Pepita, la Pistolera

En nombre de la supervivencia

Por Emiliano Fernández

El derrotero de Margarita Di Tullio alias Pepita, la Pistolera (1948-2009), una proxeneta, narcotraficante y asesina de Mar del Plata, una ciudad balnearia de la Provincia de Buenos Aires, es lo suficientemente colorido como para ubicarse entre los sucesos delictivos más notorios de la Argentina. Ya de niña robaba las limosnas de una iglesia y practicaba boxeo y manejaba armas de fuego a instancias de su progenitor, el inmigrante italiano Antonio Di Tullio, lo que le sirvió para su principal ocupación posterior, el robo a turistas y a parejas que gustaban de fornicar en las zonas del puerto y de la costa marplatense en general. Casi siempre entrando y saliendo de la cárcel como rutina, Margarita en aquella juventud trabajó como prostituta en los diversos cabarets de los años 70 y 80 y tuvo hijos con algunos de sus múltiples amantes, el más famoso de los cuales, Guillermo Schelling, dedicado al negocio de la pesca, le financió el primero de sus prostíbulos, Neisis, permitiéndole independizarse y mutar en alcahuete al tiempo que abonaba las reglamentarias coimas a la policía y a los personeros del poder judicial y político de turno. El episodio por el que se gana el apodo de Pepita, la Pistolera, referencia a una canción mexicana y a una adolescente que en la década del 80 asaltaba farmacias y violaba y mataba con su pandilla en la zona norte del conurbano bonaerense, tiene que ver con Alejandro “El Tarta” Lozada, un matón que contrató como personal de seguridad y que terminó despidiendo porque le generaba más problemas de los que solucionaba, otorgándole unos supuestos 300 dólares en calidad de indemnización que no pagó en su totalidad y por ello mismo el 20 de agosto de 1985 Lozada y dos cómplices, su hermano Mariano y un amigo llamado Américo Córdoba, entraron al departamento de Di Tullio y Schelling, los golpearon y efectivamente amenazaron con violar a la familia, así la mujer disparó contra los tres y asesinó a dos de ellos en medio de un enfrentamiento de impronta verdaderamente cinematográfica. Condenada por exceso en la legítima defensa y sentenciada a tres años de prisión en suspenso, Margarita alcanzó una celebridad impensada a nivel nacional mientras llovían las denuncias por trata de personas y explotación sexual.

 

Luego de separarse de Schelling en medio de acusaciones cruzadas de violencia, Di Tullio expandió su mini imperio criminal/ nocturno con el tráfico de cocaína y marihuana y se transformó en uno de los “sospechosos de siempre” a ojos de la hiper corrupta policía de la época, que por supuesto la arrestaba con cualquier excusa para endilgarle -al menos por un tiempo, hasta que se supiese la verdad- episodios delictivos de la más variada envergadura. Si bien la fuente crucial de sus ingresos durante la madurez siempre fue el lenocinio y el eje de su fama aquellos balazos contra Lozada y compañía, a posteriori estuvo involucrada en dos hechos que asimismo tuvieron resonancia en todo el país, primero cuando ofició de defensora de palabra en el entramado público de las trabajadoras sexuales en el contexto del accionar del denominado Loco de la Ruta, un supuesto homicida en serie que operó entre 1996 y 1999 y al que se le adjudican el óbito o la desaparición de catorce prostitutas de Mar del Plata, en realidad víctimas de una red de extorsión de la policía bonaerense que solía cargarse -como un castigo ejemplar- a las ninfas que no querían abonar para trabajar en las inmediaciones de las rutas provinciales y nacionales de toda la zona, y segundo cuando la acusaron falsamente de haber asesinado el 25 de enero de 1997 a José Luis Cabezas, un fotógrafo de la revista Noticias que en realidad fue víctima de una conspiración mafiosa que involucró a la policía y al empresario postal Alfredo Yabrán, así aquel gobernador de Buenos Aires en funciones, Eduardo Duhalde, ordenó inventar un chivo expiatorio y Di Tullio fue la elegida para más adelante terminar exonerada, sin salvarse del hecho de que le plantasen un arma y la acusasen mediante un triste mitómano del aparato represivo, Carlos Redruello. Antes de fallecer a los 61 años de edad a causa de un derrame cerebral Di Tullio fue testigo indirecto de otro incidente criminal, en este caso gracias a su hermana mayor, Alicia, esposa y eventual denunciante por una infidelidad de Alberto De la Torre, miembro de la banda de ladrones que el 13 de enero de 2006 entró a la sucursal de Acassuso, en San Isidro, del Banco Río, un hilarante golpe conocido en Argentina como El Robo del Siglo.

