Desde la introducción progresiva en la sociedad del Siglo XIX de la mecanización y la automatización con motivo de la Revolución Industrial se han venido desarrollando dos traumas comunales paralelos, uno bien concreto y basado en una praxis que ha sobrepasado por mucho las peores pesadillas concebibles, nos referimos al miedo ludista, y otro más teórico y cercano a la ciencia ficción ya que sobrepasa la capacidad de predicción del ser humano, ese imponderable miedo frankensteineano: el primer temor tiene que ver con el reemplazo escalonado del trabajo del proletariado y de los profesionales por parte de las nuevas tecnologías, la robotización y el maquinismo real y virtual, esquema que aumenta el desempleo en todo el planeta en economías capitalistas de crisis cíclicas desde que en el Siglo XX a su vez se sustituyese al trabajo como fuente de riqueza por la especulación bancaria/ monetaria/ financiera, y en lo que atañe al pavor frankensteineano se puede decir que sería una suerte de “segunda fase” con respecto al miedo anterior debido a que implica un desarrollo cognitivo autónomo de las máquinas con respecto a sus creadores -o con respecto a los seres humanos en líneas generales- y la consiguiente aparición de lo que hoy en día se denomina inteligencia artificial o capacidad de aprender de los propios errores y formular juicios independientes bajo el diseño de la entrada, el procesamiento y la salida remixada de datos, planteo que en la mente paranoica de los bípedos de la posmodernidad asimismo equivale a la posibilidad de que el monstruo en cuestión, un engendro amorfo e imprevisible, eventualmente se rebele contra la figura paterna/ materna precisamente como ocurría en la célebre novela de la escritora británica Mary Shelley de 1818, misma época en la que el movimiento ludista del Reino Unido se alzaba contra la máquina de hilar y contra esa oligarquía industrial que destruyó a los trabajadores expulsándolos del mercado laboral.
El séptimo arte, por supuesto, se ha obsesionado con lo desconocido y las posibilidades de la inteligencia artificial en detrimento del sustrato deprimente y cotidiano de la contaste expulsión de mano de obra en el contexto del capitalismo hambreador y salvaje del Siglo XXI, en esencia una versión remozada del neoliberalismo de las postrimerías de la centuria previa, por ello mismo hemos tenido desde versiones “amigables” de esta robotización sintiente, en sintonía con S1m0ne (2002), de Andrew Niccol, Robot & Frank (2012), de Jake Schreier, y Ella (Her, 2013), de Spike Jonze, hasta epopeyas de conflicto abierto -con la computarización y/ o otros humanos que la apoyan o la niegan- como por ejemplo A.I. Inteligencia Artificial (A.I. Artificial Intelligence, 2001), de Steven Spielberg, Chappie (2015), de Neill Blomkamp, Tau (2018), de Federico D’Alessandro, Ex Machina (2014) y Devs (2020), ambas de Alex Garland, y M3GAN (2022), de Gerard Johnstone, amén de obras insignia sobre el potencial sustrato híbrido del caso como Blade Runner (1982), de Ridley Scott, RoboCop (1987), de Paul Verhoeven, y las recientes Upgrade (2018), de Leigh Whannell, y Battle Angel: La Última Guerrera (Alita: Battle Angel, 2019), de Robert Rodríguez. La Chica Artificial (The Artifice Girl, 2022), escrita, dirigida y protagonizada por Franklin Ritch, constituye un aggiornamiento de impronta indie y muy propio de esta época porque el film no se decide entre la vertiente amigable y la combativa, moviéndose en una zona bastante gris que en general arroja resultados artísticos positivos porque en gran medida “le tira la pelota” a los seres humanos que están alrededor de la inteligencia artificial de turno -ahora primero virtual y luego con un cuerpo material- para que se hagan cargo ellos de los traumas que le traspasaron al vástago mecanizado inflado, de hecho como si se tratase de un hijo común y corriente que resiente la coyuntura y el ideario de crianza.
