Fase IV (Phase IV)

Entomología del poder

Por Emiliano Fernández

El cine de terror de las décadas del 40, 50 y 60 centrado en mutaciones varias, ataques en masa y monstruos gigantes, ya sea aquellos que responden a ejemplos concretos de la fauna terrestre o aquellos otros más vinculados a la imaginación volada de los creadores de turno, fue un típico producto por un lado de la eclosión de las “posibilidades” de la energía nuclear en especial luego de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, y por otro lado de la Guerra Fría y el temor por antonomasia que enmarcó al conflicto geopolítico entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, léase la destrucción del planeta -o gran parte de él- mediante una andanada de misiles cruzados entre las dos potencias imperiales, cosa que al final se acotó a masacres satelitales en las regiones más empobrecidas del globo (como suele ocurrir desde hace siglos porque el tiempo pasa pero la mentalidad colonialista continúa firme en el norte). Si bien el enfrentamiento siguió hasta la caída del Muro de Berlín y -de hecho- sus coletazos los arrastramos hasta nuestros días, ya para fines de la década del 60 y comienzos de los 70 se hacía muy evidente el dejo naif y medio bobo de aquellos productos, por lo que una nueva camada de cine de horror y ciencia ficción comenzó a reemplazar el simple temor primitivo a criaturas deshumanizadas y amenazantes por sensaciones más complejas que no se prestan al reduccionismo urgente.

 

Fase IV (Phase IV, 1974) es una clara representante de los cambios introducidos en el séptimo arte del período y uno de los grandes clásicos de culto de la fantasía apocalíptica encarada desde una suerte de visión irónica de lo que eran precisamente esas películas del pasado, muchas de las cuales apuntaban a la contingencia de que los insectos, los seres más pequeños que el ojo humano a simple vista puede identificar, aumentasen de golpe su tamaño y la supuesta relación de superioridad -la más cobarde, la que se refiere al volumen de masa corporal- se invirtiese de manera automática para el espanto de los bípedos: el film es en simultáneo una epopeya minimalista de monstruos, un documental de impronta entomológica y un exponente de ciencia ficción metafísica/ filosófica/ sociológica en la que se explora de manera cerebral y muy concienzuda el recorrido de la evolución natural en el hipotético caso de que las hormigas, las grandes protagonistas de la faena que nos ocupa, desarrollasen una súper inteligencia de un momento a otro que les permitiese no sólo comunicarse entre ellas sino ir eliminando a los grandes peligros que las acechan bajo la forma de predadores en la naturaleza y de ese “coso” llamado ser humano, un animal que vive en el límite entre lo indómito salvaje y un entorno artificial/ cultural que él mismo se creó para estar más cómodo y que en términos prácticos suele transformarse en su presidio.

 

La historia gira en torno a las consecuencias de un evento cósmico desconocido semejante a un eclipse que afectó profundamente el comportamiento de los formícidos, haciendo que especies distintas comiencen a colaborar entre ellas para en primera instancia deshacerse de diversas criaturas que las tienen por alimento como por ejemplo las mantis, los escarabajos, los ciempiés y las arañas. El primero en percatarse del asunto es el biólogo inglés Ernest D. Hubbs (Nigel Davenport), quien consigue que el Comité de Estudios Biológicos de la Fundación de Ciencias Naturales financie el montaje de una estación experimental en el desierto de Arizona para estudiar y atacar a las hormigas frente a la amenaza de un serio desequilibrio en el ecosistema local en detrimento de otras formas de vida: tanto Hubbs como su ayudante James R. Lesko (Michael Murphy), un especialista en información con conocimientos criptográficos, se trasladan a la zona, fijan base en el laboratorio computarizado en cuestión símil domo geodésico y descubren el accionar de las hormigas detrás de la aparición de torres enormes de tierra, mamíferos muertos y hasta diseños geométricos sobre terrenos cultivados. Como el tiempo pasa, los insectos no aparecen y los burócratas que pusieron el dinerillo para la aventura se comienzan a impacientar, el británico no tiene mejor idea que salir con un mortero al exterior de la estación/ cúpula y lanzarle granadas a los rascacielos de las hormigas, lo que por supuesto genera que las señoritas asomen por fin la cabeza y comiencen a defenderse de los investigadores vía una cruzada que curiosamente va mucho más allá de la simple venganza porque los planes de las amigas de seis patas son bastante más vastos de lo que pueden concebir los hombres.

 

Como en una granja cercana vive un matrimonio mayor, el Señor y la Señora Eldridge (Alan Gifford y Helen Horton), junto a su nieta Kendra (Lynne Frederick), el relato pronto suma a la chica al plantel del domo experimental porque los insectos embisten contra los ancianos y estos se ven obligados a abandonar su casa y a huir en su camioneta, no obstante se detienen cerca de la cúpula y mueren mitad por la arremetida de los formícidos y mitad debido a un químico amarillo que Hubbs vierte en el exterior con canales de riego cuando los insectos hacen volar el generador eléctrico de la base, desencadenando que la unidad de emergencia entre en funcionamiento. Mientras Kendra sufre el trágico fallecimiento de sus abuelos, Hubbs es mordido por una hormiga en su mano derecha y Lesko deduce el lenguaje que utilizan las pequeñas mediante la sistematización de los sonidos que producen para comunicarse y el traspaso de los susodichos a símbolos concretos, el ejército invasor primero se hace inmune a los insecticidas haciendo que la reina ingiera el veneno, a posteriori edifica unos montículos de tierra que reflejan la luz del sol sobre la estructura de la estación para elevar la temperatura interna y finalmente ingresa de a poco al domo para destruir el cableado del aire acondicionado, logrando que las computadoras y el equipo técnico en general dejen de funcionar por sobrecalentamiento. Vale aclarar que hablamos de la única película dirigida por Saul Bass, un extraordinario diseñador de secuencias de créditos -definitivamente el mejor de la historia del cine- que supo trabajar con realizadores como Otto Preminger, Billy Wilder, Robert Aldrich, John Frankenheimer, Stanley Kramer, Alfred Hitchcock, William Wyler, Stanley Kubrick, Robert Wise y hasta Martin Scorsese.

