Supergirl (2026), de Craig Gillespie, resulta apenas mejor que el bodrio previo de James Gunn, Superman (2025), una de las películas más caóticas y atolondradas de los últimos tiempos, y muy semejante -en intrascendencia o más bien rutina tontuela- con respecto a la lejana Supergirl (1984), acepción igualmente mediocre a cargo del francés Jeannot Szwarc del personaje creado en 1959 por Otto Binder y Al Plastino, por cierto la propuesta que terminó de destruir la saga original junto con Superman IV: En Busca de la Paz (Superman IV: The Quest for Peace, 1987), opus incluso peor de Sidney J. Furie. Gillespie constituye un realizador australiano/ estadounidense curioso porque es capaz de obras tan atractivas como Lars y la Chica Real (Lars and the Real Girl, 2007), Yo soy Tonya (I, Tonya, 2017) y El Poder de los Centavos (Dumb Money, 2023), más una estupenda miniserie para Hulu, Pam & Tommy (2022), aunque lo más probable es que se aparezca con faenas fallidas o mamarrachos muy eclécticos de la talla de Enemigo en Casa (Mr. Woodcock, 2007), Noche de Miedo (Fright Night, 2011), Un Golpe de Talento (Million Dollar Arm, 2014), Horas Contadas (The Finest Hours, 2016) y Cruella (2021). El guión de la debutante y hasta ahora actriz Ana Nogueira se basa en un arco narrativo concreto de los cómics, Supergirl: Mujer del Mañana (Supergirl: Woman of Tomorrow, 2021-2022), responsabilidad de Tom King y Bilquis Evely, y se centra en una Kara Zor-El/ Supergirl (Milly Alcock) que a sus 23 años se la pasa alcoholizada y dando vueltas por el universo con su nave espacial y su mascota, el perro Krypto, en esencia aterrizando en un surtido de planetas que se califican por sus soles e influencia sobre nuestra rubia masculinizada, el amarillo otorgándole sus superpoderes, el rojo neutralizándolos y el verde condenándola a la muerte. En un astro de sol rojo, Holzherr, la protagonista se encuentra con una mocosa, Ruthye Marye Knoll (Eve Ridley), que le exige ayuda para vengar el asesinato de su familia a manos de Krem de las Colinas Amarillas (Matthias Schoenaerts), líder de unos piratas cósmicos y traficantes de personas, los Brigands, que adoran robar espadas y secuestrar a lindas ninfas para procrear.
Kara le niega a Ruthye la posibilidad de revancha porque asesinar al bandido del espacio la transformaría en un manojo de traumas, según su óptica, pero termina en rauda persecución hacia Krem porque este último roba su nave y para colmo le dispara un dardo envenenado al pobre Krypto, el cual fallecerá en tres días si no consigue antes el antídoto que el maloso lleva siempre consigo. De boca de unas tecnopiratas, las Sklarianas, Ruthye y Supergirl descubren que Krem y el resto de los Brigands están en un planeta ruinoso con sol amarillo, Bilquis, donde conocen a Lobo (Jason Momoa), un mercenario y cazarrecompensas de impronta alienígena, y son traicionadas por una pareja que pretende intercambiarlas por su hija secuestrada, Bomar (Kadiff Kirwan) y Mareck (Thalissa Teixeira), preámbulo para la llegada de la prima de Kal-El/ Clark Kent/ Superman (David Corenswet) a Barenton, un planeta con sol verde. La idea de la asistencia reclamada remite a Temple de Acero (True Grit, 1969), de Henry Hathaway, y Los Siete Samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), de Akira Kurosawa, ésta encima hace poco retomada por Zack Snyder en su horrendo díptico, Rebel Moon: Parte 1- La Niña del Fuego (Rebel Moon: Part One- A Child of Fire, 2023) y Rebel Moon: Parte Dos- La Guerrera que Deja Marcas (Rebel Moon: Part Two- The Scargiver, 2024), y los latiguillos complementarios del perro suprimido y ese cronómetro que apura apuntan respectivamente a John Wick (2014), opus de Chad Stahelski, y Con las Horas Contadas (D.O.A., 1949), de Rudolph Maté, a su vez eje de dos remakes inferiores en 1988 de Annabel Jankel y Rocky Morton y en 2006 a cargo de Mark Neveldine y Brian Taylor. Como todo producto de Gunn o sus testaferros, Supergirl abusa de la soberbia y la paradójica vulnerabilidad del personaje principal aunque se agradece algún que otro detalle pop, en línea con el brazo malogrado durante una pulseada que recuerda a su homólogo de La Mosca (The Fly, 1986), de David Cronenberg, y vale decir que la epopeya por suerte no cae en las cataratas de cinismo del film del año pasado con Corenswet, aquí contando con una participación equivalente a un cameo que anticipa el corolario de 2027 de Superman.
