Mute

En pos del amor perdido

Por Emiliano Fernández

Hacía bastante tiempo que no nos encontrábamos con una película como Mute (2018), una obra que va contra todas las expectativas contemporáneas de lo que se entiende por cine de ciencia ficción masivo: en una época dominada por productos por lo general veloces, superficiales, nostálgicos y mal ejecutados, este pequeño gran opus de Duncan Jones resulta una propuesta muy valiente por la sencilla razón de que está motivada por una libertad creativa sin frenos en medio de un contexto cinematográfico que tiende cada vez más hacia la homogeneidad formal de tintes oligopólicos (la ironía del caso es que la experiencia viene de la mano del coloso actual del entretenimiento capitalista, nada menos que Netflix). El film es un policial coherente que demuestra paciencia y una enorme curiosidad para con sus personajes, permitiéndonos como espectadores conocerlos en detalle y ver de a poco cómo el círculo que plantea el relato comienza a cerrarse sin necesidad de caer en escenas de acción rimbombantes cada cinco minutos ni diálogos sobreexplicativos ni corrección política en lo que atañe al análisis de temáticas candentes como la trata de blancas, la pedofilia o la renuncia a la medicina por influencia de determinadas religiones y/ o cultos.

 

Todo transcurre en una Berlín del futuro en la que convive una generosa pluralidad de ciudadanos de diferentes nacionalidades y con una guerra sin especificar de fondo que derivó en muchas deserciones entre las tropas norteamericanas. Leo (Alexander Skarsgård) es un barman mudo que fue criado bajo el credo y las costumbres de los amish, las cuales tácitamente sigue respetando porque jamás se operó para restaurar sus cuerdas vocales a posteriori de un accidente -durante su niñez- con las aspas de un motor de un bote mientras nadaba en un lago, con su madre en aquel entonces negándose a autorizar la intervención. La principal alegría de su mundo es su noviazgo con Naadirah (Seyneb Saleh), una joven camarera del mismo club donde él trabaja que de repente desaparece sin dejar rastros, desencadenando una suerte de investigación por parte de Leo en torno a su paradero: así descubre que la mujer se prostituía en un burdel propiedad del mismo dueño del club en cuestión, un tal Maksim (Gilbert Owuor), pero en un “servicio paralelo” que regentaba el administrador del lugar, Nicky Simsek (Jannis Niewöhner), en el que también participaba un amigo bisexual de Naadirah con el cual convivía, el andrógino Luba (Robert Sheehan).

 

El guión de Michael Robert Johnson y el propio Jones quiebra en buena medida el cliché del antihéroe solitario y exasperado ya que Leo es tranquilo, sensible y en general evita la violencia porque lo único que desea es encontrar a la chica cuanto antes, por lo que eso de patear traseros y decir frasecitas cancheras va a parar a otro personaje que -como si fuera poco- representa la esencia negativa de la sociedad, el cirujano Cactus Bill (Paul Rudd), uno de los tantos desertores de la milicia estadounidense: el hombre, que trabaja a la par de su colega Duck (Justin Theroux) y que anhela salir lo más rápido posible de Alemania junto a su pequeña hija Josie (Mia-Sophie y Lea-Marie Bastin), es un empleado de Maksim, quien a cambio de curar o torturar a diversos individuos le prometió que le conseguiría pasaportes y un nuevo certificado de nacimiento para la nena. El director y guionista por un lado va trazando el vínculo entre Cactus y Leo, éste último siguiendo las misteriosas pistas/ mensajes que recibe por teléfono e indagando a distintas figuras de la vida oculta de Naadirah, y por otro lado se burla largo y tendido de la prepotencia descerebrada de los yanquis a través de Bill, todo un energúmeno cuya furia siempre está a punto de estallar.

