Barbarella (1968), clásico inclaudicable de aquel kitsch sesentoso a toda pompa de Roger Vadim, sinceramente jamás estuvo a la altura de la otra gran adaptación comiquera europea producida por Dino De Laurentiis que se filmó prácticamente en paralelo, Diabolik (1968), una obra maestra total de Mario Bava, situación que en simultáneo no le resta encanto a la película del francés ya que atesora suficientes méritos como para ser recordada como algo más que una cápsula del tiempo de las queridas quimeras de la contracultura o un artificio pop que sintetizó las primeras tendencias y leitmotivs de un acervo posmoderno dirigido a los adultos aunque desde una inocencia relativamente bobalicona digna del enclave infantil, desintelectualización enrevesada de por medio. El film de Vadim, basado en el personaje homónimo del gremio fantaerótico creado en 1962 por Jean-Claude Forest, cruza entre el look de Brigitte Bardot, la apertura mental de la revolución sexual y la ortodoxia para con la dinámica del folletín de aventuras y las historietas símil Flash Gordon, responde a los intereses de siempre del director y guionista como por ejemplo la sencillez retórica, una fotografía muy cuidada, pinceladas constantes de erotismo algo mucho naif, personajes secundarios coloridos, una impronta más descriptiva que narrativa clásica y finalmente una entronización de un modelo de “mujer común” que, sin proponerse del todo una liberación o una rebelión contra el machismo, el sexismo, la rauda cosificación o lo que sea, termina disparando interpretaciones de esa índole por un comportamiento naturalista sutilmente descarado, pícaro o ampuloso. Escrita en colaboración con un sinfín de guionistas aunque siempre manteniendo una historia original craneada por Terry Southern, figura mítica de las letras que supo colaborar con Stanley Kubrick, William Wyler, Tony Richardson, Norman Jewison, Alexander Mackendrick, Dennis Hopper y Joseph McGrath, Barbarella es algo así como la hermana simple pero muy simpática y entretenida de Diabolik, joya también cuasi surrealista y de lo más adictiva con la que comparte el humor de acento camp, una estética general sadomasoquista, la apelación a la belleza femenina omnipresente y apuntes esporádicos de crueldad aunque sin esos maniqueísmos o sonseras morales de Hollywood.
A Vadim, suerte de versión de pocas luces del querido Jacques Demy, lamentablemente se lo suele reducir entre el público y la prensa contemporánea a la condición de descubridor de tres de las actrices más hermosas y célebres de mediados del Siglo XX en adelante, léase la citada Bardot, Catherine Deneuve y Jane Fonda, no obstante tuvo una carrera más o menos interesante en la que coqueteó con el sexploitation europeo elegante de su época, sobre todo aquel de fines de la década del 50 y comienzos de los 60 que trataba con muchas ganas de diferenciarse del maravilloso sustrato grasiento y terrorista de Russ Meyer, siendo la mejor fase de su trayectoria la inicial vía su ópera prima Y Dios Creó a la Mujer (Et Dieu Créa la Femme, 1956), melodrama de represión sexual colectiva con Bardot que disfrutó de gran éxito, Las Relaciones Peligrosas (Les Liaisons Dangereuses, 1959), primera adaptación de las muchas de la célebre novela de 1782 de Pierre Choderlos de Laclos, y Rosa de Sangre (Et Mourir de Plaisir, 1960), por un lado una más que admirable traslación de Carmilla (1872), novela del irlandés Sheridan Le Fanu, y por el otro lado inspiración evidente para toda la producción artística de Jean Rollin y su obsesión con las chupasangres lesbianas desde la hoy mítica La Violación del Vampiro (Le Viol du Vampire, 1968). Luego de un par de realizaciones atendibles, El Reposo del Guerrero (Le Repos du Guerrier, 1962), otro melodrama protagonizado por Bardot aunque de obsesión romántica y maltrato doméstico, y El Vicio y la Virtud (Le Vice et la Vertu, 1963), especie de nazisploitation refinado que retoma elementos de Justine o los Infortunios de la Virtud (Justine ou les Malheurs de la Vertu, 1791), del Marqués de Sade, Vadim comienza su ciclo de films con su por entonces esposa, Fonda, hablamos de La Ronda (La Ronde, 1964), remake muy menor del clásico del mismo título de 1950 de Max Ophüls, uno de los ídolos fundamentales del parisino, El Engaño (La Curée, 1966), apenas correcta adaptación del trabajo homónimo de 1872 de Émile Zola, e Historias Extraordinarias (Histoires Extraordinaires, 1968), una recordada antología inspirada en diversos relatos de Edgar Allan Poe y codirigida por Federico Fellini y Louis Malle, convite en el que sin duda únicamente el cineasta italiano logró descollar.
