El Parque de Atracciones (The Amusement Park)

Envejecer en sociedad

Por Emiliano Fernández

La historia del cine está repleta de casos de películas perdidas, incompletas o mutiladas por la intervención de los productores, los distribuidores, los horrendos organismos de censura, financistas bastante bizarros, los exhibidores y hasta a veces los propios realizadores, basta con pensar en las recientes versiones con secuencias agregadas que se creían perdidas de Metrópolis (1927), de Fritz Lang, y Los Demonios (The Devils, 1971), de Ken Russell, en la aparición en 2018 de la exégesis completa -por lo menos, de una de las posibles- de La Otra Cara del Viento (The Other Side of the Wind, 1970-1976), de Orson Welles, en las reconstrucciones y/ o ampliaciones de Directo al Infierno (Straight to Hell, 1987), de Alex Cox, y La Puerta del Cielo (Heaven’s Gate, 1980), de Michael Cimino, y en los dos “cortes del director” más famosos de Ridley Scott, Leyenda (Legend, 1985) y Blade Runner (1982), esos que mejoraron significativamente a las versiones previas existentes en el mercado. El caso realmente raro, sobre todo en términos del cine sonoro porque en el período mudo es muy habitual, es el de la película completamente desaparecida de la faz de la tierra, de hecho lo que ocurrió con El Parque de Atracciones (The Amusement Park, 1973), una mini epopeya de 54 minutos que supo ser financiada por una organización cristiana llamada Sociedad Luterana, entidad que le encargó a nada menos que George A. Romero crear un “film educacional” que alerte al público acerca del maltrato y la discriminación hacia las personas de la tercera edad, asumiendo los espectadores su responsabilidad en el asunto. El resultado espantó tanto a los beatos que decidieron prescindir del opus del director de La Noche de los Muertos Vivos (Night of the Living Dead, 1968), Martin (1977) y Creepshow (1982) y jamás exhibirlo de forma alguna, como si sintiesen una hilarante culpa por haberle dado un hacha a un psicópata imparable que no mide sus acciones. Filmada en 16 mm. en el hoy desaparecido West View Park, al norte de Pittsburgh, en el Estado de Pennsylvania, la película se creía perdida hasta que fue hallada una copia en relativo buen estado en 2017 que a su vez fue utilizada en una retrospectiva del cineasta en el Festival de Cine de Turín.

 

Gracias a IndieCollect, una asociación encabezada por Sandra Schulberg y dedicada a la preservación y el rescate de obras variopintas del séptimo arte independiente, hoy podemos apreciar esta joya insólitamente enterrada del gran Romero y con una restauración en 4K, film que tuvo una mínima premiere oficial en 2019 en Pittsburgh, contexto de muchas de las realizaciones del amigo George, y que después sería adquirido para su distribución por el servicio de streaming Shudder, por cierto especializado en horror, thrillers y fantasía sobrenatural, llegando en sí al público recién en 2021. Craneada justo luego de la obra maestra La Noche de los Muertos Vivos, las decididamente fallidas Siempre Hay Vainilla (There’s Always Vanilla, 1971) y Esposas Hambrientas (Hungry Wives, 1972) y la apenas correcta Los Locos (The Crazies, 1973), y antes de volver al nivel cualitativo de su ópera prima con las igualmente excelentes Martin y El Amanecer de los Muertos (Dawn of the Dead, 1978), El Parque de Atracciones no padece el típico e insistente inconveniente de los inicios profesionales de Romero, léase actuaciones algo lamentables y esos problemas de producción derivados de un presupuesto muy pero muy reducido, ya que aquí el cineasta no necesitaba mucho más que el parque del título y un único protagonista valioso, hablamos de un anciano vestido de blanco e interpretado por el genial Lincoln Maazel, por ello mismo al buen aprovechamiento de la claustrofobia espacial símil La Noche de los Muertos Vivos se suma un claro enfoque surrealista y sardónico que permite jugar con el distanciamiento y el carácter rústico de las imágenes a través de unas alegorías hiper agresivas para con nuestra sociedad contemporánea y su obsesión con el lucro, la razón instrumental, la tecnocracia, el escapismo bien idiota y la deshumanización y cosificación general de la población, todos factores y procesos que siempre terminan repercutiendo en los sectores sociales de menos recursos, en aquellos colectivos raciales discriminados y en los exponentes más frágiles del entramado popular, los niños y esos adultos mayores que en el film padecen el ninguneo, el desprecio, el acoso, la bastardización, el verdugueo y la violencia institucional e individual.

