Sin duda uno de los tesoros musicales recientes es la diva británica Tahliah Debrett Barnett alias FKA Twigs, máxima representante del pop industrial y avant-garde del Siglo XXI y una de las productoras más imaginativas y desafiantes que con una carrera de poco más de una década niega la pobreza, mediocridad y/ o repetición promedio de la industria cultural contemporánea, tanto mainstream como indie. La cantante, hoy por hoy de 37 años, funciona como una mixtura esquizofrénica entre Kate Bush, Björk, Lana Del Rey, Missy Elliott, Elizabeth Fraser de Cocteau Twins, Fiona Apple, Kelis, Alison Goldfrapp, Siouxsie Sioux, Janelle Monáe, Romy Madley Croft de The xx y por supuesto Martina Topley-Bird, colaboradora crucial de otra referencia de cabecera, Adrian Nicholas Matthews Thaws alias Tricky, en los exquisitos Maxinquaye (1995), Nearly God (1996), Pre-Millennium Tension (1996) y Angels with Dirty Faces (1998). Comenzando su carrera como bailarina de Kylie Minogue, Wretch 32, Dionne Bromfield, Ed Sheeran y Jessica Ellen Cornish alias Jessie J, entre otros artistas, Barnett con el tiempo se volcaría a la música e incluso probaría suerte en el ámbito cinematográfico como actriz de la mano de Honey Boy (2019), correcta película de la realizadora israelí Alma Har’el basada en un guión autobiográfico del también protagonista Shia LaBeouf, y The Crow (2024), desastrosa remake a cargo de Rupert Sanders del neoclásico homónimo de 1994 de Alex Proyas, aquel en cuyo rodaje fallecería de manera accidental Brandon Lee, hijo del legendario Bruce Lee, sin olvidarnos de las parejas más que célebres de la señorita como la estrella del séptimo arte Robert Pattinson, el cantante y líder excluyente de The 1975, Matty Healy, y el mencionado LaBeouf, a quien por cierto denunciaría judicialmente por maltratos y agresiones de diversa índole.
Luego de un par de trabajos lo-fi decentes aunque todavía embrionarios, EP1 (2012) y EP2 (2013), llegaría LP1 (2014), esplendorosa carta de presentación de FKA Twigs y una amalgama celestial y muy detallista de dream pop, música coral, R&B alternativo, trip hop, UK garage, art pop, sadcore, rock indie y hip hop progresivo/ futurista que dio por resultado un debut de otro planeta, digno de un artesano mucho más maduro o curtido. Preludiada por M3LL155X aka Melissa (2015), excelente EP que en términos macros respeta la estela musical estrambótica de LP1, Magdalene (2019) fue una odisea incluso más frágil, introspectiva y fracturada en la que aparece en primer plano el trasfondo industrial conviviendo con pianos a veces casi desnudos, una psicodelia muy sutil y un marco soulero deforme, más pinceladas operísticas de dance, electroclash, hyperpop, downtempo, ambient y una dark wave ochentosa. Nuevamente tuvimos una placa anticipo, Caprisongs (2022), mixtape errático cercano al dancehall y el glitch pop que resultó tan bizarro como ameno en función de su sustrato lúdico o más bien pueril desvergonzado, en el período previo al tercer larga duración tradicional/ oficial de FKA Twigs, Eusexua (2025), suerte de versión negociada entre LP1, multicolor y efervescente, y Magdalene, decididamente minimalista y tristón, por ello nos topamos con una joyita que respeta el armazón industrial de antaño, en simultáneo dreampopero y vanguardista, que coquetea con el dub, el trance, el synth-pop, el drum and bass, el post punk, el techno, el big beat y el house, todos en algún momento horizontes del flamante periplo, y que en general reafirma la personalidad tan etérea como aguerrida de Barnett mientras refuerza cierta accesibilidad pop vinculada a las pistas de baile y a la primera Madonna electrónica circa Ray of Light (1998) y Music (2000), algo remarcado por el aporte de Marius de Vries en producción y arreglos de cuerdas, colaborador crucial en Ray of Light junto con William Orbit y Patrick Leonard, y ya adelantado desde el título, un neologismo de la cosecha de FKA Twigs que apunta a “la dichosa sensación de trascendencia momentánea evocada por el arte, la música, el sexo y la unión”, término en línea con “el pináculo de la experiencia humana”.
