Bastardos sin Gloria (Quel Maledetto Treno Blindato)

Entre fuego cruzado

Por Emiliano Fernández

Antes de que el infradotado de Quentin Tarantino quemase el sublime título con su bodrio homónimo del 2009, otro de esos directores necios de la actualidad que piensan que todo está inventado y no queda otra opción que adoptar la postura facilista de dedicarse a robar sobre lo ya hecho y para colmo desconocido para el público en general, planteo que implica que la enorme mayoría de los cineastas y diferentes artistas involucrados no tienen manera de defenderse frente a la maquinaria hollywoodense y su cleptomanía, Enzo G. Castellari y su productor Roberto Sbarigia en esta oportunidad por lo menos consiguieron sacarle unos morlacos a Tarantino porque el millonario tarado se vio obligado a comprar los derechos en el mercado anglosajón de Bastardos sin Gloria (Quel Maledetto Treno Blindato, 1978), también conocida en castellano bajo un título que traduce literalmente el original italiano, Aquel Maldito Tren Blindado, para poder reutilizarlo en la epopeya protagonizada por Brad Pitt, Diane Kruger, Michael Fassbender y Christoph Waltz, nuevo e infructuoso intento por parte del realizador de recuperar la magia nihilista de Sergio Leone, Sam Peckinpah, John Huston y Robert Aldrich, entre otros. El film del querido Castellari, un artesano Clase B que supo pasearse por el giallo, la comedia, la ciencia ficción, el horror, las aventuras, el spaghetti western, la súper acción estrambótica, el cine de capa y espada y estas mismas propuestas bélicas, no padece ni remotamente las lamentables compulsiones creativas de la globalización de hoy en día porque su posmodernidad es aquella valiosa e inconformista de bajo presupuesto que siempre trataba de despegarse del acervo norteamericano, al cual copia y exprime sin pudor alguno desde la irrespetuosidad, inyectándole dos componentes fundamentales que son propios del cine europeo y especialmente de ese marco productivo italiano de la época, hablamos primero de unas carnicerías lúdicas e hiper exacerbadas, en este sentido vale decir que estamos ante una de las epopeyas con más asesinatos casuales de la historia del séptimo arte, y segundo una actitud socarrona permanente, en la tradición del grotesco salvajón que avanza con un cigarro en su boca y una ametralladora en las manos.

 

Para sopesar a Bastardos sin Gloria, título que surge del elegido por Capitol International para su distribución en yanquilandia, The Inglorious Bastards, hay que entender en primera instancia cómo funciona el cine de neta matriz exploitation de Castellari: el señor empezó su prolífico derrotero profesional como director en el campo del spaghetti western, donde nos legó una obra maestra con su gran actor fetiche Franco Nero, Keoma (1976), y otras propuestas afables como Johnny Hamlet (Quella Sporca Storia nel West, 1968) y Mátalos y Vuelve (Ammazzali Tutti e Torna Solo, 1968), para luego diversificar su carrera con suerte dispar ya que, por ejemplo, en el terreno bélico sólo conseguiría destacarse con la presente odisea debido a que su otro exponente de cuasi impronta espiritual nazisploitation, Águilas sobre Londres (La Battaglia d’Inghilterra, 1969), en términos cualitativos cae unos cuantos escalones por debajo, algo que no puede extenderse a sus incursiones en el poliziottesco, comparativamente mucho más parejas e interesantes porque una vez más descubrimos una clara obra maestra, El Gran Chantaje (Il Grande Racket, 1976), y una serie de propuestas bastante dignas que le siguen los pasos, desde esas atendibles La Policía Procesa, la Ley Absuelve (La Polizia Incrimina, la Legge Assolve, 1973) y El Ciudadano se Rebela (Il Cittadino si Ribella, 1974) hasta las menos atractivas La Vía de la Droga (La Via della Droga, 1977) y El Día de la Cobra (Il Giorno del Cobra, 1980), amén de anomalías de terror que demuestran el insólito poco talento de Enzo para el género en tiempos en los que el giallo era exportado a todas partes del planeta, pensemos para el caso en las flojas Los Fríos Ojos del Miedo (Gli Occhi Freddi della Paura, 1971) y Diabla (Sensività, 1979). Bastardos sin Gloria se ubica cómoda entre joyas corales como Los Cañones de Navarone (The Guns of Navarone, 1961), de J. Lee Thompson, Doce del Patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), de Aldrich, y La Cruz de Hierro (Cross of Iron, 1977), de Peckinpah, y el euro war o macaroni combat de nacionalidad mixta símil Anzio (1968), de Edward Dmytryk y Duilio Coletti, y Nido de Avispas (Hornets’ Nest, 1970), el opus de Phil Karlson y Franco Cirino.

