El cine trash, categoría difusa que engloba desde lo contracultural o transgresor hasta lo chocante o insólito, tuvo en John Waters a su santo patrono durante las décadas del 70, 80 y 90, no obstante la asepsia cinematográfica promedio del nuevo milenio barrió el rubro bajo la alfombra de los festivales especializados y una “no distribución” salvo determinadas excepciones, siendo quizás la más conocida en términos recientes aquella de The Greasy Strangler (2016), ópera prima del director y guionista británico Jim Hosking que bebía, de hecho, del primer Waters modelo Mondo Trasho (1969), Multiple Maniacs (1970), Pink Flamingos (1972), Female Trouble (1974), Desperate Living (1977) y Polyester (1981). Si bien Hosking no alcanzaba el nivel de astucia y desparpajo de su ídolo, el gesto resultó valioso en lo que atañe a patear el tablero con una bizarreada total, en esencia alrededor de un padre y su hijo, Ronnie (Michael St. Michaels) y Brayden (Sky Elobar), que ofrecían tours turísticos basados en la música disco mientras conocían a una gordita símil triángulo amoroso, Janet (Elizabeth De Razzo), y el mitómano y psicópata de Ronnie se dedicaba a asesinar a diferentes sujetos que osaban importunarlo, siempre estrangulándolos estando desnudo y cubierto de grasa porque todo lo untaba en la viscosidad más inmunda posible.
El esperable salto a Hollywood se produjo con An Evening with Beverly Luff Linn (2018), un trabajo también desconcertante que giraba alrededor de Lulú Danger (la genial Aubrey Plaza), una femme fatale casada con el gerente de una cafetería de mala muerte, Shane (Emile Hirsch), a quien abandonaba para irse con un tal Colin Keith Threadener (Jemaine Clement), matón payasesco contratado por el hermano hindú de la mujer, Adjay (Sam Dissanayake), para recuperar el dinero que Shane le robó a punta de pistola junto con sus dos subordinados en la cafetería, Tyrone Paris (Zachary Cherry) y Carl Ronk (Elobar de nuevo), todos a su vez terminando en un hotel donde se presentaría el amor de juventud de Lulú, Beverly Luff Linn (Craig Robinson), músico que sólo se comunica con gruñidos y viaja con una pareja masculina platónica, el escocés Rodney Von Donkensteiger (Matt Berry). El fracaso rotundo de An Evening with Beverly Luff Linn, una obra disfrutable pero muy de nicho, y la cancelación después de la primera temporada de Tropical Cop Tales (2018-2019), serie creada para Adult Swim sobre dos policías esperpénticos, Demetrius “Meechie” Franks (Ted Ferguson) y Keymarion “Primetime” Weeyums (Dominique Witten), provocó la inmediata expulsión del cineasta del entramado mainstream yanqui.
Hoy finiquita el silencio de un lustro gracias a Ebony & Ivory (2024), regreso ultra lunático de un Hosking que imagina aquel encuentro en 1981 de Paul McCartney (Elobar) y Stevie Wonder (Gil Gex) en una zona inhóspita y costera de Escocia en la etapa anterior a la grabación del hit del título, dúo que fue a parar a Tug of War (1982), primer álbum de Paul luego de la separación de su banda solista post The Beatles, Wings, y el primero después del asesinato en 1980 de John Lennon por parte de Mark David Chapman, un suceso que desencadenó el tema de homenaje Here Today. Ebony and Ivory, la canción, fue un himno de su tiempo homologado a la integración racial mediante la metáfora de las teclas negras y blancas del piano cual ejemplo de convivencia entre diferentes, no obstante al tema casi siempre se lo recuerda como pionero de la moda del mainstream musical futuro en materia de las colaboraciones para multiplicar el atractivo comercial de alguna canción, algo que el propio McCartney llevaría a nuevas cúspides en lo inmediato mediante sus dos trabajos con Michael Jackson, The Girl Is Mine, perteneciente a Thriller (1982), placa hiper exitosa de Jackson, y Say Say Say, composición que formó parte de Pipes of Peace (1983), secuela de Tug of War porque ambos comparten latiguillos conceptuales y productor, George Martin.