 

Resulta decepcionante que semejante historia, rica y llena de matices morales, derive en una película tan errática, tardía y limitada como Pepita, la Pistolera (2026), film de Lucía Puenzo que mete en la licuadora las distintas etapas de la vida de Di Tullio y no se decide del todo qué demonios quiere ser, pensemos para el caso que la primera parte se parece a un melodrama sórdido de Arturo Ripstein de los 80 y 90, el segundo acto insólitamente salta a lo que sería una versión sosegada del Martin Scorsese de Buenos Muchachos (GoodFellas, 1990) y Casino (1995), desde ya correspondiente al “armado” y la puesta a punto de la red de prostíbulos y otros locales nocturnos de Margarita, y el último episodio coquetea con la ridícula posibilidad de volcar el asunto hacia la comarca de una justiciera marginal modelo Aileen Wuornos, esa meretriz y asesina en serie que entre 1989 y 1990 mató a siete clientes masculinos e inspiró una recordada obra con Charlize Theron y Christina Ricci, Monstruo (Monster, 2003), de Patty Jenkins, sin olvidarnos del trasfondo del relato en materia de la amenaza anacrónica y permanente del Loco de la Ruta, como decíamos antes propia del segundo lustro de los 90 y no del año 1985 en el que transcurre toda la trama y en el que Di Tullio de hecho se convierte en Pepita, la Pistolera a ojos del mundillo popular, ya dejando atrás a la Margarita de antaño o “Marga”, según su parentela y círculo cercano. Luisana Lopilato, millonaria casada con el cantante canadiense Michael Bublé, es la productora y curiosa encargada de componer a la protagonista y si bien se percibe que su esfuerzo fue importante a nivel actoral, lo cierto es que en algunas secuencias lo realizado funciona relativamente bien y en otras oportunidades se nota que nunca será una actriz dramática o resulta demasiado linda y esbelta para el rol en cuestión, basta con recordar que Di Tullio era una mujer gorda e imponente que nada tiene que ver con el look de eterna fragilidad burguesa de una Lopilato que en su juventud fue especialista en televisión basura para los segmentos infantil y púber y últimamente ha intentado una metamorfosis cinematográfica lamentable, aún sin poder transformarse en una profesional con peso específico propio.

 