 

Los cinco protagonistas, en la Francia de 1944, son prisioneros y marginados de la tropa yanqui bajo distintos cargos marciales, hablamos del ladrón de poca monta Nick Colasanti (Michael Pergolani), el desertor temeroso Berle (Jackie Basehart), el ex mafioso y ahora asesino amotinado Tony (Peter Hooten), un soldado afroamericano que se abalanzó contra un superior racista, Fred Canfield (el inoxidable Fred Williamson), y el líder de este pelotón de excluidos y piloto de la Fuerza Aérea, Teniente Robert Yeager (estupendo desempeño de Bo Svenson), al cual le toca enfrentar un consejo de guerra por utilizar su avión para visitar a su novia en Londres. El guión de Sandro Continenza, Sergio Grieco, Romano Migliorini, Laura Toscano y Franco Marotta no se anda con muchas vueltas en eso de inventar excusas para las escenas de acción y por ello desde el vamos un ataque aéreo alemán facilita el escape de los reos y el asesinato del cruel sargento a cargo de trasladarlos (Joshua Sinclair), a manos de un Canfield que hace justicia estrangulándolo cuando el susodicho le disparaba sin piedad a estos fugitivos siempre en fuego cruzado, por un lado debiendo escapar de los nazis y por el otro lado obligados a también esquivar las balas de sus propios compatriotas. Decididos a trasladarse a Suiza para un poco de neutralidad y tranquilidad, en el camino encuentran a un desertor alemán desarmado que huyó, Adolf Sachs (Raimund Harmstorf), señor que los ayuda a viajar por un bosque y a defenderse del ejército invasor hasta que es asesinado en un enfrentamiento -producto de una confusión generalizada- entre yanquis vestidos como nazis y nuestros protagonistas, quienes ocupan su lugar en una peligrosa misión porque los finaditos estaban destinados a sumarse a una célula de la resistencia francesa al mando de Veronique (Michel Constantin), el cual a su vez responde a un oficial británico que eventualmente llega en paracaídas a la región, el Coronel Charles Thomas Buckner (Ian Bannen), obsesionado con neutralizar el giroscopio de un cohete V2 nazi a bordo de un tren blindado. La acometida, por supuesto, incluye clichés como suplantar a científicos germanos, volar un puente con dinamita y recuperar una estación ferroviaria.

 

Como siempre en el caso de Castellari, Bastardos sin Gloria compensa con efusividad, vehemencia y un ritmo narrativo apasionante las hilarantes torpezas y desprolijidades varias propias de un bajo presupuesto que aquí se maquilla de manera maravillosa con mattes, las hermosas locaciones en Lacio, la enorme profesionalidad de los técnicos de Cinecittà y una maquetas inconmensurables que estallan por los aires en ocasión de los bombardeos y las diversas explosiones que requiere el relato. El demencial amor entre Tony y una enfermera gala, Nicole (Debra Berger), y la presencia de decenas y decenas de cadáveres se unifican con las adorables y ridículas técnicas para matar, el sustrato caricaturesco de los personajes, alguna que otra goma de mascar que desde ya tapa un disparo en el tanque de nafta de una motocicleta y aquel pesimismo altisonante de los 70 en materia de unos parias militares que cambian de identidad como de calzoncillo y siempre andan detrás de algunas putas rubias. La maestría y desproporción del director en lo que atañe a las escenas de acción a plena luz del día y el desarrollo de personajes, éste muy crudo y sin la solemnidad hollywoodense ni su chauvinismo ni banalidad, está sustentado en el carisma de genios como Hooten, hoy en su única chance de brillar en serio, Williamson, héroe del blaxploitation gracias a joyas de Larry Cohen, Gordon Parks Jr. y Jack Arnold, y Svenson, en esencia recordado por su Yeager y por haber tomado la posta de Joe Don Baker como Buford Pusser en la saga que comenzó con Pisando Fuerte (Walking Tall, 1973), de Phil Karlson. Situada en la mejor etapa del cineasta, aquella de la madurez de Keoma y El Gran Chantaje, la película es un torbellino trash furiosamente entretenido como nunca más volvería a ofrecer Castellari, el cual a posteriori se entregaría a una catarata de graciosos rip-offs de Tiburón (Jaws, 1975), El Último Tiburón (L’Ultimo Squalo, 1981), de Mad Max (1979) y Mad Max 2 (1981), Los Nuevos Bárbaros (I Nuovi Barbari, 1983), y de Escape de Nueva York (Escape from New York, 1981), 1990: Los Guerreros del Bronx (1990: I Guerrieri del Bronx, 1982) y Fuga del Bronx (Fuga dal Bronx, 1983), últimos trabajos memorables del tremebundo Enzo…

 

Bastardos sin Gloria (Quel Maledetto Treno Blindato, Italia, 1978)

Dirección: Enzo G. Castellari. Guión: Sandro Continenza, Sergio Grieco, Romano Migliorini, Laura Toscano y Franco Marotta. Elenco: Fred Williamson, Bo Svenson, Peter Hooten, Michael Pergolani, Jackie Basehart, Michel Constantin, Debra Berger, Raimund Harmstorf, Ian Bannen, Flavio Andreini. Producción: Roberto Sbarigia. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 9