Para todos aquellos que crecimos en la década del 80 La Historia sin Fin (Die Unendliche Geschichte, 1984), del germano Wolfgang Petersen, es un mojón inconmensurable en la memoria cinéfila por diversas razones, desde el carácter hiper grotesco de las criaturas y los efectos especiales y el trasfondo abstracto y/ o filosófico del relato, indudablemente toda una rareza en el campo del cine infantil masivo de la época, hasta los giros extremadamente trágicos del desarrollo y todo ese sustrato metadiscursivo en lo que respecta a una crónica aventurera fabulosa que es atestiguada por un personaje que hace las veces de nosotros, los espectadores, fórmula retórica que sería robada descaradamente por La Princesa Prometida (The Princess Bride, 1987), de Rob Reiner, por más que el libro en el que está basada esta última, el de 1973 de William Goldman, sea anterior a la fuente de inspiración del opus de Petersen, la novela homónima del escritor alemán Michael Ende de 1979, porque en el caso del séptimo arte sólo cuenta quién originó primero el exitoso latiguillo en la gran pantalla. En Latinoamérica el film germano llegó con un estupendo doblaje al castellano que tapaba el idioma original por razones comerciales, el inglés, en ocasión de la versión internacional/ norteamericana de la propuesta, unos minutos más corta que la ideada por el director y guionista porque se pretendió reforzar el costado más luminoso de la epopeya, hacerla más ágil e incluir el hitazo compuesto por Giorgio Moroder y Keith Forsey y cantado por Beth Anderson y Christopher Hamill alias Limahl, no obstante la acepción para el mercado europeo es visiblemente superior en términos narrativos porque se toma más tiempo para describir momentos cruciales del derrotero y en general está mejor editada desde el punto de vista del fatalismo siempre latente del film, ese que revisitando la película en la adultez deja bien en claro que el núcleo ideológico es la lucha entre el cinismo posmoderno, del cual paradójicamente La Historia sin Fin es un producto paradigmático por su obsesión con deconstruir a los cuentos de hadas, y la capacidad de imaginación que nace en la niñez y se extiende en la mayoría de edad a condición de que se siga teniendo muy presente o en alta estima la inventiva que subyace en el arte, la cultura o la labor analítica o creativa que sea.
Al proponer dos mundos independientes aunque también interconectados e inestables, la realidad materialista donde hay que tener “los pies en el suelo” para triunfar y una tierra de la ilusión que necesita que la primera continúe soñando y tenga esperanzas para sobrevivir, La Historia sin Fin cuela una crítica demoledora -e insólita, sinceramente, tratándose de un producto gigantesco del acervo de entonces- al capitalismo porque homologa sin mucha metáfora a la gente ignorante sin capacidad de concebir un mundo mejor -o por lo menos alternativo con respecto al baldío injusto del presente- con unos “esclavos felices” fáciles de dominar gracias a esa docilidad de la apatía frente a quien posee el poder, para colmo la obra incorpora el concepto de La Nada, léase el vacío que queda cuando opera el nihilismo negativo contemporáneo y su fetiche para con destruirlo todo sin construir nada a cambio, esta última la faena en la que se especializa el nihilismo positivo, por ello el guión del realizador y Herman Weigel, quien venía de escribir la diametralmente opuesta Christiane F. (Christiane F.- Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1981), de Uli Edel, en pantalla vincula al cinismo con una infancia caracterizada por el maltrato al prójimo, los arcades/ videojuegos y los cómics o la cultura basura en general, tres “factores” que no han perdido vigencia con el transcurso de los años en materia de su rol central en la estupidización del público y su envilecimiento comunal caníbal, en este sentido basta con recordar aquella introducción cuando Bastian Balthazar Bux (Barret Oliver), huérfano reciente de madre que se come los discursos castradores de su padre burgués (Gerald McRaney), es arrojado dentro de un contenedor de desechos por tres abusones que querían robarle dinero, un panorama que lo conduce momentos después a la librería de Carl Conrad Coreander (Thomas Hill), quien rápidamente prejuzga al nene empardándolo a la enorme mayoría de los mocosos tontuelos del vulgo que se pasan horas jugando en los arcades porque la única literatura que conocen es la de los dibujos y globos de diálogo de los superhéroes, cuando en realidad el muchacho es una anomalía culta que aprecia los libros de Robert Louis Stevenson, James Fenimore Cooper, Lyman Frank Baum, J.R.R. Tolkien, Edgar Rice Burroughs y aquel Julio Verne.