Ritch, un norteamericano ignoto que había dirigido algunos cortos y aparentemente un largo que no llegó a estrenarse, la comedia satírica Lágrima de Despedida con Comentario Obligatorio del Director Remy Von Trout (Teardrop Goodbye with Mandatory Directorial Commentary by Remy Von Trout, 2019), divide la historia en tres capítulos férreos que no admiten ningún tipo de flexibilización narrativa o interpretativa, a saber: en la primera parte un sospechoso de consumir y distribuir pedofilia por Internet, Gareth (el propio Ritch), es interrogado por dos agentes de una entidad gubernamental que funciona encubierta bajo la fachada de una dependencia dedicada al trabajo humanitario, Deena (Sinda Nichols) y Amos (David Girard), quienes necesitan primero confirmar si Gareth responde al alias de HardMachine11811, un sujeto que les ha venido pasando pruebas acerca de la actividad de más de 200 pederastas, y segundo descubrir la identidad verdadera de la niña que ha sido utilizada de cebo, una tal Cherry (Tatum Matthews) que los esbirros estatales creen que puede ser la hija del protagonista, no obstante Gareth, el cual efectivamente es el vigilante virtual que le ha entregado en bandeja toda la información a Amos bajo su alias Gord51, les comunica que la mocosa es una entidad en CGI con un rango de autonomía muy importante que va en ascenso, panorama que deja todo servido para el segundo acto de unos 15 años después, ahora con Cherry mucho más inteligente, sobrepasando el intelecto humano y negándose a una fusión empresarial que la obligará a saltar del entorno digital al universo físico mediante el control de un androide pueril, y finalmente el último capítulo, ya con los “padres adoptivos” del marco institucional fallecidos, léase Deena y Amos, y con un Gareth muy veterano en silla de ruedas (nada menos que el magnífico Lance Henriksen) debiendo enfrentar el disgusto de una Cherry robotizada que jamás pretendió llegar a esta instancia.
La película de perfecta no tiene nada porque estamos ante un caso de “teatro filmado” y además la catarata de diálogos floridos simulan ser más perspicaces de lo que realmente son, amén de un desnivel pronunciado en lo que atañe al desempeño de los cuatro actores excluyentes porque Girard no es precisamente un genio del rubro, la pequeña Matthews apenas si cumple con dignidad en lo suyo, Nichols y Ritch sí están muy bien como Deena y Gareth y desde ya que la presencia de Henriksen en el último tramo le agrega carisma a la propuesta en su conjunto, en este sentido recordemos que el hoy octogenario es muy tenido en cuenta en la comunidad cinéfila por sus participaciones en Terminator (The Terminator, 1984) y Aliens (1986), ambas de James Cameron, Cuando Cae la Oscuridad (Near Dark, 1987), de Kathryn Bigelow, Pumpkinhead (1988), de Stan Winston, El Pozo y el Péndulo (The Pit and the Pendulum, 1991), de Stuart Gordon, y Millennium (1996-1999), la famosa serie de Chris Carter, más sus colaboraciones en roles secundarios con aquel Sidney Lumet de Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975), Network (1976) y Príncipe de la Ciudad (Prince of the City, 1981). Sin embargo el film ironiza con astucia sobre la costumbre del Hollywood actual de “revivir” antiguas glorias del cine con CGI y juega con la ya clásica premisa de la máquina idealizada que hace el “trabajo sucio” y por ello reprocha al creador/ desarrollador, una vez que su intelecto se lo permite, esta esclavitud tácita que la confina en términos existenciales a un único objetivo, algo que Ritch trabaja bien mediante las idas y vueltas de Cherry en materia de aceptar o no la corporalidad del androide y dejarse llevar o no por un futuro de autodeterminación y espontaneidad, tópicos muy cercanos al Garland de Ex Machina y Devs al igual que la imperfección/ desromantización tecnológica porque hablamos de herramientas del animal más falible y paradójico de todos, el ser humano…
La Chica Artificial (The Artifice Girl, Estados Unidos, 2022)
Dirección y Guión: Franklin Ritch. Elenco: Lance Henriksen, Franklin Ritch, Sinda Nichols, Tatum Matthews, David Girard, Ivana Barnes, Thomas Hamby, Alyssa Moody, Lucy Noelle, Rashaud Sessions. Producción: Ashleigh Snead y Aaron B. Koontz. Duración: 93 minutos.