 

Donde antaño teníamos aquella algarabía pueril cortesía de unas alimañas que aumentaban de tamaño pero en esencia permanecían con el coeficiente intelectual de siempre, aquí en cambio estamos ante uno de los primeros films en los que se humaniza a la contraparte a un nivel insólito, ya que no sólo hablamos de racionalidad y capacidad de tomar decisiones sino también de prácticamente un coprotagonismo de los insectos a la par de los humanos gracias a las magníficas tomas en primer plano que aportó el especialista Ken Middleham y el lugar de preeminencia que Bass les concedió en el armado narrativo. Asimismo el guión de Mayo Simon juega de manera magistral con dos conceptos centrales a lo largo de todo el derrotero bélico, léase el poder y la humillación: como si se tratase de un tire y afloje entre los dos bandos para situarse como la facción dominante, la dialéctica de fondo unifica la capacidad de control del destino del otro y la consiguiente vergüenza de los hombres, especie soberbia si las hay que se considera “dueña” de todo el planeta y que aquí no puede levantar cabeza del todo ante la patética situación de verse asediado por un organismo tan diminuto que actuando en conjunto da vida a una organización, coherencia y altruismo que las sociedades humanas jamás conocieron. Aún así, la trama ofrece diversas variantes de este fracaso con un Hubbs frío e insensible en pos de una curiosidad científica que no se detiene ante el dolor de hombres o insectos, una Kendra que funciona como ese “cero a la izquierda” que se maneja sólo con emociones primarias y un Lesko que trata de interpretar lo sucedido combinando ambas regiones, el acervo reflexivo y su homólogo impulsivo, con el firme objetivo de comprender qué es lo que pretenden las hormigas en última instancia.

 

Otro detalle exquisito del planteo retórico de fondo pasa por esas “fases” a las que apunta el título y que se enumeran en pantalla vía rótulos indicadores del progreso evolutivo de las hormigas: el primer capítulo abarca los corolarios directos del fenómeno celeste inicial (razonamiento, comunicación y mancomunidad de subespecies), la segunda parte nos presenta la ofensiva contra los predadores y los primeros fetiches de índole cultural (a la muerte de otros animales se suman los promontorios de tierra y la poda de cultivos en sintonía con círculos y cuadrados, por cierto toda una novedad en el séptimo arte de entonces), el tercer apartado involucra la defensa para con los humanos y una fusión de lo más enigmática (el último segmento de la propuesta evita el esperable encontronazo a toda pompa con los insectos y abre la puerta hacia la abstracción y cierta psicodelia que parece una versión nihilista e impiadosa del misticismo de los 60) y finalmente la cuarta fase, la correspondiente a lo que sucede luego del cierre del relato, repica fiero en el intelecto del espectador ya que incita a descifrar por cuenta propia cuáles serían los efectos a futuro de todo lo visto (la incertidumbre toma protagonismo porque tanto la esclavitud como la evolución más difusa pueden constituir la respuesta buscada). Ahora bien, mención aparte merece el legendario desenlace que construyó Bass con enorme dedicación y talento y que fue cortado por los idiotas de la Paramount Pictures para luego ser exhibido en una serie de proyecciones en 2012, una mixtura de unos cinco minutos de imágenes surrealistas que le deben mucho a Salvador Dalí, René Magritte y Giorgio de Chirico en su representación metafísica/ sensorial/ alucinada de lo que sería el ecosistema por venir con los hombres “incorporados” a la férrea vida en colonia de las hormigas y a esa idiosincrasia de bienestar colectivo que en el caso de los humanos siempre termina licuada por odios e infaltables sectarismos. El carácter hipnótico y tan difícil de definir de la película, a la vez familiar y decididamente extraña, aporta encanto a una experiencia de por sí fascinante en la que nada se da por sentado en consonancia con una ciencia ficción inconformista de pulso terrorífico y apocalíptico que se inclina de a poco -desde esta particular entomología del poder- a subrayar que toda posición de dominio es temporal y que el mismo debe ser leído como un engranaje más dentro de un entramado más extenso de relaciones entre seres de diverso origen, esquema siempre presto a ser destruido por factores súbitos que suelen poner todo patas para arriba y desarticular “certezas” que los más ingenuos naturalizan con rapidez…

 

Fase IV (Phase IV, Estados Unidos/ Reino Unido, 1974)

Dirección: Saul Bass. Guión: Mayo Simon. Elenco: Nigel Davenport, Michael Murphy, Lynne Frederick, Alan Gifford, Helen Horton, Robert Henderson, David Healy. Producción: Paul B. Radin. Duración: 84 minutos.

Puntaje: 10