Realizar una película sobre Michael Jackson (1958-2009) resulta una tarea ciclópea y tal vez condenada al fracaso debido a las múltiples contradicciones del músico estadounidense y la dificultad de conseguir a dos personas que tengan en serio la misma opinión sobre el susodicho, ya sea que hablemos de su carrera, su vida privada o la interconexión de ambas dimensiones. Mal que pese, toda su existencia adulta, crucial a la hora de juzgarlo, estuvo empañada por un sinfín de excentricidades que opacaron a la música y disposición escénica que lo acompañó en las distintas etapas de su devenir artístico, por ello sus rinoplastias, el blanqueamiento de su piel, los animales que compró, su carácter reclusivo y megalómano y sobre todo las sucesivas denuncias de abuso sexual infantil lo llevaron a perder el respeto de buena parte de la fauna rockera/ popera y a convertirse en un chiste viviente hasta su muerte a la edad de 50 años, supuestamente asesinado de manera accidental por su médico Conrad Murray mediante una sobredosis de propofol, un anestésico quirúrgico que ambos habían acordado utilizar como somnífero. Construida sobre los cimientos aportados por James Brown, The Supremes, Sly and the Family Stone y Little Richard, la trayectoria de Jackson comienza en la banda familiar por excelencia de la historia del soul, el rhythm and blues y el funk, The Jackson 5, y de a poco muta en una carrera solista todavía controlada por la omnipresente Motown, período que cubre los correctos pero olvidables Got to Be There (1972), Ben (1972), Music & Me (1973) y Forever, Michael (1975). La verdadera independencia llegaría con una trilogía, producida por Quincy Jones y editada por Epic Records, que lo posicionaría como uno de los exponentes más brillantes y exitosos de la cultura globalizada moderna, hablamos de Off the Wall (1979), un trabajo de música disco, Thriller (1982), un salto al pop mainstream de estadios, y Bad (1987), ejemplo de aquel dance metalizado e hipnótico de finales de los años 80. Después de un último gran álbum, Dangerous (1991), en esta ocasión enrolado en el new jack swing de Teddy Riley, una mixtura de hip hop y rhythm and blues, la espiral decadente neoclasicista empezaría con un disco doble de grandes hits y material nuevo, HIStory: Past, Present and Future, Book I (1995), y se profundizaría en la última placa publicada en vida por el cantante, Invincible (2001), opus tan errático como los dos lanzamientos póstumos, Michael (2010) y Xscape (2014), en suma recopilando unas canciones inéditas “maquilladas” en estudio por diversos productores mercenarios a instancias de Epic, ya controlada por Sony Music Entertainment.
El film de turno, Michael (2026), dirigido por Antoine Fuqua y escrito por John Logan, es una obra extremadamente impersonal e higienizada que equivale a un producto de alcance masivo craneado/ apadrinado por John Branca, abogado histórico de Jackson y albaceas de su patrimonio junto con el contador John McClain, de allí que estemos ante la permanente sensación de ser testigos de una amalgama entre un blaxploitation muy light, una película maniquea de TV de los 80 o 90 y una seguidilla de recreaciones para un especial televisivo documental o quizás para un karaoke en el que “hace lo suyo” el imitador central, en esta oportunidad Jaafar Jackson, sobrino de Michael y vástago de 29 años de Jermaine Jackson, integrante de The Jackson 5 junto con Tito, Jackie, Marlon y el protagonista. Fuqua, un realizador mediocre de policiales y gestas de acción y aventuras que rodó videoclips en el comienzo de su carrera y cuya única propuesta digna sigue siendo Día de Entrenamiento (Training Day, 2001), cubre de manera muy superficial y sin verdadero asidero dramático la génesis familiar/ artística de Michael (Jaafar como adulto y Juliano Valdi en su versión infantil) y elige como enemigo a su padre y manager, el ya fallecido Joseph “Joe” Jackson (Colman Domingo), un obrero de Gary, Indiana, que en las postrimerías de la década del 60 presiona con amenazas y palizas a sus hijos en el contexto de los ensayos y el despegue en popularidad de The Jackson 5, planteo que eventualmente desencadena un enfrentamiento símil Guerra Fría con el Michael adolescente/ joven adulto en una fase enmarcada por Off the Wall y Thriller más un prefacio y un epílogo -por arriba, asimismo sin ahondar- acerca de Bad o más bien su tour de presentación entre 1987 y 1989. Más allá de los mencionados prácticamente no hay personajes de peso porque se sabe que el corte original rondaba las tres horas y media y se reescribió/ refilmó el tercer acto para evitar toda referencia a Jordan Chandler, niño de trece años que en 1993 acusó a Jackson de abuso sexual, dejándonos de todos modos con algunas escenas sueltas con la madre del Rey del Pop, Katherine Jackson (Nia Long), el papi en estudio de nuestra criatura, Quincy Jones (Kendrick Sampson), la hermana más bizarra del lote, La Toya Jackson (Jessica Sula), el fundador y mandamás de Motown, Berry Gordy (Larenz Tate), el presidente de CBS Records y su subsidiaria Epic, Walter Yetnikoff (un irreconocible Mike Myers), y el propio Branca (Miles Teller), quien se adjudica el haber echado a Joseph, el cual a su vez se asocia con un promotor mafioso de boxeo, Don King (Deon Cole), para esa gira de regreso de la banda familiar del año 1984.
