Desaparecido (Missing)

En la tierra de los asesinos

Por Emiliano Fernández

El arresto, las torturas y el fusilamiento de Charles Edmund Lazar Horman (1942-1973) por parte del Ejército Chileno en el contexto de los días posteriores al Golpe de Estado en Chile del 11 de septiembre de 1973, éste craneado y ejecutado por sectores castrenses y civiles liderados por Augusto Pinochet y por la CIA en contra del presidente socialista Salvador Allende de la coalición política Unidad Popular, tuvo que ver tanto con el objetivo en el corto plazo de la brutal dictadura en el poder, léase el desmantelamiento del Movimiento de Izquierda Revolucionaria o MIR y de las bases de la misma Unidad Popular, como con la coyuntura más macro de la Guerra Fría y el Plan Cóndor de terrorismo de Estado unificado, otro esquema de paranoia extrema y represión en el que la administración del presidente Richard Nixon y su secretario de Estado Henry Kissinger favorecía cualquier régimen, por más que sea uno de tipo fascista genocida, que mostrara un interés anticomunista fanático. Horman, un documentalista y periodista que militaba en aquella izquierda social/ cultural mediante una agencia alternativa de prensa que había fundado en Chile con otros colegas, llamada Fuente de Información Norteamericana o FIN, fue detenido el 17 de septiembre de 1973 y asesinado al día siguiente luego de torturas en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, el campo de concentración de los fascistas de mierda, aparentemente porque el joven de 31 años venía investigando la participación del gobierno estadounidense en el asesinato en 1970 de René Schneider Chereau, comandante en jefe del ejército acribillado por la derecha debido a su postura antisediciosa a lo Carlos Prats, y porque el norteamericano se había topado por accidente con oficiales de inteligencia naval, sicarios de la Guerra de Vietnam y agentes varios de la CIA en el Hotel Miramar de Viña del Mar, búnker de los conspiradores en los momentos posteriores y durante el Golpe de Estado, siendo en última instancia los artífices de su homicidio el cónsul Frederick Purdy, el embajador Nathaniel Davis y el general vernáculo Augusto Lutz, el director del Servicio de Inteligencia Militar.

 

Thomas Hauser, un escritor especializado en boxeo y biografías de gente tan diversa como Muhammad Ali, Mark Twain, Arnold Palmer, Charles Dickens y Ludwig van Beethoven, publicó el volumen La Ejecución de Charles Horman: Un Sacrificio Estadounidense (The Execution of Charles Horman: An American Sacrifice, 1978), un estudio a partir de una serie de reportajes al progenitor del fallecido, Edmund Horman, dueño de la empresa Jersey Industrial Trucks y casado con la célebre pintora impresionista Elizabeth Horman, y a la viuda en cuestión, Joyce Horman, quien vivía con Charles en Santiago de Chile en aquel 1973 y encararía junto a Edmund la búsqueda de la verdad en pos de saber exactamente qué sucedió y la identidad de los asesinos, tanto los de su esposo como los de Frank Teruggi, colega estadounidense en FIN que asimismo fue fusilado en el Estadio Nacional, un meollo institucional y burocrático que comenzó con las revelaciones del ex agente de inteligencia Rafael González, exiliado en la Cancillería de Italia por oponerse a la represión de Pinochet y de esa Dirección de Inteligencia Nacional o DINA del filonazi Manuel Contreras, y que abarca además al ministro de defensa, Patricio Carvajal, los militares más importantes en la Santiago de Chile de entonces, Herman Brady y Sergio Arellano Stark, y por supuesto esos funcionarios yanquis bocones que se encontraron con el muchacho en Viña del Mar y sólo porque era un compatriota le revelaron diversos secretitos en intercambios bien informales, hablamos de Patrick Ryan, Arthur Crater y Ray E. Davis, amén del “autor material” de los disparos contra el cuerpo del periodista, el verdugo militar y especialista en el gremio de las violaciones a los derechos humanos Pedro Espinoza. Justo como aconteció en la España posterior al franquismo, en los años subsiguientes al final de la dictadura chilena se dio un pacto de impunidad civil y militar, autóctono y extranjero, para evitar el juzgamiento de los crímenes, para colmo Lutz fue envenenado en 1974 por oponerse a Pinochet y el embajador Davis jamás recibió castigo alguno a pesar de una intervención muy similar en Guatemala.

