Emmanuelle

En pos del placer o algo así

Por Emiliano Fernández

Como otras películas englobadas dentro de aquella Edad de Oro del Porno o “Porno Chic” (1969-1984), enclave que abarca desde los presupuestos limitados de Blue Movie (1969), de Andy Warhol, Los Muchachos en la Arena (Boys in the Sand, 1971), de Wakefield Poole, Detrás de la Puerta Verde (Behind the Green Door, 1972), de los malogrados hermanos Artie y Jim Mitchell, La Iniciación de Misty Beethoven (The Opening of Misty Beethoven, 1976), de Radley Metzger, y Garganta Profunda (Deep Throat, 1972) y El Diablo en la Señorita Jones (Devil in Miss Jones, 1973), ambas de Gerard Damiano, hasta la factura técnica impecable de Último Tango en París (Ultimo Tango a Parigi, 1972), de Bernardo Bertolucci, El Imperio de los Sentidos (Ai no Korîda, 1976), de Nagisa Ôshima, y Calígula (Caligola, 1979), de Tinto Brass, Emmanuelle (1974), clásico softcore -sin penetración ni tomas explícitas de genitales- que ofició de ópera prima del francés Just Jaeckin, sintonizó a la perfección con el zeitgeist de la época a través de un relato centrado en la educación en el libertinaje de una ama de casa ingenua en Bangkok, la capital de Tailandia, Emmanuelle (Sylvia Kristel), que hacía las veces de la metamorfosis de la revolución/ liberación sexual del hippismo de los años 60 en el hedonismo egocéntrico y banal de la década siguiente, todo a su vez basado en la novela homónima de 1967 -publicada por primera vez de modo anónimo en 1959- escrita por una tal Emmanuelle Arsan que en realidad eran dos personas, el matrimonio de la tailandesa Marayat Bibidh y el diplomático galo Louis-Jacques Rollet-Andriane, un par de swingers que incluyeron diversos detalles autobiográficos en el libro.

 

Si bien el film de 1974 era bastante tonto y arrastraba las pretensiones arty de mucho cine erótico de su tiempo que no se animaba al ecosistema hardcore y prefería la insinuación masturbatoria clásica con eje en el melodrama o la comedia, descripción que le calza de pies a cabeza a un Jaeckin que fue fotógrafo antes de convertirse en director y volcarse a una retahíla de propuestas preciosistas fallidas que no lograron ni remotamente el enorme éxito internacional en taquilla de Emmanuelle, hablamos de esas Historia de O (Histoire d’O, 1975), Madame Claude (1977), El Último Amante Romántico (Le Dernier Amant Romantique, 1978), Chicas (Girls, 1980), El Amante de Lady Chatterley (Lady Chatterley’s Lover, 1981) y Gwendoline (1984), lo cierto es que la obra original, núcleo de una catarata de secuelas oficiales y no oficiales vinculadas al acervo exploitation tanto europeo como hollywoodense, hacía un mínimo esfuerzo por reflexionar sobre distintos tópicos como por ejemplo la promiscuidad, el colonialismo, la represión carnal, la burguesía prejuiciosa e individualista en vacaciones, la mujer profesional versus esa otra mantenida por el varón, la búsqueda infructuosa de un placer que sea permanente, el masoquismo libidinoso semejante a una secta de lunáticos y en especial la fantasía naif de libertad en la pareja sin que explote en mil pedazos el vínculo de turno. El mainstream del Siglo XXI, en simultáneo castrado y hueco o falto de ideas, está tan necesitado de “contenido” que hoy por hoy opta por refritar productos con los que no comparte nada o que ni siquiera entiende, precisamente como esta Emmanuelle, objeto de una remake de parte de la insípida Audrey Diwan que nadie pidió.