 

Después de una introducción documental de Maazel hablando a cámara y denunciando el maltrato que sufren los ancianos que no tienen una “reputación” y/ o una fortuna que los respalde, casi siempre cayendo en la soledad, problemas de salud, transporte inadecuado, atención médica lamentable, una vivienda paupérrima, pocos o nulos ingresos mensuales, mala nutrición y en especial la falta de compasión y ayuda de los miembros más jóvenes de la sociedad, amén de una aclaración en materia de que la mayoría de las personas en pantalla son voluntarios y West View Park cedió de manera gratuita las instalaciones para el rodaje, la historia en sí arranca con el citado anciano completamente cansado, herido y hastiado del exterior social en un cuarto también emblanquecido símil hospital o morgue, situación que se corta cuando un doppelgänger, alguien de muy buen humor y de cadencia optimista, entra a la habitación e intenta en vano tener una conversación con su duplicado, optando por no hacer caso alguno de las advertencias con respecto al peligroso afuera y efectivamente aventurándose a lo desconocido. El exterior es el parque de atracciones del título, metáfora de la sociedad en su conjunto, un lugar caracterizado por el griterío, el movimiento, la frialdad egoísta, lo que el dinero puede comprar, la ignorancia, el culto a la belleza y una serie de situaciones que van desde los abusos hasta el averno de impronta ultra pesadillesca, pensemos en usureros varios, consumos prohibitivos, una montaña rusa semi asesina, total falta de solidaridad, un ataúd abandonado, licencias de conducir rechazadas, basureo en una colisión en los autos chocadores, discriminación en la atención a los ancianos de pocos recursos, desconfianza y odio por parte de personas de mediana edad, una tendencia a confinar a los mayores en geriátricos, asilos y esos lúgubres centros de rehabilitación, malas condiciones de vida de la vejez suburbana, desidia en una atención médica plutocrática, palizas a manos de un joven al que no le gusta su futuro y un trío de motociclistas adeptos al robo, burocracia estatal y cuidados deficientes, múltiples estafas y hurtos capitalistas, ridiculización en público de la senilidad, nula ayuda brindada por los supuestos santuarios religiosos, celebración del carácter predatorio de la cultura actual, lisa y llana hambre, desensibilización en materia de los vínculos entre ancianos y niños y finalmente la ausencia de apoyo psicológico ante el esperable colapso mental por todo lo anterior. Ya deprimido, exhausto y en un estado semi autista, el otrora resplandeciente señor regresa al cuarto del inicio sólo para encontrarse con otra versión impoluta de sí mismo con todas las ganas del mundo de salir al parque de atracciones del espanto, suerte de condena en espiral de nunca acabar en donde el suplicio y la derrota existencial de uno se equipara a la candidez de otro que aún atesora esperanzas en lo referido a cosechar los frutos acumulados, esos de toda una vida de trabajo y de porfiar, en las comarcas del respeto, la sabiduría o ese bolsillo monetario que se agujerea rápidamente una vez que el resto de los mortales juzgan al abuelo como un ser improductivo, decrépito, caduco o hasta molesto al que se emparda todo el tiempo con un óbito que es mejor negar cual tabú social en una carrera contra el reloj y contra un cuerpo marchito que así como nació terminará desapareciendo en un nuevo puñado de polvo. Maazel, quien trabajará en Martin, reaparece como presentador en la coda documental para homologar a la esperanza y la curiosidad por el futuro con la desolación de un cuarto blanco, vacío y estéril que escapa a nuestro control.