Bastian, como aseverábamos antes un bibliófilo de diez años, roba de Coreander un libro que despierta su curiosidad porque “no es seguro” y lo lleva al ático de su colegio tanto para leerlo como para escapar de un examen de matemáticas, así descubre una tierra mágica llamada Fantasía que sufre el acecho de La Nada al extremo de que representantes de las distintas razas se dirigen hacia la Torre de Marfil para solicitar el socorro de la Emperatriz (Tami Stronach), como por ejemplo un Comepiedras enorme que viaje en una aplanadora/ motocicleta (voz de Alan Oppenheimer), un tal Teeny Weeny -un enano- a bordo de un caracol de carreras (Deep Roy) y ese Night Hob -duende bastante grotesco- que vuela en un murciélago en perpetua narcolepsia (Tilo Prückner). Un lacayo de la Emperatriz, Cairon (Moses Gunn), les informa a los delegados que la soberana máxima está enferma y que el encargado de salvar a Fantasía es Atreyu (Noah Hathaway), un jovencito y supuesto gran guerrero que habita las Llanuras y caza el búfalo purpúreo, púber que recibe un medallón protector llamado Áuryn y parte con su caballo, Artax, en la búsqueda de una cura para la Emperatriz porque ella constituye el corazón mismo de Fantasía. Atreyu pierde al animal en el Pantano de la Tristeza, el cual se deja succionar por las aguas negruzcas, y por poco es asesinado a instancias de La Nada vía su fiel servidor, Gmork (de nuevo Oppenheimer), un lobo maximizado que tiene el tamaño del amigo improvisado/ compinche volador del protagonista, Falkor (también voz de Oppenheimer), ese “dragón de la suerte” que salva a Atreyu después de hablar con Morla (Robert Easton), una tortuga colosal que lo insta a viajar hasta el Oráculo del Sur. Luego de conocer a una pareja muy graciosa de gnomos, el “oracúlogo” Engywook (Sydney Bromley) y su esposa hechicera Urgl (Patricia Hayes), el guerrero pasa exitosamente dos puertas, la primera un par de esfinges que lanzan rayos desde sus ojos y la segunda un espejo que revela que su contraparte es Bastian, pero queda desconcertado cuando el Oráculo le informa que para salvar a la Emperatriz debe hallar a un niño humano más allá de los límites de Fantasía con el objetivo de que le dé un nuevo nombre a la pequeña monarca, detalle que subraya la dependencia mutua de ambos reinos.