La historia es casi inexistente, transcurre en un futuro muy lejano y se condice con una misión asignada por el Presidente de la Tierra (Claude Dauphin) a Barbarella (Fonda), una aventurera espacial que debe encontrar al científico Durand-Durand (ese perfecto y ultra bizarro Milo O’Shea), inventor del infame pero payasesco Rayo Positrónico que minimiza/ destruye a cualquier ser vivo, antes de que el arma/ MacGuffin reglamentario caiga en manos equivocadas porque los terrícolas prejuzgan al universo como viviendo en armonía pero sospechan que en el sistema planetario Tau Ceti, último destino conocido de Durand-Durand, los conflictos, las injusticias y el sadismo pueden continuar gozando de muy buena salud debido a un “estado primitivo de irresponsabilidad neurótica”, tal las palabras de nuestra heroína. Como decíamos antes, aquí lo importante no es la trama episódica de turno sino la atmósfera absurda, grotesca y satírica del relato, la estampa despampanante de la siempre talentosa Fonda y la colección de personajes, a saber: en lo que respecta al primer apartado, es de destacar la fotografía de Claude Renoir, el diseño de producción de Mario Garbuglia, el vestuario de Jacques Fonteray y Paco Rabanne, el maquillaje de Euclide Santoli y los peinados de Amalia Paoletti, todos rubros bien desorbitados y retrofuturistas demenciales, en materia de la presencia concreta de la actriz protagónica, la neoyorquina ya acumulaba un derrotero profesional muy vasto por haber colaborado con directores de la talla de Joshua Logan, Edward Dmytryk, George Cukor, George Roy Hill, René Clément, Elliot Silverstein, Arthur Penn, Otto Preminger y Gene Saks, y en cuanto a la retahíla de secundarios, sobresalen Mark Hand (un genial Ugo Tognazzi), cazador de purretes salvajes que es una parodia del proletario promedio, Pygar (regresa el cumplidor John Phillip Law, de Diabolik), un ornítropo/ ángel no vidente que hace de adonis para el consumo libidinoso del público masturbatorio femenino, el Profesor Ping (nada menos que Marcel Marceau), típico científico loco, Dildano (un gracioso David Hemmings), burla explícita a la avanzada revolucionaria de los 60, y la Gran Tirana (esa bella Anita Pallenberg, en pareja con Brian Jones, de The Rolling Stones), la mala no tan mala si la comparamos con Durand-Durand.
A pesar de que la película arrastra ardides chistosos del sexploitation más pueril, como la ingenuidad de una Barbarella que responde a una civilización terrícola evolucionada que dejó de lado el coito en pos de psicocardiogramas y píldoras de transferencia del éxtasis, lo que funciona como una ridiculización del fetichismo para con las religiones y filosofías puritanas new age pero también en relación a la psicología barata, la automedicación y las feminazis y demás burguesas frígidas del montón, asimismo hay una elogiable y mínima profundidad discursiva en la Barbarella de Forest, Vadim, Southern y Fonda gracias a una identidad que le escapa tanto a la promiscuidad del hippismo de aquella etapa de cambios como a la contraofensiva retrógrada y paranoica de la derecha en el poder, pensemos en este sentido que la astronauta descubre al sexo clásico de intercambio de fluidos y lo utiliza siguiendo los lineamientos habituales del grueso de las mujeres cuando apenas conocen a los machos en cuestión, por ello la señorita copula por agradecimiento o pena con Hand y Dildano -en este último caso vía la píldora, por insistencia del sedicioso esnob en la piel de Hemmings- y hace lo propio con Pygar tanto por conveniencia como por sentirse atraída hacia el muchacho alado que se rehúsa a volar, otro que sale de su caparazón de corrección política muy aburrida y se entrega al placer sin inhibiciones de un mañana freak ignoto. La presencia en el último acto de Sogo, la Ciudad Nocturna, una metrópoli gobernada por la Gran Tirana y su Consejero, ese Durand-Durand obsesionado con llevar a cabo un Golpe de Estado para ser el nuevo dictador, también satiriza la óptica reduccionista promedio de los cómics y del cine industrial porque dicho enclave citadino se alimenta del maquiavelismo de sus habitantes a través del Matmos, una energía líquida positiva que engulle cual yin y yang las vibraciones negativas de las elites monárquicas/ oligárquicas/ psicopáticas, gran círculo vicioso del parasitismo que expulsa a aquellos de “corazón blando” a un laberinto de los suburbios, corrompe aún más a los crueles habitantes de Sogo y le agrega 30 años de edad al desquiciado de Durand-Durand, el cual se queda sin su Máquina de Excesos porque Barbarella acumulaba un volumen tan importante de represión sexual que cuando empieza a ponerse al día termina destruyendo el aparatejo, en esencia destinado a conducir a sus víctimas desde el deleite erótico hacia el dolor progresivo y la muerte. Muy por encima de otras adaptaciones coetáneas de historietas europeas, denominadas Fumetti Neri por los italianos, como por ejemplo Satanik (1968), de Piero Vivarelli, La Duquesa del Diablo (Isabella, Duchessa dei Diavoli, 1969), opus de Bruno Corbucci, y Baba Yaga (1973), de Corrado Farina, la odisea de Vadim encuentra el equilibrio ideal entre la liviandad popular estándar, las ironías sociales, económicas y políticas y un engolosinamiento visual extremo que empareja a las armas y el atractivo corporal e incluye desde videoclips primigenios camuflados, en sintonía con la magistral secuencia de créditos del striptease de Fonda y la canción titular de The Glitterhouse, aquella del encuentro íntimo de ella con el personaje de Tognazzi tracción a Love, Love, Love Drags Me Down y la escena de créditos del final con An Angel Is Love, de Bob Crewe, junto con Charles Fox los principales compositores de la banda sonora, hasta un diseño de decorados muy femenino y repleto de pieles, colores nocturnos, figuras curvadas y tubos voluptuosos fálicos/ vaginales, prácticamente negando toda esa sequedad emblanquecida y mortuoria de tipo masculina, burocrática, científica y/ o estatal de gran parte de la fantasía y la ciencia ficción por venir. La carrera de Fonda, una militante de izquierda de toda la vida que curiosamente se hizo millonaria -todavía más- con hilarantes videos de aeróbics, alcanzaría nuevas cimas a partir de Barbarella pero la trayectoria del parisino, por el contrario, se estancaría luego de su primera experiencia ya cien por ciento hollywoodense, Querido Profesor (Pretty Maids All in a Row, 1971), una trasheada que mezcló sexploitation y film noir y fue escrita por Gene Roddenberry, creador de Viaje a las Estrellas (Star Trek, 1966-1969), debido a que buena parte de sus propuestas posteriores, en línea con las flojas Si Don Juan Fuese Mujer (Don Juan ou Si Don Juan était une Femme, 1973), de nuevo con Brigitte Bardot, La Chica Asesinada (La Jeune Fille Assassinée, 1974), con Sirpa Lane, y Una Esposa Infiel (Une Femme Fidèle, 1976), con Sylvia Kristel, lo terminarían llevando al fracaso total de Juegos Nocturnos (Night Games, 1980), donde quiso imponer como flamante sex symbol a su pareja de entonces, Cindy Pickett, e Y Dios Creó a la Mujer (And God Created Woman, 1988), relectura trasnochada y bastante estéril de su clásico de 1956 ahora amparado en Rebecca De Mornay. Muchas veces opacada por el imperialismo cultural estadounidense, los descerebrados del fandom que repiten pavadas como loros y la fanfarria retro baladí de La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), de George Lucas, Barbarella es un placer culpable con peso propio y volver a verla siempre equivale a reencontrarse con una epopeya fascinante que nos ofrece una alternativa con respecto al camino uniforme y repetitivo que tomó la representación de la exploración espacial en el séptimo arte, aquí un periplo fabuloso y tontuelo en el que los efectos especiales berretas de De Laurentiis, menos interesado en la acción que en la carne femenina y masculina que desfila por la pantalla, se amalgaman con el delirio paródico y la elegancia visual de siempre de un Vadim que privilegia el desarrollo de personajes y los memorables sets por encima de toda espectacularidad fantochesca, esa similar a la castrada y banal a más no poder del cine de superhéroes y el mainstream global del nuevo milenio…
Barbarella (Italia/ Francia, 1968)
Dirección: Roger Vadim. Guión: Roger Vadim y Terry Southern. Elenco: Jane Fonda, John Phillip Law, Anita Pallenberg, Milo O’Shea, Marcel Marceau, Claude Dauphin, David Hemmings, Ugo Tognazzi, Véronique Vendell, Giancarlo Cobelli. Producción: Dino De Laurentiis. Duración: 98 minutos.