Una Historia de Navidad (A Christmas Story)

En la selva de la niñez

Por Emiliano Fernández

Sinceramente resulta difícil definir el encanto de una película tan imaginativa y vital como Una Historia de Navidad (A Christmas Story, 1983), del estadounidense trabajando en la industria cinematográfica canadiense Bob Clark, en un mundo pedestre como el del Siglo XXI donde el grueso del cine es basura, casi todo el público no pasa de la condición de tarados insulsos y prácticamente ya nada soporta las estrategias de mitificación cultural que la película aplica sobre distintos puntos focales de la comunidad de entonces, como por ejemplo las fiestas de fin de año, la vida suburbana, la infancia, las primeras comodidades hogareñas, el devenir familiar, la escuela primaria, la radio como medio de comunicación masiva excluyente y la importancia del barrio más próximo -aquel circundante al propio domicilio- en tanto ámbito de socialización, consumo y comunicación por antonomasia. La propuesta, una de las más fetichizas en el ecosistema anglosajón de la mano de múltiples retransmisiones televisivas bajo el formato de maratón, algo que se explica por la calidad y riqueza del film y por su popularidad entre unos espectadores veteranos que con el tiempo han sabido apreciar este humor entre ácido y nostálgico, niega en parte su título ya que por un lado no se concentra exclusivamente en Navidad sino que más bien la utiliza como un pretexto para hablar de los temas señalados, jugada que tiene que ver con cierta tendencia hacia una caricaturización entrañable porque en pantalla la burla nunca es cínica al cien por ciento y apunta a la reconstrucción en formato mosaico de un mundo complejo -aunque pueda parecer sencillo a simple vista- que hoy desapareció, y por el otro lado tampoco se consagra a una única historia ni nada que se le parezca en términos de relatos tradicionales reduccionistas hollywoodenses, por ello en cambio el opus de Clark nos regala un surtido de viñetas símil trama coral que se basan en un libro del comediante yanqui Jean Shepherd, En Dios Confiamos: Todos los Demás Pagan en Efectivo (In God We Trust: All Others Pay Cash, 1966), suerte de ampliación de una serie de cuentos cortos que había publicado en Playboy, todos a su vez inspirados en sus muchos monólogos e improvisaciones radiales.

 

Con la acción centrada en Hohman, pueblo ficcional del Estado de Indiana que ocupa el lugar simbólico del verídico Hammond, donde Shepherd creció, el guión del director, Leigh Brown y Shepherd retrata las andanzas cotidianas de la legendaria parentela Parker, una unidad que en 1940 está conformada por los dos progenitores, el Señor y la Señora Parker o papá/ El Viejo y mamá (Darren McGavin y Melinda Dillon), y los dos vástagos varones, el menor Randy (Ian Petrella) y nuestro protagonista y estrella, Ralphie (ese perfecto Peter Billingsley), un muchacho de nueve años que se obsesiona con la posibilidad de conseguir un arma de juguete que ve en un escaparate de la tienda por departamentos Higbee’s sobre la Calle Cleveland, el rifle de aire comprimido de 200 disparos de Red Ryder, “Santo Grial de los regalos navideños” a ojos del mocoso y un modelo a escala del Winchester rubricado comercialmente por su asociación con el personaje de historietas en cuestión, núcleo de un cómic sobre el Lejano Oeste creado por Stephen Slesinger y Fred Harman y muy popular a mediados del Siglo XX. El relato incluye muchos episodios y detalles individuales, a saber: el padre vive luchando con la jauría de perros de un vecino y con la caldera de la casa al extremo de putear de lo lindo en el trajín, un amigo de Ralphie, Flick (Scott Schwartz), por un reto pueril termina con su lengua pegada a un poste helado, El Viejo gana un premio que consiste en una lámpara con la forma de una pierna de mujer en una media de red que es destrozada “accidentalmente” por su esposa, la maestra del protagonista, la Señorita Shields (Tedde Moore), les hace escribir a sus alumnos un ensayo acerca de lo que desean para esta Navidad, a Ralphie sus progenitores le meten en la boca un jabón Lifebuoy por decir una mala palabra mientras ayudaba a su padre a cambiar un neumático, “fuck”, además recibe por correo otro capricho fugaz, el decodificador del club de Annie la Huerfanita, que resulta ser una publicidad de la leche malteada Ovomaltine, y finalmente el matón del barrio y su ladero, Scut Farkus (Zack Ward) y Grover Dill (Yano Anaya), atacan a Flick y a los Parker hasta que el personaje de Billingsley pierde la paciencia y se abalanza furioso sobre Farkus.