 

El despropósito resultante, Emmanuelle (2024), ya desde la primera escena nos aclara que estamos ante una relectura devaluada, sin imaginación y en piloto automático del opus no particularmente brillante de Jaeckin, ahora recuperando desde un dejo frío/ coreografiado aquella secuencia del coito en un avión de pasajeros con dos extraños que en esta versión resulta ser uno solo (Harrison Arevalo) y para colmo con Noémie Merlant tratando de reemplazar el encanto y la belleza de la holandesa Kristel sin muchas herramientas a su disposición en ese terreno. La realizadora y guionista Diwan, en este último apartado recibiendo la asistencia de la también francesa Rebecca Zlotowski, decide rodar el film en inglés y trasladar la acción desde Bangkok a Hong Kong, en China, donde una encargada de control de calidad, nuestra flamante Emmanuelle de Merlant, está alojada en un hotel de lujo, Rosefield Palace, para evaluar sus instalaciones y sobre todo a la directora, Margot Parson (Naomi Watts), a quien los propietarios consideran responsable por el descenso de la categoría del establecimiento en un sistema de clasificación de la industria del turismo. Mientras Margot lidia con las remodelaciones del lugar Emmanuelle conoce al guardia de seguridad que controla las cámaras (Anthony Chau-Sang Wong), charla con un productor de comerciales, Sir John (Jamie Campbell Bower), inicia un romance con una escort que suele trabajar en el Rosefield Palace, Zelda (Chacha Huang), y se obsesiona con un huésped misterioso que espió su sesión sexual aérea, Kei Shinohara (Will Sharpe), ingeniero japonés ludópata que construye presas de contención contra las inundaciones del cambio climático.

 

Al igual que otros productos del post #MeToo, la propuesta pretende satisfacer a todo el mundo y no ofender a nadie y el asunto genera una odisea anodina, tediosa y demasiado autoconsciente que no tiene ni un gramo de personalidad propia ya que nunca se decide qué demonios quiere ser, si un thriller erótico a lo Paul Verhoeven, una propuesta ochentosa concupiscente cercana a Adrian Lyne, un retrato del capitalismo del lujo parasitario, una faena arty o posmoderna de impronta algo videoclipera/ publicitaria/ videoartística o quizás una semi autoparodia donde los protagonistas hablan de sexo de manera pasional pero al momento de ponerse “manos a la obra” todo derrapa en mediocridad o secuencias aburridas y/ o redundantes porque definitivamente en el nuevo milenio -por lo menos en la fauna del mainstream globalizado e inofensivo- parece que ya nadie fornica con entusiasmo o con naturalidad. Aparentemente la idea de fondo de Diwan, conocida por El Acontecimiento (L’Événement, 2021), un interesante análisis de las dificultades para abortar en Francia en esa década del 60 previa a la legalización de la práctica en 1975, pasaba por transformar a la ninfa putona inducida de Kristel en la hembra empoderada y putona por motu proprio de Merlant, sin embargo la “no trama” está llena de baches soporíferos, las citas al convite original son lamentables -el inicio y la escena de masturbación con Zelda- y el desenlace es de una levedad absoluta y carece de la fuerza y el sustrato kitsch delirante de su homólogo de 1974, para colmo Watts deambula perdida y ni siquiera protagoniza un mísero episodio lésbico que podría retrotraernos a Mulholland Drive (2001), aquella joya de David Lynch…

 

Emmanuelle (Francia/ Estados Unidos, 2024)

Dirección: Audrey Diwan. Guión: Audrey Diwan y Rebecca Zlotowski. Elenco: Noémie Merlant, Naomi Watts, Will Sharpe, Chacha Huang, Jamie Campbell Bower, Anthony Chau-Sang Wong, Harrison Arevalo, Marguerite Dabrin, Hugh Tran, Isabella Wei. Producción: Audrey Diwan, Brahim Chioua, Laurence Clerc, Reginald de Guillebon, Marion Delord, Vincent Maraval, Victor van der Staay y Edouard Weil. Duración: 105 minutos.

Puntaje: 2