas centradas en el choque entre opuestos etarios que desde ya se parecen porque la infancia/ adolescencia y la tercera edad/ vejez comparten una vulnerabilidad que los pone de manera constante ante la incómoda situación de tener que lidiar con el capricho de terceros -todos los que atraviesan la mediana edad en el círculo cercano- que de sabios o sensatos tienen poco y nada, por lo menos a nivel general. En pantalla Ruth es una corresponsal de guerra retirada de buen pasar económico que vive en el Reino Unido y recientemente se quebró su pierna derecha, por ello opta por mudarse por unas semanas junto a su enfermera, Sarah (Edith Poor), al hogar bucólico neozelandés de su hijo cincuentón, Robert (Marton Csokas), con quien mantiene una relación distante porque de niño lo mandó a un internado educativo y jamás le dijo quién era su padre, así el otrora muchacho abandonó el país, se casó y tuvo un vástago que también está confinado a un internado, el adolescente Sam (George Ferrier).
El grueso de la realización, a posteriori del esperable conflicto de idiosincrasias porque Ruth es alcohólica y posee un temperamento cortante y amargo y Sam, por su parte, está deprimido y atravesando el duelo por el fallecimiento reciente de su madre, se consagra a retratar el vínculo entre el púber y la anciana con la enfermera oficiando en ocasiones de mediadora debido a las diferentes batallas mundanas, todo porque el padre eventualmente debe viajar a Gran Bretaña para gestionar el fondo de inversión de Ruth. Saville, siempre rebosante de buenas intenciones como tantos otros cineastas de la actualidad, ofrece una crónica prolija aunque rutinaria de la convivencia entre ambos, el cariño progresivo y sobre todo aquello que los acerca, en términos concretos una tendencia autodestructiva que en el caso de la veterana se resume en la ginebra -la toma religiosamente con un cincuenta por ciento de agua y unas rodajas flotantes de limón- y en lo que atañe al muchacho tiene que ver con no haber podido estar con su progenitora en los momentos finales de la vida de la mujer, esquema identitario que llega a la literalidad porque Sam viene de un accidente automovilístico con aires de suicidio e incluso en una escena tenemos un montaje paralelo, justo después de una de las peleas iniciales, en el que Ruth se baja de su silla de ruedas para intentar en vano agarrar la jarra espirituosa mientras que el púber contempla la posibilidad de ahorcarse, de lo que desiste cuando se presenta una yegua blanca que fue de su madre.
La Matriarca, cuyo título original alude al enebro, uno de los ingredientes fundamentales de la ginebra ya que se suele utilizar para aromatizarla, pinta a la ancianidad desde un saludable eclecticismo que incluye rasgos varios como el mal humor, el autoritarismo, las compulsiones, la terquedad, la nostalgia, la costumbre de madrugar, la poca tolerancia hacia la idiotez, los instantes de epifanía o de búsqueda de belleza y una absolución definitiva, la necesidad paulatina de acompañamiento, el placer de conversar -desde cierta sofisticación- y por supuesto mucha fragilidad disfrazada de fortaleza, no obstante el opus pronto resulta previsible o poco imaginativo en cuanto al desarrollo de personajes, algo que se exacerba en un último acto demasiado idílico, cuando descubrimos de repente que la protagonista está muriendo de cáncer y todo se acomoda en piloto automático para que Sam tenga una segunda oportunidad en materia de su “cara a cara” con la parca y en sí pueda despedirse de la abuela cascarrabias como corresponde, compartiendo sus últimos estertores en el hogar neozelandés con su familia y no en una clínica sepulcral entre desconocidos de la espantosa lacra médica. Saville consigue actuaciones muy buenas de los cuatro pivotes del relato, con Rampling apabullando en cada escena, pero por momentos parece querer metamorfosearse con el Payne de Entre Copas, Las Confesiones del Sr. Schmidt (About Schmidt, 2002) y/ o Nebraska (2013), por cierto cayendo muy por debajo de aquellos extraordinarios films…
La Matriarca (Juniper, Nueva Zelanda, 2021)
Dirección y Guión: Matthew J. Saville. Elenco: Charlotte Rampling, George Ferrier, Marton Csokas, Edith Poor, Carlos Muller, Tane Rolfe, Cameron Carter-Chan, Carlos Rakete, Maaka Pohatu, Adam Gardiner. Producción: Desray Armstrong y Angela Littlejohn. Duración: 95 minutos.