La película, quizás la más floja de Hosking aunque no por ello descartable del todo por su idiosincrasia anómala en un Siglo XXI muy aburrido y chato, no tiene trama alguna y se concentra en peleas por egos, desacuerdos culturales, paranoia, rusticidad hogareña, celos, disparates, comida, competencia musical y falta de privacidad, privilegiando burlas contra Wonder, por su vanidad y creerse un símbolo sexual, y en especial McCartney, a raíz de su vegetarianismo, los emprendimientos comerciales del rubro, sus tics faciales y esa obsesión con la marihuana, además de su dejo pollerudo -la esposa, Linda, aparece constantemente en las charlas- y el amor impostado por el Promontorio de Kintyre/ Mull of Kintyre, zona de Escocia en la que vivía en la época y que inspiraría la canción homónima de 1977 de Wings. Más allá de dos sueños de Wonder, el primero con sus padres, ambos cargando su cara y repitiendo “definitivamente no estás solo”, y el segundo con un par de ovejas, ahora representando a Paul y el propio Stevie a puro balido contra el viento de la región, Ebony & Ivory también incluye algo de fotografía alucinógena símil Terry Gilliam para las escenas del cannabis, la inicial en el living room y aquella desquiciada con un sapo parlante cuyo nombre es precisamente lo único que grita sin cesar, Zham Zham (voz de Carl Solomon).
Aquí nos topamos con una vuelta a juguetes de antaño como el absurdo, los sintetizadores, el minimalismo, la repetición retórica, la comida profusa, los culos fofos y los penes falsos, el ritmo hipnótico y por supuesto ese apego al kitsch irritante y los dos protagonistas, Gex y Elobar, ambos presentes en el resto de la carrera de Hosking pero el segundo mucho más en primer plano que el morocho, de allí que se haya ganado el mote de actor fetiche del inglés. Aquello que el cineasta hizo con el slasher en The Greasy Strangler y con el film noir en An Evening with Beverly Luff Linn en esta oportunidad lo hace con la biopic musical, léase destruirla/ sabotearla desde el delirio aprovechando que continúa de moda gracias al éxito planetario de Bohemian Rhapsody (2018), de Bryan Singer, y Rocketman (2019), de Dexter Fletcher, respectivamente sobre Freddie Mercury/ Queen y Elton John, sin olvidarnos de chispazos de aquel cine stoner noventoso, tanto el indie tontuelo de Dazed and Confused (1993), de Richard Linklater, y Clerks (1994), de Kevin Smith, como el contracultural de The Big Lebowski (1998), de los hermanos Joel y Ethan Coen, y Fear and Loathing in Las Vegas (1998), obra maestra de Gilliam basada en el hoy legendario libro de 1971 de Hunter S. Thompson, artífice del periodismo gonzo que borra la frontera entre cronista y realidad.
Por razones legales nunca se mencionan los nombres de los involucrados, desde McCartney y Wonder hasta la esposa del primero o los miembros de The Beatles, y desde ya la canción del título no aparece en ningún momento del metraje porque Hosking -también productor- no tiene el dinero para pagar los derechos y jamás hubiese conseguido el “visto bueno” de McCartney, generando una situación parecida a la de Velvet Goldmine (1998), musical de Todd Haynes inspirado en la figura de un David Bowie que no permitió el uso del tema homónimo de 1975, uno de los himnos lamentablemente menos conocidos del glam rock. Lo que sí se da cita en nuestra epopeya es un par de canciones ridículas sobre los productos de la compañía familiar de Paul y sobre la necesidad de Stevie de ingerir chocolate caliente para recuperarse luego de casi morir ahogado entre las corrientes de una playa horrenda y tan rocosa como toda Escocia, sin duda el núcleo de la segunda mitad de una experiencia que, como toda la producción artística del realizador, resulta imposible de recomendar a otro mortal con alguna pretensión de “normalidad” porque sólo los cinéfilos más valientes podrían soportar este grado de masoquismo surrealista, equiparado no sólo al arsenal de recursos de siempre del director sino a una exacerbación discursiva que parece moverse de modo proporcional a los años de exilio forzado y su evidente odio hacia el mainstream y su público. Entre una excelente banda sonora de Andrew Hung, otro socio recurrente de Hosking, el terrorismo de Waters, Terry Zwigoff o Todd Solondz, todos artesanos del espanto cultural, y la autoconciencia de los protagonistas sobre su estampa de leyendas/ genios musicales que se proponen colaborar en una canción volcada a la militancia social, la faena es por un lado un estudio grotesco y semi homoerótico acerca de las idas y vueltas detrás de cualquier sociedad creativa que se precie de tal, desde la desconfianza, pasando por el mutuo descubrimiento y los conflictos, hasta llegar a la aceptación y esa “perfecta armonía” a la que apuntan los diálogos parafraseando la canción del título, y por el otro lado una parodia de la colocación de productos en films y televisión, aquí con un constante desfilar de diferentes marcas, sobre todo Wee Billy’s Big Wee y By the Wife, esta última una alusión a Linda McCartney Foods, empresa especializada en alimentos vegetarianos que simulan -o se asemejan a- productos cárnicos, tanto refrigerados como congelados…
Ebony & Ivory (Reino Unido, 2024)
Dirección y Guión: Jim Hosking. Elenco: Sky Elobar, Gil Gex y Carl Solomon. Producción: Jim Hosking, Denzil Monk, Ant Timpson y Thelonious Brooks. Duración: 87 minutos.