Stalin

Enemigos en todas partes

Por Emiliano Fernández

El georgiano de origen proletario Iósif Stalin (1878-1953), antes de convertirse en uno de los dictadores más desalmados de la historia moderna, durante el cruel zarismo se dedicó a financiar a los bolcheviques del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia mediante robos, secuestros y algunas extorsiones y luego engrosó las filas de los dirigentes que encabezaron aquella Revolución de Octubre de 1917 en territorio ruso en plena Primera Guerra Mundial, alzamiento que tenía de líderes espirituales a los intelectuales socialistas Vladímir Lenin y León Trotski, el primero una figura admirada por Stalin y el segundo una suerte de némesis que cuestionaba su comportamiento brutal e hipócrita. Después de la victoria del Ejército Rojo en la Guerra Civil, conflicto con los blancos conservadores, monárquicos y liberales burgueses, y la muerte de Lenin en 1924 aparentemente por sífilis, mandamás indiscutido del entramado revolucionario, Iósif transformó la hipótesis de la revolución mundial de su antiguo mentor en el postulado más humilde del “socialismo de un solo país”, léase la Unión Soviética, y rápidamente se consagró a acaparar todo el poder eliminando de manera escalonada a los bolcheviques de 1917 que no le fuesen leales, que pudiesen eclipsarlo o que simplemente siguiesen con vida y manifestando sus opiniones, casi siempre contrarias a su obsesión con la industrialización mediante una colectivización forzosa del campo a través de confiscaciones de tierras y cereales que alimentaban a las ciudades en detrimento del ámbito bucólico y se vendían al exterior, siempre con la idea de utilizar las divisas para convertir a Rusia y sus repúblicas asociadas en potencias industriales que dejasen atrás el carácter agrario y ultra retrógrado del zarismo. Entre la Gran Purga de fines de los años 30, aquella destrucción de la plana mayor todavía sobreviviente del Partido Comunista, y los genocidios varios por hambruna símil el Holodomor, la muerte de millones de personas en Ucrania por la colectivización, Stalin firmó un acuerdo de “no agresión” con la Alemania nazi, el Pacto Ribbentrop-Mólotov de 1939, que en esencia desencadenó la Segunda Guerra Mundial, el reparto de territorios ocupados en Europa y el desprestigio del comunismo en todo el globo por la fraternidad mostrada ante el enemigo totalitario/ fascista/ antisocialista, una movida que a la postre generaría la traición germana mediante la Operación Barbarroja o invasión en 1941 de la Unión Soviética por parte de las tropas de Adolf Hitler, estrategia que llevó al jerarca máximo soviético a sumarse al curioso bando de los aliados capitalistas.

 

Si bien fue muy trabajado por el séptimo arte su rol como uno de los principales arquitectos del Bloque del Este y por consiguiente de la Guerra Fría, a posteriori de la dolorosa victoria bélica y a la par de otros personajes nefastos como aquel Harry S. Truman, presidente en funciones de Estados Unidos, que en agosto de 1945 arrojó de hecho las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, en Japón, lo cierto es que durante buena parte del Siglo XX la figura de Stalin sólo apareció en el cine occidental de manera esporádica y cuanto mucho colateral mediante el espionaje, alguna que otra epopeya testimonial y en faenas semejantes sobre “tráfico de secretos” que solían cubrir la larga etapa posterior a su óbito por un ataque cerebrovascular, cuando fue sucedido primero por Nikita Jrushchov y después por Leonid Brézhnev, claros impulsores de una desestalinización en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas o URSS que se unificó con el Pacto de Varsovia de 1955, alianza de cooperación militar entre países del marco comunista que contrarrestaba a la Organización del Tratado del Atlántico Norte u OTAN, su homóloga occidental de 1949. Stalin (1992), telefilm dirigido por Ivan Passer y escrito por Paul Monash para la cadena de TV por cable HBO, no sólo fue una de las primeras obras que se metieron con el tirano sino también una de las primerísimas que aprovecharon ya no el deshielo ochentoso de la Guerra Fría sino la caída global del comunismo o triunfo de Estados Unidos en el conflicto imperialista/ chauvinista que mantuvo con los soviéticos durante la segunda mitad del Siglo XX, delirio que generó una colección de masacres subsidiarias en todo el planeta a instancias de ambas partes que llegaron a su fin con el arribo al poder en 1985 de Mijaíl Gorbachov, luego de los mandatos de Yuri Andrópov y Konstantín Chernenko, y con la disolución de la URSS entre 1990 y 1991, a su vez presagiada por la Caída del Muro de Berlín de 1989. Como una movida de imagen pública ante la fauna de Occidente que complemente la reestructuración económica o perestroika y la liberación política o glásnost, los dos núcleos del gobierno de Gorbachov y conceptualmente también de su sucesor Borís Yeltsin, el productor Mark Carliner logró un acceso inaudito a distintas locaciones que hasta ese momento habían estado vedadas a la lacra capitalista y sobre todo al dinerillo hollywoodense o anglosajón, desde los interiores rodados en Budapest, Hungría, hasta escenas centradas en la Estación de Ferrocarriles de Kiev, en Ucrania, y en nada menos que el Kremlin, sede unificada del gobierno en Moscú.