Logan, guionista muy desparejo que supo trabajar con Oliver Stone, Ridley Scott, Edward Zwick, Martin Scorsese, Tim Burton, Gore Verbinski y Sam Mendes, entre otros, inventa con relativa comodidad una especie de amistad con un personaje que aglutina los cientos de guardaespaldas que el ídolo acumuló en su derrotero, Bill Bray (KeiLyn Durrel Jones), e incluye algunos detalles atractivos como la obsesión con los animales salvajes o exóticos tratados como mascotas, sobre todo el chimpancé Bubbles, el rol de coreógrafo de Michael en el legendario videoclip de catorce minutos de la canción Thriller (1983), dirigido por John Landis y escrito por este último y Jackson, el accidente de enero de 1984 en el rodaje de una publicidad de Pepsi en la que terminó con quemaduras de segundo grado en el cuero cabelludo, detalle que exacerbó su adicción a las cirugías y las pastillas, o el chiste interno en relación a la rivalidad con Prince (1958-2016), aquí vía una escena en la que Michael tararea un esbozo en la piscina de la mansión del clan en Encino, California, y afirma estar “canalizando” las composiciones que Dios le dicta, por ello si no estuviese presente para recibir semejantes ideas el Todopoderoso podría enviárselas a la competencia, el genio que nació como Prince Rogers Nelson, por cierto un músico mucho mejor y más completo que el negro/ blanco de Indiana. Fuqua, que dirigió un videoclip al servicio de Prince, The Most Beautiful Girl in the World (1994), afortunadamente mantiene los temas completos o no los corta como suele hacer el Hollywood posmoderno y esos musicales modelo jukebox en consonancia con el impresentable Baz Luhrmann de Elvis (2022) y EPiC: Elvis Presley in Concert (2025), respectivamente una biopic y una semi concert movie sobre Presley, sin embargo infla en la edición la influencia del albaceas y ahora productor, ese Branca que es un parásito legal como cualquier otro, resulta muy obsecuente con la figura de Katherine, matriarca que continúa con vida y fue cómplice en los maltratos de Joseph hacia sus hijos, y se engolosina con el retrato demonizado del progenitor de la mano de un Domingo con lentes de contacto y muchísimo maquillaje encima, en gran medida similar a las caricaturas propagandísticas más grotescas de los nazis como El Judío Eterno (Der Ewige Jude, 1940), de Fritz Hippler, y El Judío Süß (Jud Süß, 1940), de Veit Harlan, aunque también hay que reconocer que en pantalla se deja en claro que la violencia y la insensibilidad del patriarca fueron excluyentes en lo referido al perfeccionismo y la férrea ética de trabajo de Michael y la mayoría de sus hermanos (por lo menos hasta entrados los 80 y en algunos casos los 90).
Si nos concentramos en la etapa que la misma película eligió retratar faltan pivotes como sus tres intervenciones como actor más recordadas, léase los largometrajes El Mago (The Wiz, 1978), de Sidney Lumet, y Caminante Lunar (Moonwalker, 1988), de Jim Blashfield, Colin Chilvers, Jerry Kramer y Will Vinton, y el corto Capitán EO (Captain EO, 1986), trabajo de Francis Ford Coppola destinado a los parques temáticos de The Walt Disney Company y exhibido en dos tandas regulares, 1986-1998 y 2010-2015. Resulta curioso que el arquitecto de la acepción audiovisual de Jackson, el citado Landis, aparezca de espalda/ entre penumbras y que la madrina artística de cabecera, Diana Ross, vocalista principal de The Supremes, directamente brille por su ausencia en función de una hipotética amenaza jurídica, en este sentido el olvido también abarca a We Are the World (1985), célebre single escrito por Jackson y Lionel Richie para paliar aquella hambruna en Etiopía de 1983-1985, y al hilarante “Affaire McCartney”, la traición de Michael a su amigote Paul McCartney luego de que éste le contase sobre sus inagotables problemas para recuperar los derechos de las canciones de The Beatles, lo que derivó en la compra de esas mismas composiciones por parte de Jackson desde la más pura especulación pancista cual sanguijuela con mucho dinero a su disposición, jugada que finiquitó una amistad que incluyó un cover en Off the Wall de Girlfriend (1978), tema de Wings, y un par de colaboraciones, The Girl Is Mine y Say Say Say, correspondientes a Thriller y Pipes of Peace (1983), placa solista de Paul producida por George Martin como la previa y superior Tug of War (1982). La odisea por un lado desliza las influencias musicales y como bailarín o cineasta, según Fuqua y Logan James Brown, Sly and the Family Stone, Fred Astaire, Gene Kelly y Charles Chaplin, y logra resumir satisfactoriamente el costado filantrópico de Jackson mediante la donación del millón y medio de dólares de indemnización por la pirotecnia de la publicidad de Pepsi a la unidad de quemados del sanatorio donde se atendió, el Brotman Medical Center de California, y por el otro lado exagera el rol de compositor de Michael en sus propios discos, en realidad intervenidos por Jones y el hoy poco recordado Rod Temperton, y apenas si coquetea con el otro “elefante en la habitación” por fuera de esos abusos sexuales a niños que decide evitar de lleno, nos referimos a su adicción a los analgésicos, los somníferos y las cirugías, particularmente las rinoplastias y los tratamientos de blanqueamiento con la excusa del vitiligo, enfermedad crónica de decoloración de la piel que padeció desde joven.