La primera mitad tiene mucho de epopeya de índole portuaria de Ripstein aunque fingiendo el nihilismo mediante un mimetismo publicitario bastante trasnochado como si el circuito festivalero fuese el de antes o le interesase estos productos intercambiables del “true crime” global, aquí enfocando el asunto desde la esquizofrenia retórica apuntada y una perspectiva arty que nunca llega a aburrir del todo pero regurgita lugares comunes sin cesar, así la Di Tullio de Lopilato y Puenzo es una furcia al servicio de un proxeneta violento que también es su cuasi pareja, el Cuervo (Alberto Ajaka), al igual que un capitán de navío de corazón muy tierno que resulta el opuesto exacto del anterior, Germán (Claudio Tolcachir), sujeto que se ausenta por períodos prolongados y precisamente le financia -como aquel Schelling- el prostíbulo Neisis, en especial porque lo convence de que el hijo que lleva en su vientre es de él y no del cafillo, señor que asimismo cree que el vástago es suyo y por ello no deja de amedrentarla en ningún momento con su séquito de esbirros. La propuesta transcurre a lo largo de los nueve meses del embarazo y acelera los tiempos verídicos/ cronológicos para que la protagonista logre construir su minúsculo imperio con la ayuda del capitán y un juez corrupto del montón que adora organizar orgías con menores de edad, Perkins (Marcelo Subiotto), excusa para que a su vez aparezca el Loco de la Ruta y Margarita se transfigure en una bizarra vigilante de la noche que investiga el caso y se ofrece de cebo a raíz de esta merma coyuntural en su establo de putas. Puenzo, hija de Luis Puenzo y responsable de obras soporíferas sobrevaloradas por la crítica de cine descerebrada de la Argentina como XXY (2007), El Niño Pez (2009) y Wakolda (2013), más las también insufribles La Caída (2022) y Los Impactados (2023), no derrapa en el tedio pero pareciera que no sabe bien qué hacer con Di Tullio y si bien es comprensible que deje de lado los complejos episodios del asesinato de Cabezas y el robo al Banco Río, su intento de humanizar al personaje y retratar sus paradojas choca con un guión muy limitado, con una fotografía poco imaginativa y con las inconsistencias señaladas de Lopilato, quien viene de La Caja Azul (2026), de Martín Hodara, Mensaje en una Botella (2025), de Gabriel Nesci, Matrimillas (2022), de Sebastián De Caro, Perdida (2018), de Alejandro Montiel, y sus dos secuelas del mismo director, La Corazonada (2020) y Pipa (2022), entre otros bodrios para streaming o salas tradicionales que subrayaron las falencias de Luisana como intérprete o quizás la incapacidad del grueso de los realizadores del Siglo XXI, casi todos sin talento ni background cultural/ ideológico alguno como buenos mercenarios de la posmodernidad, en lo que respecta al casting y la dirección de actores. En pantalla casi todas las prostitutas del harén de Margarita resultan intercambiables y jamás se brinda mucho contexto en lo que atañe a la devoción de Germán por la mujer y al vínculo sadomasoquista que la une con el personaje villanesco de Ajaka, entre lo mejor del lote junto con el cliché de los buenos actores argentinos de la actualidad, Subiotto, hoy encarnando a ese magistrado corrupto que hace de financista e incluso agente del saber en cuanto a cómo opera la mafia institucional y lo poco que le importan las vidas humanas a su alrededor, ya sean machos o hembras. A pesar de que supera a la reciente y diametralmente opuesta Barreda (2026), una gesta bastante conservadora a nivel formal de Daniela Goggi para el servicio de streaming Amazon Prime Video acerca del cuádruple asesinato de 1992 perpetrado en la ciudad de La Plata por el odontólogo Ricardo Barreda, Pepita, la Pistolera por un lado esquiva la opción exploitation setentosa que mucho podría haber sumado en términos de valentía procedimental, típica jugada del wokismo en vías de extinción de hoy en día, ese blanco, burgués, aporofóbico y sin conciencia social verdadera alguna, y por el otro lado cae en una medianía insípida que reemplaza el patetismo de los asesinatos en defensa propia de 1985 por un melodrama familiar en el que la proxeneta se enfrenta a su antiguo alcahuete por el botín en dinero y el hijo de la protagonista, Gabriel, en realidad el nombre de un vástago que tuvo con un tal Horacio Triviño, todo parte de una fábula scorsesiana de envilecimiento que lleva a nuestro antihéroe a mutar en lo que tanto odiaba en nombre de la supervivencia, la brutalidad o esa avaricia capitalista de siempre…

 

Pepita, la Pistolera (Argentina, 2026)

Dirección: Lucía Puenzo. Guión: Lucía Puenzo, Andrés Gelós, Tatiana Mereñuk y Natacha Caravia. Elenco: Luisana Lopilato, Claudio Tolcachir, Alberto Ajaka, Marcelo Subiotto, Charo López, Camila Peralta, Gala Nisenson, Esteban Bigliardi, Gustavo Bassani, Chani Maidana. Producción: Lucía Puenzo, Luisana Lopilato, Esteban Puenzo, Cabe Bossi, Pol Bossi, Javier Furgang y Lucas Jinkis. Duración: 106 minutos.

Puntaje: 5