 

Desaparecido (Missing, 1982), la estupenda adaptación cinematográfica de Costa-Gavras del libro de Hauser, es una película muy importante dentro del derrotero profesional del realizador y guionista griego porque fue su primera experiencia hollywoodense, suerte de bisagra entre el primer período europeo, ese de Crimen en el Coche Cama (Compartiment Tueurs, 1965), Sobra un Hombre (1 Homme de Trop, 1967), Z (1969), La Confesión (L’Aveu, 1970), Estado de Sitio (État de Siège, 1972), Sección Especial (Section Spéciale, 1975) y Una Mujer Singular (Clair de Femme, 1979), y el polirubro posterior, sustentado en propuestas norteamericanas y una vuelta final definitiva a Europa, de Hanna K. (1983), Consejo de Familia (Conseil de Famille, 1986), Traicionados (Betrayed, 1988), Mucho más que un Crimen (Music Box, 1989), Un Pequeño Apocalipsis (La Petite Apocalypse, 1993), El Cuarto Poder (Mad City, 1997), Amén (2002), La Corporación (Le Couperet, 2005), Edén al Oeste (Eden à l’Ouest, 2009), El Capital (Le Capital, 2012) y A Puertas Cerradas (Adults in the Room, 2019). Costa-Gavras aquí reconstruye el Caso Horman con exactitud y una gran destreza desde su andamiaje retórico preferido, el thriller testimonial, con el doble objetivo de retratar por elevación las miles de desapariciones en Argentina a instancias de un régimen genocida en espejo, aquel Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), y de señalar que el homicidio de Charles (John Shea) quizás tuvo una mayor repercusión popular/ política/ mediática que otros episodios semejantes, como por ejemplo el secuestro de Teruggi (Joe Regalbuto) y David Holloway (Keith Szarabajka), este último un compañero ficcional de ambos en FIN que representa a otros cautivos que sobrevivieron, gracias a que su padre, “Ed” Horman (Jack Lemmon), movió el avispero en Washington D.C. antes de viajar a Chile y empezar a entrevistarse, siguiendo los pasos de la viuda, aquí rebautizada Beth Horman (Sissy Spacek) a pedido de Joyce, con lacra diplomática asentada en el país del Cono Sur como el cónsul (David Clennon) y el embajador (Richard Venture).

 

Sirviéndose de una impronta cuasi detectivesca que incluye a personajes complementarios como Terry Simon (Melanie Mayron), amiga ficticia del matrimonio Horman que queda varada junto a Charles al vacacionar en Viña del Mar, un Crater que aquí se llama Andrew Babcock (Richard Bradford), asesor crucial en el desarrollo del Golpe de Estado que anda por ahí revelando orgulloso la complicidad norteamericana, un González que responde al nombre de París (el mítico actor uruguayo Martín LaSalle, conocido por su colaboración con Robert Bresson en Pickpocket, de 1959), asilado en la Cancillería de Italia al igual que su contraparte verídica, y un Davis rebautizado Ray Tower (Charles Cioffi), capitán de la marina también implicado en el alzamiento contra la democracia e incluso pintado como un acosador sexual porque en una escena se lanza sin tapujos contra Beth y Terry cuando se ven obligadas a quedarse en la morada del milico después de la hora nocturna del comienzo del toque de queda, el cineasta, coescribiendo el guión junto Donald E. Stewart, famoso por el ciclo de los 90 del Jack Ryan de Alec Baldwin y Harrison Ford, logra un desempeño muy parejo de todo el elenco, destacándose especialmente el naturalismo descarnado de Spacek y Lemmon, y una utilización muy sutil de la extraordinaria música de Evángelos Odysséas Papathanassíou alias Vangelis, cuyo leitmotiv de piano es de una belleza suprema y hasta contrasta con esos pasajes de sintetizadores más lúgubres o claustrofóbicos del resto de la propuesta. Si bien el film responde al típico esquema narrativo ochentoso del outsider que le permite al espectador blanco anglosajón promedio identificarse con el cínico que termina compartiendo aquella cruzada por la justicia del martirizado de turno, aquí por supuesto el padre de Charles, la película asimismo constituye un prodigio en materia de la construcción de la tensión y el armado de este rompecabezas del poder antropófago, pesadillesco y cruel de una derecha que se abalanzó con furia contra la reconversión de la izquierda desde las utopías de los 60 hacia la lucha armada o la militancia burguesa más pacífica e idealista…

 

Desaparecido (Missing, Estados Unidos/ México, 1982)

Dirección: Costa-Gavras. Guión: Costa-Gavras y Donald E. Stewart. Elenco: Jack Lemmon, Sissy Spacek, Melanie Mayron, John Shea, Charles Cioffi, David Clennon, Richard Venture, Richard Bradford, Joe Regalbuto, Keith Szarabajka. Producción: Edward Lewis y Mildred Lewis. Duración: 123 minutos.

Puntaje: 10