Sin embargo los problemas son muchos e insalvables como un diseño de criaturas robado de Flash Gordon (1980), de Mike Hodges, El Quinto Elemento (Le Cinquième Élément, 1997), de Luc Besson, y desde ya esa saga que comenzase con La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), de George Lucas, sin olvidarnos de un humor bastante estúpido y de vocación retro, en sintonía con el cine fantástico irónico y las comedias de las décadas del 80 y 90, y una actriz protagónica demasiado limitada, la australiana Alcock, una y otra vez poniendo la misma exacta cara para todo y sin poder escapar del cliché de la púber putona, borracha, grosera y hedonista modelo Hollywood inofensivo, en suma lo que el mainstream entiende por ninfa que se sumerge en el reviente autodestructivo para escapar de la angustia por tragedias del pasado. En este sentido la faena de Gillespie ni siquiera consigue lucirse en el esperable y sentimentaloide flashback destinado a retratar la génesis del supuesto enojo/ pesimismo de la veinteañera, cuando nuevamente explota el planeta Krypton y los padres de la futura superchica, Zor-El (David Krumholtz) y Alura (Emily Beecham), salen con vida al refugiarse en una colonia llamada Argo City, ese campo de fuerza que separa un fragmento del astro en el momento en que el núcleo estalla, excusa para la aparición de la nada de un mineral mortífero, la Kryptonita, que genera una masacre entre los kryptonianos y el eventual periplo de Kara al Planeta Tierra para garantizar su supervivencia. El sustrato anodino de la película es permanente, por momentos sintiéndose desganada o en piloto automático y en otras oportunidades chatarresca hasta la médula, en sí sin ninguna osadía o inteligencia o sentido de la aventura que justifique su existencia o acercamiento al western, como si se tratase de un intento muy fallido de copia de un capítulo estándar de Viaje a las Estrellas (Star Trek, 1966-1969), serie creada por Gene Roddenberry para la cadena NBC, o de una reproducción a media máquina del pastiche soporífero detrás de El Escuadrón Suicida (The Suicide Squad, 2021) o Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014), más sus secuelas de 2017 y 2023, todas de un Gunn que aquí oficia de productor.
Una de las cosillas que más molestan es precisamente la desesperación del equipo creativo por recuperar -desde la torpeza y la falta de mesura- el combo promedio de John Carpenter, nos referimos a la querida mixtura de terror, ciencia ficción, fantasía, sarcasmo y cine de acción cercano al western crepuscular y al spaghetti, ahora sin el talento mínimo necesario y con un hilarante y tácito miedo a utilizar el traje colorinche/ chauvinista estadounidense de Supergirl en un contexto global en el que los Estados Unidos no son precisamente muy populares ni aceptados que digamos, cortesía del vejete neonazi, jingoísta y payasesco de Donald Trump. Las escenas de acción resultan tan genéricas como el resto de la propuesta y si bien la participación de Momoa y el belga Schoenaerts es destacable porque ayuda a que el andamiaje en su conjunto no se caiga a pedazos desde el primer minuto, tampoco alcanza para levantar mucho el nivel de calidad ya que los dos personajes en cuestión, Lobo y Krem de las Colinas Amarillas, parecen extraídos directamente de La Ciudad del Pecado (Sin City, 2005), el disfrutable film de Robert Rodríguez y Frank Miller. La constante remera de Blondie de Kara y el sadismo del villano de idiosincrasia ultra psicopática rankean en punta como lo único potable en serio de una película repleta de ideas refritadas o mal cocidas de otras gestas mucho mejores, como decíamos anteriormente todo sin carisma ni humanismo verdaderos y respondiendo a una marvelización de DC que pretende alinear los bodrios del futuro con una fórmula ya vetusta, hoy por hoy provocando hartazgo luego de dos décadas de basura intercambiable de Marvel orientada a la lobotomía de las legiones de estúpidos e inmaduros que hasta hace poco consumían religiosamente todos estos productos, suerte de infantilización cultural planetaria que no curiosamente ayudó mucho en el ascenso de la nueva derecha filofascista tracción a oligofrénicos con pañales, ojitos bizcos y materia gris chorreándole de las narices, por supuesto todos cagados/ meados/ vomitados mientras aplauden la pantalla. El último acto, por su parte, eterniza la estela cleptómana señalada, en esta ocasión reciclando el harén de Mad Max: Furia en el Camino (Mad Max: Fury Road, 2015), joya de George Miller, y continúa abrazando el maniqueísmo del mainstream -o la hipocresía de siempre de Hollywood, otra forma de decirlo- en lo que atañe a la cruzada de Supergirl para que su protegida, Ruthye, permanezca impoluta o no se manche por ese odio y ese desquite que están en todas partes de la sociedad como componentes fundamentales del inmundo ser humano, lo que asimismo implica tapar el sol con las manos y desperdiciar el insólito coqueteo de la trama con la condición de pedófilos y traficantes de personas de los Brigands, personajes muy deudores de la imaginación sin frenos de antaño de genios como Sergio Leone, Sam Peckinpah, Robert Aldrich y los ya aludidos Carpenter y Miller…
Supergirl (Estados Unidos, 2026)
Dirección: Craig Gillespie. Guión: Ana Nogueira. Elenco: Milly Alcock, Matthias Schoenaerts, Jason Momoa, Eve Ridley, David Krumholtz, Emily Beecham, David Corenswet, Kadiff Kirwan, Thalissa Teixeira, Ferdinand Kingsley. Producción: James Gunn y Peter Safran. Duración: 107 minutos.