Resulta innegable que uno de los ardides narrativos más desgarradores para todos aquellos que somos fans del film -el resto de la humanidad no existe, son unos pobres diablos que viven en la oscuridad- es el “gancho y cross” que nos depara el relato en sus postrimerías, no contento con haber matado a Artax en el Pantano de la Tristeza y con haber destruido cruelmente al Oráculo del Sur justo a posteriori de que le lanzase otra misión imposible a un Atreyu que viaja en el lomo/ cuello de Falkor -entidad parlanchina, optimista y cubierta de escamas semejantes a perlas- hacia la frontera inexistente de la imaginación: una vez que La Nada, en pantalla representada por una tormenta tenebrosa que todo lo consume, separa a Atreyu y Falkor, la película opta por seguir faltándole el respeto a las fábulas infantiles más clásicas y termina de señalar que los campeones de los débiles pueden detentar muchas buenas intenciones aunque tienden a ser un tanto herméticos/ ortodoxos en cuanto al saber y por ello el que finalmente “ilumina” al hijo de las Llanuras no es otro que su verdugo, Gmork, el cual efectivamente le comunica que los cínicos y ventajistas del mundo se están cargando a la comarca del ingenio y las entelequias de todo rango etario y que los seres de Fantasía sólo existen porque alguien los ama y así los reproduce, específicamente el niño que nos simboliza, Bastian, esquema que desemboca en el asesinato del lobo gigante por parte de Atreyu y en la destrucción de todo el reino en cuestión e incluso la Torre de Marfil, suceso que se da entre lágrimas desesperadas de la Emperatriz y el grito de Bux hacia un vendaval nocturno con el nuevo mote de la soberana, Moon Child/ Hija de la Luna, ese que fuera el nombre de su madre, minucia que dependiendo de la versión de la propuesta y del doblaje puede no ser siquiera audible para el público, lo que suma otra capa más al trauma y a las abstracciones sobre esta maldad abúlica que arremete contra lo considerado mágico. La inteligencia de Petersen y compañía, entre los que se destacan el director de fotografía Jost Vacano, colaborador asiduo de Paul Verhoeven, y el encargado de efectos especiales Colin Arthur y el compositor Klaus Doldinger, dos genios en lo suyo, radica en saber que después de semejante golpe el epílogo de la rauda resurrección es mucho más satisfactorio.
Una dimensión que se suele pasar por alto cuando se habla de La Historia sin Fin es la de la idea de sólo adaptar la primera mitad del libro de Ende, bestseller inmenso por parte de un señor que también sería llevado a la gran pantalla de la mano de la interesante Momo (1986), opus de Johannes Schaaf inspirado en la novela de 1973, y Jim Botón & Lucas, el Maquinista (Jim Knopf & Lukas, der Lokomotivführer, 2018), trabajo rutinario de Dennis Gansel basado en el libro de 1960, amén de una infinidad de series de TV que retomaron algún ingrediente de estas tres novelas, las principales y más famosas del escritor: si bien algunos aspectos de la segunda parte del libro, aquella centrada en el periplo de Bastian por Fantasía con el Áuryn en su cuello y la semi maldición de reconstruirla pidiendo deseos que lo van vaciando de recuerdos al punto de perder el contacto con la realidad -su lugar de procedencia concreto y no sólo en términos de su cordura- y de abalanzarse contra Atreyu y la Emperatriz bajo la influencia de Xayide, una bruja malvada, fueron a parar al final del opus de Petersen y sobre todo a sus dos secuelas, la flojísima de 1990 de George Miller -no el director australiano, sino uno escocés con el mismo nombre- y la directamente horrenda de 1994 de Peter MacDonald, lo cierto es que la movida enfureció a Ende porque en el film se esfumaron sus reflexiones acerca de la importancia de la memoria en la madurez y de la responsabilidad individual en cuanto a los planteos políticos y especialmente en quién se deposita la confianza y a quién se elige odiar, sin embargo la película incluye con sagacidad la invitación de la novela a pasar del consumo cultural acrítico y pasivo, el pretendido por el mainstream lavacerebros de siempre en los ámbitos del cine, la música, la literatura y el teatro, a uno de tipo activo y creador en serio como el que la Emperatriz le encomienda a Bux llegado el desenlace de nuestra odisea, momento en el que se explicita eso de que los deseos de la praxis mundana son el alimento de una imaginación -pueril o adulta, en verdad no importa- que no debe ser banalizada porque cada resultado de nuestra inventiva debería responder a las necesidades del sujeto, el emisor que se confunde con el receptor, ambos de carne y hueso, y no a exigencias uniformizadoras del mercado o las industrias capitalistas…
La Historia sin Fin (Die Unendliche Geschichte, República Federal de Alemania/ Estados Unidos, 1984)
Dirección: Wolfgang Petersen. Guión: Wolfgang Petersen y Herman Weigel. Elenco: Noah Hathaway, Barret Oliver, Alan Oppenheimer, Thomas Hill, Deep Roy, Tilo Prückner, Gerald McRaney, Moses Gunn, Sydney Bromley, Tami Stronach. Producción: Bernd Eichinger, Dieter Geissler y Bernd Schaefers. Duración: 101 minutos.