 

Romero, en esta oportunidad sirviéndose del guión de un tal Wally Cook que nunca más volvería a incursionar en cine, no se anda con poesía, sutilezas o discurso florido alguno porque el realizador, fiel a su estilo, recurre al lenguaje cruel del terror para transmitir sus ideas sin aliciente moral o rasgo redentor en lo que hace al execrable comportamiento de la sociedad hacia los individuos de la tercera edad, por ello el nihilismo fatalista de la película no perdona a nadie, apela a los golpes bajos de manera continua y desparrama brutalidad expresiva/ retórica en sus semblanzas en torno a este limbo en el que está inmerso el ignoto protagonista a lo La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), la sublime serie creada y escrita en su enorme mayoría por Rod Serling. Detrás de El Parque de Atracciones se mueven dos componentes habituales del acervo artístico de Romero, uno explícito, nos referimos a su fetiche para con la utilización de un contexto apocalíptico asfixiante símil zombies o infecciones extendidas para burlarse de lleno de unas máscaras actitudinales, jurídicas y “de cortesía” que se esfuman una vez que resulta inevitable el canibalismo extasiado, y el otro tácito, en este caso aludimos al choque siempre traumático entre aquello reprimido y la impiadosa realidad, recordemos que el daño y las vejaciones que todas las otras franjas etarias le dedican a los viejos responden a una intentona bastante tragicómica de olvido del hecho de que eventualmente se encontrarán con la parca, del mismo modo las ofensas recibidas en parte agrandan y ratifican ese desapego natural de la vejez para con una sociedad bulliciosa que no desea aceptar la verdad del fallecimiento. Así como el anciano se repliega en plan de preparación escalonada para lo inevitable y aquella juventud y aquella mediana edad prefieren la altanería, la banalidad y la animadversión como respuestas automáticas hacia un estado al que -más tarde o más temprano- conocerán con el transcurso del tiempo, la película de Romero sopesa la situación concentrándose en las injusticas del conflictivo vínculo entre los diversos actores pero también poniendo de relieve cuánto de impostación risible tienen la soberbia y los maltratos involucrados, de allí que muchas escenas jueguen con la parodia con vistas a concientizar al público mediante el antiguo ardid de asustarlo y ridiculizar sus salidas habituales ante contextos bien prosaicos del día a día como el accidente automovilístico de cotillón, el ninguneo en el restaurant para atender a un ricachón, la falta de auxilio con las bolsas de víveres, la imposibilidad de conseguir atención médica, el robo en vía pública, las mentiras y los cuentos hermanados al fraude, el verdugueo entre carcajadas y una nostalgia solitaria y apesadumbrada que no recibe contención alguna, ni de familiares, amigos, conocidos, extraños o instituciones del rubro. Dos son los detalles que subrayan la generosa valentía del opus, primero la denuncia de la hipocresía religiosa del “no socorro” de fondo, sin duda el factor que determinó el raudo entierro del film, y después las escenas en los organismos públicos y/ o privados dedicados a supuestamente cuidar de los ancianos, rodadas con cámara en mano y lentes deformantes para subrayar el sustrato parasitario, carcelario, delirante y manipulador freak de entidades que bajo la promesa de ayudar terminan destruyendo la fuerza de voluntad, edificando lisiados crónicos y estigmatizando incluso más que el resto de los bípedos, lo que pone de manifiesto que envejecer en sociedad seguirá siendo sinónimo de angustia a menos que cambie la mentalidad y se resignifique este aparato corporativo de asistencia…

 

El Parque de Atracciones (The Amusement Park, Estados Unidos, 1973)

Dirección: George A. Romero. Guión: Wally Cook. Elenco: Lincoln Maazel, Harry Albacker, Phyllis Casterwiler, Pete Chovan, Marion Cook, Sally Erwin, Michael Gornick, Jack Gottlob, Halem Joseph, Bob Koppler. Producción: Richard P. Rubinstein. Duración: 54 minutos.

Puntaje: 10