 

El film, de hecho, es una de las perlas de la mejor época de Clark y bien podría decirse que cierra dicha fase porque a posteriori se entregaría a una catarata de comedias fallidas que incluye a El Taxista Caradura (Rhinestone, 1984), Turk 182, el Rebelde (Turk 182, 1985), El Abogado más Chalado del Juzgado (From the Hip, 1987), Un Tiro por la Culata (Loose Cannons, 1990) y Pequeños Genios (Baby Geniuses, 1999), amén de una secuela anodina de la faena que nos ocupa, Sucede en las Mejores Familias (It Runs in the Family, 1994), y de la desastrosa Súper Bebés: Pequeños Genios 2 (Superbabies: Baby Geniuses 2, 2004), sin duda una de las peores películas del nuevo milenio. Para comprender el talento y esta heterogeneidad iconoclasta del Clark de Una Historia de Navidad hay que retrotraernos a sus comienzos en la Clase B de Travesti: Una Historia de Fijación (She-Man: A Story of Fixation, 1967), Los Niños no Deben Jugar con Cosas Muertas (Children Shouldn’t Play with Dead Things, 1972) y Muerte de la Noche (Dead of Night, 1974), la primera una trasheada símil Ed Wood y las otras dos sendas incursiones en el rubro zombie -la primera farsesca, la segunda muy seria y sobre la Guerra de Vietnam- que allanaron el camino para la llegada de Navidad Negra (Black Christmas, 1974), otra de las claras obras maestras del realizador y gran génesis del slasher como subgénero del horror, lo que nos dejó con una trilogía de convites para el mainstream, las muy dignas Explosión de Violencia (Breaking Point, 1976), un drama criminal de venganza, Asesinato por Decreto (Murder by Decree, 1979), parte del ciclo de traslaciones al cine del Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, y Tributo (Tribute, 1980), una comedia dramática con Jack Lemmon como un agente de Broadway con leucemia. Cuesta creerlo pero Una Historia de Navidad se estrenó el mismo exacto año en el que Porky’s II: El Día Siguiente (Porky’s II: The Next Day, 1983) llegó a las salas de todo el mundo, otro de los trabajos de Clark que se ubica en las antípodas con respecto a nuestra fábula dickensiana sarcástica ya que ofició de secuela amena y politizada de Porky’s (1981), aquel querido “grado cero” de las comedias estudiantiles y/ o sexuales.

 

Reproduciendo la naturaleza episódica y cierta mirada externa propia del exilio canadiense de sus otras dos películas más famosas, las asimismo irreverentes Navidad Negra y Porky’s, el director en esta oportunidad retoma elementos del cine mudo, las historietas, los Looney Tunes, las crónicas periodísticas, la comedia ochentosa desaforada y el drama navideño con el doble objetivo de esquivar el tufillo aleccionador de Hollywood, siempre volcado a la “buena voluntad” de las fiestas de fin de año y las moralejas facilistas o redundantes, y de convertir a la existencia hogareña, escolar, barrial y lúdica infantil en una gesta mitificada por la memoria de Shepherd, aquí incluso haciendo de narrador en off cual versión adulta de Ralphie que contextualiza lo que ocurre en pantalla a través de descripciones hilarantes y muy floridas/ poéticas/ filosóficas mordaces que ilustran la idiosincrasia estándar de cada personaje, pensemos que a Randy no lo tienen en cuenta ni siquiera para las golpizas de los abusones, la Señora Parker es una ama de casa algo insípida pero siempre ayuda a sus hijos en todo lo que puede y El Viejo, el patriarca del clan, es también una figura dual porque inspira mucho miedo y en simultáneo exuda vulnerabilidad y humanismo estrafalario al extremo de que el mentado rifle llega a manos del protagonista gracias a él, que lo incluye entre los regalos de Navidad obviando las advertencias de la madre, la Señorita Shields y el Santa Claus berreta de Higbee’s (Jeff Gillen), aquello de “te sacarás un ojo”. Entre fantasías estupendas de parte del purrete, como la de la defensa de su hogar con el arma a lo western clásico, la de la maestra celebrando su ensayo, esa otra en la que se queda ciego por tanto jabón Lifebuoy en la boca y la de su progenitora y Shields como engendros malvados de El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), de Victor Fleming, el film explora la “selva de la niñez” y los entretelones de la convivencia familiar sin juzgarlos en demasía porque este naturalismo de la ridiculez deja espacio para actuaciones exquisitas y un homenaje sensato y por momentos surrealista a la infancia masculina y sus anhelos más mundanos, rituales burgueses que dividen al mundo entre bravucones, chupamedias y las víctimas anónimas…

 

Una Historia de Navidad (A Christmas Story, Canadá/ Estados Unidos, 1983)

Dirección: Bob Clark. Guión: Bob Clark, Jean Shepherd y Leigh Brown. Elenco: Peter Billingsley, Darren McGavin, Melinda Dillon, Scott Schwartz, Ian Petrella, Zack Ward, Yano Anaya, Tedde Moore, Jeff Gillen, Jean Shepherd. Producción: Bob Clark y René Dupont. Duración: 93 minutos.

Puntaje: 10