El avant-pop marca registrada se da cita en todo su esplendor en Eusexua, la primera canción del álbum, un collage fabuloso que juega con detalles de dream pop y sadcore y deja de fondo un beat modelo trance aunque de manera latente, léase sin estallar y cayendo en episodios reposados, hasta que en el desenlace explota con toda su fuerza bailable para una vez más extinguirse en una coda indie que refuerza la idea de éxtasis mañanero detrás de la composición, con una letra en la que un “amanecer vertical” en un lecho king size equivale a volar acostado y a la libertad de cambiar el curso del tiempo y no sentirse solo estando solo. Entre el techno y el electropop de aquella Madonna de Ray of Light, Girl Feels Good es otro tema estupendo que trae a colación guitarras sin procesar, alguna pincelada psicodélica y más instantes tranquilos que dejan paso a un movimiento intoxicante digno del funk o el house, todo en el contexto de versos simples pero sensatos en los que la cantante le pega a los hombres perdidos en “cuentos de guerra, delirios de ambición” mientras los invita a tratar con cariño y dignidad a su pareja porque “cuando una chica se siente bien hace que el mundo gire”, de hecho percibiéndose bonita y haciéndole saber al varón en cuestión que lo ama. Perfect Stranger, excursión en el synth-pop en la tradición de una dark wave cercana a una relectura un poco más luminosa que gótica de Depeche Mode, nos regala una de las mejores letras de Barnett ya que con la excusa de un encuentro fortuito entre dos extraños la narradora enumera una serie de justificaciones que permiten enfrentar al otro sin ansiedad y desde el desconocimiento casi completo, sobre todo eso de abrazar el misterio o el peligro, esquivar las mentiras de la naturaleza humana, aceptar la máscara del momento y especialmente evitar el daño que pueda ocasionar la verdad en un vínculo a priori naif/ auspicioso entre quien habla y esa “perfección” simbolizada en la incógnita parada delante de nosotros. Drums of Death, con la participación de Lewis Roberts alias Koreless, un productor y DJ inglés que ya había trabajado con ella en Magdalene y Caprisongs, y un sample de One of a Kind (2012), canción de Kwon Ji-yong alias G-Dragon, uno de los popes del K-pop y sobre todo el K-rap, es una obra maestra del electroclash postpunkeado desde la filosofía industrial de siempre de una FKA Twigs que se dedica a recitar una letra hilarantemente porno en sintonía con aquel Prince de 1999 (1982), Purple Rain (1984) y Sign o’ the Times (1987) que buscaba corromper al yuppie workaholic estándar del excrementicio reaganismo, en sí una especie de invitación a transformarse por diversión en una ninfómana hedonista que se rasgue toda la ropa o luzca stilettos y un vestido gris metalizado o mute en una muñeca sexual que “ofrezca concha, ofrezca violencia”.
Ahora calzándose el traje del house y el nu-disco con sus respectivos breakdowns, la disfrutable Room of Fools se homologa a una oda a las pistas de baile, aquí llenas de “heridas abiertas sangrando la presión” y “semidioses con la forma de un flujo inconsciente”, e incluso se permite un segmento final de marco hinduista/ oriental apenas insinuado, enigmático como gran parte de los arreglos y subdivisiones de los temas a cargo de Barnett. Vuelta a la introspección de Magdalene pero desde el calidoscopio sonoro de LP1, Sticky nos devuelve a la señorita por un lado coqueteando con el trip hop, primero tranquilo y en el último acto con un talante furioso o disruptivo/ lunático, y por el otro lado prácticamente acudiendo al psicólogo a la vista de todo el mundo -en el caso del segundo álbum era por la separación de Pattinson, con quien estuvo en pareja entre 2014 y 2017- y sacando a ventilar su vulnerabilidad, vergüenza y frustraciones románticas, en esta oportunidad en la búsqueda de una conversación con la contraparte que no se da para comunicarle el cansancio ante “los momentos demasiado complicados y las situaciones pegajosas”. Keep It, Hold It continúa en la veta de autoanálisis del track previo, aquí preguntando cuál sería la mejor estrategia frente a la crisis y respondiéndose a sí misma que el movimiento en el desorden es sinónimo de vida y que siempre debería aferrarse a esta última más allá de cualquier problema eventual, lo que a su vez nos deja a nivel sonoro con tres partes inconfundibles, la primera de música coral, la segunda volcada al trance más eufórico y la tercera arrimándose al big beat de The Chemical Brothers y Fatboy Slim para de repente regresar a la reflexión ensoñada slowcore del comienzo hasta desaparecer. Childlike Things, ahora con North West, nada menos que la hija de once años de Kanye West y Kim Kardashian, aquí entregando un insólito rap en inglés y japonés de alabanza a Jesús, hace pie en un techno abiertamente lúdico que homenajea al manga y el anime del ecosistema nipón, hablándonos de “poderes supersónicos” y “un mundo de cosas infantiles y fantasías”, y al ilustrador y escritor estadounidense Maurice Sendak, efectivamente nombrando su obra más conocida y entrañable, Where the Wild Things Are (1963), adaptada en 2009 por Spike Jonze para la pantalla grande.