 

Narrada de manera retrospectiva por la única hija de Stalin, Svetlana Alilúyeva (Joanna Roth), la historia comienza con Iósif (Robert Duvall) exiliado en Siberia por actividades revolucionarias contra el Zar y llamado a presentarse para el servicio militar en ocasión de las enormes bajas rusas durante la Primera Guerra Mundial, sin embargo es rechazado por tener un brazo más corto que el otro y un par de dedos de un pie entrelazados, amén de un caminar bastante errático por haber sido atropellado por un carruaje cuando niño. Apodado Koba por su círculo íntimo desde su época de militante criminal cuando robaba bancos para financiar a los bolcheviques, el protagonista alaba a Lenin (Maximilian Schell) como líder máximo de la naciente Unión Soviética, se casa en segundas nupcias con su bella secretaria Nadezhda Alilúyeva (Julia Ormond) y se obsesiona con eliminar a Trotski (Daniel Massey) ya que resiente ese trasfondo intelectual que él no posee, lo ve como el sucesor natural de Vladímir y además porque osó criticar sus asesinatos masivos de oficiales zaristas que se pasaron al Ejército Rojo durante la Guerra Civil. Aquel derrame cerebral de 1922 de Lenin genera la alianza de Stalin con Grigori Zinóviev (András Bálint) y Lev Kámenev (Emil Wolk) contra Trotski, quien terminaría siendo exiliado en 1929 en tanto preludio para una retahíla de purgas que abarcaron a los señalados más su mejor amigo, Sergó Ordzhonikidze (Jim Carter), un célebre ideólogo económico, Nikolái Bujarin (Jeroen Krabbé), y hasta otro posible competidor político en el Politburo, Serguéi Kírov (Kevin McNally), en este último caso la excusa para una represión feroz en el Partido Comunista que se complementaba con las penurias populares a raíz de la colectivización de esos espantosos planes quinquenales estalinistas y la política de la deskulakización o matanza de los campesinos considerados ricos. Con su mano derecha por antonomasia, el pederasta y violador serial Lavrenti Beria (Roshan Seth), el dictador toma por completo el control del Estado y provoca el intento de suicidio de su hijo mayor de su primer matrimonio, Yákov Dzhugashvili (Ravil Isyanov), cuando condena la posibilidad de que se case con una judía, lo que con el tiempo asimismo desencadena que Nadezhda se quite la vida de un disparo por el pánico que le inspiraba su marido, un gran paranoico y amoral que descubre conspiraciones y perfidia por todos lados, admira la osadía imperialista del führer, se sorprende con la invasión nazi a la URSS y deja morir en 1943 a Yákov, por entonces un artillero, en un campo de concentración germano.

 

Duvall está perfecto debajo de las prótesis y todo ese voluminoso maquillaje, detalles que exacerban la idiosincrasia gélida e inexpresiva, y construye un Stalin adusto que mantiene el misterio histórico en torno a su brutalidad, desconfianza patológica, maquiavelismo y egolatría, en sí una máscara tanto para su torpeza, como bien lo ejemplifica la escena en la que el jerarca militar Kliment Voroshílov (John Bowe) lo acusa de incompetente por haber eliminado a los mejores oficiales del zarismo y del período revolucionario y por haber pecado de ingenuo al considerar que Hitler no invadiría el país, como para su cobardía, en este sentido respetando la senda de todo déspota que se muestra eficaz a la hora de hacer asesinar a colegas o representantes del pueblo raso aunque despunta como un pusilánime, necio y/ o depresivo al momento de luchar contra una fuerza militar verdadera y muy bien entrenada y equipada como aquella del nazismo. El realizador checo Passer, quien había abandonado su hogar junto con su amigo Miloš Forman después de la invasión de 1968 de la URSS y sus socios por la Primavera de Praga, sería más adelante todo un especialista en propuestas televisivas ya que en materia estrictamente cinematográfica sólo había logrado lucirse de la mano de Iluminación Íntima (Intimní Osvetlení, 1965), su clásico de la Nueva Ola Checoslovaca, y El Camino de Cutter (Cutter’s Way, 1981), un neo noir que resultó su único opus interesante en el exilio estadounidense por fuera de Stalin, donde exprime con maestría el guión de un Monash de amplio bagaje televisivo, amén de colaborar con Orson Welles en Sed de Mal (Touch of Evil, 1958), con Don Siegel en Balas de Contrabando (The Gun Runners, 1958) y con ese Peter Yates de Los Amigos de Eddie Coyle (The Friends of Eddie Coyle, 1973), y definitivamente interesado en ofrecerle al espectador todas las piezas del rompecabezas del tirano para que él solito saque sus conclusiones y no se quede con la crónica desabrida de tanta obra similar, planteo que implica evitar el moralismo maniqueo de Hollywood y anticipar de sopetón el fetiche de las biopics posmodernas con los puntos de vista tangenciales, aquí la hija de Iósif pero también la pobre Nadezhda. Mezcla de gesta familiar shakesperiana, retrato testimonial y cuasi policial negro de mafioso psicopático, el film analiza la red de temor e impunidad que un autócrata es capaz de construir mediante lambiscones y sicarios, esa industrialización fetichizada a cualquier costo, muchos arrestos/ torturas/ confesiones/ fusilamientos y la triste costumbre de ver enemigos en todas partes…

 

Stalin (Estados Unidos/ Rusia/ Hungría, 1992)

Dirección: Ivan Passer. Guión: Paul Monash. Elenco: Robert Duvall, Julia Ormond, Maximilian Schell, Jeroen Krabbé, Frank Finlay, Roshan Seth, Jim Carter, Daniel Massey, András Bálint, John Bowe. Producción: Mark Carliner. Duración: 173 minutos.

Puntaje: 10