Valdi, la lectura pueril, funciona en el escenario aunque no en las secuencias de maltrato, el gay Domingo cumple como un Joseph más posesivo que psicótico en sí, un actor conocido sobre todo por Euforia (Euphoria, 2019-2026), la serie de Sam Levinson para HBO, y se podría aseverar que el trailer no prometía una gran actuación de parte del debutante Jaafar pero la película contradice una posible emulación de trazo grueso ya que el muchacho sale bien parado de la experiencia gracias a saber manejar la transición entre por un lado las sonrisas aptas para todo público del Michael promedio, regalos tácitos al acervo masivo y gran limitación en cuanto a la profundidad intelectual del afroamericano, y por el otro lado su faceta más taciturna, aquella que aparece en ocasión del miedo al padre, su necesidad de confianza para independizarse -simbolizada en el salto de Motown a Epic- o la depresión posterior al accidente en el rodaje del comercial de Pepsi, asimismo un prólogo para su fase más paranoica o lunática, la de Dangerous en adelante. En última instancia el film resulta tan polémico y esquizofrénico como el propio retratado ya que le dedica una interesante escena a la concepción de Beat It aunque nada dice de la voz de Vincent Price en Thriller, apenas vemos fugazmente al mítico actor en un televisor que transmite Terror en el Museo de Cera (House of Wax, 1953), deliciosa joya de André De Toth, y quizás el problema más importante pase por su marco pusilánime a escala discursiva y la subsiguiente incapacidad de explorar con mayor detalle el sustrato aniñado/ inmaduro de Jackson más allá de muchas referencias a clichés de su vida como Peter Pan, Pinocho, Mickey Mouse y los personajes creados por L. Frank Baum para El Maravilloso Mago de Oz (The Wonderful Wizard of Oz, 1900). El protagonista por momentos parece un retrasado mental, en otras ocasiones un autista y a veces un adulto en pleno viaje de emancipación, esquema que tampoco explicita qué hay detrás de sus fetiches temáticos como solista, pensemos para el caso en las épicas góspel de denuncia ambientalista, las baladas new wave edulcoradas, el funk bailable de monstruos o pandillas siempre vehementes y esos chispazos rockeros vinculados a un coito de ribetes hiper animalísticos, precisamente como si todo estuviese bajo la perspectiva de un mocoso que no entiende lo que está ocurriendo en la cama al punto de malinterpretarlo tachándolo exclusivamente de algo visceral, instintivo. Al negarse a tratar por lo menos la acusación de 1993 de Jordan y en especial su padre, Evan Chandler, un caso que terminaría cerrado al año siguiente por falta de pruebas concluyentes contra el denunciado, Michael exuda una mediocridad y una incoherencia indisimulables porque se propone cubrir hasta Bad -el reglamentario racconto empieza y termina en un recital de agosto de 1988 en el Estadio de Wembley, Londres- aunque la figura del padre en realidad sólo sirve como villano hasta el tour homónimo del álbum Victory (1984), trabajo que incorpora aquel dúo entre Michael y Mick Jagger, State of Shock, y que oficia de último intento de Joseph de controlar a su hijo dentro del paraguas de The Jackson 5, rebautizados The Jacksons desde 1976, además el film en su desenlace insólitamente promete una continuación que en el caso de materializarse deberá indagar sí o sí en las acusaciones de manipulación, estupro y/ o comportamiento indebido con y ante menores, pensemos en el daño que le hicieron a la reputación del showman los documentales de Martin Bashir y Julie Shaw, Viviendo con Michael Jackson (Living with Michael Jackson, 2003), y de Dan Reed, Abandonando Neverland (Leaving Neverland, 2019), el primero aún en vida y para la cadena televisiva privada inglesa ITV y el segundo póstumo y transmitido por HBO hacia todo el planeta…
Michael (Estados Unidos/ Reino Unido, 2026)
Dirección: Antoine Fuqua. Guión: John Logan. Elenco: Jaafar Jackson, Colman Domingo, Miles Teller, Juliano Valdi, Nia Long, Jessica Sula, Mike Myers, Kendrick Sampson, Larenz Tate, Deon Cole. Producción: John Branca, John McClain y Graham King. Duración: 127 minutos.