Striptease, sin duda otro de los mejores temas de la placa, empieza combinando dub, balada madonniana y downtempo y en el tramo final se convierte en un arrebato drum and bass aunque dreampopero, pretexto para que la inglesa siga en plan confesional y nos comente en el estribillo que abrirse se siente como un striptease porque desnuda su corazón hasta que el dolor desaparece, típico andamiaje artístico/ cultural que equivale a “seda para mis lágrimas y encaje para mis miedos”. Similar en parte al bedroom pop triphopero modelo Tricky, Portishead o Massive Attack de los primeros EPs y Magdalene, 24hr Dog recupera uno de los grandes fetiches conceptuales de los tres pivotes del disco, Prince, Depeche Mode y la Señora Ciccone alias Reina del Pop, nos referimos a la dialéctica sadomasoquista y en general la intermitencia en lo que atañe al dominante y el dominado -o el amo y el esclavo- en las relaciones sexuales y la dinámica de poder en la pareja, en esta ocasión con ella entregándose al hombre en una quimera de metamorfosis en un perro muy sumiso. Una vez más saltando del dream pop al drum and bass desde cierto hyperpop en versión contenida, Wanderlust resulta tanto una oda al deambular errante por la vida, con la conciencia de que la infalibilidad o estabilidad es un mito, como un inesperado acuse de recibo -implícito aunque evidente- en materia de las críticas recibidas por The Crow, película en la que por cierto ella estaba bastante bien pero Bill Skarsgård, el verdadero protagonista, jamás encontraba el tono justo para por lo menos tratar de salvar un guión y un film lamentables, por ello FKA Twigs nos informa que se pone “violenta de rabia” y puede “criticar el mundo” cuando está en la soledad de su hogar y específicamente su cama. Tan extravagante como casi todo lo que nos llega de la mente de Barnett, una acepción de Eusexua, The Eleven Edition, incluye un bonus track de once minutos y once segundos bautizado precisamente The Eleven en el que con un trasfondo de ambient y música new age enumera una retahíla de pasos/ consejos/ indicaciones de impronta budista para una “práctica de autocuración” y unas meditaciones que priorizan el amor, el conocimiento y la experiencia e invitan a desprenderse de la artificialidad tóxica de la posmodernidad y del capitalismo hambreador y represivo y en suma a canalizar la energía creativa hacia el entorno cotidiano en consonancia con la idea de que somos “hermosos conductos de nuestras experiencias de vida”, amén de una cita al genial cineasta canadiense David Cronenberg con el objetivo de describir la fusión insalubre contemporánea de las personas con la tecnología y esos algoritmos que los rodean y controlan.
Al mismo tiempo superando el jovial pero algo intrascendente Caprisongs, típico disco de entonces que trataba de ponerle buena cara a la pandemia de COVID-19, y redondeando una síntesis perfecta de las dos primeras placas, LP1 y Magdalene, más el complemento de turno u opus de transición, M3LL155X, movida que no implica exclusivamente un resumen de elementos heterogéneos sino también la génesis de una etapa ulterior, Eusexua consigue la proeza de exacerbar el costado pop de FKA Twigs aunque sin renunciar a su identidad de siempre de marco experimental e inconformista, donde la lógica expresiva puede responder a su homóloga del pastiche pero ofreciendo una integridad y una riqueza prácticamente ausentes en buena parte del indie electrónico del nuevo milenio y en muchos artistas del mainstream que se autoperciben aggiornados a la época que nos toca vivir. FKA Twigs, tantas veces englobada en la vertiente más amorfa del R&B progresivo o alternativo, se las ingenia sistemáticamente para escaparle a cualquier rótulo apresurado y para obligar a la prensa y el público a detallar una serie de salvedades o excepciones que tienen que ver con esta pluralidad de componentes en su música, frente a la cual los versos de la mujer destilan una sencillez y una honestidad que primero resultan muy raras en la industria cultural actual, saturada de poses y una ambición absurda que no se condice con los magros productos ofrecidos a los consumidores, y segundo funcionan de contrapeso en relación al carácter laberíntico de los sonidos, como decíamos con anterioridad ahora más accesibles aunque sin que ello limite la exuberancia de la propuesta artística, más bien todo lo contrario porque el equilibrio entre pistas de baile y pirotecnia avant-pop exuda coherencia, desparpajo y complementariedad sin que una pata domine a la otra o quizás tire abajo todo el extraordinario armazón construido por la británica, uno barroco a más no poder.
Eusexua, de FKA Twigs (2025)
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