 

Mute retoma muchos ingredientes estéticos del cyberpunk tradicional anglosajón aunque curiosamente no su costado más previsible vinculado a las fórmulas narrativas del western y el film noir, ya que aquí el sustrato temático tiene mucho más en común con las vueltas desconcertantes y los secundarios bizarros y adorables que poblaron la carrera del genial Terry Gilliam, en términos prácticos un adalid de la imaginación irrestricta que nada tiene que ver con la catarata de convenciones de -por ejemplo- Altered Carbon (2018), otra creación reciente de Netflix y arquetipo perfecto del problema central del cine y la televisión contemporáneos, léase la reincidencia en manierismos de géneros algo agotados y la incapacidad para terminar de articular en la trama de turno conceptos más o menos interesantes que interpelen a nuestro presente de verdad. A lo anterior se suma que la película que nos ocupa además recupera la entonación lúdica y libre del anime y el manga de ciencia ficción, sobre todo las técnicas retóricas de dosificar la información, construir personajes contradictorios e hiper pasionales y condimentar el devenir con instantes de violencia simbólica o material de influjo inconformista, destinada a que moleste en serio.

 

Más allá de detalles como incluir un epílogo muy gracioso para la extraordinaria En la Luna (Moon, 2009), aquella ópera prima de Jones protagonizada por Sam Rockwell, o brindarle una primera y valiosa oportunidad a Skarsgård de lucirse como es debido sin necesidad de recurrir a su imagen previa de carilindo rudo e impasible, algo que apenas insinuó en la excelente miniserie Big Little Lies (2017), la realización pone de manifiesto su osadía y entereza en decisiones narrativas como la de privilegiar el desarrollo de personajes por sobre las escenas de acción y la de imponer a los estadounidenses como los verdaderos villanos del relato, superando al anecdótico Maksim dentro de un esquema macro que no sólo responde al sadismo de ambos sino también a su perfidia moral y a un ciclo de autoindulgencia que no respeta a nada ni a nadie (vale aclarar que el Cactus interpretado por Rudd, un típico actor de comedias mediocres y vacuas del país del norte, descubre que Duck es un pederasta que saturó a su consultorio de prótesis infantiles con cámaras para filmar a los niños mientras se desnudan, frente a lo cual se conforma con una promesa de que “no lo hará más” por parte del susodicho y luego la amistad continúa como si nada).

 

En última instancia la propuesta adquiere la forma de una lucha entre dos concepciones del amor contrapuestas, la representada por Leo, que pretende entender a su contraparte en función de la complejidad de su entorno y la urgencia de exteriorizar las facetas desconocidas de la identidad de Naadirah, y la que enarbola Bill, más en consonancia con la posesión lisa y llana y una discriminación que no mide su crueldad porque en la mayoría de las ocasiones el dolor infligido actúa como un fin en sí mismo. La inteligencia de Jones pasa por edificar una historia aparentemente enrevesada aunque en realidad sencilla y muy humanista, algo que ya había hecho en Warcraft (2016), 8 Minutos Antes de Morir (Source Code, 2011) y en la citada En la Luna, todas películas que en mayor o menor medida no fueron comprendidas ni por el público ni por la crítica. Aquí el periplo en pos del amor perdido unifica el destino de ambos protagonistas, a su vez poniendo en interrelación la autonomía artística del cineasta, su voluntad de obviar muchos de los clichés de nuestros días y el objetivo de construir una obra que resuene anímicamente en el espectador y no se transforme en otro producto más listo para el olvido automático luego de ser consumido…

 

Mute (Reino Unido/ Alemania, 2018)

Dirección: Duncan Jones. Guión: Duncan Jones y Michael Robert Johnson. Elenco: Alexander Skarsgård, Paul Rudd, Justin Theroux, Seyneb Saleh, Robert Sheehan, Gilbert Owuor, Jannis Niewöhner, Mia-Sophie Bastin, Lea-Marie Bastin, Dominic Monaghan. Producción: Stuart Fenegan y Ted Sarandos. Duración: 126 minutos.

Puntaje: 9